EL FOLKLORISMO MUSICAL (III)
LETRA Y SOLFA
ALEJO CARPENTIER
EDICIONES NEMONT, BUENOS AIRES, 1976
ORIGINAL, SELECCIÓN DE ALEXIS MARQUEZ R.
Mientras el
sinfonismo alemán prosigue su evolución
lógica, orgánica, a través de Brahms,
Bruckner, Ricardo Strauss y Mahler; mientras Francia despierta de
un prolongado letargo, encaminándose hacia el impresionismo,
la música rusa, de inspiración folklórica se
va revelando poco a poco, a los públicos de Occidente.
Rimsky-Korsakoff, por la brillantez y la eficiencia de su
instrumentación, conquista oyentes en todas partes, mientras
Mussorgsky, por rara paradoja, permanece prácticamente
ignorado fuera de Rusia, hasta que Diaghilef en 1909, presenta el
"Boris Godunof" en París, con Chaliapine a la cabeza del
reparto. Tschaikowsky comienza a ser muy escuchado en Alemania,
donde Nikisch estrena sus "Sinfonías". Claro está
que, a pesar de trabajar frecuentemente con materiales populares,
Tschaikowsky estaba en franca reacción contra el
espíritu de los "Cinco", a quienes criticaba sin
miramientos. Pero el público se iba aficionando a la
"música rusa" sin establecer diferencias. Era una novedad;
algo exótico, inesperado, que había irrumpido en el
ámbito sonoro de Europa, sin que muchos observaran que sus
innovaciones eran meramente superficiales, operando casi siempre en
los dominios del timbre y del ritmo. En cuanto a la forma, al
concepto de tonalidad, a la estructura, a la expresión
personal, los compositores rusos eran tradicionalistas
-fenómeno que se observa frecuentemente en las escuelas
musicales de muy corta historia. Una "Sinfonía" de Glazunof,
no pasaba de ser una sinfonía conservadora en su forma, pero
realizada con temas rusos. Los poemas sinfónicos de
Tschaikowsky, de Rimsky, estaban muy lejos de aventajar a los de
Strauss, en cuanto a audacias conceptuales. Es decir que, bajo una
aparente novedad, debida a los temas populares, la música
rusa permanecía estática, sin participar de la
formidable transformación que se iba operando,
después de Wagner, en todos los sectores de la música
occidental... Sólo con Scriabine, antifolklorista por
excelencia, daría la música rusa un verdadero paso
adelante.
Pero el
nacionalismo ruso constituía un ejemplo, ahora, para los
países huérfanos de una larga tradición
musical. Donde los Siglos XVII y XVIII habían sido malos, en
cuanto a la creación sonora, la exaltación de los
valores vernáculos podía constituir una fácil
solución. Smetana y Dvorak seguían caminos paralelos
a los del nacionalismo ruso -el segundo, con la ventaja de su vasto
dominio técnico. En los países escandinavos, Grieg,
Swensen, Sinding, se afincaban en el folklore nacional. En
España, Granados y Albéniz no tardarían en
seguir un rumbo semejante... Fuera de Alemania, Francia, Italia,
Austria e Inglaterra -que no era poco decir- soplaban vientos de
nacionalismo. Pero el nacionalismo -salvo en el caso de un Dvorak,
músico universal- se afianzaba en detrimento de lo
técnico, ocurriendo el caso curioso de que en muchos casos,
el folklorismo, con todas sus buenas intenciones, se transformara
en una excusa. Pero las grandes obras de arte no sólo se
hacen con buenas intenciones. Hoy vemos a Grieg como un
músico muy deficiente, incapaz de construir cabalmente una
sonata instrumental, cuya imaginación, como orquestador, era
de una gran pobreza. Tampoco era fuerte Albéniz, en los
dominios de la orquesta, si bien escribía
magníficamente para el piano. Swensen y Sinding,
auténticos músicos de salón eran sobrestimados
a causa de la nobleza primigenia de sus melodías populares.
Una vez más, el folklorismo ejercía una
función encubridora, propiciando una cómoda
desatención de cuanto ocurría en terrenos donde
realmente evolucionaba la música en cuanto se refería
a su contenido orgánico y formal. La evolución de la
música universal era confiada, en aquellos años, a
hombres como Strauss, Debussy, Ravel, Stravinsky (el de "La
Consagración de la Primavera") y el joven Schoenberg.
Quedaba Falla, el
último gran nacionalista europeo, en un continente que
aún ignoraba a Bartok. Pero... ¿qué nos
muestra la obra entera de Manuel de Falla, sino el proceso de una
liberación gradual del folklorismo? Superándose de
partitura en partitura, el maestro español se libera de los
giros folklóricos de "El Amor Brujo" y las "Siete
Canciones", para buscar el españolismo en profundidad de "El
sombrero de tres picos". En "El Retablo", se inspira en el romance
la tonadilla, la sonata clásica española,
erigiéndose en heredero de una tradición culta. Con
el sublime "Concierto" -acaso su obra capital- aparece ya
totalmente liberado del folklore, en espera de "La
Atlántida", que habrá de constituir algo como un
"Parsifal" hispánico... Manuel de Falla constituye, tal vez,
el ejemplo que mejor deberíamos meditar.