COMUNICACIÓN DE MASAS -I
LA COMUNICACIÓN DE MASAS [1]
P. LAZARSFELD Y R. MERTON
CENTRO EDITOR DE AMÉRICA LATINA - BUENOS AIRES, 1977
Trad. y Selección HERIBERTO MURARO


Comunicación de masas, gusto popular y acción social organizada

Los problemas que ocupan la atención de los hombres cambian, y no al azar, sino en gran medida de acuerdo con las modificadas exigencias de la sociedad y la economía. Como lo indican multitud de recientes conferencias, libros y artículos, la función de la radio, la letra impresa y el film en la sociedad ha pasado a ser un problema que interesa a muchos y origina la preocupación de algunos. Este vuelco en el interés público parece ser el producto de diversas tendencias sociales.

Preocupación social por los medios masivos de comunicación

        A muchos alarma la ubicuidad y el poderío potencial de los medios masivos de comunicación. Pero hay otra base, probablemente más realista, para la generalizada preocupación por la función social de los medios masivos de comunicación; una base que se vincula con los cambiantes tipos de control social ejercitados por poderosos grupos de interés en la sociedad. De manera creciente, los principales grupos de poder, entre los cuales la finanza organizada ocupa el sitio más espectacular, han pasado a adoptar técnicas para manipular al público masivo mediante la propaganda en lugar de utilizar medios más directos de control. La industria ya no obliga a niños de ocho años a atender una máquina durante catorce horas diarias; emprende complejos programas de "relaciones públicas". Coloca grandes y llamativos anuncios en los periódicos del país; auspicia numerosos programas radiales; aconsejada por asesores de relaciones públicas, organiza concursos con premios, establece fundaciones benéficas y respalda causas meritorias. El poderío económico parece haber reducido la explotación directa pasando a un tipo más sutil de explotación psicológica, logrado en gran medida por la diseminación de propaganda a través de los medios masivos de comunicación.


        Este cambio en la estructura del control social merece un examen minucioso. Las sociedades complejas están sometidas a muchas formas distintas de control organizado. Hitler, por ejemplo, hizo suyas las más visibles y directas: violencia organizada y coerción masiva. En Estados Unidos, la coerción directa se ha minimizado. Si alguien no adopta las convicciones y actitudes defendidas por algún grupo de poder -por ejemplo, la Asociación Nacional de Industriales-, no se lo puede eliminar ni encerrar en un campo de concentración. Quienes desean controlar las opiniones y convicciones de nuestra sociedad recurren menos a la fuerza física y más a la persuasión de masas. El programa radial y el anuncio institucional actúan en lugar de la intimidación y la coerción. La manifiesta preocupación por las funciones de los medios masivos de comunicación se basa, en parte, en la observación válida de que estos han tomado la tarea de adaptar el público masivo al statu quo social y económico.
        Otra fuente de preocupación generalizada por la función social de los medios masivos de comunicación aparece en sus presuntos efectos sobre la cultura popular y los gustos estéticos de sus públicos. Se aduce que, en la medida en que la magnitud de dichos públicos ha aumentado, el nivel del gusto estético se ha deteriorado. Y se teme que los medios masivos de comunicación deliberadamente provean a estos gustos vulgarizados, contribuyendo así a un mayor deterioro.


        Probablemente estos constituyen los tres elementos orgánicamente vinculados de nuestra gran preocupación por los medios masivos de comunicación. Muchos temen, en primer lugar, su ubicuidad y poderío potencial. Ya dijimos que éste es algo así como un miedo indiscriminado a un fantasmón abstracto, miedo que deriva de la inseguridad en la posición social y en valores débilmente sostenidos. La propaganda parece amenazante.
        En segundo lugar existe preocupación por los actuales efectos de los medios masivos de comunicación en sus enormes públicos, en particular la posibilidad de que el continuo embate de dichos medios pueda conducir a la renuncia incondicional de las facultades críticas y a un irreflexivo inconformismo.
        Por último, existe el peligro de que estos instrumentos de comunicación masiva, tecnológicamente avanzados, constituyan un cauce fundamental para el deterioro de los gustos estéticos y de los cánones de cultura popular. Y también hemos dicho que existe una base sustancial para la preocupación por estos efectos sociales inmediatos de los medios masivos de comunicación.
        Reseñar el estado actual del conocimiento concreto acerca de la función social de los medios masivos de comunicación y sus efectos sobre la comunidad norteamericana contemporánea es una tarea ingrata, ya que es notablemente escaso el conocimiento verificado de este tipo. No puede hacerse mucho más que explorar la índole de los problemas mediante métodos que, en el transcurso de muchas décadas, proporcionarán en definitiva el conocimiento que buscamos. Aunque este preámbulo no es nada alentador, ofrece un contexto necesario para evaluar las conclusiones investigativas y tentativas de quienes nos interesamos profesionalmente por el estudio de los medios masivos de comunicación. Un somero examen sugerirá lo que sabemos, lo que necesitamos saber, y ubicará las cuestiones estratégicas que requieren mayor estudio.
        Indagar "los efectos" de los medios masivos de comunicación en la sociedad es abordar un problema mal definido. Resulta útil distinguir tres facetas del problema y examinar cada uno por turno. Averigüemos entonces, en primer lugar, qué sabemos sobre los efectos de la existencia de estos medios masivos de comunicación en nuestra sociedad. En segundo lugar, deberemos examinar los efectos de la particular estructura de propiedad y operación de los medios masivos de comunicación en Estados Unidos, una estructura que difiere apreciablemente de la que se encuentra en otras partes. Y por último, consideremos ese aspecto del problema que atañe más directamente a los métodos y tácticas definidos: nuestro conocimiento acerca de los efectos de los contenidos particulares diseminados a través de los medios masivos, de comunicación.

Función social de la maquinaria de los medios masivos de comunicación

        ¿Qué función puede asignarse a los medios masivos de comunicación en virtud del hecho de que existen? ¿Que implicaciones tienen un Hollywood, una Radio City, una empresa Time-Life-Fortune para nuestra sociedad? Estos interrogantes, por supuesto, sólo pueden ser analizados en términos especulativos y aproximados, ya que no es posible ninguna experimentación ni estudio comparativo riguroso. Las comparaciones con otras sociedades carentes de estos medios masivos de comunicación serían demasiados toscas para rendir resultados decisivos, y las comparaciones con una época anterior en la sociedad norteamericana implicarían también afirmaciones generales en lugar de demostraciones precisas. En un caso así, es claramente aconsejable ser conciso. Y las opiniones deben ser moderadas por la cautela. Nuestro juicio provisorio es que la función social cumplida por la existencia misma de los medios masivos de comunicación ha sido comúnmente sobreestimada. ¿En qué se basa este juicio?
        Es evidente que los medios masivos de comunicación llegan a públicos enormes. Aproximadamente setenta millones de norteamericanos concurren cada semana al cine; nuestra circulación diaria de periódicos es de unos cuarenta y seis millones; unos treinta y cuatro millones de hogares norteamericanos están equipados con radio, y en dichos hogares el norteamericano medio escucha radio durante unas tres horas diarias. Estas son cifras formidables. Pero se trata simplemente de cifras sobre aprovisionamiento y consumo, no de cifras que registren el efecto de los medios masivos de comunicación. Atañen únicamente a lo que la gente hace, no al impacto social y psicológico de los medios masivos de comunicación. Saber cuántas horas mantiene alguien la radio encendida no da ningún indicio sobre el efecto que en él ejerce lo que oye. El conocimiento de datos sobre consumo en el campo de los medios masivos de comunicación está todavía muy lejos de una demostración de su efecto neto sobre la conducta, la actitud y los puntos de vista.
        Como se indicó hace un instante, no podemos recurrir a experimentos comparando la sociedad norteamericana contemporánea con y sin medios masivos de comunicación. Pero, aunque provisoriamente, podemos comparar su efecto social con el del automóvil, digamos. No es improbable que la invención del automóvil y su evolución hasta convertirse en un artículo de propiedad masiva ha tenido un efecto significativamente mayor sobre la sociedad que la invención de la radio y su evolución hasta convertirse en un medio de comunicación masiva. Ténganse en cuenta los complejos sociales a los que se ha incorporado el automóvil. Su mera existencia ha ejercido presión para que haya caminos muy perfeccionados, con los cuales la movilidad ha aumentado enormemente. La forma de las aglomeraciones metropolitanas fue significativamente afectada por el automóvil. Y cabe decir que las invenciones que amplían el radio de movimiento y acción ejercen una influencia mayor sobre la perspectiva social y los hábitos cotidianos que las invenciones que proporcionan directivas a las ideas... ideas que pueden ser evitadas alejándose de ellas, eludidas, resistiéndolas, y transformadas, asimilándolas.
Aceptado, por el momento, que los medios masivos de comunicación cumplen una función relativamente secundaria en cuanto a conformar nuestra sociedad, ¿por qué tantas personas se afanan por los "problemas" de la radio, el cine y la prensa y tan pocas por los problemas, digamos, del automóvil y el avión? Además de las fuentes de esta preocupación que señalamos anteriormente, existe una base psicológica inconsciente que deriva de un contexto socio-histórico.
        Muchos hacen blanco de crítica hostil a los medio masivos de comunicación porque se sienten burlados por el desarrollo de los acontecimientos.
        Quizá los cambios sociales atribuibles a los "movimientos reformadores" sean lentos y tenues, pero lo cierto es que son acumulativos. Los hechos visibles son bastante conocidos. La semana laboral de sesenta horas ha sido reemplazada por la de cuarenta horas; se ha limitado gradualmente el trabajo infantil; con todas sus deficiencias, la educación universal gratuita se fue institucionalizando gradualmente. Estos y otros avances registran una serie de victorias de los reformadores. Y ahora la gente tiene más tiempo libre. Tiene, ostensiblemente, mayor acceso a la herencia cultural. Y, ¿qué uso hace de este tiempo no hipotecado, tan trabajosamente obtenido para ella? Escucha la radio y va al cine. Estos medio masivos de comunicación parecen haber birlado a los reformadores, en cierto modo, el fruto de sus victorias. La lucha por la libertad, el tiempo libre, la educación popular y la seguridad social fue conducida en la esperanza de que, una vez liberada de yugos opresivos, la gente aprovecharía los grandes productos culturales de nuestra sociedad: Shakespeare o Beethoven, o acaso Kant. En cambio, va en busca de Faith Baldwin, Johnny Mercer o Edgar Guest.
        Muchos se sienten estafados en su recompensa. Esto se parece a la primera experiencia de un joven en el dificultoso ámbito del amor primerizo. Hondamente cautivado por los encantos de su amada, ahorra su asignación durante semanas hasta que logra regalarle una hermosa pulsera. A ella le resulta "simplemente divina"... tanto que sin más ni más hace una cita con otro muchacho para lucir su nueva chuchería. Nuestras luchas sociales han tenido un desenlace similar. Hay quienes lucharon durante generaciones para dar más tiempo libre a la gente, que ahora lo dedica a la Columbia Broadcasting System y no a la Universidad de Columbia.
        Por poco que esta sensación de haber sido traicionados pueda explicar las actitudes vigentes hacia los medios masivos de comunicación, puede señalarse una vez más que quizá la mera presencia de éstos no afecte nuestra sociedad tan profundamente como se supone en general.

Algunas funciones sociales de los medios

Continuando con nuestro examen de la función social que se puede atribuir a los medios masivos de comunicación en virtud de su "mera existencia", hacemos temporaria abstracción de la estructura social en que se sitúan. No tenemos en cuenta, por ejemplo, los diversos efectos de los medios masivos de comunicación bajo distintos sistemas de propiedad y control, un importante factor estructural que será analizado posteriormente.
Sin duda alguna, los medios masivos de comunicación sirven muchas funciones sociales que merecen ser objeto de una sostenida investigación. De dichas funciones, tenemos ocasión de advertir sólo tres.
        Función conferidora de status. Los medios masivos de comunicación confieren status a acontecimientos públicos, personas, organizaciones y movimientos sociales.
        Tanto la experiencia común como las investigaciones atestiguan que la reputación social de personas o programáticas sociales se elevan cuando logran atención favorable en los medios masivos de comunicación. En muchos sectores, por ejemplo, se considera importante que el Times dé apoyo a un candidato político o a un programa público; se interpreta este apoyo como una inequívoca ventaja para el candidato o el programa. ¿Por qué?
        Los medios masivos de comunicación otorgan prestigio y realizan la autoridad de individuos y grupos legitimizando su status. Ser reconocido por la prensa, la radio, las revistas o los noticieros atestigua que se ha triunfado, que se es lo bastante important4e como para haber sido distinguido entre las vastas masas anónimas, que la conducta y las opiniones de alguien son tan importantes que exigen la atención del público. Se puede presencial muy vívidamente cómo opera esta función conferidora de status en la pauta publicitaria según la cual "personas destacadas" recomiendan un producto. En vastos círculos de la población (aunque no dentro de ciertas capas sociales selectas), tales recomendaciones no sólo subrayan el prestigio del producto, sino que también reflejan prestigio en la persona que formula esas recomendaciones. Anuncian públicamente que el grande y poderoso mundo del comercio lo considera poseedor de un status lo bastante alto como para que su opinión importe a mucha gente. En una palabra: su recomendación testimonia su propio status.
        La encarnación ideal, aunque doméstica, de esta pauta circular de prestigio, aparece en la serie Lord Calvert de avisos que giran alrededor de "Hombres distinguidos". La firma comercial y el comercializado fiador del mérito del producto inician una serie interminable de alabanzas recíprocas. De hecho, un hombre distinguido congratula a un distinguido whisky, el cual, a través del fabricante, congratula al hombre distinguido por serlo tanto que se lo busca para que recomiende la distinción del producto. Es posible que el funcionamiento de esta sociedad de mutua admiración sea tan ilógico como eficaz. Es evidente que los públicos de los medios masivos de comunicación suscriben la creencia circular: "Si alguien es realmente importante, estará en el centro de la atención masiva, y si alguien está en el centro de la atención masiva, no cabe duda de que realmente debe ser importante".
        Esta función conferidora del status se incorpora así a la acción social organizada legitimando programas, personas y grupos elegidos que reciben el apoyo de los medios masivos de comunicación. Tendremos ocasión de señalar el funcionamiento detallado de esta función al referirnos a las condiciones que permiten la máxima utilización de los medios masivos de comunicación para fines sociales designados. Por el momento, habiendo examinado la función conferidora de status, consideremos otra: la imposición de normas sociales a través de los medios masivos de comunicación.
        Imposición de normas sociales. Frases hechas como "el poder de la prensa" (y de otros medios masivos de comunicación) o "el resplandor de la publicidad", se refieren presumiblemente a esta función. Es posible que los medios masivos de comunicación estimulen a acción social organizada "denunciando" situaciones que contradicen la moralidad pública. Pero no se debe presuponer prematuramente que esta pauta consiste simplemente en dar a conocer con amplitud estas desviaciones. A este respecto tenemos algo que aprender de las observaciones de Malinowski entre sus queridos habitantes de las Islas Trobriand. Allí, según informa, no se efectúa ninguna acción organizada con respecto a una conducta desviada de una norma social a menos que haya un anuncio público de esa desviación. No se trata simplemente de poner a los individuos del grupo al corriente de los hechos en cuestión. Es posible que muchos hayan estado privadamente al tanto de estas desviaciones (por ejemplo, incesto entre los trobriandeses, como corrupción política o financiera, prostitución, juegos de azar entre nosotros), pero que no hayan reclamado acción pública. Pero cuando las desviaciones de conducta se hacen simultáneamente públicas para todos, esto pone en movimiento tensiones entre lo "privadamente tolerable" y lo "públicamente reconocible".
        El mecanismo de la denuncia pública parecería funcionar aproximadamente de la manera siguiente. Muchas normas sociales resultan inconvenientes para individuos de la sociedad. Actúan contra la gratificación de aspiraciones o impulsos. Como las normas pueden resultar gravosas para muchos, hay cierta indulgencia al aplicarlas, tanto a uno mismo como a otros. Por eso surge la conducta desviada y la tolerancia pública de estas desviaciones. Pero esto puede continuar sólo mientras no se esté en situación de tener que tomar de posición en público a favor o en contra de las normas. La publicidad, la compulsiva admisión por miembros del grupo de que estas desviaciones han tenido lugar, requiere que cada individuo tome tal posición. Debe alinearse entre los inconformistas, proclamando así su repudio de las normas grupales y afirmando así que él también está fuera del marco moral, o bien, cualesquiera que sean sus predilecciones privadas, debe acatar apoyando la norma. La publicidad cierra la brecha entre "actitudes privadas" y "moralidad pública".
        La publicidad ejerce presión para una moralidad única y no dual impidiendo que se eluda la cuestión de modo permanente. Suscita reafirmación pública y aplicación (aun esporádica) de la norma.
        En una sociedad de masas, esta función de denuncia pública está institucionalizada en los medios masivos de comunicación. Los diarios, la radio y las revistas denuncian a la vista del público desviaciones bien conocidas, y por lo general esta denuncia obliga a cierto grado de acción pública contra lo que se ha tolerado en privado. Los medios masivos de comunicación pueden, por ejemplo, introducir serias tensiones en la "discriminación racial cortés" llamando la atención del público hacia estas prácticas que contradicen las normas de no discriminación. A veces los medios masivos de comunicación pueden organizar las actividades de denuncia convirtiéndolas en una "cruzada".
        Estudiando las cruzadas emprendidas por los medios masivos de comunicación se podría avanzar mucho en el sentido de dar respuesta a interrogantes fundamentales acerca de la relación de dichos medios con la acción social organizada. Es esencial saber, por ejemplo, en qué medida la cruzada proporciona un centro organizativo para individuos que, en otros aspectos, no están organizados. Es posible que la cruzada obre de modo distinto entre los diversos sectores de la población. En algunos casos, quizá su efecto fundamental no sea tanto suscitar una ciudadanía indiferente como alarmar a los acusados, conduciéndolos a medidas extremas que, a su vez, los malquistan con el electorado. La publicidad puede inquietar tanto al trasgresor que lo obligue a huir; así ocurrió, por ejemplo, con algunos de los principales secuaces de la pandilla Tweed al ser denunciados por el New York Times. Es posible también que los principales culpables de la corrupción teman la cruzada debido solamente al efecto que prevén sobre el electorado. Por eso, con una evaluación asombrosamente realista de la conducta de su electorado en cuanto a las comunicaciones, el jefe Tweed comentó irritado, refiriéndose a las mordaces caricaturas de Thomas Nast en Harper's Weekly: "Me importan un bledo esos artículos periodísticos: mis volantes no saben leer, pero no dejan d ver esos malditos dibujos" [2].
        Tal vez la cruzada influya en el público de manera indirecta. Es posible que centre la atención de una ciudadanía hasta entonces aletargada –que se ha vuelto indiferente a través de la familiaridad con la corrupción reinante- en algunos cuestiones simplificadas dramáticamente. Como señaló una vez Lawrence Lowell refiriéndose en general a estos problemas, las complejidades suelen inhibir la acción de masas. Las disyuntivas públicas deben ser definidas en alternativas sencillas, en términos bien contrastados, para que sea posible la acción pública organizada. Y esta presentación de alternativas sencillas es una de las principales funciones de la cruzada. Es posible que abarque también otros mecanismos. Aunque el gobierno municipal no sea totalmente limpio, rara vez es totalmente corrupto. Generalmente hay algunos miembros escrupulosos de la administración y la judicatura entreverados con sus colegas faltos de principios. La cruzada puede fortalecer a los elementos probos del gobierno, obligar a pronunciarse a los indiferentes y debilitar a los corruptos. Por último, es muy posible que una cruzada victoriosa ejemplifique un proceso circular, autosostenido, en el cual la preocupación de los medios masivos de comunicación por el interés público coincide con su propio interés. Quizá la cruzada triunfante aumente el poderío y el prestigio del medio masivo de comunicación, volviéndolo con ello, a su vez, más formidable en posteriores cruzadas, que si logran éxito, pueden impulsar más aún su poderío y prestigio.
        Cualquiera que sea la respuesta a estos interrogantes, es evidente que los medios masivos de comunicación sirven para reafirmar normas sociales denunciando a la vista del público las desviaciones respecto de dichas normas. Estudiando la gama particular de normas así reafirmadas se obtendría un claro índice de la medida en la cual estos medios encaran problemas periféricos o centrales de la estructura de nuestra sociedad.
        La disfunción narcotizante. Evidentemente, tanto la función conferidora de status como la reafirmadora de normas sociales son bien reconocidas por quienes manejan los medios masivos de comunicación. Como otros mecanismos sociales y psicológicos, estas funciones se prestan a diversas formas de aplicación. Conocer estas funciones de poder, y el poder puede ser utilizado para intereses especiales o para el interés general.
        Otra consecuencia social de los medios masivos de comunicación ha quedado inadvertida en gran medida. Al menos ha merecido pocos comentarios explícitos, y no ha sido puesta sistemáticamente en uso para favorecer objetivos planificados. Se la puede llamar la disfunción narcotizante de los medios masivos de comunicación. Se la denomina disfuncional, en vez de funcional, basándose en la presunción de que no corresponde al interés de la moderna sociedad compleja tener grandes masas de la población políticamente apáticas e inertes. ¿Cómo actúa este mecanismo no planificado?
        Algunos estudios dispersos han indicado que los norteamericanos dedican un tiempo cada vez mayor a los productos de los medios masivos de comunicación. Con nítidas variaciones en distintas regiones y entre diversas capas sociales, lo que vierten los medios masivos de comunicación presumiblemente permite al norteamericano del siglo XX "mantenerse al día con el mundo". Se sugiere, sin embargo, la posibilidad de que este vasto aprovisionamiento de comunicación no suscite sino una preocupación superficial sobre los problemas de la sociedad, y de que tras esta superficialidad se oculte con frecuencia una apatía de masas.
        Es posible que recibir este aluvión de información sirva para narcotizar y no para estimular al lector u oyente medio. Leyendo y escuchando durante lapsos crecientes, dispone de cada vez menos tiempo para la acción organizada. El individuo lee descripciones de problemas y disyuntivas, y es posible incluso que analice líneas de acción alternativas. Pero esta conexión algo intelectualizada, algo remota, con la acción social organizada no es activada. El ciudadano interesado e informado puede felicitarse por la magnitud de sus intereses e información, omitiendo advertir que se ha abstenido de decidir y actuar. En resumen: interpreta su contacto secundario con el mundo de la realidad política, el hecho de leer, escuchar y pensar, como una actuación delegada. Llega a confundir el saber sobre problemas del momento con el hacer algo respecto de ellos. Su conciencia social queda inmaculadamente limpia. Está preocupado. Está informado. Y tiene toda clase de ideas en cuanto a lo que debería hacer. Pero una vez que ha consumido su cena, una vez que ha escuchado sus programas radiales favoritos y una vez que ha leído su segundo diario del día, es realmente hora de acostarse.
        A este peculiar respecto, se puede incluir a las comunicaciones masivas entre los narcóticos sociales más respetables y eficaces. Quizá sean tan plenamente eficaces que impidan al adicto reconocer su propio mal.
        En evidente que los medios masivos de comunicación han elevado el nivel de información de vastas poblaciones. No obstante, y al margen de la intención, es posible que las crecientes dosis de comunicaciones masivas estén transformando inadvertidamente las energías de los hombres, de participación activa en saber pasivo.
        La existencia de esta disfunción narcotizante es indudable, pero aún falta determinar en qué medida opera. Investigar este problema sigue siendo una de las muchas tareas que aún se presentan al estudioso de las comunicaciones masivas.
        Hasta aquí hemos considerado los medios masivos de comunicación haciendo abstracción de su incorporación a una determinada estructura social y económica. Pero es evidente que los efectos sociales de los medios masivos de comunicación varían con el sistema de propiedad y control. Por eso, examinar los efectos sociales de los medios masivos de comunicación norteamericanos es abordar únicamente los efectos de aquellos como empresas de propiedad privada, administradas en función de la ganancia. Es bien sabido que esta circunstancia no es inherente a la índole tecnológica de los medios masivos de comunicación. En Inglaterra, por ejemplo –sin mencionar a Rusia-, la radio es, en todos los aspectos y para todas las finalidades, propiedad del gobierno, que la controla y maneja.
        La estructura del control es totalmente distinta en Estados Unidos. Su característica principal deriva de esta circunstancia: salvo en cuanto al cine y los libros, no es el lector de revistas, el oyente de radio ni, en gran medida, el lector de diarios quien mantiene a la empresa, sino el anunciador. Las grandes empresas financian la producción y distribución de los medios masivos de comunicación. Y al margen de toda intención, quien paga a la orquesta es generalmente el que impone el repertorio.

NOTAS
1. Trabajo original: The Communication of Ideas, ed. Lyman Bryson, pp. 95-118, Nueva York, Harper & Brothers, 1948.
2. James Bryce, The American Commonmealth, volume 2. Copyright 1898 de Macmillan and Company; 1910, 1914 de The Macmillan Company; 1920 de The Right Honorable Viscount Bryce.