JUEGO INFANTIL
MUSICOLOGÍA COMPARADA, CAP. XIV
CURT SACHS
EUDEBA, BUENOS AIRES, 1966
Trad. ERNESTO EPSTEIN, Rev. técnica JOSÉ A. GALLO


Título original: "La desvalorización hacia el juego infantil"

Nuevas representaciones se superponen a las ya existentes, una religión a la otra; una creencia tras otra, un elemento ritual tras otro, son arrastrados a la orilla por la corriente de la historia. Las capas más bajas de la población los recogen, y lo que ellas abandonan es a su vez tomado por los niños, que lo llevan encantados al patio de juegos. En todos los contingentes, los muchachos se divierten con el sonido siniestro del palo zumbador que otrora inspiraba a sus antepasados un estremecimiento religioso, y el escolar europeo que introduce un piolín en el agujero de su regla para hacerla girar incansablemente en el aire no sabe que está profanando algo muy sagrado.
        Innumerables objetos, antaño sagrados e intocables, recorrieron sin duda este camino; los juguetes de nuestros niños, inclusive las muñecas que otrora fueron ídolos, hablan de tiempos pasados, olvidados desde hace mucho tiempo, que aún laten en nuestra sangre.
        Nada le gusta más al niño, nada se acerca más a sus instintos primitivos que un objeto que responde al movimiento produciendo ruido. El niño quiere gastar fuerzas y ver efectos inmediatos. Desea vitalidad y ¿qué más vital que el sonido?


        En la Edad de Piedra nuestros antepasados bailaron las danzas rituales como aún hoy las bailan los indígenas de todos los continentes: delante de la cara la máscara, que posee al espíritu y a la vez espiritualiza a quien lo usa, y delante de la boca el mirlitón que colorea la voz [remite a pág. 24 en la que explica el punto con cierto detalle]. También nuestros muchachos usan máscaras cuando juegan y tararean sus canciones colocándose delante de la boca un pedazo de papel de seda.
        ¿No es también moderno aquel sonajero infantil que ha sido encontrado en una excavación en Egipto? Un recipiente con mango de cáñamo trenzado, dos pedacitos de vidrio a modo de cuerpos sonoros en el interior: es el mismo sonajero que compramos hoy en la juguetería, cuyo ruido tranquiliza al bebé que llora. Sus diminutos deditos aprenden a asir el mango, y él pronto se familiariza con la misteriosa vida interior del instrumento sometiéndolo a su voluntad. ¿Hace tres o cuatro mil años, los niños egipcios experimentaban la misma atracción? ¿Cuánto hace, entonces, que este sonajero ejercía un encanto, no en el sentido figurado, sino en el sentido real de la palabra? Pues tampoco ese dispositivo había sido creado para niños. Mucho antes que expertas manos femeninas hubieran aprendido a entrelazar tallos de pasto y mimbre para un artificioso tejido, el hombre sacudía el modelo, la calabaza, en cuya redonda cavidad las semillas castañeteaban ruidosamente. Originariamente eran las mujeres las que las agitaban en el ritual mágico. Y cuando esos cultos fueron abandonados, el sonajero quedó en manos de la mujer, de la madre, y ésta lo puso al servicio del niño.
        En el antiguo México, el cadáver del rey era acompañado por esclavos que raspaban huesos humanos con ranuras para promover su retorno a la vida. Un vestigio de esta costumbre antiquísima se ha conservado no sólo entre los pueblos primitivos, sino también en nuestro propio medio. Durante la Semana Santa las campanas de las iglesias católicas quedan en silencio. En su lugar se llama a los fieles desde las torres con matracas, que no son otra cosa que una versión mecanizada del primitivo raspador. Solamente en el domingo de resurrección ese sordo ruido cede al solemne replicar de las campanas de bronce. Se dice que las campanas se fueron en peregrinación a Roma. Esta versión es hermosa y pletórica de significado, pero lleva claramente el sello de la invención popular. Creemos más bien que, inconscientemente, a la manera de los antepasados, el rey muerto es conducido hacia su resurrección.


        Ciertamente la mayoría de las matracas renunciaron a su función eclesiástica y se han puesto al servicio de la vida diaria. En la Edad Media, los leprosos eran obligados a usarlas para alertar a los transeúntes; a partir de la Guerra de los Treinta Años estuvieron en manos de los serenos en toda Alemania Septentrional, desde Frisia hasta Livlandia, y frente a las casas de Ámsterdam aún hoy el basurero anuncia su presencia con la matraca.
        Pero principalmente son los muchachos los que se han adueñado de ellas. Hoy en día se las utiliza en ciertas funciones rituales, que no son otra cosa que variaciones populares infantiles y cristianas de cultos paganos. Poco después de Navidad -de ahí su venta tan animada en las ferias navideñas- y hasta el día de Reyes, los muchachos recorren las calles y tratan de conseguir dádivas para el bolsillo y la boca, cantando antiguos versos primitivos a la manera de los toscos grabados en madera. En el fondo dormitan imágenes venerables, mezcla del nacimiento de Cristo y de su circuncisión, la reanudación del crecimiento en la naturaleza y el perfume exótico de la leyenda de los Reyes Magos. Los muchachos agitan pequeñas matracas en sus manos. En la costa septentrional la madre les presta la olla de barro; se le ata una vejiga de chancho y en el centro se coloca verticalmente un tallo de paja. La mano humedecida lo frota subiendo y bajando, y el instrumento responde con un profundo gruñido.
        También esta olla sonora, antes de pasar a manos de los muchachos, fue usada por las manos de los adultos para conseguir fertilidad de la naturaleza y de las mujeres.
        Sería superfluo citar más ejemplos de la multitud de instrumentos infantiles sonoros. Casi no hace falta recalcar que en centenares de nuestras canciones infantiles se conservan restos de antiquísimas ideas rituales. El profundo sentido que, según la frase del poeta, se esconde en el juego de los niños, no es sólo el desarrollo de la personalidad del que juega, sino también un testimonio de la evolución del género humano que ha seguido su curso ininterrumpidamente a través de decenas de miles de años.