PESTALOZZI A LAS MADRES
EL LIBRO DE LAS MADRES
JOHANN HEINRICH PESTALOZZI (1746-1827)
EDICIÓN DANIEL JORRO, MADRID, 1911
Trad. y Comp. LORENZO LUZURRIAGA, 1988


De El libro de las madres

El niño no puede hablar espontáneamente sin el auxilio del arte, como le ocurre con el ver.
        Sin dicho auxilio sólo posee una simple facultad de emitir sonidos. El arte la eleva a facultad de lenguaje, y más tarde se sirve de esta fuerza ilustrada para facilitarle la aclaración de todas las representaciones que son dadas al hombre por sus sentidos.

Seguramente esta madre feliz, en África, espera los beneficios de una formación adecuada para dar la primera educación a su bebé. Presencias agradece a UNICEF

        La madre se ve obligada, con frecuencia, por su instinto a balbucear sonidos al niño; se deja llevar por una alegría interior a causa de esta tendencia natural; le provoca placer distraer y divertir al niño de este modo, y la Naturaleza auxilia sus esfuerzos en tal sentido. El niño no oye únicamente los sonidos de la madre; oye también la voz del padre, del hermano, del criado y de la criada; oye sonar la campana, golpear en la madera, ladrar al perro, piar al pájaro, mugir a la vaca, balar a la oveja, cantar al gallo.
        Pronto deja de ser su oído una simple y vacía conciencia de los sonidos que a él llegan, y percibe sus diferencias; comienza entonces a sospechar y observar la relación de los sonidos con los objetos a los cuales se refieren; mira la campanilla de la casa cuando suena; dirige sus ojos a la vaca cuando muge; a la puerta, cuando alguien golpea en ella; al perro, cuando ladra; etc.; y así como empieza a notar la relación que hay entre los sonidos que llegan a su oído y los objetos de los cuales provienen, del mismo modo empieza también a descubrir la relación que existe entre los objetos que están habitualmente ante sus ojos y los sonidos que la madre produce cuando los nombra; comienza, en fin, a descubrir la relación de los nombres con las cosas conocidas. Así, antes de que tenga intención de hacerlo, llega a balbucear algunos de los sonidos que oye; ahora comienza también a sentir en sí mismo esta fuerza. Salen involuntariamente de su boca sonidos desiguales; los oye, siente su fuerza; quiere balbucear, lo consigue, le causa alegría, balbucea de nuevo y ríe. La madre lo oye, contempla sus risas; su corazón se eleva; se duplica la tendencia de su instinto a balbucear sonidos ante él, y lo ejercita más contenta y satisfecha que antes.


        Pero mientras esta tendencia alcanza el grado supremo de su encanto, comienza ya la Naturaleza a socavar poco a poco los fundamentos instintivos en que sólo hasta ahora descansaba. Paulatinamente va desapareciendo la necesidad de distraer y divertir al niño con el balbuceo. Este modo de obrar rutinario llega a no satisfacer al niño que ya sabe distraerse por sí mismo; le basta para ello la Naturaleza que a su alrededor vive y se agita; pero ahora necesita y quiere aún más para divertirse: desea que se le informe de todo lo que ve, oye y siente; necesita ahora aprender a hablar, y la madre debe ahora enseñarle.
        Mas como la especie humana se dirige en general desde todo modo de obrar instintivo a todo modo de obrar racional por la necesidad, las preocupaciones y las circunstancias, estas mismas causas ejercen asimismo su influencia en la educación de la humanidad en este tránsito del modo instintivo de obrar de la madre al modo de obrar racional. A ésta empieza a faltarle tiempo para su balbuceo irreflexivo; además de su pequeñuelo, tiene muchísimas cosas de qué ocuparse; se ve obligada, por consiguiente, a cuidar a su hijo con regularidad; es decir, a determinadas horas y en ciertos momentos; fuera de esto, sus quehaceres la llaman a otras partes; debe, pues, porque no puede ser de otro modo, dedicar aquellas horas y momentos a enseñarle a hablar, en los momentos que la Naturaleza señala para las necesidades del niño y para satisfacerlas. En los momentos en que lo lava y asea, nombra -y así debe hacerlo- todas las partes de su cuerpo que le moja y enjuga; al prestarle estos cuidados es cuando precisamente le dice: dame tu manito; dame tu piececito; y cuando le da de comer nombra la papilla, el puchero y la cuchara; los cuidados más íntimos y el cariño en esta asistencia la hacen enfriar en la cuchara la papilla demasiado caliente y decir, mientras la lleva despacio a la boca del niño: tienes que esperar, está caliente.
        El arte de enseñar a hablar a los niños es muy limitado en la mayor parte del pueblo, en lo más esencial de lo que se exige al efecto. Muchas mujeres que hablan de cuanto hay en el cielo y en la tierra no están en situación de nombrar al niño las tres o cuatro partes de que se componen los ojos, la nariz y la boca. Charlan durante muchas horas del día de las cosas más extrañas, pero no saben una sola palabra de la educación del niño, que es lo importante, aunque lo tengan delante de las narices. Es una triste verdad, pero es preciso reconocer que la masa del pueblo no tiene los conocimientos del idioma que son necesarios para enseñar a hablar a un niño; y es también una triste realidad que las madres campesinas, y las más locuaces menos, saben enseñar a hablar a sus hijos. Así, los males son incalculables; pero, ¡Dios mío!, los medios para subsanarlos son tan fáciles cuanto mayores son los daños.


        Ya se ha realizado enteramente y se ha producido lo que el arte mismo debía realizar y producir para satisfacer estas necesidades de la educación humana y para poner a las madres en situación de enseñar a hablar a sus hijos: el idioma que existe y está formado para ello en todos los pueblos. Lo que falta es una guía para las madres que las ponga en situación de avanzar sin saltos desde el momento en que la necesidad, las preocupaciones y las circunstancias las han educado para este fin el enseñar a hablar a sus hijos; falta una guía para que reconozcan en toda su extensión y utilicen en toda su fuerza este punto, como el punto inicial para enseñar a hablar a sus hijos.
        ¡Madres! El libro que pongo en vuestras manos no tiene fin menos alto; su objeto es poneros en situación de realizar una educación racional, a la que, hasta aquí, no habéis prestado una atención y asistencia conforme a la naturaleza humana y a vuestra condición. Debe poneros en situación de enseñar a hablar a vuestros hijos de un modo preciso sobre el cuerpo humano, sus partes, sus ocupaciones y funciones; debe ampliar con el ejercicio del discurso todos los objetos que permanecen en el círculo sensible del niño y que deben despertar su atención.
        ¡Madre! En la dirección de las fuerzas del niño en el lenguaje, no tienes que hacer con este libro más que lo que ya has hecho con las imágenes que has traído a su conciencia por la vista. Cuando comprendas lo esencial que es para la formación de sus conocimientos grabar profundamente la imagen de los objetos más importantes que están habitualmente ante sus ojos, comprenderás, del mismo modo, lo esencial que es enseñar al niño a expresarse determinadamente sobre estos objetos; y cuando te des cuenta de lo importante que es para la educación del niño que lleves en tus brazos, los objetos que deban despertar su atención de un modo preferente y se los hagas contemplar de un modo perfecto, verás con facilidad qué es lo que debes enseñarle para que se pueda expresar determinadamente sobre ellos.
        Haz esto; enséñale a decir concretamente, por medio de este libro, el nombre, propiedades, formas, partes, etc., de cualquier objeto que le muestres en la casa, en el campo y en el jardín, y continúa después despertando su atención sobre la proximidad y la lejanía, el número y la magnitud de las cosas; proporciónale también nombres para estas circunstancias y referencias, y aprovecha para este fin último la teoría de la intención de las relaciones de número y medida, cuyos ejercicios iniciales son tan fáciles para ti como el contar por los dedos.
        Mediante este conjunto de reglas podrás educar a tu hijo con seguridad para que pueda expresarse con la mayor exactitud en todos los objetos sensibles.
        Pero el círculo de objetos del cual el niño oye y tiene que aprender a hablar es mucho más extenso. Tu hijo ama, agradece, confía; quiere y necesita poder decir que ama, agradece y confía. La educación de mi especie para poder hablar de los sentimientos de amor, agradecimiento y confianza, se relaciona con la educación elemental de estos sentimientos mismos, de igual manera que la educación de mi especie, para poder hablar de los objetos sensibles, se relaciona con una educación elemental de la intuición de los objetos sensibles. Esta educación elemental, o más bien este primer desarrollo de los sentimientos morales, nace del amor, del agradecimiento y de la confianza, cuyos primeros gérmenes se desenvuelven en el regazo materno; y así como la Naturaleza coloca el punto inicial de donde parte para que el niño empiece a hablar de los objetos sensibles, en los cuidados maternales, del mismo modo, hace también depender de los cuidados prestados al niño en el regazo materno el que empiece a hablar de los objetos morales.
        Es esencial que la serie de los medios empleados para desarrollar estos sentimientos partan, en toda su extensión, de este punto inicial y se aten firmemente a él en su proceso total.
        Toda verdad y seguridad interior de la fuerza moral y todo fundamento de los conceptos exactos de estos sentimientos, que descansan en la intuición interior, están en la más íntima relación, desde su germen hasta su término, con los primeros cuidados maternales.
        No olvides, por tanto, madre, que el punto inicial del enseñar a hablar a tu hijo sobre objetos morales está encadenado por la Naturaleza a los mismos cuidados y a los sentimientos que vivifican, tanto y más como el punto inicial, del enseñar a hablar a tus hijos sobre objetos sensibles, lo está a estos cuidados y a los sentimientos que animan; y así, cuando quieras enseñar a hablar a tus hijos sobre objetos morales, sigue también la marcha de la sabia Naturaleza. Así como no le haces pronunciar, ni le debes hacer pronunciar nunca los nombres cabeza, ojos, oreja, mano, etc., antes que la imagen de éstos esté impresa firmemente en su espíritu por múltiples intuiciones, del mismo modo no le hagas pronunciar las palabras amor, confianza y agradecimiento hasta que se hayan producido indeleblemente estos sentimientos mismos en su espíritu mediante múltiples intuiciones interiores. Que no pronuncie la palabra amor sin el vivo sentimiento del amor; que no pronuncie la palabra agradecimiento sin sentir vivamente el agradecimiento; que no pronuncie la palabra confianza sin la amplia conciencia de una confianza verdadera. Sé lo que exijo, pero Dios y la Naturaleza exigen lo que yo exijo; el mundo y tú misma te agobian con lo que no exigen de ti ni Dios ni la Naturaleza; por eso únicamente es difícil lo que Dios y la Naturaleza exigen de ti. El mundo y tú te apartan completamente de los sentimientos superiores del gran encadenamiento natural de nuestras fuerzas y de su desarrollo a los primeros cuidados prestados a tu hijo en tu regazo; y sin el sentimiento elevado y ferviente de este gran encadenamiento, llegas a ser arrastrada en cada momento a pronunciar la palabra amor y a hacerla pronunciar a tu hijo sin el vivo sentimiento del amor. ¡Pobre madre! ¡Lo que el mundo hace contigo es lo que tú misma haces! ¡Sal de tu error! ¡Apártate de las asechanzas de este mundo loco; elévate a sostener en todo momento el gran secreto de tu fuerza suprema, sin el que no eres madre, sin el que no tienes valor para ser madre; asegúrate; desatiende todas las cosas de la tierra cuando seas madre, y asegúrate la madurez interior, la madurez interior de los sentimientos de amor, de agradecimiento y de confianza de tu hijo, mediante la verdad interior de estos sentimientos en ti misma, y mediante una pureza y santidad en los cuidados prestados a tu hijo, asequibles únicamente mediante esta verdad interior de estos sentimientos en ti misma!
        ¡Madre, madre! la pureza en los cuidados prestados a tu hijo, dirigida y aplicada a la verdad de estos sentimientos, es la que te arranca del mundo como madre y te entrega a ti misma y a tu hijo. ¡Madre!, únicamente esta pureza te eleva, como madre de tu hijo, de una verdad a la otra, de una a otra fuerza.
        ¡Madre, madre! esta pureza te conduce a la fuente de tu verdad, al origen de tu fuerza; te lleva a tu Dios y a tu Creador; te lleva a tu Padre Eterno, al Padre Eterno de tu hijo; te muestra a Dios en el brazo de tu hijo; en los abrazos que le das y en los cuidados que le prestas aprende a conocer a tu Dios del mismo modo que tú lo conoces. Hay una tendencia a creer en la naturaleza humana, que encierra en lo más íntimo de ella los verdaderos gérmenes del amor, del agradecimiento y de la confianza, del mismo modo que la flor de la primavera está contenida en su simiente. ¡Madre!, tu hijo cree a gusto en un ser de quien eres amada y que te cuida a ti misma, como tú lo cuidas a él; apenas pronuncias el nombre de tu Dios, y ya se sonríe al oírlo; pero no pronuncies nunca, ni se lo hagas pronunciar, sin estar íntimamente relacionado con los sentimientos de amor, de agradecimiento y de confianza; y no olvides nunca que la primera impresión que produzca el nombre de tu Dios depende de la verdad, de la pureza y de la santidad, y de la pureza de los cuidados prestados a tu hijo. Así como estos cuidados son amor, así sentirá amor en la oscuridad de su existencia sensible al pronunciar por primera vez el nombre de tu Dios; y si en estos cuidados falta este puro y elevado sentimiento, tampoco sentirá ni pensará nada en esta oscuridad de su existencia, meramente sensible, al oír el nombre de tu Dios; será para él un sonido vacío. ¡Ah! Si tú no lo amas, si no ve, oye, experimenta y siente, en esta oscuridad de su existencia sensible, el encadenamiento de tu amor en tus cuidados, el nombre de tu Dios tiene que serle un sonido vacío. ¡Madre, madre!: si no te ve y te siente afable en estos momentos, menos verá y sentirá lo afable que el Señor es; y, verdaderamente, si ahora no lo siente y no lo ve, más difícilmente lo sentirá y lo verá después.
        Por tanto, madre, la consecución del fin de enseñar a hablar sobre objetos morales está unida a la intuición interior y a los cuidados prestados a tu hijo, del mismo modo que la consecución del fin de enseñar a hablar sobre los objetos sensibles está unida a la intuición exterior y a estos mismos cuidados, íntimamente enlazados con ella.