PRÓLOGO
DEL ORIGEN Y REGLAS DE LA MÚSICA
ANTONIO EXIMENO (1774) (1729-1808)
EDITORA NACIONAL, MADRID, 1978
ORIGINAL, EDICIÓN PREPARADA POR FRANCISCO OTERO
Un conjunto de circunstancias, de que no
puedo instruir al lector sin escribir un dilatado discurso, me
hicieron hace cuatro años dar una mirada a la música,
cuyo estudio creí deberme ser muy fácil por hallarme
bastante instruido en los principios de las matemáticas, de
donde comúnmente se cree derivarse la música.
En breve quedé convencido por experiencia propia, de que para
la práctica de la música de nada sirve la
teoría de las matemáticas, y si yo conservase las
primeras lecciones de contrapunto que hice según las reglas
que intenta sacar de los números el P.
Kircher, tendría el documento más decisivo de
la presente cuestión, y el más propio para hacer
tapar los oídos o hacer reír a los hombres más
estúpidos. Y aunque entonces ya me ocurría alguna
sospecha de que nada absolutamente tienen que ver con la
música las matemáticas, sin embargo deseché
como vano aquel pensamiento, considerando que a lo menos la
teoría de la música sería una parte de ellas,
como otras muchas cosas semejantes que estas ciencias contienen,
tan inútiles a la práctica de las artes como las
sutilezas de la escuela aristotélica.
Por esta razón seguí ejercitándome por una parte en el
contrapunto bajo la dirección de un maestro, y por otra,
formando por mí mismo una teoría matemática de
la música. Y después de haber hecho en vano inmensos
esfuerzos para descubrir alguna luz entre las densas tinieblas del
tratado de la armonía de Tartini, de su séxtupla
armónica y de las tres armonías de primera, cuarta y
quinta de que se compone la escala, me formé una breve
teoría, que como sucede a todo escritor, me parecía
alguna cosa buena. Pero a pesar de esta teoría y del
cotidiano ejercicio de componer, me hallaba en cuanto a la
práctica enteramente a ciegas. El maestro me alababa muchas
lecciones y aún me decía con frecuencia que no
comprendía cómo teniendo tan poca práctica,
hacía modular tan bien las partes, particularmente los
bajos. Pero todo esto lo hacía yo a tientas, y me
desesperaba de que hoy me alabase una lección, y
mañana me reprobase otra, quedando siempre en ayunas del por
qué. Se aumentaba aún más mi
desesperación con la lectura de los autores de
práctica, no hallando en ellos más que un
amontonamiento de reglas de canto-llano, que presto eché de
ver eran falaces y falsas, puesto que todos los días las
veía quebrantadas en las más bellas composiciones.
¿De qué sirve, me decía yo, la regla de no
hacer saltar una voz de quinta falsa, cuando este salto causa
tantas veces placer al oído? ¿Por qué se me
impone la ley de preparar toda disonancia, cuando todos los
días se usa de la séptima y de la quinta falsa sin
esta preparación? ¿Por qué ha de ser un pecado
irremisible en un principiante hacer una quinta con movimiento
recto, cuando se halla así en las composiciones de los
más célebres maestros? ¿Y qué regla
general se me da para transportar la modulación de un tono a
otro? Para entender estas cosas, me decían todos, se
necesita una larga práctica de cantar o tocar. ¡Buen
Dios!, decía yo para mí, ¿qué especie
de arte es ésta? Bien conozco que en ningún arte se
adquiera la facilidad ni se perfecciona el gusto sin la
práctica; pero sin ésta se entienden muy bien sus
principios. Jamás he hecho de arquitecto, y sin embargo
conozco por qué una fábrica es sólida y bella.
No soy capaz de componer otra Eneyda, y con todo sé dar
alguna razón de sus bellezas. ¿Es posible que la
música sea un arte que carezca de verdaderos principios o de
reglas generales e infalibles, y que en ella se deba aprender todo
a fuerza de brazos o del mismo modo que aprende un perro a hacer de
centinela o a llevar una luz en la boca delante de su amo?
Arredrado por estas reflexiones abandoné, por no decir otra
cosa, el estudio de la música, y estuve más de un
año sin pensar, y aun sin querer oír hablar de ella.
Sin embargo me sentía de cuando en cuando estimulado
interiormente por la naturaleza a hacer alguna investigación
sobre este arte divino, que con las sutilezas de los
teóricos e inconsecuencias de los prácticos
había llegado a ser un misterio o por mejor decir un
verdadero caos. No tiene la menos duda que más bien que el
estudio de la casualidad hace nacer las reflexiones más
ciertas. Hallábame la mañana de Pentecostés en
la basílica de San Pedro, mientras se cantaba el "Veni
Sancte Spiritus", puesto divinamente en música por
el señor Nicolás Jomelli, y juntamente con la
música iba yo recitando entre mí las mismas palabras
con aquel fervor y energía con que las hubiera recitado al
pueblo para conmoverlo y excitar su devoción, cuando
advertí que mi voz hacía una modulación,
aunque oscura, muy semejante a la del músico. Nadie puede
imaginarse de qué claridad me sentí entonces
iluminado acerca de la música; pareciome salir de una oscura
gruta al aire puro del mediodía. Con que la música,
decía yo entre mí, no es más que una prosodia
para dar al lenguaje gracia y expresión. ¿Y
qué conexión tiene la prosodia con las
matemáticas? Esta simple reflexión me inspiró
aquel valor que da la pura verdad conocida, y de nuevo
emprendí el estudio de la música.
Aun no había
leído acerca de ella más que el confuso tratado de
Tartini y algunos autores de práctica; pero sabía por
otra parte que habían escrito con fundamentos tomados de las
matemáticas y de la física otros autores bastante
ilustrados que yo no había podido leer; entre los cuales los
de mayor nota eran Euler, y Rameau con su intérprete
d'Alembert. La opinión que se han merecido estos autores en
la república literaria, me hacía sospechar y temer
que mi pensamiento de reducir la música a una pura prosodia
era tan vano como sencillo. Pero este pensamiento había
hecho en mí tanta impresión, que me determiné
animosamente a examinar aquellos autores. Por fortuna con el largo
estudio de las matemáticas me hallaba ya provisto de algunas
reflexiones acerca de la falsa evidencia de estas ciencias, o por
mejor decir, acerca del abuso que se ha hecho en este siglo de las
verdades demostradas a ciertos supuestos parte inciertos y parte
falsísimos. Por esta razón las fórmulas
algebraicas con que Euler hace de la música un nuevo tratado
de álgebra, no me espantaron; antes bien este tratado fue
para mí el testimonio más auténtico de lo
fundado de mis sospechas contra las matemáticas, viendo que
un geómetra tan célebre se servía de ellas
para fundar una nueva teoría de música sobre meras
ilusiones de la fantasía. Más cuidado me dio Rameau,
que habiendo sido excelente práctico en la música, y
habiendo escrito en una nación donde aún las mujeres
tienen alguna tintura de la física y de las
matemáticas, parece que para sacar de estas ciencias los
principios de aquel arte, no debía engañarse tan
fácilmente. En efecto, Rameau da para la práctica
algunas reglas utilísimas; y aunque su teoría, por lo
que mira a las matemáticas, es tan vana como la de Euler,
sin embargo por lo que mira a la física, sorprende a primera
vista, y casi persuade que la naturaleza produce efectivamente en
los sonidos de las cuerdas ciertos fenómenos con el fin de
enseñar a los hombres qué sonidos se deben reunir
para obtener la armonía. Mas apariencia de verdad tiene esta
parte de la teoría de Rameau el pequeño tratado de
d'Alembert intitulado 'Elements de la Musique', donde
este gran filósofo y matemático purgando la
teoría de Rameau de los falsos supuestos y palpables
contradicciones del autor, la reduce a una serie de proposiciones
claras y concisas que han hecho la teoría de la
música de Rameau digna de compararse con la de física
de Newton. Pero al fin eché de ver que las últimas
proposiciones de aquella destruyen las primeras, y que entre el
fenómeno físico que las sirve de fundamento, y las
reglas de la armonía no interviene más que un
concurso casual, semejante a otros muchos con que las más
veces se alucinan los filósofos, persuadiéndose que
porque dos cosas concurren casualmente juntas, la una es causa de
la otra. Heme aquí por consiguiente puesto en el compromiso
de declarar mal fundados y llenos de ilusiones y falacias todos los
libros que sobre la teoría de la música se han
escrito desde Pitágoras hasta nuestro tiempo.
¿Qué impresión podía yo esperar que
hiciese esta declaración en el publico, para con quien tiene
tanta fuerza la preocupación de la autoridad? Especialmente
debiendo yo echar por tierra todas las difíciles
combinaciones de cálculos, números y proporciones con
que se ha embrollado la música, y sabiendo por experiencia
que el común de los hombres hace más aprecio de las
cosas que no comprende, que de las más fáciles y
claras. Esta reflexión me hubiera a la verdad detenido en
publicar en otra materia mis ideas; pero mirando la teoría
de la música como cosa de poco momento y de ninguna
consecuencia para el público, determiné combatir la
muy antigua y general preocupación, de que la música
es una rama de las matemáticas.
Dado este paso, me
correspondía demostrar que la música procede de
aquellas modificaciones del lenguaje que le hacen eficaz para
deleitar los oídos y conmover los ánimos. Estas
modificaciones consisten en el acento y en la cantidad de las
sílabas, las cuales a ningún filósofo le ha
pasado jamás por la imaginación deberse sujetar a
reglas matemáticas. Cuantas más observaciones he
hecho sobre el común hablar de los hombres, y en particular
de las mujeres, tanto más convencido he quedado de esta
verdad. Muchas veces me he puesto a hablar junto al clave, y
observando las variaciones de mi voz, las he hallado después
exactamente en las cuerdas de aquel instrumento. Sobre todo no me
quedó duda alguna de la identidad de la música con la
prosodia, cuando examinando las prosodias de las lenguas más
cultas, cuales fueron la griega y la latina, observé que las
reglas sobre los acentos se dirigen generalmente a hacer en el
habla común una serie de cadencias musicales, y que toda la
variedad de tiempos y de notas, de que usa la música, son
otros tantos pies de la poesía griega y latina; y como estas
cosas tienen el mismo origen que el lenguaje, del mismo deben
proceder inseparablemente el lenguaje, la prosodia y la
música. Podía haberme excusado de entrar a investigar
este común origen, dejando a cada uno en libertad para
abrazar la opinión que estimase más verosímil
por lo que respecta al del lenguaje; pero además de que
entonces el de la música hubiera quedado confuso y dudoso,
no habría podido explicar en qué consiste el gusto y
el genio, ni por qué la música haya hecho tantos
progresos sin verdadera teoría y aun sin verdaderas reglas
de práctica. Por esta razón determiné
demostrar cómo y por qué habla el hombre; y heme
aquí de nuevo en el empeño de combatir otra vulgar
preocupación. Comúnmente se confunde en el hombre el
verdadero principio de sus operaciones con la reflexión que
las regula o acompaña. Se dice que la razón le
enseña a hablar, porque cuando habla, raciocina. Y no
obstante que en el hombre se observan muchísimas operaciones
que le son comunes con las bestias, estas operaciones se suponen
proceder del instinto en la bestia, y de la razón en el
hombre. Esto me parece un error muy notable. El hombre y la bestia
comen por un mismo principio; pero el hombre acompaña esta
operación casi siempre con la reflexión, y la bestia
no; y en esto consiste la diferencia entre el hombre y la bestia.
El hombre no puede con la razón aprender a dar a los
órganos de su cuerpo los movimientos convenientes para cada
operación. Tan imposible le es comprender qué debe
hacer con la boca y con la lengua para articular las palabras, como
a la bestia conocer qué nervios debe tirar para llevar la
comida a la boca, mascarla y tragarla. Estas operaciones en todos
los sirvientes deben proceder de un instinto común o de una
impresión innata que les dé casi hechos los
movimientos de los órganos que conducen al mantenimiento de
la vida y a las operaciones propias de cada especie. Sin esta
impresión innata no se pueden entender ciertas inclinaciones
naturales del hombre, que desde la más tierna edad comienzan
a desenvolverse, por otra parte imposibles de adquirirse con la
instrucción o reflexión. De esta impresión
innata o instinto deduzco yo el lenguaje y todas las modificaciones
que le hacen deleitable; sin dejar por esto de ser el hombre
superior a la bestia, no solo por causa de la reflexión,
sino también porque con el instinto le ha impreso la
naturaleza el sentimiento de humanidad que es el origen de la
virtud: a lo cual no se extiende el instinto de la bestia. En estas
investigaciones hablo con los filósofos y con las personas
instruidas, de quienes, puesto que hacen profesión de dar
oído a la razón, puedo esperar tengan buena acogida
mis opiniones. ¿Pero qué no debo temer cuando digo
que los maestros de capilla no tienen ni una sola regla de
contrapunto que no sea o falsa o mal entendida? En efecto, habiendo
estado la música sin verdadera teoría, debe por
consiguiente haber estado desprovista de verdaderas reglas de
práctica. De esto se podrá cerciorar cualquiera que
reflexiones que las reglas comunes de contrapunto están
llenas de excepciones, de que están exentas las reglas
verdaderas y fundamentales de las artes, que inspira la naturaleza.
Es verdad que están sujetas a excepciones las leyes
inventadas por los hombres, los cuales no pudiendo comprender todas
las circunstancias que pueden ocurrir en la práctica de sus
leyes, no las pueden hacer universales e infalibles. Pero una vez
que la naturaleza ha establecido que el equilibrio consista en la
proporción recíproca de los pesos con sus distancias
al punto de apoyo, los arquitectos no pueden poner excepción
alguna a esta regla. Tales deberían ser las reglas
fundamentales de la armonía, puesto que ésta nos es
inspirada por la naturaleza. También se deberían
deducir inmediatamente estas reglas de los acentos del habla; pero
como estos acentos se profieren con tanta rapidez y aunque se
adviertan, no se pueden demostrar por escrito, me ha sido preciso,
sin perder de vista la identidad de la música con las
modificaciones del lenguaje, tomar por base de las reglas de
práctica dos experimentos triviales; uno sobre las
diferencias de la voz humana, y otro sobre el modo con que los
hombres por puro instinto de la naturaleza se ponen acordes para
cantar juntos; y de estos dos hechos experimentales infiero una
serie de proposiciones muy sencillas, que son otras tantas reglas
de armonía o de contrapunto libres de toda excepción.
Sin dificultad me persuado que los profesores de música
jóvenes que aún conservan el entendimiento flexible
de la razón, me estarán agradecidos por estas reglas.
¿Pero qué no dirán aquellos maestrazos de
contrapunto, en quienes con la edad se han envejecido las
preocupaciones, y que hablando misteriosamente del arte de la
música, se hacen respetar como oráculos, precisamente
porque no se comprende lo que dicen?
Mucho más de
que charlar hallaran éstos con motivo de aquellas
pequeñas lecciones de contrapunto que he juzgado conveniente
añadir a las reglas, para demostrar su verdad por medio de
los efectos, sin embargo de que estas reglas me han puesto en
estado de componer alguna cosa y aun de mudar de tono; lo que
jamás pude llegar a hacer con sus rancias reglas de
canto-llano. Se hallará sin duda en mis ejemplos mal
preparada una disonancia, otra mal resuelta, una parte que no canta
bien, la otra que salta demasiado, y muy malo el todo de la
composición; y ¡pobre de mí, si en el
ángulo de algún compás se me han escapado dos
quintas! En suma, se concluirá que he sido un temerario por
haber querido meterme de hoz y de coz en la práctica, no
habiéndome visto jamás a la cabeza de un coro
espantando las moscas de la iglesia. ¿Pero cómo
podré yo prevenir estas críticas de los
contrapuntistas cuando ni ellos mismos están exentos de
ellas? Pues, ¿qué maestro de música da
jamás al público una composición que no sea
criticada por todos los demás? Y la razón es que
hallándose todos igualmente desprovistos de verdaderas
reglas, cada uno se forma aquellas que según las
circunstancias juzga más a propósito para hacer creer
a los incautos que su cabeza es un pozo lleno de contrapunto.
¿Pero de qué sirven estas advertencias? El mejor
partido que pueden tomar, es no leer este tratado, del cual no
sacarán otro fruto que inquietarse inútilmente. Por
lo que mira a la teórica, hablo con los filósofos, y
por lo que toca a la práctica, con los jóvenes
amantes de la música.
Si como yo pretendo
hacer ver, la música consiste en las modificaciones del
lenguaje, de este principio se deduce que serán más
aptas para ejercitar la música aquellas naciones que hablen
un lenguaje más grato al oído. Esto es lo que me he
propuesto demostrar en la segunda parte, sacando de la varia
índole de las lenguas las causas de los progresos y de la
decadencia de la música. Es verdad que todas las artes de
gusto tienen alguna conexión entre sí, de suerte que
rara vez se cultiva una sin cultivar las demás; y por esto
el gusto de la música debe siempre correr la misma suerte
que el de la pintura, escultura y arquitectura. Sin embargo se ve
hoy día en la Europa que muchas naciones han perfeccionado
todas las artes menos la música; y aunque tengan
afición a ella, se ven obligadas a usar y estudiar la
música italiana; lo cual procede, como se demostrará,
de la índole de sus respectivos lenguajes. Como los griegos,
los romanos y los bárbaros son naciones ya muertas, hablo de
sus costumbres con la libertad que conviene a un filósofo. Y
aunque hablando con igual libertad de las naciones vivas, las
hubiera dejado al fin iguales y en perfecto equilibrio con respecto
a lo bueno y lo malo que tiene cada una de ellas, no obstante he
suprimido muchas reflexiones que, sin advertirlo, había ya
escrito, por considerar que las preocupaciones nacionales tienen
más fuerza que lo que se cree. Con todo, si las personas
sensatas no hallasen digno de reprensión el juicio que formo
sobre las naciones, siempre que esta obra mereciese ser reimpresa,
añadiré quizá sobre este punto y aún
sobre la música algunas cosas que por ahora he creído
conveniente omitir.
Para dar a las
materias un orden más natural, he alterado algún
tanto el de los libros, de que según el prospecto de la obra
debía ésta componerse; y casi he separado de la misma
el diccionario de música, dándole el título de
'Introducción', por contener cosas de poquísimo
interés para los lectores. Y le hubiera del todo omitido si
escribiese sobre otra materia; pero siendo la música no
sólo en la teórica y en la práctica, sino
también en los vocablos, un caos confusísimo, me he
visto precisado a fijar de antemano los significados de las
palabras que debo usar en la obra. Para los que comprendan la
fuerza de aquella sentencia de Horacio: 'difficile est
propriè communia dicere', será creíble
que me ha costado este diccionario casi tanto trabajo como lo
restante de la obra. Pero con esta sentencia me veo en otro
embarazo, que es escribir en italiano, siendo yo ultramontano. Este
embarazo ha sido la causa principal que ha detenido la
publicación de esta obra por más de un año. No
porque desde el principio no hubiese escrito con franqueza aquel
italiano que aprendí desde luego conversando con los romanos
y leyendo algunos libros; pero las diversas y contrarias opiniones
que he oído sobre el modo de escribir bien el italiano, me
han hecho estudiar para imitar el estilo ya de este autor, ya del
otro.
Finalmente viendo
que aún en esta frívola materia no podía
atenerme a un partido sin contrastar la preocupación del
otro, me abandoné a los brazos de la naturaleza, y he
escrito de nuevo toda la obra copiando al natural mis pensamientos,
persuadido de que el escribir de otro modo es una afectación
ridícula indigna de un filósofo. Por esta causa ha
sido la obra más sucinta de lo que era antes, no obstante
que amplificando con fastidiosas paráfrasis las ideas que en
ellas se contienen, hubiera podido formar muchos volúmenes;
pero yo deseo hallar en los libros más pensamientos que
palabras.