DIÁLOGO SOBRE MÚSICA
REPÚBLICA
PLATON
EUDEBA, BUENOS AIRES, 1968
Trad. ANTONIO CAMARERO, DIRECTA DEL GRIEGO
Si comprendo bien tu pensamiento, hay una
manera de expresarse y relatar de que se sirve todo hombre de bien
cuando tiene algo que decir, y otra del todo diferente de ella que
emplea siempre en sus relatos aquel que por su naturaleza y
educación es lo contrario del hombre de bien.
- ¿Cuáles son estas dos maneras?
-preguntó.
- Creo -respondí- que un hombre de bien, cuando las
circunstancias lo llevan a relatar lo que ha dicho o hecho otro
hombre de bien, consentirá en ello de buena gana y no se
avergonzará de imitarlo, sobre todo si se trata de alguien
que obra irreprochable y cuerdamente; en cambio, lo hará
menos a gusto si el personaje sufre los efectos de la enfermedad,
el amor, la embriaguez, o se encuentra en cualquier otra
situación desdichada. Pero si las circunstancias lo llevan a
imitar a un hombre inferior a él, nunca lo hará
seriamente, sino muy de pasada, y siempre que el personaje en
cuestión realice alguna acción digna; más
aún, sentirá vergüenza, no solo porque no
está acostumbrado a imitar a esa clase de gente, sino porque
le repugna tomar por modelos a quienes valen menos que él.
En el fondo, desdeña imitarlos y sólo lo hace como un
mero pasatiempo.
- Es natural -dijo.
- Por lo tanto, hará un relato semejante al que
hablábamos hace un momento a propósito de los versos
de Homero y su estilo será en parte imitativo y en parte
simple. Pero mucho menos imitativo que simple. ¿Es acertado
lo que digo?
- Por cierto -respondió-, tal debe ser la manera de
expresarse de un narrador como ése.
- Y bien -proseguí-, un narrador de carácter opuesto,
cuanto más ordinario sea, más dispuesto estará
a referirlo todo y no considerar nada indigno de sí, de
forma que imitará seriamente y en presencia del
público los ruidos que antes señalábamos: el
del trueno, del viento, del granizo, de los ejes y poleas, el son
de las trompetas, las flautas, las siringas y de toda clase de
instrumentos y hasta el aullar de los perros, el balar de los
corderos y el canto de los pájaros. Imitará voces y
gestos, reduciendo al mínimo la parte narrativa.
- Por fueras -dijo- también ha de ser así.
- Tales son -proseguí- los dos estilos de que hablaba.
- En efecto -contestó.
- El primero comporta muy pocas variaciones, y una vez que se ha
encontrado el ritmo y la armonía que le son propios, no
queda, para expresarse bien, sino atenerse a ésta, pues
apenas admite cambios, y también el ritmo es más o
menos igual.
- Ciertamente -dijo.
- Pero la segunda especie exige todo lo contrario. ¿No le
son acaso necesarios todos los ritmos y armonías para
expresarse justamente, puesto que son tantas sus variaciones?
- Desde luego -contestó.
- Pues bien, ¿no emplean todos los poetas y narradores ya el
primer estilo, ya el segundo, o un tercero que es mezcla de los
dos?
- Necesariamente -dijo.
- ¿Qué haremos, pues, en la ciudad?
-pregunté-. ¿Hemos de admitirlos todos, o uno u otro
exclusivamente, o la mezcla de los dos,
- Si ha de prevalecer mi criterio -contestó-, aceptaremos la
narración simple, propia del hombre de bien.
- Sin embargo, Adimanto, la forma mixta de narración puede
ser muy agradable. Y el más agradable de todos, según
el criterio de los niños, los preceptores y la mayor parte
de la gente, es precisamente el tipo opuesto al que tú
eliges.
- En efecto, es el que más agrada.
- Acaso pudieras alegar -proseguí- que no se adapta a la
organización de nuestra ciudad, ya que no hay entre nosotros
ningún hombre con una doble o múltiple
ocupación, pues cada uno se dedica a una sola cosa.
- En efecto, no se adapta a nuestra ciudad.
- ¿Y no es por ello por lo que nuestra ciudad es la
única en que el zapatero sea exclusivamente zapatero, y no
piloto al mismo tiempo que zapatero, y el labrador, labrador, y no
juez al mismo tiempo que labrador, y el soldado, soldado, y no
comerciante al mismo tiempo que soldado, y así todos los
demás?
- Es verdad -dijo.
- De suerte que si un hombre capaz de adoptar todas las formas de
imitarlo todo se presentara en nuestra ciudad para hacer escuchar
sus poemas, le rendiríamos homenaje como a un ser divino,
maravilloso, encantador, pero le diríamos que no hay en
nuestra ciudad ningún hombre como él y que no puede
haberlo, y lo enviaríamos a otra después de haber
ungido con perfumes y coronado con cintas de lana su cabeza.
Nosotros hemos menester de un poeta o un narrador más
austero y menos agradable, pero que sea útil a nuestro
propósito y solo imite la manera de ser y los modales del
hombre de bien, que ciña su lenguaje a las normas que
establecimos al principio, cuando empezamos a trazar un plan para
educar a nuestros soldados.
- Sí -contestó-, de tal manera procederíamos,
si estuviera en nosotros hacerlo.
- Me parece, querido amigo, que ya hemos estudiado por completo esa
parte de la música que se relaciona con los discursos y las
fábulas, puesto que hemos hablado de lo que hay que decir y
de cómo hay que decirlo.
- A mí me parece lo mismo -opinó.
- ¿No debemos examinar ahora -proseguí- el
carácter del canto y de la melodía?
- Sin duda.
- ¿Y no podría cualquier determinar cómo han
de ser, sinos ajustamos a lo dicho anteriormente? Entonces
Glaucón, echándose a reír, dijo: - Me temo,
Sócrates, que yo sea la excepción. No estoy en
condiciones de
responder de inmediato cómo han de ser uno y otra, aunque lo
sospecho.
- En todo caso -repliqué- hay un primer punto sobre el cual
bien puedes responder, y es que la melodía se compone de
tres elementos: letras, armonía y ritmo.
- En cuanto a eso -contestó-, no cabe duda.
- Por lo que hace a la letra, cantada o no, debe componerse de
acuerdo
con las mismas normas que prescribimos antes.
- Es verdad -dijo.
- Es preciso también que la armonía y el ritmo se
adapten a la letra.
- Desde luego
- Ahora bien, determinamos que había que eliminar de las
palabras las quejas y lamentaciones.
- En efecto.
- ¿Y cuáles son las armonías lastimeras?
Tú puedes decírmelo, porque eres músico.
- La lidia mixta -respondió-, la lidia aguda y algunas otras
similares.
- ¿Habrá pues que suprimirlas? -pregunté-. No
me parecen apropiadas para las mujeres, que deben ser discretas, y
mucho menos para los hombres.
- Sin duda.
- Hay que decir también que nada es menos conveniente para
los guardianes de la ciudad que la embriaguez, la molicie y la
pereza.
- Estoy de acuerdo contigo.
- ¿Y cuáles son las armonías muelles y propias
de los festines?
- La jonia y la lidia -contestó- que suelen llamarse
laxas.
- ¿Y crees tú, amigo mío, que convengan a los
guerreros?
- De ningún modo -contestó-. Y ya no quedan sino la
doria y la frigia.
- Yo no entiendo de armonías -proseguí-, pero
déjanos aquellas que imite convenientemente el tono y el
acento de un hombre valeroso, comprometido en una acción de
guerra o en cualquier otro esfuerzo denodado, y que cuando se
encuentra en una situación desgraciada, cuando es herido, o
se ve expuesto a morir, o es víctima de algún
accidente desdichado, se enfrenta en toda circunstancia con su
suerte sin desconcierto y con entereza. Y déjanos otra
armonía para imitar el tono y los acentos del hombre que
emprende una acción pacífica y por completo
voluntaria, que trata de convencer o suplicar a los dioses con
preces y a los demás hombres con enseñanzas y
consejos. O que se muestra sensible a los ruegos, a las lecciones o
a los consejos de sus semejantes, logrando alcanzar la
realización de sus deseos sin enorgullecerse jamás
adaptándose a las circunstancias y conduciéndose con
moderación y prudencia. Éstas son las armonías
que debemos reservar, enérgica la una, tranquila y apacible
la otra, y que mejor pueden imitar los acentos del infortunio, a
dicha, la prudencia y la valentía.
- Pues son ésas -dijo- las armonías que yo citaba
hace un momento.
- Entonces -proseguí- para nuestros cantos y melodías
no tendremos necesidad de instrumentos de muchas cuerdas ni que
produzcan todas las armonías.
- Me parece que no -dijo.
- Ni tendremos que sostener fabricantes de triángulos,
plectros y todos aquellos instrumentos de muchas cuerdas y diversas
armonías.
- También me parece que no -dijo.
- ¿Y admitirías en nuestra ciudad a los fabricantes
de flautas y a los flautistas? ¿No es la flauta el
instrumento que tiene más sonidos? Y los instrumentos que
reproducen toda clase de armonías, ¿no son acaso
imitaciones de la flauta?
- No son otra cosa -dijo.
- No quedan, pues -afirmé-, sino la cítara y la lira
para la ciudad, y en el campo una especie de siringa para los
pastores.
- A lo menos -dijo- es la consecuencia de nuestro razonamiento.
- Por lo demás, amigo mío, no hacemos nada
extraordinario prefiriendo a Apolo y sus instrumentos más
que a Marsias y los suyos.
- ¡Por Zeus! -exclamó-, opino lo mismo.
- ¡Y por el perro! -exclamé a mi vez-. Sin darnos
cuenta de ello, nos hemos dedicado a purificar nuevamente a la
ciudad, que estaba llena de lujos, según decíamos
hace un momento.
- Y hemos procedido sensatamente.
- ¡Pues bien! -exclamé-, terminemos de purificarla!
Después de las armonías, hablemos de los ritmos. No
para buscar ritmos variados ni de toda clase de pies, sino para
determinar cuáles son los que mejor expresan la vida de un
hombre ordenado y valeroso y, una vez hallados, ajustar la medida y
la melodía al lenguaje de tal hombre, y no sus palabras a la
medida y la melodía. Te corresponde a tí, como lo has
hecho con las armonías, determinar cuáles son esos
ritmos.
- ¡Por Zeus! -replicó-, no sé qué
decirte. Solo sí, por haberlo estudiado, que hay tres
especies de ritmo que sirven para componer las medidas, así
como hay cuatro especies de tono de donde proceden todas las
armonías, pero no podría decirte qué
carácter de vida representa cada ritmo.
- Sobre este punto -repliqué- consultaremos a Damón
para saber qué metros corresponden a la vileza, la soberbia,
la demencia y otros defectos, y qué metros se han de
reservar para las virtudes opuestas. Creo haberle oído
hablar vagamente de un metro compuesto que llamaba enople, de un
dáctilo y de un heroico, que no sé cómo
él disponía, igualando arsis y tesis y
haciéndolo terminar ya en breve, ya en larga. Hablaba
también, si mal no recuerdo, de un yambo y de otro troqueo,
que hacía constar de sílabas largas y breves. Me
parece también que en ciertas ocasiones censuraba o alababa
tanto el metro como el ritmo mismo, o algún detalle
común a ambos. No sé exactamente qué era. Pero
remitámonos en esto a Damón, porque la
discusión nos llevaría mucho tiempo,
¿verdad?
- ¿Sí, por Zeus!
- Pero al menos podrás decirme que la gracia o la falta de
gracia dependen de la perfección o de la imperfección
del ritmo.
- Sin duda.
- Pero el ritmo bueno y el malo se ajustarán al buen y al
mal estilo, respectivamente, y lo mismo sucederá con la
buena y la mala armonía si, como decíamos antes, el
ritmo y la armonía han de ajustarse a la letras y no
ésta a aquéllos.
- En efecto -dijo-, ambos han de ajustarse a la letra.
- Y la expresión -proseguí- y las palabras mismas,
¿no dependen del carácter del alma?
- Sin duda.
- Y todo lo demás, ¿no depende acaso de la
expresión?
- Sí.
- Luego, la belleza del lenguaje, de la armonía, de la
gracia y del ritmo provienen de la simplicidad así llamada
por eufemismo y que no es más que necedad, sino de la
verdadera simplicidad de un carácter dotado de nobles y
hermosas cualidades.
- Es verdad -dijo.
- ¿No han de proponerse nuestros jóvenes adquirir
estas cualidades en toda ocasión que se les presente si
quieren cumplir con su deber?
- Desde luego.
- A mi juicio, de estas cualidades están llenas la pinturas
y las artes análogas a ella, y también la
tejeduría, el bordad, la arquitectura y la
fabricación de los objetos de que consta nuestro moblaje.
Las encontramos, asimismo, en la naturaleza de los cuerpos y de las
plantas. Todo ello revela gracia o falta de gracia. La falta de
gracia, de ritmo y de armonía se halla estrechamente ligada
a la fealdad del lenguaje y a la perversión del
carácter, y las cualidades contrarias son las hermanas
gemelas y las fieles imágenes del carácter opuesto,
el del hombre sensato y bueno.
- Nada más cierto -dijo.
- ¿Bastaría vigilar a los poetas y obligarlos a que
nos presenten en sus poemas modelos de buenas cualidades y, de lo
contrario, a que renuncien a la poesía entre nosotros, o
deberemos vigilar también a los demás artistas para
impedirles que imiten el vicio, la intemperancia, la vileza o la
indecencia en la imagen que nos dan de los seres vivos en la
arquitectura, o en cualquier otra clase de arte? Y en caso de que
no sean capaces de adaptarse a lo que les pedimos, ¿no
deberemos prohibirles que trabajen entre nosotros? ¿No
debemos temer, en efecto, que las imágenes del vicio influya
sobre nuestros guardianes, como si vivieran entre hierbas venenosas
que recogieran y comieran todos los días en dosis
pequeñas, con lo cual, sin darse ellos cuenta,
introducirían la corrupción en sus espíritus?
Antes bien, ¿no será necesario buscar a los artistas
naturalmente dotados para seguir las huellas de la belleza y de la
gracia con el fin de que nuestros jóvenes, como os
habitantes de una comarca saludable, saquen provecho de todo y que
de todas partes los efluvios de las obras hermosas acaricien sus
ojos y sus oídos, a semejanza de la brisa de un clima
benigno que les aporta la salud, y los induzca desde la infancia a
imitar, amar y sentirse en perfecto acuerdo con la bella
razón?
- No podría educárselos mejor -respondió.
- Y si la música es la parte principal de la
educación -proseguí-, ¿no es acaso,
Glaucón, porque el ritmo y la armonía son
especialmente aptos para llegar a lo más hondo del alma,
impresionarla fuertemente y embellecerla por la gracia que les es
propia, siempre que esta educación se dé como
conviene, pues de otra manera produciría efectos contrarios?
¿No es éste también el motivo por el cual un
joven que ha recibido una educación musical conveniente
percibe con claridad lo que hay de imperfecto y defectuoso en las
obras del arte y de la naturaleza y mientras más le
desagradan, mejor advierte y elogia la belleza que encuentra a su
alrededor, dándole asilo en su alma y nutriéndose de
ella, por así decirlo, y haciéndose un hombre de
bien? Al paso que sentirá desprecio y aversión por
todo aquello en que observe fealdad, y esto le ocurrirá
desde la edad más temprana, antes de poderse dar cuenta de
ello por la razón, y más adelante, cuando llegue al
uso de la razón, ¿no habrá de acogerla con
alegría porque la educación que ha recibido
establecerá entre él y la razón un
vínculo estrecho y familiar?
- En efecto -dijo-, tales son las ventajas que uno espera de la
educación por la música.
- De igual modo -proseguí- cuando aprendimos a leer no nos
hallábamos en disposición de hacerlo hasta no
reconocer todas las letras, que son pocas, por cierto, y en todas
sus combinaciones, y no desdeñamos ninguna por considerarla
innecesaria, aunque fuera grande o pequeña, sino que nos
aplicamos a distinguirlas en todas las palabras, persuadidos de que
no sabríamos leer hasta que no lo
consiguiéramos...
- Es verdad.
- ¿Y no es acaso verdad que si no conociéramos las
letras en sí mismas tampoco podríamos reconocer su
imagen reflejada en el agua o en un espejo, pues todo ello forma
parte del mismo arte y del mismo estudio? - Sin duda alguna.
- De igual modo, ¡por los dioses!, ¿no podría
yo decir que no llegaremos jamás a ser músicos, ni
nosotros, ni los jóvenes guardianes que nos hemos propuesto
educar, sien presencia de la templanza, de la valentía, de
la generosidad, de la magnanimidad y de las demás virtudes
que con ellas se hermana, así como de los vicios opuestos,
no fuéramos capaces de reconocerlos en todas las
combinaciones en que aparecen, ellos o sus imágenes, sin
desdeñar ninguno, sea cual fuere el lugar que ocupen,
pequeño o grande, persuadidos de que forman parte del mismo
arte y del mismo estudio?
- Es imposible decir otra cosa.
- Por lo tanto -proseguí-, un hombre que reúne a la
vez un hermoso carácter en su alma y en su exterior rasgos
que se ajustan a su carácter y armonizan con él,
porque participan del mismo modelo, ¿no será el
más hermoso espectáculo para quien pueda
contemplarlo?
- El más hermoso que pueda pedirse.
- ¿Y no es lo más hermoso lo más amable?
- Sin duda.
- Entonces, el hombre educado en la música amará a
los hombres que reúnen estas cualidades en todo lo posible,
y no habrá de amarlos si advierte en ellos algo
discordante.
- Convengo en ello -replicó- si su efecto proviene del alma,
pero si ese defecto no existe sino en el cuerpo, no por ello
dejará de amarlos.
- Te comprendo -dije-. Hablas así porque amas o has amado a
personas de esa condición, y no te lo reprocho. Pero dime:
¿puede haber algo en común entre la templanza y el
placer excesivo?
- ¿Cómo podría haberlo -contestó- si el
placer excesivo tuba menos al alma que el dolor,
- ¿Y se lo encuentra unido a la virtud en general?
- No.
- ¿Y al desenfreno y la incontinencia?
- Más que a ninguna otra cosa.
- ¿Y puedes citar un placer más grande y más
vivo que el placer del amor sensual?
- No -respondió-, y no hay otro más violento.
- Pero el amor verdadero ¿no es, por lo contrario, un amor
sensato y armónico del orden y de la belleza?
- En efecto -dijo.
- Por lo tanto, ¿podemos dejar que este amor verdadero se
mezcle con la locura o con la incontinencia?
- No.
- ¿Y no deberá ser ajeno a este amor el placer
sensual? ¿Debemos dejar que se mezcle en las relaciones del
amante y del joven que sienten uno por otro un amor verdadero?
- ¡No, por Zeus! -dijo-. No debemos dejar, Sócrates,
que el placer sensual se mezcle con el amor verdadero.
- Por consiguiente, en la ciudad que estamos organizando,
deberás ordenar por ley que el amante pueda convivir con el
joven a quien ama, besarlo y acariciarlo como si fuera su hijo,
llevado por un noble fin, siempre que haya conquistado su
corazón, y que sus relaciones no hagan suponer que
habrá llegado a extremos mayores que éstos. De otra
manera habrá de incurrir en el reproche de ser un hombre sin
educación ni delicadeza.
- Así debe ser -dijo.
- Pues bien -añadí-, ¿no te parece que podemos
poner término a nuestra discusión sobre la
música? Por lo menos acaba donde debe acabar, pues la
música ha de tener por objeto el amor a la belleza.
- Estoy de acuerdo contigo -dijo.