FUENTES DEL CONOCIMIENTO
INTRODUCCIÓN AL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO
GUIBOURG, GHIGLIANI Y GUARINONI
EDITORIAL EUDEBA, ARGENTINA, 1988
ORIGINAL


Presentación

El presente artículo fue extraído del libro "Introducción al conocimiento científico" (Ed. Eudeba, Guibourg, Ghigliani y Guarinoni). Resulta interesante observar cómo los autores con la intención de no caer en la dogmatización apelan a ella recurrentemente. Véanse las madejas que son capaces de edificar en el "principio de autoridad" o acerca de las fuentes de conocimiento de primera mano. Se trata, con todo, de un magnífico trabajo para debatir; no oculta sus líneas ideológicas: No ocultemos las nuestras al encarar su lectura y discusión.

Pablo Bensaya, Río Cuarto, Argentina, 1992

Fuentes del Conocimiento

        Si alguien afirma ante nosotros la verdad de cierta proposición y le preguntamos cómo sabe lo que dice saber (o, como dicen los abogados, la razón de su dicho), podemos obtener respuestas de diverso tipo. Examinaremos las principales.
        a) Lo he visto. Esta respuesta se apoya en la fuente básica del conocimiento: la experiencia. Sabemos algo por experiencia cuando el estado de cosas descrito por la proposición ha caído bajo la acción de nuestros sentidos: lo hemos visto, oído, tocado o percibido por cualquier medio sensible. La confiabilidad de la experiencia no carece de dificultades, como ya vimos; pero, de hecho, esta fuente constituye el patrón por el cual se mide la utilidad de las otras, y los errores que pudiéramos cometer en la adquisición de experiencias (sueño, alucinaciones) no pueden corregirse sino mediante la comparación con otras experiencias.


        b) No lo he visto, pero estuve en situaciones semejantes, y en todas ellas ocurrió lo que afirmo. Nuestro interlocutor no conoce aquí por experiencia la verdad de la proposición que enuncia, pero sí conoce por experiencia la verdad de otras proposiciones referidas a casos semejantes. El proceso por el cual se pasa del conocimiento de unas verdades al conocimiento de otras se llama razonamiento; y el conjunto de las reglas que indican las condiciones en que el razonamiento es capaz de proporcionar frutos adecuados recibe el nombre de método. La respuesta que nos ocupa se funda en un razonamiento basado, a su vez, en conocimientos empíricos (es decir, derivados de la experiencia). Esto tienen, pues, en común las respuestas a y b; ambas apelan a un conocimiento empírico; la primera en forma directa, la segunda mediante la razón (o capacidad de la mente que se ejerce en el razonamiento).
        c) Es el resultado de mis cálculos, y puedo demostrarlo. Esta respuesta es apropiada para enunciado tales como "la raíz cuadrada de 1521 es 39", o "la suma de los ángulos interiores de un triángulo equivale a ciento ochenta grados". Otra vez nos hallamos frente a un razonamiento aunque de base no empírica; la geometría y la aritmética manejan conceptos abstractos que, como tales, no pueden verse ni tocarse. Sin embargo, estos conceptos se hallan integrados en sistemas, dentro de los cuales las proposiciones en que ellos participan pueden demostrarse mediante cálculos, a partir de otras proposiciones. Así sucede, por ejemplo, con los teoremas de la geometría de Euclides, cuyas tesis se infieren de otros teoremas o, en última instancia, de los axiomas.
        Este tipo de razonamiento, llamado formal, no tiene ningún punto de contacto con la experiencia dentro del sistema de que se trate; pero, como ya hemos visto la utilidad del sistema como un todo depende de consideraciones pragmáticas y, por tanto, mediatamente empíricas.
        d) Me lo dijeron (o lo leí). Una respuesta de esta clase apela al argumento de autoridad. Nuestro interlocutor no ha elaborado por sí mismo el conocimiento que dice tener: lo ha recibido de un tercero. Esta recepción (el hecho mismo de haberlo oído o leído) es un hecho que el hablante conoce por su propia experiencia, pero el valor de este tipo de experiencia depende enteramente del valor del conocimiento del tercero. De modo que el argumento de autoridad no hace más que trasladar el problema: si yo sé algo porque mi vecino me lo contó, ¿cómo lo supo mi vecino? El coeficiente de mi seguridad en la verdad de la afirmación será un múltiplo de mi confianza y finalmente de la confiabilidad de las razones que mi vecino haya tenido para creer en tal afirmación. Esta pluralidad de factores (de los cuales sólo uno es directamente controlable por nosotros) hace que la autoridad, como fuente derivada de conocimiento, no goce hoy en día de un prestigio muy grande.
        Sin embargo, resulta imposible prescindir de ella. El panorama de nuestro conocimiento quedaría muy recortado si sólo dependiésemos de lo que nosotros mismos experimentamos o calculamos, y, de hecho, la mayor parte de lo que sabemos en materia de ciencias, artes, derecho, filosofía o cualquier otro tema se funda en libros que hemos leído, en clases que hemos escuchado o en imágenes cuya reproducción hemos visto. Cada uno de esos libros, de esas clases o de esas imágenes pudo habernos engañado, o provenir de alguien que a su vez se engañara; pero, aunque desconfiemos de algunas o de muchas de esas informaciones en particular, no tenemos más remedio que confiar en la autoridad en general si queremos obtener los conocimientos necesarios para el desempeño de una persona culta.
        Entonces, ¿estamos desprotegidos frente a lo que se nos dice? ¿No hay medio de distinguir entre autoridad veraz y autoridad engañosa, salvo, el lento y engorroso de comprobar por nosotros mismos cada información? No lo hay en un sentido riguroso, pero ciertas elementales pautas de prudencia pueden ayudarnos en esta delicada empresa. La primera de estas pautas consiste en elegir (dentro de lo posible) en quién confiar, teniendo en cuenta su fama, su trayectoria y el grado de su interés personal en la información que nos proporciona. Así, en materia de medicina confiaremos más en la opinión de un célebre médico que en la de un curandero de aldea, y si se trata de averiguar el estado del automóvil usado que se nos ofrece, preferiremos el parecer de nuestro mecánico antes que el del vendedor. Y, naturalmente, hemos de cuidar de no confundir los ámbitos de competencia, como a menudo nos incita a hacerlo la publicidad: un famoso historiador no está mejor capacitado que otra persona para ponderar las virtudes de un whisky, así como no se nos ocurriría consultar un problema jurídico con un eminente matemático.
        Pero la pauta básica para defendernos del mal uso de la autoridad (en materia de conocimiento, se entiende) consiste en tener siempre en cuenta que se trata de una fuente derivada y no originaria. Todo lo que se nos dice, oralmente o por escrito, debe originarse en alguna fuente directa, como la experiencia o (en cierto sentido) el razonamiento. Debemos, pues, estar en condiciones de confiar en que el autor de la información (o el maestro del autor, o quien se la enseñó a dicho maestro, etc.) tuvo realmente el conocimiento de primera mano. Si alguien (aunque sea un famoso astrónomo) nos afirma que en una lejana galaxia vive un hombrecito verde llamado Xypx, será mejor que no le demos crédito hasta que nos explique con qué poderoso telescopio ha podido comprobar datos tan minuciosos [1].


        e) No podría explicarlo, pero es algo que siento dentro de mí con la fuerza de una certidumbre. Se trata aquí del recurso de la intuición. Los filósofos suelen hablar de tres clases de intuición: la sensible, la intelectual y la emocional [2]. La primera consiste en la aprehensión de los objetos reales mediante los sentidos, por lo que se reduce a la experiencia. La segunda -según se sostiene- permite conocer ciertas realidades no sensibles, o metafísicas (como las esencias, por ejemplo), mediante un acto intelectual distinto de la aprehensión sensorial (aunque eventualmente asociado con ésta). La emocional (o axiológica) es la que permite distinguir lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo, lo justo de lo injusto.
        La intuición intelectual y la emocional constituyen algo así como certidumbres que aparecen en nuestra mente cuando contemplamos la realidad; certidumbres que van más allá de esa realidad y que supuestamente nos revelan ciertas estructuras o propiedades ideales o metafísicas que no pueden aprehenderse con los sentidos.
        Salvo por la jerarquía de los presuntos conocimientos que nos proporcionan, estos tipos de intuición pueden comparase a aquello que en la vida cotidiana llamamos del mismo modo: un chispazo intelectual que nos propone una idea antes inadvertida.
        Algunas veces, tal chispazo nos trae la solución de un problema que nos preocupaba y que casi habíamos abandonado: los psicólogos suelen explicar este fenómeno como el resultado de una actividad mental inconsciente. Otras veces se presenta como una relación novedosa entre dos o más conocimientos preexistentes, y otras más como una certidumbre proveniente de nuestras experiencias pasadas o de nuestra educación. Esto, para no hablar de las ocasiones en que decidimos jugar un número de lotería sobre la base de un sueño que tuvimos anoche. Todos estos estados mentales, desde los más valiosos hasta los más groseramente supersticiosos, desde los que traen sensación de total certidumbre hasta los que quedan en mera conjetura, tienen algo en común: deben ser contrastados con otros elementos de juicio para adquirir la categoría de conocimientos. El mero estado mental, por mucha confianza que personalmente tengamos en su contenido, no deja de ser una creencia: falta demostrar que esa creencia tiene fundamento.
        Los intuicionistas, por cierto, no aceptan esta crítica: sostienen que la intuición es, en sí misma, un adecuado elemento de juicio sobre la realidad a la que se refiere. Un intuicionista rechazaría indignado toda comparación entre la intuición axiológica, por ejemplo, y la creencia de que saldrá tal o cual número de la lotería. La realidad sensible -sostendría- es materia de intuición sensible, por lo que su conocimiento ha de referirse en definitiva a la experiencia. Pero la realidad no sensible, aquella que escapa a los limitados poderes de nuestros sentidos, ¿cómo podría ser conocida si no fuera por medio de la intuición? La intuición, pues, es la única fuente apropiada para adquirir conocimientos metafísicos.
        Esta controversia, por cierto, abre una bifurcación de los caminos filosóficos. Uno de estos caminos lleva a la especulación metafísica en aras de la intuición. Quienes siguen el otro no creen en la utilidad de ese camino ni del vehículo empleado para recorrerlo, y razonan de este modo: si la intuición no constituye por sí sola prueba de conocimiento, ¿cómo podemos saber que existen realidades metafísicas susceptibles de ser conocidas por algún medio? Si la intuición es la vía hacia la metafísica, y la metafísica sólo se conoce por la intuición, ¿no integrarán ambas una suerte de círculo vicioso?. Si no confiamos en la mera creencia para conocer la realidad sensible, y exigimos pruebas adicionales, ¿por qué habríamos de confiar en un simple estado mental para tener por ciertas proposiciones sobre supuestas realidades sublimes, cuya prueba adicional se nos niega? Algunos filósofos han ido más allá al afirmar que toda proposición no contrastable con la realidad carece de significado. Para Wittgenstein, por ejemplo, el lenguaje es la representación o mapa de la realidad, de modo que los límites de la realidad son los límites del lenguaje. Lo que está fuera de esa realidad no puede ser expresado, y "sobre aquello de que no puede hablarse, es mejor callar" [3].
        Aun cuando no se compartan posiciones tan extremas, parece claro que el contenido de las ciencias ha de referirse a conocimientos contrastables, y a que la ciencia es un saber público y no el producto de una certidumbre individual. En este sentido, pues, y en la medida en que deseamos hacer de nuestro estudio una ciencia, trataremos -al menos, provisionalmente- de mantenernos al margen de la metafísica. Y, en consecuencia, no aceptaremos la intuición como prueba suficiente de la verdad de un enunciado, sin perjuicio de su indudable utilidad como base de investigación.
        f) Mire, es cuestión de fe; y yo tengo fe. Cuando se habla de metafísica, es común que se piense en la religión. La identificación entre ambos conceptos es errónea, ya que si bien es difícil imaginar una religión sin algo de metafísica, esta última no incluye necesariamente concepciones religiosas.
        Con independencia, empero, de tal distinción, lo cierto es que si se pregunta a un creyente por el fundamento de su creencia, su respuesta contendrá un recurso a la fe como fuente del conocimiento de ciertas verdades.
        La fe, aun para los que la consideran un don divino, es siempre un estado mental: consiste en una firme creencia en la verdad de ciertas proposiciones. A esto nos referimos cuando decimos que alguien adquirió la fe o la perdió, o que su fe es firme o que flaquea: queremos decir que empezó a creer o dejó de hacerlo, o que su creencia es más o menos fuerte. Si la fe es idéntica a la creencia, pues, no puede constituirse en prueba de sí misma.
        Esta comprobación, por cierto, no va en contra de la fe ni de las convicciones religiosas: por el contrario, si éstas pudiesen fundarse en pruebas (en pruebas de la misma naturaleza que las que nos permiten creer en los hechos que vemos y tocamos), la fe carecería de utilidad. Si la fe es un don del Cielo, o si se le atribuye un mérito, es precisamente porque consiste en creer, por la propia fuerza del espíritu, aquello de lo que no se tiene pruebas.
        Pero no es necesario acudir a la religión para ejemplificar el fenómeno de la fe: tenemos fe en una idea (creemos que es justa, buena o adecuada), tenemos fe en un amigo (creemos que no nos defraudará). En todos los casos nuestra fe consiste en una creencia: que esta creencia sea justificada depende de las pruebas que tengamos sobre la verdad del enunciado objeto de nuestra fe. Si tenemos pruebas suficientes (se entiende, intersubjetivamente suficientes), empezamos a decir que sabemos, en tanto resulta menos probable que hablemos de fe.
        La fe, pues, por respetable que resulte como sentimiento humano, don divino o búsqueda de lo absoluto, y aun cuando las proposiciones a las que se refiera sean efectivamente verdaderas, no constituye por sí sola una fuente de conocimiento (al menos, en relación con el modo en que hemos definido "conocimiento"): mientras carece de pruebas suficientes es mera creencia, y cuando las adquiere se transforma en saber.

NOTAS
1. El uso descuidado de esta fuente de conocimiento (olvidar que es una fuente derivada) puede llevarnos a incurrir en la llamada falacia de autoridad, que consiste en suponer que el hecho de que alguien sostenga que cierta proposición es verdadera la hace verdadera. Sabemos ya que la verdad o la falsedad de una proposición es independiente de la cantidad o de la calidad de la gente que la repute verdadera, como en el ejemplo del astrónomo.
        Existe, empero, una disciplina donde la autoridad aún conserva una parte sustancial de su prestigio de otrora; el derecho. Desde antiguo los juristas han considerado la autoridad de los estudiosos (es decir, de ellos mismo) como un elemento fundamental para conocer el derecho, hasta el punto que es común considera a la doctrina de los autores como "fuente del derecho", junto a la ley y a la jurisprudencia. En el Imperio romano los juristas más notables recibían del Emperador el ius publice respondendum, que era el derecho de emitir "interpretaciones auténticas" de las normas del derecho romano, y hacerlo con fuerza de ley.
        En los países de derecho legislado la doctrina ya no tiene, como fuente, la importancia que tuvo en otras épocas, pero igualmente las alusiones a la opinión de tal o cual autor son comunes, tanto en los escritos de los abogados como en los fallos judiciales. Esto permite que los autores de textos jurídicos hagan política jurídica encubierta, al presentar como meras descripciones del derecho positivo sus interpretaciones personales basadas en valoraciones. Estas interpretaciones son usadas luego por abogados y jueces como argumentos retóricos en favor de la solución jurídica que propician para el caso en que intervienen (cf. Ross, Sobre el derecho y la justicia, p. 45).
        Asignar demasiada importancia a la autoridad en materia científica o filosófica engendra estancamiento y termina matando al conocimiento. Esto es corriente en los gobiernos autoritarios, en los que aparecen engendros tales como la "doctrina científica oficial" (tal el sonado caso de las teorías de Lisenko en la Unión Soviética) que terminan esterilizando a toda la comunidad científica. Hoy se admite en general que la ciencia es una actividad en la que el hombre debe revisar continuamente sus presupuestos y estar dispuesto a abandonar cualquiera de ellos ante la prueba contraria. Las teorías científicas nuevas suelen establecerse en contra de las teorías anteriormente aceptadas, y esto requiere una actitud mental razonadamente contestataria frente a las doctrinas establecidas, por grande que fuese el prestigio de quien las estableciera.
        Pero esto (y aun con el riesgo de autorreferencia), se recomienda a los lectores de este libro que adopten frente a él una actitud crítica, y sometan a revisión y discusión cada uno de sus párrafos. Los autores pretenden fomentar el pensamiento crítico frente a lo que aparece como saber aceptado y, a la vez, proporcionar herramientas metodológicas para ejercer una crítica fructífera. Se verían defraudados, en consecuencia, si el lector tomara como propias sus ideas sólo porque ellos las expusieron.
2. Esta clasificación constituye una simplificación por razones didácticas, ya que diversos filósofos han formulado su concepto de intuición de distintas maneras y con diferente alcance.
3. Ludwig Wittgenstein (1889-1951) fue un filósofo vienés de azarosa vida, cuyo pensamiento ejerció gran influencia sobre la filosofía analítica y aun sobre su propio maestro, Bertrand Russell. Su obra más completa y conocida es el Tractatus logico-philosophicus, de donde se han extraído las opiniones citadas (cf. Wittgenstein, Ludwig, Tractatus logico-philoophicus, Madrid, Revista de Occidente, 1957, párrafos 1.1, 2.1, 3.2, 4, 4.OO1, 4.O1, 4.121, 1.7).