SALVAR BABEL
LINGÜÍSTICA
PETER MÜHLHÄUSLER [1]
CORREO DE LA UNESCO, FEB-1994, EMAIL
ORIGINAL


La diversidad lingüística supone una riqueza cuya importancia se ha subestimado durante mucho tiempo

Según el relato bíblico de la Torre de Babel, los descendientes de Noé trataron de construir una torre que llegara hasta el cielo, pero Dios no vio su sabiduría con buenos ojos y los privó de la lengua común que les permitía comunicarse. Esta concepción de la diversidad lingüística como castigo divino, que presenta la Biblia, ha ejercido durante siglos una influencia decisiva en todo el pensamiento occidental, de modo que es mucha la gente que cree que la multiplicidad de lenguas es algo negativo.


        Por mi parte estimo que, por el contrario, la diversidad lingüística no es un inconveniente, sino una riqueza fundamental, y que se impone rectificar con urgencia las políticas y prácticas que son una amenaza para millares de lenguas de poca difusión. De no ser así, se perderá irremediablemente el acervo incomparable que puede ofrecernos la experiencia, la sabiduría acumulada y la visión del mundo de buena parte de la humanidad.

Los atractivos de una lengua única

        No han escaseado los intentos de instaurar una lengua universal que resulte comprensible para todos. Esta era la ansiada meta de los filósofos de la Ilustración en Europa y, en la segunda mitad del siglo XIX, de los partidarios de idiomas artificiales que, como el volapuk y el esperanto, contaban con millones de adeptos en el mundo entero. Muchos esperantistas confiaban en que el esperanto no se limitaría a ser un idioma auxiliar universal, sino que acabaría por imponerse con el tiempo como la única lengua del mundo.
        Cuantos aspiran a reducir la diversidad lingüística encuentran un sólido apoyo en el concepto moderno de Estado-nación: una lengua común se considera un elemento aglutinador indispensable para las nuevas naciones. Hace sólo doscientos años, el francés no era la lengua materna de la mayoría de las personas nacidas en Francia, mientras que hoy los que no hablan francés en ese país constituyen una pequeña minoría, cada vez más reducida. Este mismo fenómeno se reproduce actualmente en estados como Indonesia, donde el bahasa indonesia se ha convertido, del dialecto auxiliar que era, en la lengua principal del país y será en breve la lengua materna de la gran mayoría de los indonesios.
        No es exagerado afirmar que la elección de una lengua nacional única suele mirarse como requisito previo de toda modernización. Sea cual fuere el idioma elegido, trátese de una lengua importada como el inglés, el francés, el mandarín o el ruso, o de un idioma más reciente como el filipino, lo esencial es que sea perfectamente traducible, esto es, capaz de expresar los conceptos y los matices propios del mundo moderno. Ahora bien, esa exigencia tiene un efecto colateral nefasto: la desaparición de numerosas lenguas de poca difusión, por anticuadas e inútiles.
        Estos procesos reductores que se están dando en el lenguaje son comparables al empobrecimiento de la fauna y la flora mundiales. Unos y otros son obra de personas animadas por las mejores intenciones –reducir el costo de la comunicación en el primer caso y alimentar una población mundial cada vez más numerosa en el segundo-, pero que, por desgracia, tienen una idea muy vaga de la naturaleza y de las funciones de la diversidad.
        En estos últimos años se ha ido cobrando mayor conciencia de la importancia de la diversidad biológica, y en una época más reciente han empezado a hacerse oír también las voces de los defensores de la diversidad lingüística y cultural. Sin embargo, esa preocupación no ha calado realmente entre el gran público, como tampoco la idea de que la ecología lingüística merece tanta atención como la ecología natural. Y, sin embargo, hay entre una y otra numerosos paralelismos. Ante todo, la diversidad actual es fruto de larguísimos procesos, millones de años para la diversidad biológica y por lo menos cien mil años para la lingüística. Y, una vez que la auténtica diversidad se ha perdido, no es tarea fácil reconstituirla, pese a los avances de la ingeniería biológica y lingüística. Otra semejanza igualmente importante entre la diversidad lingüística y la del mundo natural es el carácter funcional de ambas. Los diez mil idiomas que existen en la actualidad reflejan las necesarias adaptaciones a las circunstancias sociales y naturales. Son fruto de una especialización progresiva para ajustarse lo mejor posible a las transformaciones que experimenta el mundo.

¿Un mundo único o plural?

        Para poder entender cómo se produce esa adaptación, hay que comparar primero dos teorías sobre la relación entre el lenguaje y el mundo. Una de ellas, la llamada cartográfica o etiquetadora, sostiene que el mundo en que vivimos consta de elementos múltiples y que cada lengua se limita a aplicar etiquetas diferentes sobre los mismos elementos. Así, según esta teoría, las diferencias entre las lenguas son meramente superficiales, y todas ellas son perfectamente traducibles.
        Según la otra teoría, las lenguas son la base esencial de nuestra visión del mundo y de los elementos que lo componen. Por consiguiente, las personas que hablan lenguas diferentes no tienen la misma percepción del mundo, ya que cada idioma ofrece una forma única de filtrar, analizar y describir los múltiples aspectos de la realidad.
        Si se da por buena esta teoría, hay que aceptar que cada lengua es una interpretación parcial de un mundo infinitamente complejo y que la única esperanza de descifrarlo es contemplarlo desde puntos de vista tan distintos como sea posible. Si se piensa que cada idioma es fruto de una larga historia de esfuerzos humanos por conocer el mundo, se puede empezar a entender por qué la diversidad lingüística representa una riqueza inestimable y no un obstáculo para el progreso.
        Las distintas lenguas disponen de medios para transmitir su propia percepción de la realidad: diferencias en cuanto al vocabulario, la estructura gramatical y también en cuanto a la distinción entre lo real y lo imaginario.


        En principio, todo conocimiento humano depende de los criterios aplicables para determinar similitudes y diferencias. Un médico, por ejemplo, tiene que saber si las erupciones que presentan dos enfermos en la frente son síntomas de la misma dolencia. Un psicólogo ha de saber si dos formas de comportamiento son manifestaciones de un mismo estado psicológico, como un biólogo debe saber si dos animales pertenecen a la misma especie. En la mayoría de los casos, es difícil definir criterios infalibles y las decisiones suelen depender de los medios léxicos con que se cuenta.
        Un ejemplo interesante es el de los nombres de los colores. La misma franja del espectro puede tener un solo nombre en una lengua, dos en otra y tres en una tercera. Si se habla una lengua que no distingue entre verde y azul, por ejemplo (como en galés, glas), se ignorará la diferencia entre esos dos colores en la vida corriente. Los nombres de las plantas varían también considerablemente de un idioma a otro, y cuando una planta es vital para una cultura, es sorprendente el grado de precisión a que puede llegar el vocabulario. Así, en algunas lenguas de Nueva Guinea, existen decenas de nombres para los distintos tipos de hojas de cordilyna, según se usen para el vestido, la decoración, la magia u otros fines. Una precisión similar se observa en las jergas especializadas de algunos grupos de las sociedades occidentales, por ejemplo, los mecánicos, los pintores, los médicos o los banqueros.
        Si de pronto desaparecieran todas esas sutiles distinciones que han ido creando los especialistas a lo largo de los siglos, cualquier lengua occidental moderna quedaría reducida a un medio de comunicación empobrecidísimo con el que sólo podrían abordarse generalidades. La pérdida de la diversidad lingüística acarrearía consecuencias parecidas a escala mundial. Junto con el vocabulario especializado, desaparecerían para siempre aspectos esenciales del saber humano acerca de fenómenos tan diversos como los tipos de nieve, las plantas medicinales, la previsión del tiempo o la educación de los niños.

La lengua y las estructuras de parentesco

        Los lazos de parentesco brindan infinidad de ejemplos de este tipo. Los antropólogos han comprobado hasta la saciedad que en las distintas lenguas son patentes las discordancias en cuanto a la expresión y el significado de éstos. Así como en español la palabra "hermana" sirve para designar a la hermana de un varón como a la de una hembra, en el dialecto tok pisin de Papua Nueva Guinea, que corresponde en buena medida a la interpretación melanesia del mundo, esa palabra se aplica indistintamente al hermano de sexo contrario. El hermano llama a su hermana "hermana" y ésta también le llama a él "hermana". En algunas lenguas aborígenes de Australia y en otros idiomas melanesios se usa la misma palabra para designar al abuelo y al nieto, lo que suele significar también que uno y otro reciben idéntico trato. Estas denominaciones pueden contribuir a paliar los conflictos generacionales. El vocabulario tan empobrecido de la mayoría de las lenguas occidentales modernas no tiene cómo designar las complejas relaciones de parentesco de grupos familiares muy amplios, por lo que la suplantación de una lengua indígena por un idioma occidental, privado de esa capacidad, acelera la descomposición de las sociedades tradicionales.
        Hay también diferencias notables entre los idiomas en los términos para designar las partes del cuerpo. En muchas lenguas, entre ellas algunas de África Occidental, la palabra "mano" designa el brazo entero o el antebrazo. La costumbre de asir el antebrazo de otra persona a la que se está saludando con un apretón de "manos", propia de esos países, responde a esa peculiaridad lingüística. En el dialecto del alemán que es mi lengua materna, el vocabulario no permite distinguir entre "pie" y "pierna", lo que me daba bastantes quebraderos de cabeza cuando estudiaba alemán, donde sí se distingue uno de otra. En las lenguas melanesias, los perros no tienen cuatro patas, sino dos patas y dos brazos, y un ciempiés sería más bien un "ciembrazos".
        Hasta ahora hemos hablado de las diferencias que existen en cuanto al vocabulario y la percepción de las realidades concretas. Pero hay realidades menos tangibles, para cuya percepción los matices del idioma son mucho más importantes: me refiero a las emociones y los estados de ánimo. El término español bienestar no quiere decir lo mismo que el alemán Gemütlichkeit, y en una misma lengua la palabra depresión no equivale a la proverbial melancolía. La falta de vocablos para designar la depresión o la tristeza en algunas lenguas polinesias parece indicar que en las dichosas islas esos males son un fenómeno desconocido.
        La lengua tiene una influencia más decisiva aun en la evolución de las concepciones filosóficas y religiosas. Es ella la que da sentido al solipsismo, según el cual "el yo es lo único que existe o que puede conocerse", o a elementos cuya experiencia se postula para explicar el funcionamiento del universo, como los "fonemas" en lingüística o los "flogistos" de los científicos del siglo XVIII. En las lenguas tradicionales polinesias hay varias palabras para referirse a la muerte, que designan desde la primera fase del coma hasta la descomposición completa del cadáver. A estas distinciones lingüísticas obedece tal vez la costumbre de la doble inhumación.
        Las fórmulas de cortesía son otro terreno en el que las lenguas afirman sus diferencias. Bien lo soben los ingleses que aprenden francés, cuando tienen que traducir el pronombre singular de segunda persona, you por tu o por vous, según el grado de familiaridad o de respeto por la persona a la que se dirigen. En algunas lenguas no se hace ninguna distinción entre el singular y el plural, en tanto que en otras, como en la de las islas Fidji, es obligatorio precisar siempre si el que habla se refiere a una, dos, tres, pocas o muchas personas o cosas. En algunas lenguas de las regiones montañosas de Nueva Guinea es imposible enunciar la frase "El cerdo ha roto la valla", ya que, valiéndose de terminaciones gramaticales hay que decir si se trata de algo que ha visto con sus propios ojos la persona que habla, si lo ha colegido de alguna observación indirecta (las deyecciones del animal, por ejemplo), o si lo ha oído decir.

Diversas interpretaciones de la realidad

        A la hora de expresar distinciones sociales, cantidades o la credibilidad de una información algunas lenguas pueden plantear serias dificultades. Cabe preguntarse cómo funciona la publicidad en la lengua aiwo de las islas Salomón, donde todas las palabras que designan objetos inútiles llevan forzosamente un prefijo que así lo indica. ¿Cómo se podría designar en esa misma lengua una central nuclear? ¿No habría que crear un prefijo para identificar los objetos que presentan un riesgo potencial?
        La influencia de ciertas distinciones semánticas es tan fuerte que puede favorecer en los idiomas diversas interpretaciones de la realidad, según hagan hincapié en los objetos más que en los procesos y viceversa. Numerosas lenguas europeas dan más importancia al objeto por su marcada tendencia a sustantivar en abstracto los verbos de acción. Así, el tema central de la lingüística no es aparentemente esa actividad que consiste en hablar, sino un objeto denominado el "lenguaje", con la consecuencia de que así como "hablar" implica a las personas y una determinada situación espacial y temporal, el término abstracto "lenguaje" remite a un objeto que es posible analizar como algo autónomo.
        Un papel igualmente importante cumple en los idiomas occidentales la causalidad. La paráfrasis de ciertos verbos como "enseñar" o "curar" podría ser "causar progresos escolares o mejoría". Ahora bien, existen concepciones igualmente válidas que dan prioridad a interpretaciones "participativas", cosa que sucede en lenguas como el wintu, que se habla en California. En ellas se dirá que el médico participa de la recuperación del enfermo y que el maestro participa en los avances de sus alumnos. No hay ninguna seguridad de que el enfoque causal lleve a una mejor práctica docente o terapéutica.
        Por último, las lenguas se diferencian por las metáforas que están vivas en cada una de ellas. En Occidente son más bien escasas. Un ejemplo puede ser "el tiempo es oro". Refuerza prácticas culturales muy concretas, como cobrar por horas de trabajo, y la idea de que se economiza dinero "ganando" un tiempo que sería ruinoso e intolerable "perder". Ni que decir tiene que no existe una metáfora parecida en las sociedades tradicionales no pecuniarias, en las que el trabajo y la ganancia se miden con criterios que no tienen nada que ver con el tiempo invertido. Otra metáfora de mucho peso en Occidente es la de la "ley", según la cual existe una instancia abstracta universal que ha dictado las leyes de la naturaleza. Esta metáfora está tan arraigada que los científicos la toman al pie de la letra y están convencidos de poder llegar a determinar las leyes de la naturaleza, creencia que ha empezado a tambalearse con los recientes descubrimientos de los teóricos del caos. Asimismo, las investigaciones más recientes sobre el sistema nervioso ponen en tela de juicio el dogma de la lingüística aceptado durante muchos decenios, según el cual el aprendizaje de los idiomas se basaría en la lógica de los estímulos. Es muy probable que las metáforas de otras culturas en las que no predomina la idea de que el mundo debe regirse por leyes puedan abrir nuevas perspectivas a la investigación científica.
        La ecología es un ejemplo excelente de lo mucho que podemos aprender del pluralismo lingüístico. Los idiomas occidentales en ese aspecto son de una gran pobreza. Basta comparar los nombres de plantas comestibles que conoce un occidental medio con los que sabe cualquier indígena de América Latina.
        Hoy en día se va cobrando cada vez más conciencia de los problemas ecológicos y el vocabulario "verde" se enriquece en consonancia. Se usan expresiones como "biodiversidad", "reciclado" y "petróleo sin plomo", pero no todas ellas son igualmente idóneas desde el punto de vista ecológico. La palabra "recurso", por ejemplo, hace pensar que el concepto de regeneración es igualmente aplicable a los recursos renovables y a los no renovables, y el término mismo de "medio ambiente" implica una separación entre los seres humanos y cuanto los rodea que no existe en muchos idiomas del mundo.
        La tendencia de las lenguas occidentales a insistir en el antropocentrismo y la abstracción lleva necesariamente a pensar que la mejor manera de actuar es atacar un problema tras otro en vez de tratar de aprehender la globalidad, como sucede con otros idiomas.
        Muy sintomática es también la indiferenciación de la relación de dependencia en español, por ejemplo, donde emplearé el mismo pronombre posesivo para decir "mi hijo" (que depende de mí), "mi padre" (del que dependo) y "mi pareja" (interdependencia recíproca). En la lengua barrai de Nueva Guinea, diferentes formas pronominales establecen distinciones inequívocas entre estas tres categorías. Es interesante señalar que, para expresar "mi tierra" en barrai, se emplea el pronombre correspondiente a la dependencia recíproca, que indica la necesidad de que haya un equilibrio entre los seres humanos y la tierra. Las metáforas occidentales relacionadas con la tierra descansan en la distinción entre lo humano y lo que no lo es, y en la convicción de que el hombre es una especie privilegiada, que domina y explota el resto del universo en su exclusivo beneficio. Comparar la Tierra con una nave espacial contribuye a que arraigue la idea de que el planeta es básicamente para sus humanos pobladores, así como las ideas de "gestión ambiental" o de "balance ecológico" no son más que una nueva visión de la vieja historia del hombre como ser supremo de toda la creación.
        Me pregunto, para terminar, si los occidentales no han caído en la trampa de las limitaciones que sus lenguas les imponen, y si no se debe a eso el estancamiento de la reflexión ecológica. En ese sentido, el discurso sobre el medio ambiente pone de relieve los peligros de la hegemonía lingüística y cultural y nos recuerda cuán necesaria es la multiplicidad de enfoques y de lenguas para aprehender y dominar la realidad compleja y cambiante del universo.

NOTAS
1. Peter Mühlhäusler, lingüista alemán, ha enseñado en la Universidad de Berlín y más adelante en la Universidad de Oxford. Titular desde 1992 de la cátedra de lingüística en la Universidad de Adelaida, es miembro de la Academia Australiana de Ciencias Sociales.