SÓLO LA MUERTE IMPORTA
ANÁLISIS EDUCATIVOS
PABLO BENSAYA
INTERNET, presencias.net, R. ARGENTINA, MAY-2005
ORIGINAL


La información policial dice que en la madrugada del viernes 20 de mayo de 2005, en la ciudad de La Plata, Argentina, el joven Lucas [1], de veinte años, cayó desde un cuarto piso. Momentos antes había dicho a sus compañeros, en plena fiesta de cumpleaños, que se arrojaría por la ventana si ponían música de cumbia [2]. Y así fue. Comenzó a balancearse en el balcón, a manera de juego, y cayó al vacío. Golpes menores y magullones, al mejor estilo de segundo nacimiento, lo dejaron apartado de todo peligro.
        Como no murió, las noticias, tanto de radios como de medios escritos, quedaron centradas en mínimos comentarios anecdóticos, varias veces de carácter risueño. Se argumenta, por testigos del hecho, que tuvo mala suerte al perder el equilibrio, que en verdad era una broma que hacía a sus amigos.


        Equilibrio es la palabra. Lo perdió, pero, ¿cuál de ellos? ¿Tan simple es jugar sobre un balcón ubicado a esa altura? ¿A usted o a mí o se nos ocurriría realizar semejante chanza? ¿Es común amenazar con "arrojarse por la ventana" porque algo nos disgusta? No descarto el accidente. Es más, acepto la idea. ¿No habrá que leer estos acontecimientos lejos, o no tan cerca, de su costado azaroso? Claramente, los medios de comunicación contestaron al unísono: no.
        Por mi parte tengo ciertas reservas. No es lo mismo jugar con un resolver que con un sonajero, la condición lúdica requiere absolutamente del objeto mediador. Si esto no fuera así, daría lo mismo cualquier cosa, la escala de valores carecería de sentido; sabemos, aun dentro del más fanático pragmatismo, que no es así. Y enhorabuena que diferentes corrientes de opinión confluyan en tal punto.
        Sería equivalente haber dicho "estrello el auto contra ese muro", o "si lo haces disparo". En esencia es lo mismo. Hay desprecio completo por la vida, una visión que elimina alguna de las dos partes en conflicto, previa creación de ese conflicto. ¿Deseaba hacerse notar entre sus amigos?, ¿mostrar que era hombre de palabra? Supongamos que sí. Deberemos entonces resignarnos al pensamiento por el cual la discusión más leve llevará las cosas a instancias dignas de una guerra. Y ese es uno de los ejes que creo fundamentales: las reacciones fuera de toda proporción. Él "hubiera perdido el equilibrio" frente a un conjunto de circunstancias que, seguramente, van desde la ofensa a un equipo de fútbol de otro país hasta a su propia madre. Quiero decir lo ilimitado, fuera de medida. Veo todo una señal de la sociedad en este tipo de perfil, el de la actuación en sí misma, completamente ajena al hecho concreto. Es como un reflejo condicionado con ausencia de linealidad manifiesta. Los docentes somos responsables de aprender a interpretar cuál es ese otro origen subyacente.


        Desde la educación debemos anticipar conductas a través del estudio analítico de la realidad, de lo contrario estaremos casi, o directamente, colaborando con ellas. Nada nuevo, las hipótesis conductuales son parte indisoluble de la educación, al menos deben serlo ahora. Tal vez mañana, esa misma concepción que no acertamos a comprender hoy, sea la responsable de una feroz masacre. El sin sentido es eso, una reacción prominente frente a algo que no lo amerita en ninguno de sus términos. No estoy demonizando, ni mucho menos acusando al joven; por el contrario, deseo que otros no sigan los mismos pasos. Aprovecho el accidente para convertirlo en útil objeto de reflexión y así poder escapar de la mera contemplación noticiosa que, en última instancia, nada cambia, tampoco lo pretende. Esa es tarea primaria del educador, mucho más allá de la familia y, eventualmente, complementando la prédica de ésta.
        Existe una diferencia pequeña, una amenaza enorme y un final que contradice el sentido común más elemental. ¿Es un hecho aislado? No, claro que no. En todo caso es aislado, o no tan visto, por ahora, el epílogo. Todos los días escuchamos, además de ser nosotros mismos potenciales emisores, frases que dan base lógica y enmarcan lo ocurrido: "si no lo haces te vuelo la cabeza", "a este lo paso por encima -con el auto-", "te tiro abajo del tren". Cuanto menos, otorgan cierto sustento como para acomodar parte de la comprensión. Todas tienen que ver con la eliminación de quien "no nos hace caso". Es decir, nosotros somos el tirano en plena posesión de la verdad y el resto de la humanidad debe suscribir sólo nuestra voluntad. Nadie desconoce el doble sentido de las palabras ni menos aún el dinamismo idiomático, sólo que al observar el grado de "muerte" que nos rodea es dable afirmar que será difícil evitar por ese camino tragedias inmediatas; que si no las hay más es simplemente porque el azar así lo determina, y es en presencia de éste cuando la educación deviene facultativa, casi innecesaria. En este caldo de cultivo, es posible asegurar que en cualquier momento, en el instante menos pensado, aparecerá una acción por demás trágica sin hilo conductor tradicional. Todas las condiciones están dadas porque nada hacemos en opuesta dirección, hemos dado paso al séquito de lamentaciones que sólo acusan recibo de lo ya ocurrido. No hay que ser adivino para darse cuenta que el sin sentido está ganando parte de la realidad y que, si no hacemos nada, terminará generando literales estragos.
        Con mayor o menor cantidad de elementos macabros, lo dicho es similar a lo que se hubiera planteado si el joven encontraba la muerte. Casi nadie vuelve de un cuarto piso y en general somos bastante vivos como para darnos cuenta, a los veinte años, que tal distancia hasta el suelo impone atávico respeto. Pero aquí no ocurrió. El juego muestra a alguien que no tiene en su sentir el temor a la altura y sí ansias de mostrar su valentía.
        ¿Pero murió? Hagamos de cuentas que sí. De esa manera estaremos, al menos en el intento, colaborando en la prevención. ¿Cómo? Lo expresado, tomando el acontecimiento como materia prima para un debate educativo: en qué fallamos, qué cosas no estamos enseñando, qué cosas no estamos comprendiendo, qué mensaje de los jóvenes no estamos escuchando.
        Sólo la muerte vale. Hubiera sido el comentario nacional, con grandes cátedras de moralidad y educación. Sin embargo, al no morir, todo sigue dentro de sus cauces normales. No es llamativo, los medios -los que ya sabemos- son lo de menos, carecen, lo demuestran, entre otras cosas, con esto, de herramientas críticas oportunas, tributan excesiva cantidad de intereses. Sólo están ocupados con la muerte, su plato favorito, su manjar y, en muchos casos, su única razón de existir.
        Un trabajo interesante de aula puede resultar de la discusión acerca de los motivos que llevan a los jóvenes a hacer determinadas cosas. Los adolescentes tienen, a veces inconscientemente, más respuestas de las que imaginamos. Todo es cuestión de probar y ver qué ocurre frente al planteo ¿qué creen ustedes que pasó con Lucas? El tiempo que demoremos en implementar este tipo de estrategias es tiempo que el sin sentido irá acreditando en sus arcas. Por otra parte, a los jóvenes les gusta hablar de sí mismos, no tienen problemas de autocrítica, y este aspecto tampoco lo usufructuamos como corresponde. Ninguna materia educativa puede ser trascendente, y finalmente útil, en un universo que reconoce los valores de la muerte como los únicos susceptibles de ser considerados. Tendremos que colocar el máximo esfuerzo en mejorar las maquinarias de la vida puesto que del otro se hallan bien armados y dispuestos.
        Ya en función social, como comunidad, como pueblo, pueden surgir varias preguntas, sin embargo me inclino en que la primera es ¿por qué tiramos a nuestros jóvenes por el balcón?

NOTAS
1. Las agencias dan apellido pero no me parece dato relevante.
2. Genérico, aquí despectivo, para indicar música de cuarteto o bailanta, no referido al folk colombiano, aunque basado en la estructura rítmica de éste. Suele ser de muy baja calidad, aun en los aspectos técnicos de audio. Es típico el uso de efectos que otras músicas dejan de lado, tal como un alegato a "lo que queda del festín", "lo que sobra", "lo marginal".