A LA SOMBRA DE LA MUERTE
MOMENTOS DECISIVOS EN LA MÚSICA, CAPÍTULO I
VICENTE SALAS VIÚ
LOSADA S.A., BUENOS AIRES, 1957
ORIGINAL
I
La celda es amplia, digna como
prisión de un patricio. Tiene una ventana y junto a ella, el
hombre que espera a la muerte, el cónsul Anicius Manlius
Torquatos Severinus Boethius, trabaja en su última obra,
De Consolatio Philosophiae.
Si alza la vista
sobre los pergaminos, este recio varón de cuarenta y nueve
años que tantas cosas ha visto en el agitado mundo que le
rodea, tropieza con la cerrazón de los muros, en anchos
bloques de piedra. Porque la ventana y la luz que por ella penetra,
están a la derecha del escritor prisionero.
Si, fatigados los ojos, mira hacia allí, la suave ondulación del
paisaje y el murmullo, muy apagado, de la vida al pie de la
fortaleza, son un bálsamo para su alma. Pero rara es la vez
que se lo permite. Está con todos los sentidos puestos en su
obra, su legado final para otros hombres que sabrán
comprenderle a lo largo de los siglos, cuando ya nada quede de los
que han dispuesto de su vida.
Los gruesos
caracteres se extienden como surcos sobre el pergamino, surcos
iguales, rebosantes de una tinta espesa y parda. Al ritmo de la
mano que los traza y de las ideas que en ellos se recogen, la vida
de la Antigüedad se encamina al ocaso, como la del propio
Boecio, condenado a muerte. No lejos está el hervidero de la
ciudad imperial, de Ravena, la heredera de Roma para los
últimos césares y para los ambiciosos generales
bárbaros que los han sustituido. Teodorico, Rey de los
Ostrogodos, asienta todavía su poder, que no
perdurará más de un año tras de la muerte de
su principal consejero, en el centro de aquel torbellino de la orbe
fronteriza. El Sexto Siglo de la Era Cristiana cumple su primer
cuarto. Corren ya los días del año 525 y Boecio,
antes de ser decapitado, se afana por dar término a sus
filosóficas consideraciones sobre la vida que ha conocido.
Se afana porque su tiempo está contado y por eso sus ojos
rara vez se levantan del pergamino y de los trazos que en él
deja su espíritu.
Ha sido, ya puede
pensar de esta manera, un hombre escrutador de lo profundo en el
conocimiento de los seres y las cosas. Pocos como él conocen
en aquel siglo a los filósofos griegos, a Sócrates y
Pitágoras como a sus escoliastas en la Academia Alejandrina.
Aristóteles y Porfirio, Aristoxeno de Tarento, Nicomaco y
Ptolomeo de Alejandría, como Pitágoras y Euclides,
padres de aquella supermatemática del sonido, han guiado sus
pasos en la investigación de las leyes que rigen, desde la
armonía de las esferas al sustento moral del hombre que la
música ofrece. Boecio, en los varios libros de su De
Institutione Musica, ha recogido y ordenado para el mundo
cristiano naciente todo el saber de los antiguos. Ahora se esfuerza
por penetrar, más allá del borde de la vida, en el
reino de la consolación suprema para los afanes que le han
conducido hasta el fin trágico que espera.
Estos ojos
brillantes por el desvelo intelectual, hechos a mirar hacia
adentro, apenas se posan en la dulzura del paisaje que circunda a
la fortaleza donde está encerrado su dueño, el mundo
exterior que se copia, con tenues tintas, en la única
ventana de la celda. A la derecha del escritor, la ventana es
sólo un boquete de luz entre los muros.
II
Cuando Boecio era
niño, su Roma natal había dejado de ser el centro del
Imperio Romano y este mismo era ya el Reino de los Ostrogodos,
después de las luchas sangrientas que pusieron el cetro de
los emperadores latinos en manos de los jefes de las milicias
bárbaras. Mas el espíritu de la antigua Roma, hecho
leyenda, recuerdo de un inmenso y bello mundo perdido, se
conservaba en el seno de su familia patricia. Con la visión
de las ruinas de Roma que acompañó sus juegos
infantiles y con los primeros contactos con su cultura, el alma de
Boecio se abrió a la realidad de un mundo
contradictorio.
Se le educó
y se ensanchó su espíritu como si hubiera de actuar
en la época de los grandes césares, ya tan lejana, y
todo lo demás fuese un mal transitorio. En plena juventud,
su formación romana se continuó con los estudios que
realizó en la Academia de Atenas. Platón,
Aristóteles, Plotino; el reducto de la cultura griega que
era aquella ciudad inmersa en el Imperio de Oriente, acentuó
las divergencias que dentro de él latían, muchas
veces en oposición desgarradora. La infinita grandeza del
mundo antiguo, el azaroso existir presente acabaron por decidir su
lucha y Boecio se inclinó, ya sin vacilaciones, hacia las
fuentes clásicas. Se amuralló contra los embates del
tiempo que le tocaba vivir en la contemplación de aquellos
valores que sobrepasaban el tumulto de cuanto efímero y
tornadizo se les oponía a favor de las contingencias
políticas y de los afanes rastreros del momento.
Pensó incluso no regresar a Roma. En Bizancio
pervivía con mayor autenticidad todo lo que a él
interesaba profundamente. En Bizancio estaban Atenas,
Alejandría. Antioquía...
¿Permanecer
en Bizancio o volver a Occidente para encerrarse en un convento con
sus códices, de espaldas a la presencia hostil de fuera?
Así estaba planteado el dilema para Boecio cuando
comprendió quién era y qué perseguía en
Italia el Rey Teodorico. Entonces, tomó el camino de sus
lares, hacia la corte de los ostrogodos en Ravena.
III
Teodorico
había nacido en la Moesia inferior
[1], fuertemente romanizada en el siglo VI. Por esta causa,
había reunido en su personalidad el empuje de los pueblos
bárbaros y el refinamiento intelectual de sus colonizadores.
Ambicioso y astuto, no tardó en descubrir en el juego
político de la época cuál era su
función. Supo despertar la confianza del Emperador de
Bizancio, servirle lealmente como el diestro soldado que era. Y fue
el propio Emperador quien bien acogió los requerimientos de
Teodorico para ponerle al frente de una vigorosa milicia y enviarle
a Italia. Quería el Emperador de esta manera resolver de un
solo golpe los dos problemas que más le angustiaban: poner
lejos de sí y de la siempre amenazada Constantinopla a los
doscientos mil hombres que seguían a Teodorico con fidelidad
ciega y acabar con la impostura de Odoacro, el anterior general
bárbaro enviado para poner orden en el Imperio de
Occidente.
Odoacro
había terminado, en efecto, con la anarquía
allí reinante, pero en su beneficio. Derrocó al
último césar alzado con el poder sobre los hombros de
las milicias germánicas, el desmedido Romulus Augustulus, y
al mismo tiempo anuló la ficción del Imperio Romano
de Occidente para hacer de Italia el Reino de los Ostrogodos, bajo
su poder absoluto e independiente de toda supeditación a
Bizancio.
Teodorico
partió de Bizancio con todos los honores. Se le ungió
con los títulos de patricio romano y vicario del Emperador,
como en prevención de cualquier impostura, y cruzó
los Alpes para restituir a la Romanidad el viejo solar usurpado. La
fuerza de su ejército y su genio militar le entregaron una
tras otra las victorias requeridas contra Odoacro y éste,
duro y áspero, tuvo que rendírsele en las riberas del
Isonzo, frente a los muros de Ravena. Aquel mismo año 493,
Teodorico demostró que sus hazañas militares no eran
sino el preludio de las políticas. Hizo asesinar en un
banquete al depuesto Odoacro y se coronó Rey de los
Ostrogodos.
Odoacro
había conseguido en su breve reinado a duras penas una
autoridad sangrienta sobre la confusión de pueblos que
gobernaba. Teodorico construyó un verdadero reino, hizo de
Ravena una auténtica corte y de Verona, la residencia
estival de un monarca tan interesado en el ejercicio del poder como
en el desarrollo de las artes y las letras, de la agricultura y el
comercio.
Una vez que
consolidó la existencia de su reino, por expediciones en las
que recuperó hasta el sur de Italia y Sicilia de manos de
los vándalos, desvió su interés de la esfera
militar para hacer de sus dominios la nueva monarquía con
que soñaba: un faro opuesto al esplendor del otro de la Roma
de Oriente que él había renegado.
Boecio llegó
a la corte de Teodorico y su gran prudencia y su mucho saber le
fueron reconocidos y en gran medida aprovechados. En poco tiempo,
el joven filósofo llegó a ser el consejero privado
del monarca. Su condición de auténtico patricio, su
cultura helenística, no despertaron los celos del rey que
sólo por azares de la fortuna se ufanaba de poseer la
primera y respetar la segunda. Antes al contrario, Teodorico quiso
honrarse con honrar a aquel magnífico presente que se le
otorgaba para la realización de sus más altas
empresas y Boecio fue nombrado cónsul y cónsul
único, en vez de los dos que hasta entonces habían
existido, para que su dignidad fuera la primera después de
la regia.
En el inteligente
gobierno de Teodorico, la mano de Boecio y sus muchas luces se
advirtieron a lo largo de los años. Pasada la primera
década del siglo sexto, hacia el 515, el Reino de los
Ostrogodos prefiguraba por la extensión de sus dominios
-hasta el Africa en el Sur, hasta el Danubio en el Norte, con
Dalmacia, Panonia y Provenza como provincias allende Los Alpes- y
por la firme trabazón de ellos el Imperio Gótico que
no sería entera realidad hasta los tiempos de Carlomagno. En
ese enorme reino, las antiguas vías de comunicación
habían sido restauradas para servir de cauce a un fructuoso
comercio y resplandecían las ciudades y sus monumentos a
impulsos de una nueva urbanidad. Los ciudadanos, en todas sus
categorías, hasta la muy útil de los artesanos en los
diversos oficios e industrias; los estudiosos de la antigüedad
clásica en monasterios y conventos; los letrados y
jurisconsultos, todos gozaban del respeto y la paz para el
desarrollo de sus labores.
Teodorico y Boecio,
su consejero, podían estar satisfechos de su obra. En la
organización política de sus estados y en el
desarrollo de una nueva cultura habían alcanzado un auge que
superaba sus ambiciosos proyectos. Bizancio podía, con
razón, estar receloso y vigilante.
IV
En estos años de esplendor para Teodoricus Magnus y para
Boecio, las ocupaciones políticas no se bastaron para
impedir al filósofo el desarrollo de su obra en el terreno
que le era más propicio. Sus cinco libros De Institutione
Musica fueron por entonces escritos.
Son las
Instituciones Musicales un vigoroso y bastante abigarrado
resumen, en excelente latín, de las más altas
especulaciones de la Antigüedad en la ciencia de los sonidos,
como prolongación de la matemática y la
astronomía, sus afines dentro del pensamiento grecolatino y
cristiano medieval.
Boecio, al seguir
la trayectoria de los pitagóricos y neoplatónicos,
clasifica a la música, que para él es sobre todo
ciencia e interpretación del mundo moral, entre los
conocimientos que tienen al número por base. La
música ocupa así un lugar entre las cuatro ramas de
la matemática: aritmética, geometría,
música y astronomía. Establecida su naturaleza,
Boecio distribuye a la música, para su estudio ordenado, en
tres grandes divisiones: la Música Mundana, en la que
se considera todo cuanto en ella corresponde a la armonía de
los astros; la Música Humana, donde aquellas leyes
que rigen los espacios siderales se copian en las que establecen la
armonía entre las potencias del alma y el cuerpo del hombre;
la Música Instrumental (Musica Instrumentis
Constituta), llena de acuciosos estudios sobre los instrumentos
musicales de su época, verdadero inventario de ellos e
información muy extensa sobre su práctica. En esta
última parte, toma Boecio una posición audaz para su
tiempo. Considera instrumentos o medios instrumentales de
expresión musical a cualesquiera de los que el hombre se
sirva para producir música, naturales o artificiales. Es
decir, frente a los prejuicios eclesiásticos, sitúa
en un mismo plano a la interpretación de la música
por voces humanas o por instrumentos; por el órgano que Dios
dio a los hombres para cantar sus sentimientos -el único
puro y no manchado de paganismo para la Iglesia- o por los
artificios que el hombre inventó para obtener mayor volumen
y diversidad de sonidos.
Establece a
continuación, sobre la práctica de los intervalos
obtenidos en el monocordio, las consonancias, sinfonías para
los helenos, y las disonancias. Los intervalos de quinta, cuarta y
octava son las consonancias perfectas, aquéllas en que dos
sonidos se funden para ser uno solo, nueva unidad que "es
más dulce que el solo sonido". Disonancias, define Boecio
con precisión absoluta, son las uniones de sonidos en que
cada uno de ellos conserva su propia fisonomía. Cuando esta
combinación es de tal suerte que la suma de sonidos que no
se funden produce una como oposición que nos inquieta, la
llama discordancia. La tercera y la sexta son simples disonancias,
los demás intervalos de esta especie, discordes. Cuando se
piensa que la cultura grecolatina y la primitiva cristiana
sólo conocieron en la práctica, de modo accidental y
no consciente, la simultaneidad de voces o de sonidos; que desde el
siglo VI, en el que Boecio escribió su tratado,
habían de correr más de otros tres hasta las primeras
manifestaciones de la música polifónica, las
especulaciones estéticas y acústicas de Boecio nos
sorprenden por su agudeza.
La altura a que
llevó sus investigaciones exigió de Boecio la
denominación y fijación gráfica de los
diversos sonidos y así estableció el primer sistema
de notar música en Occidente: la anotación
alfabética con caracteres latinos que pervivirá y,
por un tiempo, coexistirá con la invención de los
neumas, avanzada la Edad Media. Como en todo, para fijar esta
notación Boecio se sirvió de su conocimiento de
esfuerzos anteriores por los teóricos griegos y
helenizantes. Letras latinas en mayúscula nombran a los
intervalos diatónicos; las minúsculas, a los
cromáticos. La relación de parentesco entre ambas
series de letras pretende, aunque en forma confusa, aludir a la que
existe entre los sonidos por enarmonía.
Aludí a que
Boecio en su Música Humana hace corresponder las leyes que
rigen el macrocosmos con las que deben establecer similar
armonía entre las potencias del ser humano. Por encima de
sus contribuciones teóricas y acústicas, decisivas
para el desarrollo de la música posterior, resalta en el
tratado de Boecio la parte consagrada a la música como a un
arte especialmente apto para la formación y enaltecimiento
del hombre. La música, dice, puede ennoblecer o corromper
los caracteres. "Entre las cuatro disciplinas matemáticas,
tres persiguen el conocimiento de la verdad, pero la música
abraza tanto como la especulación intelectual la
formación moral. Nada hay más característico
de la naturaleza humana como sentirse confortado por los dulces
modos e irritado por sus opuestos. Esto no se limita a determinadas
profesiones o edades, sino que las abarca a todas. Y por igual, los
niños, jóvenes y viejos son naturalmente llevados por
los modos musicales a una especie de espontáneo sentimiento
que hace que ninguna dulce canción carezca de deleite para
nadie. Por esto, debe repararse en la sabiduría con que
Platón nos dice que el espíritu del universo se une
en musical concordia. Porque aquello que en nosotros es bueno y
sujeto a orden nos permite recoger en los sonidos lo bueno y bien
combinado, hallar placer en ello y reconocer que nosotros mismos
estamos unidos por esta identidad. La identidad es agradable; la
inidentidad, odiosa y contraria."
Su elevado concepto
de la música como fuerza a la vez extra e intraterrena,
adecuada como ningún arte para conmovernos, campea a lo
largo de los cinco libros del tratado de Boecio. La música,
que es a la vez sensu y ratio, donde lo racional y lo
intuitivo se dan en unión tan íntima como en el
espíritu del hombre, es considerada, hasta en los
capítulos de índole científica e incluso
práctica, desde esta amplia perspectiva moral.
En su enorme obra
teórica sobre las instituciones o fundamentos de la
música, Boecio es sobre todo el pensador y el pedagogo de
las generaciones futuras, alta misión que no pudo ser
disminuida por las contingencias de su vida ni por su
trágico destino. Se puede segar a cercén la cabeza de
un gran hombre y seguirá pensando, creando nuevos y nuevos
haces de pensamiento que se enraízan en los que tras de
él viven, La serena actitud intelectual de Boecio
será lumbre inextinguida sobre los siglos oscuros.
V
El desenlace en el
patíbulo de tan brillante vida comenzó a generarse
casi insensiblemente desde los años en que a Boecio estuvo
reservado todo el poder intelectual en el reino de Teodorico.
¿Las intrigas cortesanas, con o sin fundamento, le empujaron
a la muerte?, ¿sólo la envida puso su cabeza bajo el
hacha del verdugo? La historia gusta de simplificaciones y
ésta es la admitida sobre la decapitación de Boecio
ordenada por el rey, su amigo.
En verdad, cuando
las rápidas campañas militares de Teodorico llegaron
a su término y la feliz obra de expansión fue
continuada por la de consolidación del nuevo reino, a Boecio
tuvo que hacérsele día por día más
evidente la débil base en que descansaba la empresa
pretendida. La fuerza militar de Teodorico, la prudencia y astucia
de su gobierno no se bastaban para dar cohesión a aquel
mosaico de pueblos bárbaros de opuestas procedencias que
eran sus súbditos, iberos, longobardos, germanos, francos,
entre otros. Conglomerado de gentes de diversas razas y lenguas que
se odiaban y se combatían con la mucha violencia de que eran
capaces, a la vez que las corroía la población romana
original. Ésta se hallaba sometida, pero impermeable como
era al aluvión de aquellos otros pueblos de tan baja
cultura, los resistía con las únicas armas de que
aún podía hacer uso: la molicie, la astucia y la
insidia. En la disgregación y debilitamiento progresivo de
los bárbaros avecindados en el Lacio, es indudable que la
perfidia romana, hecha razón de sobrevivir, no contó
menos que los otros factores de disolución en la
anarquía que los ostrogodos acarreaban consigo.
A Boecio no pudo
ocultársele la endeble trama, cada día más
laxa, del nuevo reino, como no se le ocultó al propio
Teodorico. Los esfuerzos que hizo por mantener separados a sus
germanos de los romanos y por conservar la paz entre arrianos y
católicos, evidencia que intuyó los peligros que de
sus contactos nacían; peligros que, a la postre, nadie pudo
conjurar. También sabía que Bizancio estaba al
acecho, que con sagacidad suma e indiferencia fingida, le dejaba
hacer mientras se acercaba la hora de obligarle a pagar su
impostura. Los agentes bizantinos, cautos observadores, pululaban
bajo los más insospechados disfraces en Ravena y llegaban
hasta su mismo trono. ¿Era uno de ellos su consejeros
Anicius Manlius Boethius? Sobraron intrigantes y envidiosos
cortesanos para avivar la sospecha del rey y Boecio fue sometido a
prisión y condenado a muerte por traidor al servicio del
Imperio Bizantino.
Jamás
podrá ser descubierta con toda certidumbre la justifica o
injusticia de tal sentencia. No es admisible que Boecio se
trasladase desde el Imperio de Oriente al lado de Teodorico para,
desde el principio, labrar su ruina. Los hechos abundantes de su
acertada influencia en el gobierno y la organización que
Teodorico dio a su reino contradicen aquel supuesto. Por el
contrario, nada puede afirmarse de las reacciones y de la actividad
que desplegara Boecio en beneficio de los bizantinos y aun de la
Roma Occidental, su verdadera patria, conforme el reino de los
ostrogodos se le iba mostrando como un imposible, llamado a vida
efímera.
Las inclinaciones
de su ánimo están por encima de dudas. Boecio era un
patricio romano, educado en el pensamiento clásico,
infatigable restaurador de sus valores. Tenía que admirar y
rendir culto al Imperio Bizantino que había sabido resistir
la avalancha de las hordas extranjeras, sujetarlas en sus
límites o frente a los muros de Constantinopla, asimilarse
el cristianismo y, por sobre todo, como el mismo Boecio, salvar
hasta donde era posible incólume su espíritu y su
ancestral cultura. Si el dilema hubiera llegado a
planteársele con perentorios caracteres entre Bizancio y el
Reino de los Ostrogodos de Italia, el filósofo y el hombre
Boecio no hubieran tenido que meditar su elección.
¿Ocurrió así realmente? Boecio fue muerto en
el 525, al año siguiente muere Teodorico y una completa
anarquía, encubierta hasta entonces pero no falta de vigor,
se desata y se arruina en el Reino de los Ostrogodos. Desde el 533
al 555, el Emperador Justiniano reconstruye la unidad del Imperio,
al avanzar con sus tropas desde Bizancio y someter al Reino de los
Vándalos en Africa, al de los Ostrogodos en Italia y, en
gran parte, al de los Visigodos en España. El general
Narsés, en nombre de Justiniano, rigió el exarcado de
Ravena tras de la derrota del rey Teva, el último de los
ostrogodos, sucesor de Teodorico.
La nueva vida del
Imperio Romano no rebasó los límites del gobierno de
su restaurador. La historia iba a marchar por otros derroteros que
ninguna voluntad humana podía torcer. Pero la casi
simultaneidad entre la muerte de Boecio y los grandes hechos que se
precipitan después de ella, ¿no permiten pensar que
el sacrificio de aquel hombre relevante fue el primero de cuantos
se sucederían para resucitar el Imperio de los
Césares? La traición por que Boecio fue decapitado no
sería de esta forma sino un acto de suprema lealtad a lo
más auténtico de sus ideales.
VI
La cabeza de Boecio
ha rodado las gradas del patíbulo. Los libros de su tratado
De Consolación Filosófica han sido concluidos
durante la prisión y se suman a los otros que recogen los
conocimientos sobre música, filosofía y ciencias del
mundo grecolatino. Los embates de la historia en los años
que corren, encubren la obra del filósofo y músico.
Después, por largos siglos, todos los que abarca la Edad
Media, en el fondo de sus celdas, monjes afanosos copian y recopian
los escritos de Boecio y su luz se transmite de un monasterio a
otro por toda la Cristiandad y sobre el sucederse de las
generaciones.
Boecio y su
contemporáneo Casiodoro, así como los eruditos
árabes que bebieron en las mismas fuentes el saber de la
Antigüedad Clásica sobre las matemáticas y la
música, son la piedra miliar de las universidades del
medioevo en estos aspectos. La música, como ciencia
especulativa, es una de las ramas del Quadrivium en los estudios
universitarios. Los escolares fatigarán sus ojos en las
disquisiciones de aquellos hombres que sirvieron de enlace a la
cultura griega con la cristiana, aprenderán en ellos
qué es la música y cuáles sus elementos
-escalas, modos, sistemas, notación-, mientras se adiestran
en la práctica del canto llano que San Gregorio, casi un
siglo más tarde de la muerte de Boecio, ha reducido a normas
claras y codificado para su empleo litúrgico.
Cuando, en los
siglos noveno y décimo alborea la polifonía y cuando
en los siguientes la desarrollan los maestros de Nuestra
Señora de París, los viejos códices de Boecio
y Casiodoro deberán revisarse por los nuevos tratadistas de
la música; adaptarse a las necesidades musicales de otras
épocas, pero sin perder su validez esencial.
¡Cuántas nobles frentes, cuántos rostros
encendidos de inteligencia han visto nacer y morir el día
sobre los recopiados pergaminos de quien fuera consejero y
víctima del ya legendario Teodorico! Y en Italia,
España, Francia, Alemania, en todas las naciones cuya
fisonomía empieza a destacarse sobre las ruinas del Imperio
Romano, hombres de austera vida, infatigables en el estudio,
comentan y amplifican las doctrinas de Boecio en la docta
música. El irlandés Alcuino, en el siglo octavo, al
servicio de la cantoría de Carlomagno; los monjes del
monasterio de Sant Gall, Notker Balbuklus y Notker Labeo, en las
dos centurias siguientes; Remi d'Auxerre, Aureoliano de Reome,
Hucbaldo de Saint-Amand, Odon de Cluny, Francon de Colonia, Guido
d'Arezzo, Marchetus de Padua, en Francia y en Italia; Bernon de
Reichenal y el Hermano Contractus, en Alemania; John Cotton, en
Inglaterra, jalonan los progresos de la ciencia musical con sus
nombres ilustres hasta las cercanías del siglo XIV y del Ars
Nova, siempre bajo la tutela gloriosa del tan lejano Boecio y de
los teóricos griegos vistos a través de su tratado
De Institutione Musica. Si a Pitágoras aún lo
consideran y califican de "inventor de la música", a Boecio
y Casiodoro los tienen por sus preclaros acólitos.
Ejemplo
extraordinario en la persistencia de una labor intelectual es el
que ofrecen los tratados de aquellos hombres que supieron, en un
tiempo tormentoso y a riesgo de la vida, que a Boecio sabemos que
le fue cobrada, proyectarse sobre el futuro. Y todavía
más: arrastrar consigo cuanto del pasado merecía
salvarse.
NOTAS
1. Territorio que hoy ocupa Bulgaria.