EL DESARROLLO AFECTIVO
ESCUELA PARA PADRES Y MAESTROS
GADEA, DE NICOLÁS, LUIS
PRIMERA EDICIÓN. ISBN: 968-499-917-8, MÉXICO
ORIGINAL


Aprender a amar

¿Es necesario aprender a amar? ¡Claro que sí! Para comprender cabalmente esta afirmación es necesario describir el desarrollo del niño durante los primeros años de su vida. Actualmente sabemos que los recién nacidos saben mucho más que lo que siempre había supuesto la mayoría de la gente; ellos ven, oyen y comprenden más de lo que imaginamos. Pero, ¿qué es lo que saben? De acuerdo a los grandes teóricos de la psicología infantil, el recién nacido no tiene consciencia de su propia existencia -"yo" ni de la existencia del mundo externo "tú". A este estado de consciencia los expertos lo llaman estado autista, indiferenciado o adualista, dado que el bebé no es aún capaz de establecer la dualidad básica dentro de la cual vivimos inmersos los seres humanos: la relación tú-yo, o yo y el universo.
        Cuando el futuro bebé flotaba en el vientre materno no había diferencia entre él y su madre; eran un solo cuerpo, y dicha indiferenciación se prolongará psicológicamente en el recién nacido al que su madre solícita le parecerá "una extensión de sí mismo". Por lo tanto, la primera tarea que enfrenta el niño al nacer consiste en desarrollar la consciencia de su propia existencia, "yo", y la consciencia de la existencia de un mundo diferente y externo.


        Por supuesto, los bebés son capaces, desde los primeros días de nacidos, de reconocer los rostros, las voces y el olor de las personas que les brindan cuidados maternos y también son capaces de responder a dichos estímulos con emoción y gozo. ¡Incluso conocen la voz de su madre antes de nacer porque la han escuchado dentro del vientre materno! Sin embargo, esto no significa que sean capaces de saber que sus padres, las cosas o ellos mismos, "existen verdaderamente"; es decir, los bebés no son capaces de "representar en su mente" a las personas y a las cosas que están fuera de su campo visual y saber que "están en alguna parte aunque él no pueda verlas". Por eso a ellos sí los sorprenden las "cajas de sorpresa". A la posibilidad de representar mentalmente las cosas que no vemos y saber que existen la llama el famoso psicólogo suizo Jean Piaget: "la noción de objeto permanente". Comprender dicha noción es fundamental para explicar algunas conductas y procesos de desarrollo que son de la mayor importancia. Algunos ejemplos aclararán en qué consiste: cuando mis hijos están en la escuela yo no puedo verlos, a pesar de lo cual puedo afirmar que existen verdaderamente y que están en alguna parte (aunque se hayan ido de pinta); si usted se va de viaje, podrá recordar su casa, etc. Ahora bien, si afirmamos que en los primeros meses de vida el niño es capaz de reconocer a sus padres, pero no está consciente de que él y ellos existen verdaderamente, surgen varias preguntas: ¿Cómo construyen los niños pequeños la noción de objeto permanente?; ¿cómo se relaciona dicha noción con el amor?

El Niño como Agente Causal

        El factor fundamental que capacita al niño para construir una imagen de sí mismo y su mundo procede de las relaciones entre madre e hijo. A esta relación privilegiada Spitz la llama el "diálogo". Dice Spitz: "El diálogo es el ciclo de la secuencia acción-reacción-acción, dentro del marco de las relaciones madre e hijo. Esta forma muy especial de interacción crea para el bebé un mundo singular muy propio, con su clima especial específico, siendo dicho ciclo de acción-reacción-acción lo que permite al bebé transformar, poco a poco, los estímulos sin significado en señales significativas". Me valdré de una ronda infantil para ampliar la explicación. A nuestros niños les cantamos: "Aserrín, aserrán los maderos de San Juan, piden pan y no les dan". Imaginemos a un bebé que llora porque quiere compañía, porque tiene hambre o porque está incómodo, y no obtiene ninguna respuesta a su llanto. ¿Será capaz de descubrir su propia existencia y la de los demás? Por supuesto que no. Los niños abandonados, es decir, los niños cuyas acciones -llanto, sonrisas, gestos-, no logran una respuesta por parte de quienes les rodean -"piden pan y no les dan"- no lograrán construir la imagen de sí mismos y del mundo a la que me estoy refiriendo. Es importante señalar que tampoco lo lograrán aquellos bebés cuyas madres exageren la solicitud con la que los atienden, cayendo en el extremo de la sobreprotección, porque dichas madres "les darán a sus hijos pan sin que se los pidan", ya sea porque utilicen un horario rígido de alimentación -por ejemplo, darle de comer cada tres horas, con o sin hambre; pida o no pida, como si se tratara de máquinas-; o porque están demasiado preocupadas por el bienestar de sus hijos. Ni el abandono ni la sobreprotección lograrán que el niño se descubra a sí mismo como persona ("los extremos se tocan").


        ¿Por qué ni el niño abandonado ni el sobreprotegido se desarrollarán? Las palabras claves para comprender este fenómeno so "pedir" y "dar", palabras que implican una relación mutua y recíproca en la que el niño y su madre son agentes activos que provocan con sus gestos la respuesta del otro. Comenta Fromm: "Sin embargo, la esfera más importante del dar no es la de las cosas materiales, sino el dominio de lo específicamente humano. ¿Qué le da una persona a otra? Da de sí misma, de lo más precioso que tiene, de su propia vida. Ello no significa necesariamente que sacrifica su vida por la otra, sino que da lo que está vivo en él -da de su alegría, de su interés, de su comprensión, de su conocimiento, de su humor, de su tristeza-, de todas las expresiones y manifestaciones de lo que está vivo en él. Al dar así su vida, enriquece a la otra persona, realza el sentimiento de vida de la otra al exaltar el suyo propio". Analicemos el proceso:

        Acción-reacción-acción; padres e hijos se comunican, "dialogan sin palabras", gracias a lo cual, el bebé descubre y establece los dos términos de la relación -yo y tú-. Si el bebé "pide pan y no le dan" estará perdido; y si "le dan pan sin que lo pida", también. Se trata simplemente de comunicarse con él, el de responder a sus gestos, de que cuando pida le den, de otro modo no podrá reconocerse. "Un gesto modifica recíprocamente a quien lo recibe y a quien lo produce", decía Wallon.
        Bruno Bettelheim analiza a fondo esta cuestión y explica: "Nuestra capacidad para extraer de la contigüidad en el tiempo y en el espacio un sentido de la causalidad nos proyectó a la aventura humana. Lo que nos hizo lo que somos no fue solamente el que reconociésemos relaciones causales, sino lo que esto implicaba, a saber: La afirmación de que una determinada secuencia de acontecimientos podría ser modificada mediante nuestra influencia.
        "Cuando sentimos que no podemos influir sobre las cosas más importantes que nos suceden, cuando parece que éstas siguen los dictados de una fuerza inexorable, abandonamos el esfuerzo de aprender cómo actuar sobre ellas o cambiarlas".
        Esta larga explicación nos permitirá entender cómo se desarrolla la vida afectiva del niño en sus primeros dieciocho meses de vida [1]. De acuerdo al psicoanálisis el niño nace con la capacidad potencial de amar, pero, como él no es capaz de establecer la diferencia básica entre "yo" y "tú", no puede aún vincularse afectivamente.
        A este momento del desarrollo Freud lo llamó del "amor narcisista", porque el niño no es capaz aún de proyectar su amor en otro; sin embargo, todo cambiará alrededor de los ocho meses de vida, cuando el bebé descubra la realidad de su propia existencia y la de los demás [2]. Entonces él será capaz de establecer lazos afectivos, o dicho en forma más clara podrá enamorarse. El amor "narcisista" se convierte en amor a "alguien", alguien que obviamente será su madre o la persona que lo haya amado y atendido en forma continua, cálida e íntima. Surgen el "yo" y el "tú", y con ellos: "Yo te amo". ¡Fenómeno de capital importancia en el desarrollo infantil! No sólo porque el amor es la energía vital que hace posible el desarrollo humano sino también porque ahora podremos entender al bebé y a sus principales cambios de conducta.
        Es notorio que en los primeros meses de vida, los bebés están biológicamente dispuestos a "hacer migas" con cualquier persona que les brinde cuidados, ellos se dejarán arrullar, besar, pasear, bañar, etc., por cualquier extraño; y lo disfrutarán. Sin embargo, al cumplir, más o menos, los ocho meses de vida, se negarán a separarse de su madre y se angustiarán si están en brazos de otra persona, no tanto porque la otra persona les desagrade sino porque cuando se está enamorado uno prefiere estar al lado de la persona amada ("no da lo mismo Chana que Juana"). A partir de este momento, si por alguna razón el bebé es separado de la persona que ama, dicha separación le provocará una tremenda ansiedad, me atrevo a decir que mucho peor que la que experimentan los jóvenes o los adultos enamorados, la razón de esa tremenda angustia es que aún no se han desarrollado los "mecanismos de defensa del yo" que son las estrategias que como respuesta al displacer y a la frustración, elaboramos poco a poco para consolarnos. Aprender a amar y aprender a confiar en el amor son los grandes logros que hacen posible el desarrollo humano.

Las Investigaciones Clásicas

En 1965, el Dr. René Spitz publicó su importante libro: "El primer año de vida del niño", en el cual relata cómo llegó a descubrir que la falta de cuidados maternos, de ternura, de relaciones interpersonales, de comunicación humana, eran la principal causa de mortalidad entre los niños criados en instituciones; aunque sus necesidades materiales fueron totalmente satisfechas. Además nos describe la profunda depresión que sufren los niños al ser separados de sus madres o sustitutos maternos permanentes, por ejemplo cuando hay que hospitalizar a la madre o al niño o cuando el niño se cría en una institución donde sólo recibe casa, vestido y sustento… sin amor. Spitz llamó "hospitalismo" al efecto depresivo que producen las separaciones bruscas y prolongadas de los niños y sus madres o la falta de amor, dado que el "hospitalismo" se observa también en niños criados en sus propios hogares por madres depresivas, por aquéllas que no deseaban tener un hijo, o por madres "demasiado ocupadas" para arrullar, besar y hablar a sus hijos.
        Spitz observó una secuencia en el desarrollo de la depresión profunda u "hospitalismo":

.. Primer mes: el niño abandonado llora, hace pucheros y busca el contacto con la gente.

.. Segundo mes: el lloriqueo continuo se torna en lamentos y gemidos. Hay pérdida de peso y se detiene el desarrollo.

.. Tercer mes: el niño rechaza el contacto humano, se recuesta sobre su costado casi todo el tiempo, sufre insomnio, continúa la pérdida de peso y hay tendencia a contraer enfermedades infecciosas, retardo motriz generalizado y rigidez facial. En este punto es muy fácil salvar la vida del niño.

        Los cuentos de hadas, nos enseña Bruno Bettelheim, describen en forma metafórica las vicisitudes de nuestra vida afectiva y son de extraordinaria importancia para la formación moral e intelectual de los niños. Uno de los cuentos de "Las Mil y Una Noches": "El Pescador y el Genio", nos servirá para ilustrar el tema del abandono:

"El Pescador y el Genio" relata cómo un pobre pescador después de lanzar varias veces la red al mar, saca una tinaja de cobre. Al abrirla brota una nube que se materializa en un enorme genio que amenaza con matarlo. El pescador se salva engañando al genio: Lo burla dudando, en voz alta, que tan enorme genio pueda caber en tan diminuta vasija; de este modo lo obliga a meterse en ella, la tapa y la tira de nuevo al mar.

        Dice Bettelheim: "De acuerdo con la moral de los adultos, cuanto más dura un cautiverio, más agradecido debe estar el prisionero a su liberador. Pero no es de este modo como el genio lo describe, hallándose confinado en su botella durante los primeros cien años, se dijo a sí mismo: "Haré rico para toda la vida a quienquiera que me rescate. Pero, transcurrió el siglo entero, y nadie me liberó. En el segundo centenar dije, revelaré todos los tesoros ocultos de la tierra a quienquiera que me rescate. Pero nadie me puso en libertad, y así transcurrieron cuatrocientos años. Entonces me dije, colmaré tres deseos a quienquiera que me rescate. Sin embargo, nadie me liberó. Me enfurecí y con una rabia inmensa decidí, de ahora en adelante, mataré a quienquiera que me rescate…". Esto es exactamente lo que siente el niño que ha sido abandonado.
        Spitz nos enseñó que sólo las madres amorosas consuman el prodigio de enseñar a amar a sus hijos. Nos advirtió del efecto devastador que sobre la personalidad del niño tienen las separaciones prolongadas. Y nos enseñó también que los bebés que sonríen están sanos.

El amor no entra por el estómago

        Las investigaciones del Dr. Harry Harlow son concluyentes a este respecto. El Dr. Harlow crió monos recién nacidos en un completo aislamiento social; cuando estos monos fueron puestos en contacto con otros de su especie, eran incapaces de relacionarse con ellos, los monos se iban a un rincón y se pasaban horas balanceándose -lo mismo les pasa a los bebés que no son mecidos o arrullados- y ni siquiera miraban a los otros monos, si los tocaban se enfurecían y gruñían.
        Harlow pensó que las alteraciones del comportamiento podrían ser superadas mediante el amor erótico. Cuando 56 de estos monos alcanzaron la madurez sexual se intentó aparearlos. Pero fue aquí donde su degeneración se mostró en plenitud. No sólo los animales fueron incapaces de relacionarse afectiva o sexualmente sino que se produjeron cruentas luchas. Algunas hembras criadas en aislamiento fueron preñadas artificialmente y se observó que cuando parieron sus crías no las amamantaron ni se ocuparon de ellas, llegando incluso a agredirlas. Otro de los hallazgos importantes de Harlow se produjo al criar monos con dos madres sustitutas artificiales. Harlow encontró que dichos monos preferían a madres sustitutas de felpa, de tacto agradable, por encima de otra madre sustituta que, aunque les daba de comer, era desagradable al tacto, en este caso se trataba de un muñeco de alambre que tenía un biberón.
        Aunque la investigación de Harlow se realizó con monos, sus resultados pueden ser generalizados a los humanos, dado que el mismo tipo de anomalías -mecerse, morderse, incapacidad para comunicarse con los demás, etc.-, se observan en los niños que han crecido sin cuidados maternos.

Una Relación Continua, Cálida e Íntima

        En los años cuarentas, el psiquiatra inglés John Bowlby provocó una enorme controversia al declarar que la falta de amor y de cuidados maternos en la crianza de un niño producía que éstos fueran incapaces de amar por el resto de sus vidas. Dice Bowlby: "Lo que yo creo esencial para la salud mental es que el infante pueda experimentar una relación continua, cálida e íntima con su madre (o sustituto materno permanente [3]) en la cual ambos puedan encontrar satisfacción y gozo […] Muchas formas de problemas psicológicos y de carácter pueden ser atribuidos tanto a la falta de cuidados maternos como a discontinuidades en la relación del niño y su figura materna". Para Bowlby las rupturas en los primeros lazos afectivos son la causa de problemas profundos y proporciona suficiente evidencia para apoyar dos puntos principales:

  1. Al separar a los infantes (dos primeros años de vida) de sus madres o figuras maternas se provoca en ellos una terrible ansiedad.
  2. Esta terrible ansiedad resulta de la separación por sí misma.

        Bowlby opina que la base del desarrollo humano es una sensación de confianza en la disponibilidad de las personas con las que mantenemos lazos afectivos, confianza que se desarrolla lentamente a través de la infancia, la niñez y la adolescencia. Dicha disponibilidad consiste en una respuesta constante a nuestras necesidades afectivas: caricias, comprensión, compañía, comunicación, atención.
        Hay que tener presente que nuestras necesidades afectivas no son siempre las mismas y que un niño enfermo, un padre desempleado, una madre abrumada por el trabajo doméstico, la crisis económica o el aburrimiento, pueden tener una necesidad mayor de recibir afecto en una forma clara y repetida que les devuelva la confianza y la sensación de bienestar.

NOTAS
1. Todas las edades que se mencionan son aproximadas y no deben tomarse al pie de la letra, pues cada niño es único y tiene su propio ritmo de desarrollo. Esto incluye a los hermanos, dado que cada uno posee una dotación genética original (con excepción de los gemelos idénticos o monocigóticos) y un ambiente social único.
2. Cuando los bebés de cinco meses de edad, se ven reflejados en un espejo, intentan "jugar con el otro niño" que ven reflejado, sin embargo, alrededor de los ocho meses su conducta cambia radicalmente y cuando se ven reflejados se observan con enorme interés y se identifican con su imagen. ¡El bebé ya sabe que se trata de él mismo!
3. La mayoría de los especialistas están de acuerdo en afirmar que los que niños pequeños necesitan para desarrollarse son "cuidados maternos". Dichos cuidados maternos no tienen que ser brindados necesariamente por la madre biológica; también pueden ser brindados por un "sustituto materno", por ejemplo, el padres, la abuela, una tía, una nana, etc. Lo que es muy importante destacar es que debe existir una relación continua, cálida e íntima entre el niño y la persona que le brinda los cuidados maternos, condición sin la cual el niño no logrará establecer lazos afectivos; es decir, no podrá enamorarse. Dicha relación debe prolongarse por lo menos durante los dos primeros años de vida, hasta que el niño aprenda a confiar en el amor. Sin embargo, nadie conoce al niño como su madre. Es natural que entre el niño y su madre existan lazos mucho más fuertes; una prueba de ello es los niños criados por sus propias madres suelen sufrir menos accidentes, aunque en ocasiones estos sean inevitables.