EL MISTERIO DE LA MELODÍA
CORREO DE LA UNESCO
ANTHONY BURGESS [1]
CORREO DE LA UNESCO, ABRIL 1986
Trad. CORREO UNESCO


Cualquiera puede componer una melodía. Por ejemplo, como hacen los chinos, demos a cada nota de la escala musical un número: Do Re Mi Fa Sol La Si Do 1 2 3 4 5 6 7 8. Puede usted convertir su número de teléfono o el de la matrícula de su coche en una sucesión de notas. Quizá eso no sea suficientemente largo para una auténtica melodía, pero dará de todos modos un tema. Un tema puede definirse como un fragmento de melodía que pide a gritos ser desarrollado -no simplemente para formar una melodía sino todo un movimiento sinfónico, toda una ópera. La música empieza siempre con un germen de ese tipo, y quizá está latente en un simple número de pasaporte.

Anthony Burgess. Gentileza http://wiredforbooks.org/anthonyburgess/

        Pero todos sabemos que las más conocidas melodías del mundo no se hacen así, sino que llegan sin previo aviso. Llegan de no se sabe donde y sólo les caen en suerte a los más grandes genios musicales.


        Tal vez exista una analogía entre el lenguaje del discurso y el de la música. En toda frase hablada, incluso en una sola palabra, puede estar latente una melodía. Tomemos un verso de un poema de Edgar Allan Poe -"the tintinnabulation of de bells", el tintineo de las campanillas-. Si lo recitamos una y otra vez, el simple ritmo generará, independientemente del sonido, una frase musical.
        "La ci darem la mano": he aquí una frase que el libretista Da Ponte ofrece a Mozart para su ópera Don Juan y Mozart lee en ella la melodía con que se inicia un dúo exquisito. En uno de los últimos cuartetos de Beethoven oímos la pregunta "Muss es sein?" (¿Debe ser?) y la respuesta "Es muss sein" (Debe ser). Beethoven se toma la molestia de inscribir las palabras entre las notas. Éstas no están ahí para ser cantadas, puesto que los músicos son ejecutantes de instrumentos de cuerda, no vocalistas; simplemente, el compositor es lo bastante honesto para poner al descubierto en qué se inspira su tema musical.

Portada de Picasso
Portada de Picasso para la primera edición (1919) de la versión para piano del Rag-time de Stravinski hecha por su propio autor.

        Pero las grandes melodías no suelen ir asociadas con palabras. La Partita en Sol mayor o el maravilloso tema del preludio del Coral Wachet auf de Juan Sebastián Bach son manifiestamente sonido puro que no debe nada a la inspiración verbal. ¿De dónde surgieron? Cualquiera que, como yo, haya compuesto música puede intentar dar una respuesta. Un día se nos ocurre una melodía. Parece algo que recordamos, algo que ha existido siempre pero que llevaba tiempo olvidado. Y de repente la respuesta. Ocurre a veces que esa melodía es realmente algo recordado -algo que otro escribió. Ello puede crear problemas, por ejemplo un proceso por plagio. En los años 20 hubo una canción muy conocida cuyo título era "Yes, wi have no bananas". Pues bien, la melodía se basaba en el coro de Aleluya de Händel, en la canción popular "My Bonny lies over the ocean" y en el aria "I dreamt that I dwelt in marble halls" de la ópera de Balfe The Bohemian Girl. ¿Plagio? Es posible. Entre los autores de canciones populares era un hábito plagiar. ¿Simple cuestión de recuerdo? Es también posible. ¿Cómo saber? Se trata de cosas difíciles de probar ante un tribunal.


        La melodía realmente grande no se parece a otra. Seguramente es algo caído del cielo, o de ninguna parte, y que suele ser completamente inesperado. Pero también llega a veces cuando se la necesita. Imagine usted que le han encargado componer una sinfonía que ha de ser interpretada dentro de dos meses por una gran orquesta sinfónica. Lo menos difícil será la tarea de orquestar, que viene siempre al final. Lo más difícil, encontrar temas para el primer movimiento. En este punto necesitará usted dos grupos principales de temas: uno agresivamente masculino y el otro delicadamente femenino. Esos temas deben ser capaces de ser desarrollados, es decir de convertirse en otros temas, de combinarse en contrapunto con otros y de acabar en grandes melodías. La urgencia del encargo impulsará a veces a su inconsciente a producir gérmenes melódicos llenos de posibilidades. O bien una pequeña melodía compuesta en la infancia presentará de repente una serie de posibilidades sinfónicas. Porque otro gran misterio en relación con la melodía es que es mucho más probable que se le ocurra a usted cuando tiene siete años que cuando tiene setenta.

Música animada
"Musique animée", del dibujante francés Grandville (1803-1847), publicada en el periódico ilustrado Le magasin pittoresque.

        El misterio permanece. Pero en una época como la nuestra, que no acepta los misterios, producir melodías no se considera ya como una de las tareas del compositor. Seamos honrados y preguntémonos cuántas canciones pop o rock de los últimos veinte años tienen una auténtica melodía. Bellas melodías las podemos oír, por ejemplo, en George Gershwin o en Los Beatles, pero difícilmente en la música de los Rolling Stones. El impulso sexual del ritmo o el contenido de protesta social de las palabras es para las nuevas generaciones algo más importante que la simple melodía.
        Lo que vale para la música popular vale aún más para la llamada música seria. Los compositores dodecafónicos, con Arnold Schoenberg a la cabeza, abrieron el camino a un modo mecánico de componer que se ha popularizado con los jóvenes salidos de los conservatorios de música. No hay más que componer un tema con las doce notas de la escala cromática -un tema con doce notas nada más, pues una de las reglas es que ninguna nota debe repetirse- y después se ejecuta ese tema hacia atrás y hacia adelante o hacia adelante y hacia atrás. La habilidad musical estará en manejar el tono y el colorido, el movimiento y el clímax, pero no en crear una melodía. Y luego comprobaremos que esa música es condenadamente difícil de cantar.
        Hay gente que pretende que ya no puede haber grandes melodías. Según ellos, con tan pocas notas en la escala musical, todos los temas originales deben estar ya compuestos y es inútil buscar otros nuevos. Tal afirmación es absurda. Hay todavía un infinito de libros que escribir con las veintiocho letras del alfabeto y hay también un infinito de melodías que crear con las doce notas y sus innumerables combinaciones rítmicas que esperan ser utilizadas. Simplemente hemos perdido el hábito de pensar melódicamente. Lo cual es mala cosa para nosotros, ya que nada hay en el mundo más conmovedor que una gran melodía.
        ¿Qué habría sido de la Revolución Francesa sin "La Marsellesa", melodía escrita por un soldado llamado Rouget de l'Isle en un rapto súbito de inspiración? ¿Que habría sido de la revolución comunista sin "La Internacional" (que es, dicho sea de paso, muy inferior a "La Marsellesa" como melodía)? Pero más grandes que las melodías son esos cincuenta minutos de flujos de invención melódica que llamamos sinfonías y conciertos. Como las obras de ingeniería, éstos son los productos de unas facultades conscientes, de un talento elaborado, pero no existirían sin esos arrebatos de inspiración melódica que vienen del inconsciente. No sabemos cuál es la extraña fuerza interior que actúa en los temas y en las melodías, pero nos inclinamos admirados ante sus resultados. El gran misterio de la música permanece.

NOTAS
1. Anthony Burgess (1917-1993). Novelista, periodista, profesor y crítico británico al que se recuerda especialmente por sus numerosísimas novelas. Burgess nació en Manchester, donde estudió literatura y filología. Sirvió en el ejército entre 1940 y 1946, y posteriormente fue profesor de la Universidad de Birmingham. Entre 1948 y 1950 trabajó para el ministerio de Educación y más tarde fue nombrado responsable educativo del Servicio Colonial, con base en Borneo y Malaya (1954-1959). Durante su estancia en el extranjero escribió sus tres primeras novelas Tiempo del tigre (1956), El enemigo en la manta (1958) y Camas en Oriente (1959), que se publicaron conjuntamente en 1972 bajo el título La trilogía malaya. Su novela La naranja mecánica (1962) le dio una enorme popularidad, especialmente después de ser llevada al cine por Stanley Kubrick en 1972. Ha dedicado gran parte de su actividad creadora a la música habiendo compuesto numerosas obras orquestales, entre ellas tres sinfonías, así como la ópera The Blooms of Dublin, basada en el Ulises de Joyce. [Presencias agradece esta porción a www.epdlp.com]