LA COMPETENCIA COMO VALOR
INVESTIGACIÓN EDUCATIVA
PABLO BENSAYA
INTERNET, 2000, R. ARGENTINA
ORIGINAL


Los teóricos

Dentro y fuera del ámbito educativo, la competencia se ha instalado en nuestra sociedad como un valor de tipo incuestionable.
        Diariamente hablamos de "sana competencia", "la competencia incentiva la creatividad", "gracias a la competencia tendremos precios cada vez más bajos", "lo importante no es ganar sino competir", la lista, ya lo sabemos, es realmente extensa. Con un mínimo análisis se advierte que en el fondo cada elemento de ese listado no presenta una novedad, son tan sólo variantes formales de un dios social llamado competencia. Este personaje, ya de carácter mitológico, tiene docenas de teóricos que todos los días, con paciencia y supuestamente con ciencia, le rinden tributo con sus elogios y apoyos incondicionales. Esos "teóricos", curiosamente mortales como usted y como yo, ocupan programas de radio y televisión además de escribir artículos en diarios y revistas. Es decir, cubren un espacio enorme dentro del sistema de comunicación social. El objetivo de estos teóricos no es otro que el de brindarnos la elaboración y desarrollo de un mundo maravilloso que asienta de manera segura en la competencia. La competencia, gracias a ellos, ha pasado a conformar un valor en torno del cual gira buena parte de nuestra actual estructura social.


        Será bueno aclarar que los agentes transmisores pueden responder, o no, a intereses perversos así como podrían no ser concientes del eventual daño provocado. Vale esta aclaración ya que hay personas, es una obviedad, en todos los ámbitos, ocupadas en la difusión de ciertas ideas por convicción y no por malicia.

Reglas de juego

        La competencia, como todo valor, tiene reglas de juego, es decir derechos y obligaciones, ambos deberán ser cumplidos a pie juntillas para que podamos ser considerados "dignos de la competencia" o si lo preferimos "dignos del dios Competencia".
        Las reglas lo justifican todo y hasta hay reglas para las reglas. Fácil es decir, desde el concepto de la competencia, que "Platon ha crecido porque tenía encima el fantasma de Sócrates"; "Newton logró deducir la gravitación porque necesitaba demostrar que él era el primero y el mejor" y que "Einstein vivió buena parte de su vida tratando de mostrar lo equivocado que estaba Nils Bohr". Pensemos unos momentos, ¿realmente nuestros motivos de realización suelen ser estos? El problema se halla en el tipo de interpretación que demos a la respuesta ya que por lo general la misma será sí. En mi caso, así es. Deseo ser claro, mi respuesta es sí. Se dirá entonces que estoy de acuerdo con el criterio de competencia. No, claro que no. Aquellos hombres, como tantos otros, estaban motivados o estimulados por diversas circunstancias pero no competían. La idea de competir implica "un otro", sin ese otro no hay competencia alguna. El estímulo, en cambio, obra con o sin "un otro", es evidente que me refiero a "ese otro" como sujeto de competencia. Era inevitable la inferencia de Newton de la misma manera que la República hubiera nacido, de una u otra forma, sin la existencia concreta de Sócrates.
        A los efectos de la simple combinatoria podríamos cruzar datos para evaluar varias instancias, sin embargo es interesante notar que las posiciones son sólo dos: con un otro y sin un otro.

Espacio ético

        Resulta evidente que el concepto de competencia ha quitado espacio al concepto de ética y hasta a la ética misma. ¿Cómo es posible afirmarlo? La explicación es más simple de lo que parece. Reemplacemos, en el listado dado más arriba, la palabra competencia por la palabra ética, veremos de inmediato que el verdadero concepto que se corresponde con ese tipo de expresiones se llama ética. Entendamos aquí, además no me estoy refiriendo a otra cosa, ética en términos de conducta social, nuestro comportamiento frente a las personas y a los hechos.


        De todas maneras no confundamos las cosas. La competencia es parte de la ética, resulta casi imposible concebirlo de otro modo. El problema radica en que la competencia plantea un juego de valores propio, constituyéndose en una especie de nueva ética o, dicho de otra manera, una ética paralela.

Parte de la realidad

        Los exegetas de la competencia suelen adjudicarle a ésta tanta cantidad de bondades y beneficios que casi siempre resulta complejo, si no imposible, argumentar en contra, ora porque no hay espacio en los medios de comunicación para una opinión desfavorable, ora porque aún no se han evaluado sus perjuicios. La falta de espacio, tanto físico como mental, es uno de los más grandes problemas con los que deben enfrentarse todos aquellos que desean profundizar seriamente en mejorar las bases del desarrollo social o simplemente una afirmación u oposición, según corresponda. Se dirá que si no hay espacio físico y mental es porque el tema no interesa, que carece de la necesaria entidad y envergadura como para constituirse en un objeto importante de discusión social. Nada de eso. Ocurre que estamos accediendo sólo a una parte de la realidad. Dentro de esa realidad se encuentran casi todos aquellos que tienen el suficiente poder como para alterar el rumbo de las ideas de millones de hombres y mujeres en todo el planeta.
        Alterar no implica modificar eternamente, pero sí el tiempo necesario. Los seres humanos vivimos muy pocos años, con que se nos demore un poco ya es más que suficiente. El sistema difusor de la competencia está ocupado en dos puntos: a) vendernos la idea a nosotros y b) asegurarse de que la difundamos a los parientes más cercanos, especialmente a nuestros hijos. Dentro del segundo ítem se encuentra un argumento fundamental para cualquier esquema difusor, consiste en hacer que uno transmita las ideas a quienes por diversos motivos no se encuentran cerca de los medios de comunicación o que tienen acceso a pocos de ellos, en general a uno solo.
        Otro de los mecanismos, harto conocido, para instalar un pensamiento consiste en la creación de un mal para plasmar en el cerebro la convicción de que "si existe un mal es porque existe un bien". Veamos. Se dice casi siempre "competencia salvaje" en obvia alusión a los que "compiten mal"; resulta claro que si hay una competencia salvaje es porque hay una competencia no-salvaje o competencia civilizada. La concepción es realmente vieja aunque no por ello menos efectiva. Si una idea no prende de la manera prevista, entonces se genera su valor opuesto, una segunda idea para afirmar la idea primera, es simple.
        Educativamente es interesante revisar ejemplos vivos de esto último que estamos diciendo. Tomemos por caso la venta de entradas a un concierto, quedan mil y no parece que pudieran venderse. La técnica que se sigue en estos casos es casi siempre la misma. Bajo tales circunstancias ordenan que el locutor de radio diga algo semejante a: "lamentablemente las entradas están agotadas desde hace dos días" y sigue diciendo "sin embargo estamos viendo la posibilidad de que la empresa organizadora nos otorgue el permiso para vender mil entradas más" y termina "no aseguramos conseguirlas, lo más probable es que la respuesta sea no". Han logrado, en ese momento, focalizar la atención en la importancia del acontecimiento, es decir que "si se vendieron todas las entradas es porque el evento es importante, es más, yo no sabía que era tan importante (no puedo quedarme fuera de algo tan importante)". A las pocas horas la cosa sigue así: "finalmente lo conseguimos, hemos logrado que la empresa nos diera 500 de las 1000 entradas solicitadas, las tendremos a la venta sólo hasta mañana a las nueve de la noche". La diferencia numérica acrecentará el interés ya que incitará a pensar que, en virtud de ser una cantidad menor a la prevista, la demora es la frustración misma o dicho de un modo más categórico "si me demoro no podré ver el concierto". En casi todos los casos las entradas se venderán, además nadie revisará si son 500 o 1000, es evidente que las entradas se agotarán esta vez.

Jaque a la dignidad

        Hasta podríamos dar por ganado el debate hipotéticamente llamado "Beneficios de la competencia". El problema sigue estando en el tipo de perjuicios, los daños que ese competir provoca.
        Podríamos preguntar a un discapacitado visual, motor o del tipo que fuera, qué opina de la competencia. Preguntemos también a los más pobres y a los marginados sociales -pobres y no pobres-. Todos ellos nos explicarán cómo el dios competencia los devora día a día quitándoles los mejores sueños, las locas fantasías, la oportunidad de ingreso a trabajos dignos y el acceso a una alta educación, la posibilidad de un profundo cuidado de sus hijos y de la propia salud y finalmente, por un fatal desgaste, quitándoles la vida misma. Los millones de personas que padecen lo dicho conocen bien esta realidad, por otro lado no se requiere gran inteligencia ni ser un perito estadístico para darse cuenta que lo planteado se encuentra en estado de certeza, no de supuesto.
        Todos esos seres conocen hasta la médula que la competencia los mata lentamente -a veces no tanto-, que la única defensa contra el embate es la trágica pérdida de la propia dignidad.
        Un punto que no debe olvidarse es la muerte directa provocada por el competir. Es elevada la cantidad de infartos y otros varios tipos de lesión que estadísticamente se atribuyen al stress producido por la competencia. Las cifras indicadas por la OMS, además de muchas entidades locales de los países, como ministerios y hospitales, son trágicas, sobre todo porque su progresión es realmente muy marcada.
        La otra cara de la moneda la vemos cuando a una persona, de esas para las que todo es competencia, le sobreviene algún ataque de aquellos a uno lo dejan poco menos que fuera de todo. Una vez superada la primera etapa, en pleno estado de rehabilitación, advertimos cómo el mismo empresario -supongamos que nuestro hombre lo era- habla y actúa más pausadamente y que no desea hacerse mala sangre por la competencia. ¿Por que ocurre esto? ¿Sólo por temor? El temor no es otra cosa que un regreso a cosas más seguras y sensatas (cada cual desde su propia perspectiva). La vuelta a cierto estado de tranquilidad es el verdadero estado del cual no debimos apartarnos, miles de personas reconocen esto, tragedia por medio, cuando se las interroga al respecto. Desde lo educativo será fundamental que enseñemos y mostremos estas crueles realidades. Importante es darse cuenta y tomar conciencia de los eventuales daños antes de que se produzca el hecho tan temido, ese camino sin retorno.

Competencia y equidad

        La competencia termina de plano con la equidad social. Sí, así de terminante. La idea de competencia debemos asimilarla a la lucha por el primer puesto, a que "sobrevive el más fuerte, el más apto". Este darwinismo social, más precisamente el positivismo, desarrollado por Spencer, cobra víctimas a cada segundo, no da tregua. Resolver el acertijo planteado por "competencia" es trabajo de pocos aunque publicitado como de muchos. Es simple de razonar, trabajado o especulado por pocos y padecido por muchos.
        El estructurante del comportamiento humano es el estímulo, no la competencia. El estímulo dice "Muy bien, Juan, has resuelto el problema con toda precisión", en tanto que la competencia dice "Muy bien, Juan, has resuelto el problema con toda precisión, lástima que llegaste en segundo término", ni qué hablar si Juan llegaba último. Este valor agregado es el que destroza y desvaloriza muchas de las realizaciones humanas. Como si no bastara resolver situaciones de índole diversa se nos pide encima que seamos los primeros.
        Supongamos una operación quirúrgica al hijo de algún magnate, uno que resulte fanático de la competencia, éste preguntará a cada momento sobre los aciertos, de cómo van las cosas y no si el médico lo hace rápido o lento, es decir, no le importa en lo más mínimo el estado competitivo del cirujano; es que su hijo está de por medio, allí no hay lugar para conceptos como "competencia". En cambio sí hay lugar para el apoyo, el estímulo y la motivación, cuestión de que un trance tan delicado pueda ser superado de la manera menos conflictiva posible.
        Tampoco nos es posible negar ciertos factores de competencia, en todos los órdenes de la vida, el punto está en no alentarla, en no "estimularla".

El mito de los precios

        Dentro de un sistema organizado y sobre todo bien educado, no hay por qué pensar en que los precios se controlarán mutuamente, regidos por una acción competitiva.
        Se nos acecha permanentemente con la idea de que "cuando a ese comercio le coloquen otro del mismo ramo enfrente, aquel bajará sus precios". No podemos descartar la realidad de estos dichos pero es imperativo reconocer que surgen de una sociedad que ha enfermado por falta de valores éticos. Es seguro que cuando esos valores éticos se encuentren en su correcto lugar, no hará falta "un segundo comercio". Además resulta interesante preguntar ¿qué ocurre si el segundo comercio abre sus puertas con precios más altos? Si tuviéramos que guiarnos por "la competencia", el primer comerciante podría subir sus precios hasta casi rozar los del otro, esto nos perjudica a todos, sin duda. En estos casos los "teóricos" dicen que tampoco se puede caer en el libertinaje, que hacen falta "reglas de juego claras", frase esta que repiten hasta el cansancio; parece que si hay que insistir tanto en "reglas claras" será porque las que se implementan "no son reglas claras". Aquello que tiene que vivir enderezándose bien podría plantearse directamente un cambio de sentido.
        Por otro lado se está desvalorizando al hombre como ser "solidario" y hasta como ser pensante, que sólo con una competencia, para seguir con el asunto propuesto, será capaz de bajar el precio. Tal parece que hay quienes están dispuestos a ver en la inmensa mayoría de personas a seres estúpidos que necesitan leer una cartilla o un folleto explicativo para ver qué paso debe seguir a continuación. Los humanos somos bastante más que una masa de carne cohesionada o modelada por el dios competencia.
        Debe revalorizarse la educación como pilar indiscutible para el mejoramiento de nuestras conductas sociales. De esta manera comenzaremos a hacer algo concreto para detener la locura de una competencia que nos eliminará sin miramientos si no somos capaces, por el bien de todos, de neutralizarla ahora mismo.

No hay lugar para lentos

        En la cultura del 'todo ya' no hay lugar para las personas cuyos mecanismos de elaboración son más lentos, que necesitan más tiempo reloj que el resto para resolver situaciones. No hay lugar para lentos dentro de un sistema que plantea la competencia como valor fundacional. De esta falta de lugar se sigue la frustración, el desgano, la depresión y acaso algo de delincuencia. En el paraíso de la competencia no se admiten desvíos, en consecuencia habrá que conformarse con el infierno de la lentitud. Es muy alto el precio que debe pagarse por ser común.
        La alteración de valores es tan curiosa que parece pecaminoso el plantearse una vida llena de estímulos, de amigos, de trabajo, de familia... de simpleza. Resulta que ahora, a quienes piensan de esa manera, se los acusa de ser personas con poca visión o conformistas. Escuchamos habitualmente "el mundo es de los valientes", "de los emprendedores". La respuesta a semejantes cuestiones es que hay gente que no se plantea la vida como un campo de batalla, con sus valientes y sus cobardes, que tampoco participan de la idea de los "emprendedores". Emprenden una familia, un sueño grupal, un deseo de brindarse por completo a los que más se quiere. Si lo dicho significa ser emprendedor pues entonces todos somos emprendedores, y si esto es así ¿para qué insistimos tanto en ello? El punto es claro. La idea de competencia asigna un valor muy diferente a la palabra emprendedor con lo cual deducimos con facilidad que los 'seres comunes' no son emprendedores, o tienen poca probabilidad de serlo, y que los 'no comunes' sí lo son o al menos se encuentran en buenas condiciones de lograrlo, nuevamente un campo de batalla: emprendedores vs. no emprendedores o comunes vs. no comunes. La competencia profundiza las divisiones culturales al tiempo que alienta la formación y/o consolidación de las clases sociales, dato que se desprende de la observación de la realidad cotidiana.

Las mayorías y el poder

        Miles y miles de personas en todo el mundo no desean ni llegar primeros ni ser los mejores. No porque sean torpes o poco "emprendedores", tienen una problemática diferente que los lleva a estructurar sus sistemas de vida sobre valores que no pasan ni pasarán por el concepto de competencia, tampoco desean ser "líderes naturales". Estas personas desean tener mejores trabajos, mejores remuneraciones, mejores condiciones de vida. Sin embargo no tienen en mente la idea de competencia para el logro de sus objetivos. Se encuentran, eso es claro, motivados y estimulados por muchas circunstancias pero no desean competir en términos que a cierta minoría podría interesar. La "competencia" no es patrimonio de la naturaleza humana. La motivación, la estimulación, sí lo son. El hombre mismo no es concebible sin un estímulo. La competencia nace por la exaltación del estímulo, podemos decir que es una sobreexcitación que actúa sobre nuestro sistema de estímulos. Dicho de otra manera y más contundente, la competencia es la exaltación de ciertas pasiones motoras del ser humano. No hace falta su exaltación ni menos aún su exégesis. Tengo para mí que la mayor parte de la población mundial se arregla a la tesitura de sostener a la competencia en términos de disvalor. Por cierto que las mayorías y el poder son dos cosas bien diferenciadas, hasta pueden, en ciertos casos, ser opuestos.

Competencia y educación

        Ya dentro de las estructuras educativas se ha discutido mucho el tema de la competencia. Jamás se obtuvieron datos positivos, afirmativos de las bondades del competir- que pudieran ser corroborados fehacientemente por la estadística ni menos aún con varias experiencia de vida. Einstein es el caso-ejemplo obligado. Los educadores que llevan años frente al aula conocen a la perfección el peligro que implica el fomento de la competencia, ella retarda los procesos naturales del aprendizaje y modifica, en mal sentido, el carácter de los educandos por la elevación de los valores normales de stress. También disminuye el estímulo por estudiar. Hay quienes piensan que esto al revés, yo los invito a leer mejor la realidad para que de una buena vez se convenzan de que la competencia es uno de los factores por los cuales el alumnado huye de las escuelas. Por otro lado, en nada ayudan los medios masivos de comunicación que alientan con persistencia sentimientos o estados competitivos. Soy claro. La competencia mina las fuerzas del ser humano. El gran problema es que este tipo de fuerza es fuerza vital, sin ella es mucho más difícil incorporar conocimientos, estudiar y educarse dentro de esquemas formales.
        Si la escuela está en crisis -parece que siempre lo estuvo- debemos buscar primero en los valores anteriores a ella y atrevernos a realizar las modificaciones necesarias. Recién en ese momento, cuando generemos los debates pertinentes y ejecutemos sus conclusiones, estaremos en condiciones de discutir una educación realmente superadora y edificante para el género humano todo y no para una insólita minoría.

Para finalizar

        La sociedad moderna necesita iniciar un debate sobre los beneficios y perjuicios producidos por lo que todos conocemos con el nombre de competencia. Una discusión de tal envergadura conceptual requerirá mecanismos que aseguren la participación de las mayorías. No es concebible que una minoría siga tomando decisiones que incumben e involucran a todo el género humano. De nada servirán nuestras quejas y lamentos si no estamos dispuestos a dar combate directo a un tema tan denso y conflictivo. Como en estos casos, por lo general, las acciones masivas son poco menos que irreales deberemos aprender a generar cambios desde la escuela y el hogar, apuntando a la calidad antes que a la cantidad. Veremos que con la subyacente consigna de preguntarnos ¿a quién perjudico? o ¿a quién beneficio?, tendremos base firme para comenzar una interesante labor educativa.
        El tema es tan urgente como la urgencia que tengamos de vivir con mayor plenitud.