DOS CUENTOS PARA TRABAJAR LA MENTIRA
EDUCACIÓN - PSICOLOGÍA
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Presencias presencias.net, BUENOS AIRES, AGOSTO 2012
ORIGINAL, Tomado de Instituto Chapultepec


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Documento preparado por Presencias que posee dos cuentos tomados de formato pdf alojados en el sitio del Instituto Chapultepec, www3.ich.edu.mx:

- George Washington y el cerezo
- El leñador honesto


George Washington y el cerezo

Adaptación de un texto de J. Berg Esenwein
y Marietta Stockard

        La anécdota de la tala del cerezo es muy famosa en los Estados Unidos. Se publicó por primera vez en 1806, en la quinta edición de la imaginativa biografía de Washington redactada por Mason Lock Weems. He aquí una versión de principios del siglo veinte.

        Cuando George Washington era niño vivía en una granja de Virginia. Su padre le enseñó a cabalgar, y solía llevar al joven George por la granja para que su hijo aprendiera a cuidar de los campos, los caballos y las reses.
        El señor Washington había plantado un huerto de árboles frutales. Había manzanos, durazneros, perales, ciruelos y cerezos. Una vez le enviaron un bonito cerezo desde allende el océano, y el señor Washington lo plantó en la linde del huerto. Pidió a toda la gente de la granja que lo observara atentamente para cerciorarse de que no sufriera el menor daño.
        Creció bien y una primavera se cubrió de capullos blancos. Al señor Washington le complacía saber que pronto tendría cerezas de ese árbol.
        En esa época le dieron a George un hacha nueva y lustrosa. George se puso a hachar ramas, cercas, todo lo que encontraba. Al fin llegó a la linde del huerto, y pensando sólo en su magnífica hacha, asestó un golpe al pequeño cerezo. La corteza era tan blanda que George derribó el árbol, y luego continuó jugando.
        Esa noche, cuando el señor Washington regresó de su inspección de la granja, envió el caballo al establo y fue hasta el huerto para mirar el cerezo. Se quedó atónito al ver que lo habían talado. ¿Quién se habría atrevido a hacer semejante cosa? Preguntó a todo el mundo, pero nadie le daba explicaciones. En ese momento pasó George.

-George -llamó su padre con voz colérica-, ¿sabes quién mató mi cerezo?

Era una pregunta difícil, y George titubeó un instante, pero pronto se recobró.

No puedo mentir, padre. Lo hice yo, con mi hacha.

El señor Washington miró a George. El niño estaba pálido, pero miraba al padre a los ojos.

-Entra en la casa, hijo -dijo severamente el señor Washington.

George fue a la biblioteca y aguardó a su padre. Estaba triste y avergonzado. Sabía que había sido necio y desconsiderado y que su padre tenía buenas razones para estar disgustado. Pronto el señor Washington entró en la habitación.

-Ven aquí, hijo mío.

George se acercó a su padre. El señor Washington lo miró de hito en hito.

-Dime, hijo, ¿por qué talaste el árbol?

-Yo estaba jugando y no pensé... -tartamudeó George.

-Y ahora el árbol morirá. Nunca nos dará cerezas. Pero, peor aún, no supiste cuidar de ese árbol cuando yo te había pedido que lo hicieras.

George agachó la cabeza, las mejillas rojas de vergüenza.

-Lo lamento, padre -dijo.

El señor Washington apoyó la mano en el hombro del hijo.

-Mírame -dijo-, lamento haber perdido el cerezo, pero me alegra que hayas tenido el valor de decir la verdad. Prefiero que seas franco y valiente a tener un huerto entero con los mejores árboles. Nunca lo olvides, hijo mío.

        George Washington nunca lo olvidó. Hasta el final de su vida fue tan valiente y honorable como ese día de su infancia.

El leñador honesto

Adaptación de un texto de Emilie Poulsson

        Este cuento está inspirado en un poema de Jean de La Fontaine (1621 1695), quien era, al igual que Esopo, un maestro de la fábula.

        En un verde y silencioso bosque a orillas de un río espumoso y chispeante, vivía un pobre leñador que trabajaba con empeño para mantener a su familia. Todos los días se internaba en el bosque con su fuerte y filosa hacha al hombro. Siempre silbaba felizmente durante la marcha, pues pensaba que mientras tuviera su hacha y su salud podría ganar lo suficiente para comprar todo el pan que necesitara su familia.
        Un día estaba cortando un gran roble a orillas del río. Las astillas volaban a cada golpe, y la vibración del hacha resonaba tan claramente en el bosque que se hubiera dicho que había una docena de leñadores trabajando.
        Finalmente el leñador decidió descansar un rato. Apoyó el hacha en el árbol y se dispuso a sentarse, pero tropezó con una raíz vieja y nudosa, y el hacha se le resbaló, rodó cuesta abajo y cayó al río.
        El pobre leñador miró la corriente, tratando de ver el fondo, pero estaba muy profundo. El río rodaba alegremente sobre el tesoro perdido.
        -¿Qué haré? -exclamó el leñador-. ¡He perdido mi hacha! ¿Ahora cómo alimentaré a mis hijos?
        En cuanto dijo estas palabras, surgió del lago una bella dama. Era el hada del río, y subió a la superficie cuando oyó esa triste voz.

-¿Qué te apena? -preguntó amablemente. El leñador le contó su problema, y de inmediato ella se sumergió y al rato reapareció con un hacha de plata.

-¿Es ésta el hacha que perdiste? -preguntó.

El leñador pensó en todas las cosas valiosas que podría comprar a sus hijos con esa plata. Pero el hacha no era suya, así que meneó la cabeza y respondió:

-Mi hacha era sólo de acero.

El hada dejó el hacha de plata en la orilla y se sumergió de nuevo. Al rato emergió y mostró al leñador otra hacha.

-¿Esta será la tuya? -preguntó.

El leñador la miró.
-¡Oh, no! Esta es de oro. Vale mucho más que la mía.

El hada dejó el hacha de oro en la orilla. Una vez más se hundió y emergió. Esta vez traía el hacha perdida.

-¡Esa es la mía! exclamó el leñador-. ¡Esa es mi vieja hacha, sin duda!

-Es tuya -repuso el hada del río-, y también estas dos. Estos son regalos del río, porque has dicho la verdad.

        Y esa noche el leñador regresó a casa con las tres hachas al hombro, silbando felizmente al pensar en todas las cosas buenas que podría comprar para su familia.

Preparado por Presencias, agosto de 2012, Ciudad de Buenos Aires, Argentina




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