LA COPLA EN EL CARNAVAL SALTEÑO
DIARIO CLAVES
JOSÉ RÍOS
CLAVES, 1998, SALTA, R. ARGENTINA
ORIGINAL


Ya se viene el carnaval
montado en caballo arisco
con las alforjas cargadas
de harina y duraznos priscos.




Sonido



Es la copla la que hace del carnaval salteño su expresión más pura. En ella se resume todo el quehacer del tiempo, su intención y su dulzura que están muy adentro del hombre que la canta fervorosamente, cuando la baguala se le vuelve una íntima necesidad que su corazón no puede contener. Y como si despertara de un largo sueño, levanta su caja y dice:

Este cantor no se ha muerto
apenas si se ha dormido
otra vez lo han despertado
los toros con su mugidos.


        De repente se pone triste y sale cantando:

Yo siempre tengo desvelos
a mí siempre me va mal
yo sólo tengo consuelos
cuando llega el carnaval.


        Es tanta la seguridad y el fervor conque se cantan y se dicen coplas en esta tierra, llena de coloridos y de idiosincrasias, que nadie mezquina contar sus aflicciones y sus penas, aún cuando sea el carnaval, al que se lo espera con nuevos deseos latiendo en el corazón y en las esperanzas de los copleros:

Aunque la noche esté oscura
lo mismo voy a llegar
porque al final del camino
tus ojos me han de alumbrar.


        Es cuando los frutos de esta tierra, que para este tiempo brindan su más cálido sabor maduro, que el hombre siente, desde su antigua raíz, el deseo pagano y sensual de abrir su pecho callado para entregarse libre en el calor de la fiesta, por que hay en su lento vivir un deseo íntimo de volver a repetir el viejo camino de la alegría que ya está fermentando en las tinajas, donde la chicha y la aloja esperan entrar por la sangre de los deseos:

Cada vez que a tu pañuelo
veo por el cielo volar
mi corazón que es de brasa
comienza a chisporrotear.


        La espera del carnaval es ansiosa, dulce casi, como una necesidad, doméstica y artesanal; se preparan tientos, se soban parches y se trenzan chirleras para que las cajas suenen más largo y profundo. El retorno del carnaval es convocado con estos deseos:

Vuelve carnaval por los ríos
que desbordan su barro en las praderas;
por el viento que llega hasta las viñas
con el médano leve de la niebla;
en el verde que cantan los coyuyos
que en la tarde estival se desenredan;
por el lomo reseco del quirquincho
(nacido para la música de América);
por los dientes de cera de los choclos,
por los cinco agujeros de la quena,
por la chicha que hierve en las tinajas,
por el ruedo sensual de las polleras,
por la voz del cantor, por las guitarras
encordadas con luz de las estrellas
donde crecen los aires de las zambas
y se queman de acero las espuelas.

Te espero carnaval, desde mi canto,
con mis cajas y mis noches bagualeras.


        Y baja el hombre enarbolando su caja, trayendo en su voz una antigua tonada que el viento lleva lejos, hasta los horizontes azules, hasta las carpas bulliciosas y polvorientas. Siempre la copla vuelve a decir su ansiosa necesidad de habitar en la boca de los cajeros y de andar entre el color musical de la fiesta:

Que lindo es el carnaval
que entre algarrobales crece
a su sombra el animal
que hay en mis venas florece.




        O esta otra donde la triste pobreza del cantor no le queda más por decir que:

Mi caballo sin aperos
sin estribos ni bozal
yo sin plata y sin sombrero
en medio del carnaval.


        Pareciera ser que la albahaca es algo así como el símbolo femenino y perfumado del carnaval; que su presencia fresca y frágil incitara a prolongar la fiesta horas y más horas hasta que los primeros rosas del amanecer comiencen a pintar las lejanas cumbres de los cerros. Es la albahaca la que, con su delicada ternura, sirve para la ofrenda galante o para hacer las veces de intencionado pañuelo cuando la música es una zamba que se deja oír airosa y elegante, mientras las polleras amplias y vistosas dejan ver, indiscretas, los giros de las enaguas. Por ello y antes de que comience a ajarse entre las manos de los bailarines, es que el cajero dice:

Albahaca del carnaval
que te codicia la gente
te siembran las casas pobres
en los tarritos de aceite
Cantemos todos, cantemos
con una albahaca en la oreja
para que sigan bailando
las chinitas y las viejas.


        El agua, desde su cristalina y dulce mansedumbre, juega su limpia quietud en el violento incendio del carnaval. es como si desde las altas y lejanas vertientes, el Pugio bajara hasta las carpas para abrazar y besar al Pujllay que, desenfrenado y borracho, canta arrinconado y solo un largo lamento. Es que las crecientes barrosas y los oscuros arroyos son parte de este tiempo que se vuelve, puntualmente, ceniza y harina en la piel y en el alma fiestera del pueblo.
        Los poetas de Salta, desde años atrás, vienen cantando en brillantes y excelentes coplas al carnaval de esta parte de la tierra americana, dejando testimonio claro de su vivencia pura y agregándole al cancionero popular un tono nuevo y exquisito, tal el caso de Miguel Angel Pérez y Sergio Rodríguez, respectivamente, entre muchos:

"Me acordé que andaba sólo
antes de entrar a la carpa
cuando vi que a mi caballo
le estaba sobrando el anca."
"La caja no tiene dueño
ni el que la toca tampoco
ella me ayuda a cantar
y es por eso que la toco."


        En la copla es en donde se manifiesta un limpio y extraño deseo de seguir cantándole al carnaval, aún cuando la muerte del cantor está próxima e inevitable. Es como si quisiera continuar caminando por el aire de las tonadas o que lo alcen en vuelo los pañuelos que revolotean un tierral de zapateos:

Si a mí me gusta cantar
un poco y de cuando en cuando
el que me vaya a enterrar
que también lo haga cantando.


        Y todo así, en este tiempo de bejucos y de serpentinas, junto a las últimas cigarras que cierran en verano, con las fragantes nostalgias de pomos estrujados.

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