FLAUTISTA SUFÍ
GRANDES TEMAS
KUDSI ERGUNER [1]
CORREO DE LA UNESCO, MAY-1996, EMAIL
ORIGINAL


Título original: "El flautista sufí o el viaje del alma"

"La palabra siembra, el silencio recoge", proverbio persa

El silencio es la fuente de la que el músico sufí extrae su música. Se asemeja en este aspecto a la tierra fecundada. El músico no sabe qué va a surgir del silencio, ni en qué momento, pero no puede dejar pasar el instante, tiene que estar allí cuando el germen salga a la luz.


        Análogamente, el ser humano no puede saber por anticipado qué va a brotar de la semilla oculta en su interior. Sólo el sonido del nay -la flauta de caña- tiene el poder de revelar el rostro de ese Otro, que es su auténtico ser. La voz del nay vuelve a abrir en el individuo una cicatriz, la de un pasado en que se encontraba visceralmente unido a las plantas, las piedras, el agua, las estrellas. El recuerdo de esta unión desaparece con el nacimiento. Pero cuando, en el silencio, oye elevarse las primeras notas del nay, la nostalgia lo invade, recuerda esa patria perdida.
        "Todos hemos escuchado esta música en el Paraíso", escribía el poeta místico Djalâl al-Dîn Rûnî en el siglo XIII. "Aunque el agua y la arcilla que componen nuestro cuerpo hagan planear sobre nosotros la duda, algo de esa música vuelve a la memoria."
        Si el nay posee ese poder de reminiscencia, ello se debe a que, según la tradición islámica, "la pluma de caña fue lo primero que creó Dios." También el nay, como el ser humano, ha sido arrancado de su lugar de origen: el cañaveral a orillas del estanque. "Desde entonces -se queja el nay, por la voz de Rûnî, el poeta-, mi lamento hace gemir al hombre y a la mujer. Llamo a un corazón desgarrado por la separación para revelarle el dolor del deseo."
        Así, el nay es el doble del ser humano. Ambos llevan una herida en el pecho y están envueltos por las mismas ataduras. Ambos están vacíos y secos porque la tierra ya no los alimenta. Carecen de voz uno sin el otro. La flauta de caña está hecha para cantar; sólo revive en los labios del músico. Escuchando sus notas, éste percibe la inaudible vibración de la bóveda celeste y recuerda el tiempo en que estaba unido a sus pulsaciones. El tiempo en que, sin velo alguno, contemplaba el rostro radiante de Dios. "Somos la flauta, canta Rûnî, nuestra música viene de Ti."
        El sama es el concierto espiritual en que el nay se toca acompañado del daf (tambor), el tanbur (laúd de mango largo), el kanun (cítara), el ud (laúd corto) y el kemence (violín). Se celebra de noche, en un tekke (gran recinto sumergido en la penumbra). Los músicos, a un lado, rodeados de los oyentes que se sientan en alfombras y divanes, empiezan a tocar sólo al cabo de algunas horas, cuando se ha instalado un prolongado silencio.

El sama

        Sama quiere decir "escucha". Durante el sama, los músicos interpretan las composiciones de uno de los modos (makam) del repertorio, o improvisan a partir de ese modo. Algunos makam pertenecen a una tradición que puede remontarse hasta el siglo XIV. En cuanto a la forma no varía en absoluto y el auditorio los conoce perfectamente. Pero nunca se interpretan o escuchan dos veces de la misma manera.


        Un sama es una invitación a un viaje o paseo del alma. Un itinerario en forma de espiral, cuyas etapas se señalan con un silencio, como si hubiera que comprobar la solidez del escalón al que se ha llegado antes de proseguir el ascenso. El intérprete de nay indica una dirección, crea un clima propicio al viaje. A cada modo musical corresponde una atmósfera particular.
        Nadie, al iniciarse un sama, puede predecir el fin del viaje. ¿Concluirá con alegría, con el encuentro del Amado? O tal vez no se vaya muy lejos, o haya que desandar lo andado... Todo depende del hâl (estado de ánimo) del auditorio, del hâl del músico. Pero ambos están tan íntimamente ligados que es imposible saber cuál de ellos influye en el otro.
        La palabra hâl no traduce un vago estado anímico suscitado por el humor del momento, sino el grado de elevación al que el hombre de "corazón puro" llega al término de una ascesis interior. Si aspira a lo divino, debe saber controlar sus instintos, sin por ello reprimirlos. El jinete que en vez de guiar a su montura la escucha tiene pocas posibilidades de llegar lejos. De igual forma hay que acallar las voces interiores -las pasiones carnales- y concentrar la escucha a fin de que sea aguda y vigilante, sensible a la más mínima variación de tonalidad.
        Suele ocurrir que el silencio del público sea tan profundo que alimente al propio silencio del flautista, y que éste extraiga de él la fuerza y la delicadeza de sus notas. Es entonces cuando el milagro de la respiración se torna palpable para ambos, músico y auditor. Inspirar, espirar, parecen actos totalmente naturales. En un silencio casi irreal, el sonido del nay recuerda que en cada respiración se gana un instante de vida. El oído del músico está entrenado para captar la armonía de la bóveda celeste. Su soplo, al llenar el tubo de la caña, prolonga el ritmo constante del universo. Se convierte en el eco de su movimiento incesante.

NOTAS
1. Kudsi Erguner, intérprete de nay, arquitecto y musicólogo turco, fundó en París la asociación Mewlana, donde enseña la tradición sufí turca culta. Entre sus numerosas grabaciones cabe mencionar Le ney turc (Col. Musiques traditionnelles d'aujourd'hui, Auvidis/ UNESCO, 1990).