EL FOLKLORISMO MUSICAL (IV)
LETRA Y SOLFA
ALEJO CARPENTIER
EDICIONES NEMONT, BUENOS AIRES, 1976
ORIGINAL, SELECCIÓN DE ALEXIS MARQUEZ R.
La corriente
nacionalista folklórica que se afirma en nuestro continente
en los alrededores del año 1920 -fecha en que Villa-Lobos-
se halla ya en plena producción; en que Manuel M. Ponce
prepara su primer tríptico sinfónico mexicano-
respondía a un proceso lógico, que expuse ya, hace
años, en mi libro "La Música en Cuba". Si Rusia,
España, Noruega, Europa Central, habían dado el
ejemplo de un nacionalismo alimentado de esencias populares, el
problema de afirmación de la personalidad que se planteaba
en nuestros países era el mismo. Huérfanos de una
tradición técnica propia, buscábamos el acento
nacional en la utilización -estabilización- de
nuestros folklores. Si nada podíamos inventar todavía
en los dominios de la factura, de la evolución tonal, de la
instrumentación, buscábamos, al menos, una
música que tuviera un aspecto "distinto" de la de Europa -y
acaso, por ese camino, un aspecto propio. Lo que los rusos, los
escandinavos, los españoles, habían hecho con sus
temas, lo hacíamos nosotros con ritmos, melodías y
giros americanos.
De ahí que,
durante veinte años, nuestra música estuviese
dominada por lo rapsódico. Hacia el año 1940, sin
embargo, nos dimos cuenta de que lo rapsódico nos apartaba
de los verdaderos problemas de la composición. Hubo entonces
un movimiento general, en todo el continente, tendiente a integrar
el material folklórico dentro de las grandes formas
tradicionales. Desaparecieron las rapsodias, los cuadros
típicos, las fiestas aldeanas, los poemas sinfónicos
localistas, para dejar el espacio libre a composiciones que ahora
se denominaban Sinfonías, Sonatas, Conciertos, Serenatas,
etc. Salimos ganado en seriedad, en conciencia profesional, en
conocimiento de las formas. Pero en aquel momento, precisamente,
comenzaron los compositores europeos a no considerar la correcta
realización de una Sinfonía como un problema
apremiante. El dominio de las formas tradicionales era tan
corriente para el compositor recién salido de las aulas de
cualquier Conservatorio europeo o norteamericano, que dejó
ésta de considerarse como un mérito en sí.
Había, de inmediato, el urgente problema de la tonalidad,
cuyos principios eran defendidos por un Hindemith o impugnados por
los seguidores de la Escuela Vienesa. Había posibilidades
nuevas en el dominio de la especulación rítmica.
Había búsqueda, en el campo de la
estructuración, tendiente a encontrar nuevas manera de
ordenar una composición sonora. Había búsqueda
también -coronada por sensacionales logros- en el camino de
la instrumentación. En 1950, el nacionalismo estaba en
crisis. Se admitía, sí, que el compositor tuviera un
acento nacional: pero a condición de que ese acento se
debiera a su idiosincrasia, a su modo peculiar de hablar, de
expresarse; a la acción de sus herencias culturales. No a
una utilización de elementos populares, captados fuera de
sí mismo, a menudo ajenos a su verdadera personalidad.
Treinta años
de trayectoria folklórica nos habían flexibilizado,
ciertamente. En la aventura habíamos adquirido oficio y
prestancia. Pero los huapangos mexicanos, el "cinquillo" cubano,
las cuecas chilenas, las chacareras argentinas, los candombes
brasileños, habían dado todo lo que podían
dar. Una reunión internacional de compositores
latinoamericanos no podía transformarse en una mera
confrontación de emblemas locales. Era menester que el
artista americano hiciera escuchar su voz propia, profunda,
auténtica, recordando acaso -y acaso dolorosamente- que los
grandes monumentos musicales, aquellos que transformaron la
fisonomía de la música en distintas épocas,
poco o nada debían al folklore, sino a la expresión
personal, síntesis de herencias culturales y raciales. Ni
"El arte de la Fuga", ni el "Don Juan" de Mozart, ni la "Novena
Sinfonía" de Beethoven, ni "Tristán e Isolda", ni
"Pellas y Melisande", ni la "Sinfonía de los Salmos", ni
"Wozzeck", ni "Matías el Pintor", se debieron al folklore
alemán, francés o ruso, aunque sin embargo pueden ser
calificadas estas obras de nacionales, porque reflejan las
características profundas y duraderas de determinados
pueblos.
Tarea urgente, para el compositor latinoamericano, es reconsiderar los problemas de la composición en el Siglo XX. Debe convencerse de que una Rapsodia bien escrita, una Danza finamente orquestada, no resuelven ningún problema de composición. Debe admitir que la etapa folklórica está rebasada en casi todas partes, huyendo de lo que el Maestro Chávez calificaba, recientemente, de "arreglismo"... Hay mucho que hacer, todavía, en los dominios de la especulaciónrítmica pura, de la tonalidad, de la arquitectura sonora.Sólo quienes ya advierten esa evidencia, en nuestro continente, pueden jactarse de ser músicos en terreno de auténtica contemporaneidad.