DE LA EDUCACIÓN PRÁCTICA
SOBRE EDUCACIÓN
IMMANUEL KANT (1724-1804)
EDICIÓN DANIEL JORRO, MADRID, 1911
Trad. y Comp. LORENZO LUZURRIAGA, 1988


[Kant nos habla aquí de la formación moral y de la educación religiosa]

La educación práctica comprende: a) la habilidad; b) la prudencia; c) la moralidad. En lo que se refiere a la habilidad, se ha de procurar que sea sólida y no fugaz. No hay que adoptar aire de conocer cosas que después no se pueden realizar. Hay que buscar la solidez en la habilidad, y que llegue a ser esto, poco a poco, por hábito en el modo de pensar. Es lo esencial del carácter de un hombre. La habilidad es necesaria para el talento.
        Por lo que toca a la prudencia, consiste en el arte de colocar nuestra habilidad en el hombre; es decir, ver cómo puede servirse de ellos para sus intenciones. Requiere esto varias cosas. Propiamente, es lo último en el hombre; pero por su valor merece el segundo lugar.


        Si se ha de dejar al niño la prudencia, tiene que hacerse disimulado e impenetrable, pero pudiendo examinar cuidadosamente a los otros. Tiene particularmente que ocultarse en lo que se refiere a su carácter. Los modales son el arte de la apariencia exterior, y éste lo ha de poseer. Es difícil penetrar en los otros, pero se ha de lograr necesariamente el arte de hacerse impenetrable. Para ello se necesita disimulo; es decir, ocultar sus faltas y su apariencia exterior. El disimulo no es siempre el fingimiento, que se puede permitir a veces, aunque confina con la impureza. El fingimiento es un medio desesperado. La prudencia pide no precipitarse fácilmente, pero no hay que caer tampoco en la indolencia. Valiente, es diferente de violento. Un hombre bravo (strenus) es el que goza queriendo. Esto es relativo a la moderación del afecto; la prudencia corresponde al temperamento.
        La moralidad concierne al carácter. Susline et abstine es prepararse a una prudente moderación. Para formar un buen carácter es necesario suprimir las pasiones. Hay que acostumbrar al hombre a que sus inclinaciones no lleguen a ser pasiones, y a pasar sin lo que se le niegue. Sustine, significa: soporta y acostúmbrate a soportar.
        Es necesario valor e inclinación para aprender a privarse de algo. Hay que acostumbrarse a las respuestas negativas, a la resistencia, etcétera.
        La simpatía pertenece al temperamento. Ha de prevenirse a los niños contra una compasión anhelante o lánguida. La compasión es realmente sensibilidad; concuerda sólo con un carácter sensible. Es también distinto de la piedad, siendo un mal lamentarse meramente de una cosa. Se debería dar dinero a los niños para gastos menudos, con los que pudieran socorrer a los necesitados, y entonces se podría ver si son o no son piadosos; pero cuando sólo son dadivosos en el dinero de sus padres, pierden esta virtud.
        La máxima festina lente indica una actividad continua; hay que apresurarse a aprender mucho; es decir, festina; pero también hay que aprender con fundamento, y por lo tanto emplear tiempo en esto; es decir, lente. Se ocurre preguntar si es preferible dar una gran cantidad de conocimiento o sólo una pequeña, pero sólidamente. Es mejor saber poco, pero con fundamento, que mucho y superficialmente, pues al fin se advertirá en el último caso lo poco profundo de esto. Como el niño no sabe en qué circunstancias tendrá que usar este o aquel conocimiento, lo mejor es que sepa algo de todo con solidez; de lo contrario, sólo seducirá y deslumbrará a los demás con sus conocimientos superficiales.
        Lo último es la fundación del carácter. Consiste éste en los firmes designios para querer hacer algo, y también en la ejecución real de los mismos; Vir propositi tenax, dice Horacio, y éste es el buen carácter. Por ejemplo: si yo he prometido algo, he de mantenerlo, aun cuando pueda perjudicarme. No puede fiarse mucho de sí mismo el hombre que, haciendo propósito de algo, no lo hace. Acaba por desconfiar de sí el que proponiéndose levantarse temprano siempre para pasear, para estudiar o para hacer esto o aquello, se excusa, en la primavera, con que aún son frías las mañanas, pudiéndolo perjudicar el frío; en verano, con que es bueno dormir, siéndole el sueño agradable, y aplaza de este modo su propósito de un día para otro.
        Lo que es contrario a la moral queda excluido de tales determinaciones. En un malvado, el carácter es muy malo; pero aquí se lo llama tenacidad, y aun entonces agrada ver que cumple su propósito y es constante, aunque mejor sería que se condujese así en el bien.
        No hay que contar mucho con el que aplaza constantemente la ejecución de sus propósitos. Esto ocurre con la llamada conversión futura. Es imposible que pueda convertirse en un instante, como quiere el hombre que fue siempre vicioso, al no suceder un milagro para que de una vez sea como aquel que caminó bien toda su vida y siempre pensó honradamente. Tampoco se puede esperar nada de las peregrinaciones, mortificaciones y ayunos; no se concibe cómo pueden hacer de un hombre vicioso un hombre noble las peregrinaciones y otras prácticas semejantes.
        ¿Qué hace por la honradez y corrección ayunar todo el día, comiendo, en cambio, a la noche, o imponer una expiación a su cuerpo que en nada puede contribuir al cambio del alma?


        Para fundar un carácter moral en los niños hay que observar lo siguiente:
        Enseñarles, en lo posible, el deber que tienen que cumplir, mediante ejemplos y disposiciones. Los deberes que el niño ha de cumplir son sólo los deberes ordinarios hacia sí mismo y hacia los demás. Es preciso deducir estos deberes de la naturaleza de las cosas. Aquí tenemos que considerar inmediatamente:
        a) Los deberes para consigo mismo. No consisten en procurarse un magnífico traje, comer deliciosamente, etc., aunque haya que ser limpio en todo, ni en buscar el contento de sus apetitos e inclinaciones -por el contrario, hay que ser muy moderado y sobrio-, sino en que, el hombre tenga en su interior una cierta dignidad que lo ennoblezca ante todas las criaturas, siendo su deber no desmentir esta dignidad de la humanidad en su propia persona.
        Pero nosotros nos separamos de esta dignidad de la humanidad cuando, por ejemplo, nos entregamos a la bebida, realizamos actos contra naturaleza, cometemos toda clase de excesos, etc.; todo lo cual coloca al hombre mucho más bajo que los animales. No es menos contrario a la dignidad de la humanidad el hombre que se rebaja a los otros y les hace siempre cumplimientos, imaginándose que se captará su voluntad con conducta tan indigna.
        Habría también que hacer sensible la dignidad humana a los niños en sí mismos; por ejemplo, en el caso de suciedad, que, por lo menos es indecoroso para la humanidad. Pero cuando realmente se coloca el niño por bajo de la dignidad humana, es con la mentira, pues ya puede pensar y comunicar sus pensamientos a los demás. La mentira hace al hombre objeto del menosprecio general, y es un medio que le roba a sí mismo la estimación y crédito que cada uno debiera tener consigo mismo.
        b) Los deberes para con los demás. Hay que enseñar al niño desde muy pronto la veneración y respeto al derecho de los hombres y procurar que lo ponga en práctica; si, por ejemplo, un niño encuentra a otro niño pobre y, orgulloso, lo arroja de sí o del camino o le da un golpe, no se le ha de decir: "No hagas eso, le haces daño, se compasivo, es un pobre niño", etc., sino tratarlo con la misma altanería y hacerle sentir cuán contraria al derecho de los hombres era su conducta. Los niños apenas tienen generosidad. Se puede ver esto, v. gr., cuando los padres mandan a sus hijos que den a otro la mitad de su tostada, sin que, vuelvan a recobrarla; entonces, o no lo hacen o lo hacen muy raramente y de mala gana. Tampoco se les puede hablar mucho de generosidad, porque aún no tienen nada propio.
        Muchos han pasado por alto o han explicado falsamente, como Crugot, la parte de la moral que contiene la teoría de los deberes para consigo mismo. Consiste el deber hacia sí mismo, como se ha dicho, en conservar en su propia persona la dignidad humana. El hombre se censura teniendo a la vista la idea de humanidad. En su idea tiene un original con el cual se compara. Cuando aumenta el número de años, cuando empieza a nacer la inclinación sexual, es el momento crítico en que la dignidad humana es la única capaz de conservar en sus límites al joven. Hay que advertirle temprano el modo de preservarse de esto o aquello.
        Apenas hay en nuestras escuelas una cosa que promovería la educación de los niños en la honradez, a saber: un catecismo del Derecho. Habría de contener casos populares que sucedieran en la vida ordinaria, y en los cuales entrara siempre, naturalmente, la pregunta: ¿es esto justo o no? Por ejemplo: cuando uno se conmueve a la vista de un necesitado, teniendo que pagar aquel día a su acreedor, y le da la suma de que es deudor y que debía pagar, ¿es justo o no? No; esto es injusto, pues para hacer buenas obras tengo que ser libre. Cuando doy el dinero a los pobres, hago una obra meritoria; pero al pagar mi deuda hago lo que debía hacer. Se preguntaría además: ¿es permitida una mentira oficiosa? No; no se concibe caso alguno en que convenga la excusa, por lo menos ante los niños, pues de otro modo mirarían como una necesidad cualquier bagatela y se permitirían mentir a menudo. Si hubiera un tal libro, se le podría destinar diariamente una hora con mucha utilidad, para conocer y aprender de memoria el derecho de los hombres -esta pupila de Dios en la tierra.
        La obligación de socorrer no es más que una obligación imperfecta. Tampoco hay que ablandar el corazón de los niños para que se afecte por la suerte de los demás, sino más bien hacerle fuerte. Que no está lleno de sentimiento, sino de la idea del deber. Muchas personas llegan a hacerse duras de corazón, porque habiendo sido compasivas anteriormente, se vieron engañadas con frecuencia. Es inútil querer hacer comprensible a un niño lo meritorio de las acciones. Los eclesiásticos, frecuentemente, se equivocan al presentar las obras de beneficencia como algo meritorio. Aun sabiendo que no podemos cumplir nunca nuestras obligaciones con relación a Dios, no hacemos sino cumplir nuestro deber cuando socorremos a los pobres, pues la desigualdad del bienestar nace sólo de circunstancias ocasionales. Así, pues, si yo poseo una fortuna, sólo la tengo gracias a que estas circunstancias fueron favorables para mí o para mis predecesores, continuando siempre siendo la misma la relación con el todo.
        Se excita la envidia de un niño, haciendo que se estime por el valor de los otros. Debe estimarse principalmente por los conceptos de su razón. La humildad no es, por consiguiente, más que una comparación de su valor con la perfección moral. La religión cristiana, por ejemplo, no enseña tanto la humildad, cuanto hace humildes a los hombres, por tener que compararse con el más alto modelo de perfección. Es absurdo asentar la humildad en apreciarse menos que los demás: "¡Mira cómo se conduce tal o cual niño!", etc. Hablarles de este modo, sólo les produce maneras innobles de pensar. Cuando el hombre aprecia su valor por los otros, trata, o bien de elevarse sobre los demás o de disminuir el valor de ellos. Esto último es la envidia. Entonces sólo pretende atribuir faltas a los demás; de otro modo no podrían compararse con ellos: sería el mejor. Aplicando mal el espíritu de emulación, sólo se produce la envidia. Aún podría servir de algo la emulación en el caso que se tratara de convencer a alguien de la posibilidad de una cosa; por ejemplo: cuando yo exijo al niño aprender una determinada tarea y le muestro que otros pudieron hacerlo.
        En modo alguno hay que consentir que un niño avergüence a los otros. Es necesario ahogar todo orgullo fundado en la superioridad de la fortuna. Pero, al mismo tiempo, se ha de crear la franqueza en los niños, que consiste en una discreta confianza en sí mismo. El hombre se pone mediante ella en situación de mostrar convenientemente sus dotes. Se ha de diferenciar de la impertinencia, que consiste en la indiferencia respecto al juicio de otro.
        Todos los deseos del hombre son formales (libertad y poder) o materiales (referentes a un objeto), deseos de opinión o de goces, o bien finalmente, se refieren a la mera duración de ambos, como elemento de la felicidad.
        Los deseos de la primera clase son la ambición, el deseo de mando y la codicia. Los de la segunda, el goce sexual (lujuria), el de las cosas (bienestar) o el de la sociedad (gusto en la conversación). Por fin, los deseos de la tercera clase son: el amor a la vida, a la salud, a la comodidad (despreocupación de cuidados para lo futuro).
        Los vicios son: o de maldad, o de bajeza, o de pusilanimidad. A los primeros pertenece la envidia, la ingratitud y la alegría por el mal ajeno; a los segundos, la injusticia, la infidelidad (falsedad), el desorden, tanto en la prodigalidad de los bienes como en la de la salud (intemperancia) y en la del honor. Los vicios de la tercera clase son la dureza, la mezquindad y la pereza (molicie).
        Las virtudes son: o virtudes de mérito, o meramente de deber, o de inocencia. A las primeras pertenece la generosidad (vencimiento de sí mismo, tanto en la venganza como en el bienestar y en la codicia), la caridad y el dominio de sí mismo; a las segundas la honradez, la decencia y el carácter pacífico, y, finalmente, a las últimas, la probidad, la modestia y la sobriedad.
        ¿El hombre es por naturaleza, moralmente, bueno o malo? Ninguna de las dos cosas, pues no es por naturaleza un ser moral; sólo lo será cuando eleve su razón a los conceptos del deber y de la ley. Entretanto, se puede decir que tiene en sí impulsos originarios para todos los vicios, pues tiene inclinaciones e instintos que lo mueven a un lado, mientras que la razón lo empuja al contrario. Sólo por la virtud puede devenir moralmente bueno, es decir, por una autocoacción, aunque puede ser inocente sin los impulsos.
        La mayor parte de los vicios nacen de la violencia que el estado civilizado ejerce sobre la naturaleza, y, sin embargo, nuestro destino como hombres ha de salir del estado de naturaleza en que estamos. El arte perfecto vuelve a la naturaleza.
        En educación, todo estriba en asentar por todas partes los principios justos y en hacerlos comprensibles y agradables a los niños. Han de aprender a sustituir el odio por el aborrecimiento de lo repugnante y absurdo; con el horror interior, el exterior de los hombres y castigos divinos; con la propia estimación y la dignidad interior, la opinión de los hombres; con el valor interno de la acción y la conducta, el de las palabras y movimientos del corazón; con el entendimiento, el sentimiento, y con una alegría y una piedad en el buen humor, la triste, tímida y sombría devoción.
        Pero, ante todo, se los tiene que preservar de que no aprecien demasiado la merita fortunae.
        Por lo que se refiere a la educación de los niños en vista de la religión, el primer problema es ver si es posible enseñarles pronto los conceptos religiosos. Sobre esto se ha discutido mucho en Pedagogía. Los conceptos religiosos suponen siempre alguna teología. Ahora bien; ¿se debe enseñar una teología a la juventud que no conoce el mundo, que tampoco se conoce a sí misma? ¿Podría la juventud, que no conoce aún el deber, comprender un deber hacia Dios? Es verdad que si fuera posible que los niños no vieran acto alguno de veneración al Ser Supremo ni oyeran nunca el nombre de Dios, sería adecuado al orden de las cosas llevarlos primero a los fines y a lo que conviene al hombre, aguzar su juicio, instruirlos en la belleza y orden de las obras de la Naturaleza, añadir luego un conocimiento más profundo de la fábrica del universo y, por ello abrirles la idea de un Ser Supremo, de un legislador. Pero como esto no es posible en nuestro estado actual, sucedería que, cuando más tarde se les quisiera enseñar alguna cosa de Dios, como lo oyen nombrar y presencian manifestaciones de veneración hacia Él, les produciría indiferencia o ideas equivocadas; por ejemplo: un temor ante su poder. Como hay que procurar que estas ideas no aniden en la fantasía del niño, ha de enseñárseles pronto las ideas religiosas para preservarlos de aquéllas. Sin embargo, no ha de ser esto obra de la memoria, pura imitación o mero mimetismo; el camino que se escoja ha de ser adecuado a la naturaleza. Aun no teniendo los niños una idea abstracta del deber, de la obligación, de la buena o mala conducta, comprenderán que existe una ley del deber, que no es la comodidad, la utilidad, etc., quien debe determinarla, sino algo universal que no se rige por el capricho de los hombres. El mismo maestro se tiene que hacer esta idea.
        Primeramente hay que atribuir a Dios todo lo de la Naturaleza, y después ésta misma; como, por ejemplo, está todo colocado para la conservación de las especies y su equilibrio, pero también remotamente, para que el hombre pueda hacerse feliz por sí mismo.
        Se podría, desde luego, hacer más clara la idea de Dios comparándola con la del padre bajo cuyos cuidados estamos, con lo cual se podría indicar provechosamente la unidad de los hombres, formando como una familia.
        ¿Qué es, pues, la religión? La religión es la ley que está en nosotros, en tanto que nos imprime fuerza mediante un legislador y juez; es una moral aplicada al conocimiento de Dios. No uniendo la religión con la moralidad, es sólo mera aspiración al favor divino. Los salmos, las súplicas, el ir a la iglesia, únicamente deben dar a los hombres nuevas fuerzas, nuevo valor para su mejoramiento, o ser la expresión de un corazón animado por la representación del deber. Sólo son preparación a las buenas obras, pero no por sí mismas buenas obras, y no se puede ser agradable al Ser Supremo más que convirtiéndose en un hombre mejor.
        Con el niño hay que empezar por la ley que tiene en sí. El hombre se juzga despreciable cuando es vicioso. Este desprecio tiene su fundamento en él mismo y no en que Dios haya prohibido el mal, pues no es necesario que el legislador sea a la vez el autor de la ley. Así, puede un príncipe prohibir el robo en su país, sin que por esto se lo pueda llamar el autor de la prohibición del robo; y así aprende el hombre que sólo su buena conducta lo hace digno de la felicidad. La ley divina tiene que parecer a la vez como ley natural, porque no es voluntaria. La religión se necesita para toda moralidad.
        Pero no hay que empezar por la teología. La religión que se funda meramente en la teología nunca puede contener algo moral. No habrá en ella más que temor, por una parte, y sentimientos y miras interesadas, por otra; y esto sólo produce un culto supersticioso. Así, pues, tiene que preceder la moralidad y seguir la teología, y esto se llama religión.
        La ley en nosotros se llama conciencia. La conciencia es propiamente la aplicación de nuestras acciones a esta ley. Los reproches de la conciencia quedarán sin efecto si no se los piensa como representantes de Dios, cuyo asiento elevado está sobre nosotros, pero que también ha establecido en nosotros un tribunal. Cuando la religión no procede de la conciencia moral, queda sin efecto. La religión sin la conciencia moral es un culto supersticioso. Se quiere servir a Dios, por ejemplo, alabándolo, ensalzando su poder, su sabiduría, sin pensar en cumplir las leyes divinas, hasta sin conocer e investigar su poder, sabiduría, etc. Los salmos son un narcótico para la conciencia de algunos y un cojín sobre el cual deben dormir tranquilos.
        Los niños no pueden comprender todos los conceptos religiosos, a pesar de lo cual hay que enseñarles algunos, sólo que han de ser más negativos que positivos. No sirve de nada hacer rezar a los niños, que no les produce sino una falsa idea de la piedad. La verdadera veneración hacia Dios consiste en obrar por su voluntad, y esto hay que enseñárselo a los niños. Se ha de procurar, tanto con los niños como consigo mismo, no usar a menudo el nombre de Dios. Es asimismo un abuso usarlo en las felicitaciones, aun cuando se haga con intención piadosa. Cada vez que los hombres pronuncian el nombre de Dios deberían estar penetrados de su idea con un profundo respeto; por esto deben usarlo raramente y nunca con ligereza. El niño tiene que aprender a sentir veneración hacia Dios como señor de la vida y del mundo entero; además, como cuidador de los hombres y, finalmente, como su juez. Se cuenta que, siempre que Newton pronunciaba el nombre de Dios, se detenía y reflexionaba algún tiempo.
        El niño aprende tanto mejor el concepto de Dios y del deber por una explicación de los cuidados divinos respecto de las criaturas, y se lo preserva de la inclinación a la destrucción y a la crueldad que manifiesta a menudo atormentando a los animalitos. Asimismo, se debería enseñar a la juventud a descubrir el bien en el mal; los animales de rapiña y los insectos, por ejemplo, son modelos de limpieza y de asiduidad. Despiertan a los hombres malos las leyes. Los pájaros que persiguen a los gusanos son los defensores de los jardines, etc.
        Por consiguiente, hay que enseñar a los niños algunas ideas del Ser Supremo para que cuando vean a los demás rogar, etc., puedan saber hacia quién y para qué lo hacen. Pero estas ideas tienen que ser poco numerosas y, como se ha dicho, meramente negativas.
        Se ha de empezar a enseñar esto desde su más temprana edad; pero hay también que mirar que no estimen sólo a los hombres por el cumplimiento de su religión, pues, a pesar de la diversidad de religiones, hay una unidad de religión en todas partes.

[Kant nos habla aquí sobre los principios de la instrucción sexual]

        Finalmente, queremos hacer aquí algunas advertencias que deberían observarse especialmente en la niñez al entrar en la adolescencia. Comienza el adolescente en este tiempo a hacer ciertas diferencias que antes no hacía, primeramente la diferencia sexual. La Naturaleza ha extendido sobre esto el velo del secreto, como si hubiera en ello algo no del todo conveniente para el hombre y no fuera más que una mera necesidad de la animalidad humana. Ha tratado de unirlo con toda clase de moralidad posible. Aun las naciones salvajes se conducen aquí con una especie de pudor y recato. Los niños hacen a veces preguntas a los mayores sobre este asunto; por ejemplo, dicen, ¿de dónde vienen los niños? Y se los deja fácilmente contentos, o bien con respuestas absurdas, que no significan nada, o bien respondiéndoles que eso es una pregunta de niños.
        El desarrollo de estas inclinaciones en el adolescente es mecánico; se realiza, como todos los instintos que se desarrollan en él, sin necesidad de conocer su objeto. Es, por tanto imposible conservar al adolescente en la ignorancia e inocencia que en él están unidos. Con el silencio, no sólo se hace el mal, sino que se empeora. Se ve en la educación de nuestros antepasados. En la de nuestro tiempo se admite, con razón, la necesidad de hablar al adolescente francamente y de un modo claro y preciso. Sin duda este es un punto delicado, porque no se hace de él gustosamente un objeto de conversación pública. Pero se obrará perfectamente hablándole con digna seriedad de ello y entrando en sus intenciones.
        A los trece o catorce años es ordinariamente el momento en que se desenvuelve en el adolescente la inclinación sexual (cuando sucede más temprano es por haberlos seducido y perdido con los malos ejemplos). Su juicio está ya desarrollado y la naturaleza los ha preparado para la época en que se les puede hablar de esto.
        Nada debilita tanto el espíritu y el cuerpo del hombre como esa clase de voluptuosidad dirigida a sí mismo (die auf sich selbst gerichtet ist) y en completa lucha con la naturaleza humana. Pero tampoco hay que ocultársela al adolescente. Se la ha de presentar en su completo horror, y decirle que así se inutiliza para la propagación de la especie; que las fuerzas de su cuerpo marchan directamente a su ruina; que contrae una temprana vejez; que sufre su espíritu, etc.
        Esa instigación se puede evitar mediante una ocupación constante, por lo cual es preciso que no consagre al sueño y a la cama más tiempo del necesario. Con estas ocupaciones hay que procurar que abandone esos pensamientos, pues aunque el objeto sólo quede en la imaginación, no por eso deja de corroer la fuerza de la vida. Cuando su inclinación se dirige al otro sexo, siempre puede encontrar alguna resistencia; pero cuando se dirige a sí mismo, puede satisfacerla en toda ocasión. El efecto físico es del todo perjudicial, pero son mucho peores las consecuencias con relación a la moralidad. Se traspasan aquí los límites de la naturaleza y la inclinación se desencadena sin trabas, porque no encuentra ninguna real satisfacción. Hay maestros que a jóvenes ya desarrollados han formulado esta pregunta: ¿se permitirá que un joven se relacione con el otro sexo? Cuando necesariamente haya de optarse entre ambas, preferible es esta última solución. En lo primero, obra contra la naturaleza; en lo último, no. La naturaleza lo ha llamado para ser hombre en cuanto es mayor de edad, y propagar así su especie; pero las necesidades que tiene el hombre necesariamente en un estado civilizado hacen que no pueda siempre educar a sus hijos, de este modo comete una falta contra el orden civil. Lo mejor es, siendo además su deber, que espere el joven hasta que esté en situación de casarse regularmente. Obra entonces, no sólo como un buen hombre, sino también como un buen ciudadano.
        Que el adolescente aprenda pronto a estimar al otro sexo, a adquirir en cambio la misma consideración por una libre actividad y aspirar así a encontrar el alto premio de una feliz unión.
        En la época que entra el adolescente en sociedad comienza a hacer una segunda diferenciación; consiste en el conocimiento de la diferencia de los estados y de la desigualdad de los hombres. No hay que hacérselos notar cuando niño. A esto hay que añadir que no mande a los criados. Si ve que los padres lo hacen, se le puede decir en rigor: "Nosotros les damos el pan, y por eso nos obedecen; como tú no se lo das, tampoco tienen que servirte". No conocen ellos nada de esto, si los padres no inculcan esta ilusión a los niños. Hay que mostrar al adolescente que la desigualdad entre los hombres es una situación que nace de haber buscado uno alcanzar ventajas sobre los otros. Se les puede formar poco a poco la conciencia de la igualdad de los hombres en la desigualdad civil.
        Se ha de procurar que el adolescente se estime en absoluto y no por los otros. La estimación de otro, en la que no se determina el valor del hombre, es vanidad. Además, hay que incitarlo a tener conciencia de todas las cosas y a no esforzarse sólo en parecer, sino en ser. Hay que prevenirlo para que en ninguna circunstancia se convierta en vana resolución la resolución que haya tomado. Es preferible no formar ningún proyecto y dejar la cosa en duda. Hay que enseñarle la sobriedad en las circunstancias exteriores y la paciencia en los trabajos: sustine y abstine; también la frugalidad en las diversiones. Se llegará a ser un miembro apto de la comunidad y se preservará del fastidio, no sólo no deseando los placeres, sino también siendo paciente en sus tareas.
        Hay que enseñar, además, al adolescente la alegría y el buen humor. El gozo de corazón nace de no tener que reprocharse nada, así como la igualdad del humor. Se puede llegar por el ejercicio a mostrarse siempre de buen humor en sociedad.
        Han de mirarse muchas cosas siempre como deber. Una acción ha de serme valiosa, no porque concuerde con mi inclinación, sino porque mediante ella cumplo mi deber.
        También se ha de desenvolver el amor a los otros y después los sentimientos cosmopolitas.
        Hay algo en nuestra alma que hace interesarnos a) por nosotros mismos; b) por aquellos entre quienes hemos crecido, y c) por el bien del mundo. Se ha de hacer familiares a los niños estos intereses y templar en ellos sus almas. Han de alegrarse por el bien general, aun cuando no sea el provecho de su patria ni el suyo propio.
        Que pongan escaso valor en el goce de los placeres de la vida. El temor infantil ante la muerte cesará de este modo.
        Se ha de mostrar al adolescente que el placer no proporciona lo que a la vista promete.
        Y, por último, la necesidad de una liquidación diaria consigo mismo, para que pueda al final de la vida hacer un cálculo de su valor.