A LA SOMBRA DE LA MUERTE
MOMENTOS DECISIVOS EN LA MÚSICA, CAPÍTULO I
VICENTE SALAS VIÚ
LOSADA S.A., BUENOS AIRES, 1957
ORIGINAL


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I

La celda es amplia, digna como prisión de un patricio. Tiene una ventana y junto a ella, el hombre que espera a la muerte, el cónsul Anicius Manlius Torquatos Severinus Boethius, trabaja en su última obra, De Consolatio Philosophiae.
        Si alza la vista sobre los pergaminos, este recio varón de cuarenta y nueve años que tantas cosas ha visto en el agitado mundo que le rodea, tropieza con la cerrazón de los muros, en anchos bloques de piedra. Porque la ventana y la luz que por ella penetra, están a la derecha del escritor prisionero.


Si, fatigados los ojos, mira hacia allí, la suave ondulación del paisaje y el murmullo, muy apagado, de la vida al pie de la fortaleza, son un bálsamo para su alma. Pero rara es la vez que se lo permite. Está con todos los sentidos puestos en su obra, su legado final para otros hombres que sabrán comprenderle a lo largo de los siglos, cuando ya nada quede de los que han dispuesto de su vida.
        Los gruesos caracteres se extienden como surcos sobre el pergamino, surcos iguales, rebosantes de una tinta espesa y parda. Al ritmo de la mano que los traza y de las ideas que en ellos se recogen, la vida de la Antigüedad se encamina al ocaso, como la del propio Boecio, condenado a muerte. No lejos está el hervidero de la ciudad imperial, de Ravena, la heredera de Roma para los últimos césares y para los ambiciosos generales bárbaros que los han sustituido. Teodorico, Rey de los Ostrogodos, asienta todavía su poder, que no perdurará más de un año tras de la muerte de su principal consejero, en el centro de aquel torbellino de la orbe fronteriza. El Sexto Siglo de la Era Cristiana cumple su primer cuarto. Corren ya los días del año 525 y Boecio, antes de ser decapitado, se afana por dar término a sus filosóficas consideraciones sobre la vida que ha conocido. Se afana porque su tiempo está contado y por eso sus ojos rara vez se levantan del pergamino y de los trazos que en él deja su espíritu.


        Ha sido, ya puede pensar de esta manera, un hombre escrutador de lo profundo en el conocimiento de los seres y las cosas. Pocos como él conocen en aquel siglo a los filósofos griegos, a Sócrates y Pitágoras como a sus escoliastas en la Academia Alejandrina. Aristóteles y Porfirio, Aristoxeno de Tarento, Nicomaco y Ptolomeo de Alejandría, como Pitágoras y Euclides, padres de aquella supermatemática del sonido, han guiado sus pasos en la investigación de las leyes que rigen, desde la armonía de las esferas al sustento moral del hombre que la música ofrece. Boecio, en los varios libros de su De Institutione Musica, ha recogido y ordenado para el mundo cristiano naciente todo el saber de los antiguos. Ahora se esfuerza por penetrar, más allá del borde de la vida, en el reino de la consolación suprema para los afanes que le han conducido hasta el fin trágico que espera.
        Estos ojos brillantes por el desvelo intelectual, hechos a mirar hacia adentro, apenas se posan en la dulzura del paisaje que circunda a la fortaleza donde está encerrado su dueño, el mundo exterior que se copia, con tenues tintas, en la única ventana de la celda. A la derecha del escritor, la ventana es sólo un boquete de luz entre los muros.

II

        Cuando Boecio era niño, su Roma natal había dejado de ser el centro del Imperio Romano y este mismo era ya el Reino de los Ostrogodos, después de las luchas sangrientas que pusieron el cetro de los emperadores latinos en manos de los jefes de las milicias bárbaras. Mas el espíritu de la antigua Roma, hecho leyenda, recuerdo de un inmenso y bello mundo perdido, se conservaba en el seno de su familia patricia. Con la visión de las ruinas de Roma que acompañó sus juegos infantiles y con los primeros contactos con su cultura, el alma de Boecio se abrió a la realidad de un mundo contradictorio.
        Se le educó y se ensanchó su espíritu como si hubiera de actuar en la época de los grandes césares, ya tan lejana, y todo lo demás fuese un mal transitorio. En plena juventud, su formación romana se continuó con los estudios que realizó en la Academia de Atenas. Platón, Aristóteles, Plotino; el reducto de la cultura griega que era aquella ciudad inmersa en el Imperio de Oriente, acentuó las divergencias que dentro de él latían, muchas veces en oposición desgarradora. La infinita grandeza del mundo antiguo, el azaroso existir presente acabaron por decidir su lucha y Boecio se inclinó, ya sin vacilaciones, hacia las fuentes clásicas. Se amuralló contra los embates del tiempo que le tocaba vivir en la contemplación de aquellos valores que sobrepasaban el tumulto de cuanto efímero y tornadizo se les oponía a favor de las contingencias políticas y de los afanes rastreros del momento. Pensó incluso no regresar a Roma. En Bizancio pervivía con mayor autenticidad todo lo que a él interesaba profundamente. En Bizancio estaban Atenas, Alejandría. Antioquía...
        ¿Permanecer en Bizancio o volver a Occidente para encerrarse en un convento con sus códices, de espaldas a la presencia hostil de fuera? Así estaba planteado el dilema para Boecio cuando comprendió quién era y qué perseguía en Italia el Rey Teodorico. Entonces, tomó el camino de sus lares, hacia la corte de los ostrogodos en Ravena.

III

        Teodorico había nacido en la Moesia inferior [1], fuertemente romanizada en el siglo VI. Por esta causa, había reunido en su personalidad el empuje de los pueblos bárbaros y el refinamiento intelectual de sus colonizadores. Ambicioso y astuto, no tardó en descubrir en el juego político de la época cuál era su función. Supo despertar la confianza del Emperador de Bizancio, servirle lealmente como el diestro soldado que era. Y fue el propio Emperador quien bien acogió los requerimientos de Teodorico para ponerle al frente de una vigorosa milicia y enviarle a Italia. Quería el Emperador de esta manera resolver de un solo golpe los dos problemas que más le angustiaban: poner lejos de sí y de la siempre amenazada Constantinopla a los doscientos mil hombres que seguían a Teodorico con fidelidad ciega y acabar con la impostura de Odoacro, el anterior general bárbaro enviado para poner orden en el Imperio de Occidente.
        Odoacro había terminado, en efecto, con la anarquía allí reinante, pero en su beneficio. Derrocó al último césar alzado con el poder sobre los hombros de las milicias germánicas, el desmedido Romulus Augustulus, y al mismo tiempo anuló la ficción del Imperio Romano de Occidente para hacer de Italia el Reino de los Ostrogodos, bajo su poder absoluto e independiente de toda supeditación a Bizancio.
        Teodorico partió de Bizancio con todos los honores. Se le ungió con los títulos de patricio romano y vicario del Emperador, como en prevención de cualquier impostura, y cruzó los Alpes para restituir a la Romanidad el viejo solar usurpado. La fuerza de su ejército y su genio militar le entregaron una tras otra las victorias requeridas contra Odoacro y éste, duro y áspero, tuvo que rendírsele en las riberas del Isonzo, frente a los muros de Ravena. Aquel mismo año 493, Teodorico demostró que sus hazañas militares no eran sino el preludio de las políticas. Hizo asesinar en un banquete al depuesto Odoacro y se coronó Rey de los Ostrogodos.
        Odoacro había conseguido en su breve reinado a duras penas una autoridad sangrienta sobre la confusión de pueblos que gobernaba. Teodorico construyó un verdadero reino, hizo de Ravena una auténtica corte y de Verona, la residencia estival de un monarca tan interesado en el ejercicio del poder como en el desarrollo de las artes y las letras, de la agricultura y el comercio.
        Una vez que consolidó la existencia de su reino, por expediciones en las que recuperó hasta el sur de Italia y Sicilia de manos de los vándalos, desvió su interés de la esfera militar para hacer de sus dominios la nueva monarquía con que soñaba: un faro opuesto al esplendor del otro de la Roma de Oriente que él había renegado.
        Boecio llegó a la corte de Teodorico y su gran prudencia y su mucho saber le fueron reconocidos y en gran medida aprovechados. En poco tiempo, el joven filósofo llegó a ser el consejero privado del monarca. Su condición de auténtico patricio, su cultura helenística, no despertaron los celos del rey que sólo por azares de la fortuna se ufanaba de poseer la primera y respetar la segunda. Antes al contrario, Teodorico quiso honrarse con honrar a aquel magnífico presente que se le otorgaba para la realización de sus más altas empresas y Boecio fue nombrado cónsul y cónsul único, en vez de los dos que hasta entonces habían existido, para que su dignidad fuera la primera después de la regia.
        En el inteligente gobierno de Teodorico, la mano de Boecio y sus muchas luces se advirtieron a lo largo de los años. Pasada la primera década del siglo sexto, hacia el 515, el Reino de los Ostrogodos prefiguraba por la extensión de sus dominios -hasta el Africa en el Sur, hasta el Danubio en el Norte, con Dalmacia, Panonia y Provenza como provincias allende Los Alpes- y por la firme trabazón de ellos el Imperio Gótico que no sería entera realidad hasta los tiempos de Carlomagno. En ese enorme reino, las antiguas vías de comunicación habían sido restauradas para servir de cauce a un fructuoso comercio y resplandecían las ciudades y sus monumentos a impulsos de una nueva urbanidad. Los ciudadanos, en todas sus categorías, hasta la muy útil de los artesanos en los diversos oficios e industrias; los estudiosos de la antigüedad clásica en monasterios y conventos; los letrados y jurisconsultos, todos gozaban del respeto y la paz para el desarrollo de sus labores.
        Teodorico y Boecio, su consejero, podían estar satisfechos de su obra. En la organización política de sus estados y en el desarrollo de una nueva cultura habían alcanzado un auge que superaba sus ambiciosos proyectos. Bizancio podía, con razón, estar receloso y vigilante.

IV

En estos años de esplendor para Teodoricus Magnus y para Boecio, las ocupaciones políticas no se bastaron para impedir al filósofo el desarrollo de su obra en el terreno que le era más propicio. Sus cinco libros De Institutione Musica fueron por entonces escritos.
        Son las Instituciones Musicales un vigoroso y bastante abigarrado resumen, en excelente latín, de las más altas especulaciones de la Antigüedad en la ciencia de los sonidos, como prolongación de la matemática y la astronomía, sus afines dentro del pensamiento grecolatino y cristiano medieval.
        Boecio, al seguir la trayectoria de los pitagóricos y neoplatónicos, clasifica a la música, que para él es sobre todo ciencia e interpretación del mundo moral, entre los conocimientos que tienen al número por base. La música ocupa así un lugar entre las cuatro ramas de la matemática: aritmética, geometría, música y astronomía. Establecida su naturaleza, Boecio distribuye a la música, para su estudio ordenado, en tres grandes divisiones: la Música Mundana, en la que se considera todo cuanto en ella corresponde a la armonía de los astros; la Música Humana, donde aquellas leyes que rigen los espacios siderales se copian en las que establecen la armonía entre las potencias del alma y el cuerpo del hombre; la Música Instrumental (Musica Instrumentis Constituta), llena de acuciosos estudios sobre los instrumentos musicales de su época, verdadero inventario de ellos e información muy extensa sobre su práctica. En esta última parte, toma Boecio una posición audaz para su tiempo. Considera instrumentos o medios instrumentales de expresión musical a cualesquiera de los que el hombre se sirva para producir música, naturales o artificiales. Es decir, frente a los prejuicios eclesiásticos, sitúa en un mismo plano a la interpretación de la música por voces humanas o por instrumentos; por el órgano que Dios dio a los hombres para cantar sus sentimientos -el único puro y no manchado de paganismo para la Iglesia- o por los artificios que el hombre inventó para obtener mayor volumen y diversidad de sonidos.
        Establece a continuación, sobre la práctica de los intervalos obtenidos en el monocordio, las consonancias, sinfonías para los helenos, y las disonancias. Los intervalos de quinta, cuarta y octava son las consonancias perfectas, aquéllas en que dos sonidos se funden para ser uno solo, nueva unidad que "es más dulce que el solo sonido". Disonancias, define Boecio con precisión absoluta, son las uniones de sonidos en que cada uno de ellos conserva su propia fisonomía. Cuando esta combinación es de tal suerte que la suma de sonidos que no se funden produce una como oposición que nos inquieta, la llama discordancia. La tercera y la sexta son simples disonancias, los demás intervalos de esta especie, discordes. Cuando se piensa que la cultura grecolatina y la primitiva cristiana sólo conocieron en la práctica, de modo accidental y no consciente, la simultaneidad de voces o de sonidos; que desde el siglo VI, en el que Boecio escribió su tratado, habían de correr más de otros tres hasta las primeras manifestaciones de la música polifónica, las especulaciones estéticas y acústicas de Boecio nos sorprenden por su agudeza.
        La altura a que llevó sus investigaciones exigió de Boecio la denominación y fijación gráfica de los diversos sonidos y así estableció el primer sistema de notar música en Occidente: la anotación alfabética con caracteres latinos que pervivirá y, por un tiempo, coexistirá con la invención de los neumas, avanzada la Edad Media. Como en todo, para fijar esta notación Boecio se sirvió de su conocimiento de esfuerzos anteriores por los teóricos griegos y helenizantes. Letras latinas en mayúscula nombran a los intervalos diatónicos; las minúsculas, a los cromáticos. La relación de parentesco entre ambas series de letras pretende, aunque en forma confusa, aludir a la que existe entre los sonidos por enarmonía.
        Aludí a que Boecio en su Música Humana hace corresponder las leyes que rigen el macrocosmos con las que deben establecer similar armonía entre las potencias del ser humano. Por encima de sus contribuciones teóricas y acústicas, decisivas para el desarrollo de la música posterior, resalta en el tratado de Boecio la parte consagrada a la música como a un arte especialmente apto para la formación y enaltecimiento del hombre. La música, dice, puede ennoblecer o corromper los caracteres. "Entre las cuatro disciplinas matemáticas, tres persiguen el conocimiento de la verdad, pero la música abraza tanto como la especulación intelectual la formación moral. Nada hay más característico de la naturaleza humana como sentirse confortado por los dulces modos e irritado por sus opuestos. Esto no se limita a determinadas profesiones o edades, sino que las abarca a todas. Y por igual, los niños, jóvenes y viejos son naturalmente llevados por los modos musicales a una especie de espontáneo sentimiento que hace que ninguna dulce canción carezca de deleite para nadie. Por esto, debe repararse en la sabiduría con que Platón nos dice que el espíritu del universo se une en musical concordia. Porque aquello que en nosotros es bueno y sujeto a orden nos permite recoger en los sonidos lo bueno y bien combinado, hallar placer en ello y reconocer que nosotros mismos estamos unidos por esta identidad. La identidad es agradable; la inidentidad, odiosa y contraria."
        Su elevado concepto de la música como fuerza a la vez extra e intraterrena, adecuada como ningún arte para conmovernos, campea a lo largo de los cinco libros del tratado de Boecio. La música, que es a la vez sensu y ratio, donde lo racional y lo intuitivo se dan en unión tan íntima como en el espíritu del hombre, es considerada, hasta en los capítulos de índole científica e incluso práctica, desde esta amplia perspectiva moral.
        En su enorme obra teórica sobre las instituciones o fundamentos de la música, Boecio es sobre todo el pensador y el pedagogo de las generaciones futuras, alta misión que no pudo ser disminuida por las contingencias de su vida ni por su trágico destino. Se puede segar a cercén la cabeza de un gran hombre y seguirá pensando, creando nuevos y nuevos haces de pensamiento que se enraízan en los que tras de él viven, La serena actitud intelectual de Boecio será lumbre inextinguida sobre los siglos oscuros.

V

        El desenlace en el patíbulo de tan brillante vida comenzó a generarse casi insensiblemente desde los años en que a Boecio estuvo reservado todo el poder intelectual en el reino de Teodorico. ¿Las intrigas cortesanas, con o sin fundamento, le empujaron a la muerte?, ¿sólo la envida puso su cabeza bajo el hacha del verdugo? La historia gusta de simplificaciones y ésta es la admitida sobre la decapitación de Boecio ordenada por el rey, su amigo.
        En verdad, cuando las rápidas campañas militares de Teodorico llegaron a su término y la feliz obra de expansión fue continuada por la de consolidación del nuevo reino, a Boecio tuvo que hacérsele día por día más evidente la débil base en que descansaba la empresa pretendida. La fuerza militar de Teodorico, la prudencia y astucia de su gobierno no se bastaban para dar cohesión a aquel mosaico de pueblos bárbaros de opuestas procedencias que eran sus súbditos, iberos, longobardos, germanos, francos, entre otros. Conglomerado de gentes de diversas razas y lenguas que se odiaban y se combatían con la mucha violencia de que eran capaces, a la vez que las corroía la población romana original. Ésta se hallaba sometida, pero impermeable como era al aluvión de aquellos otros pueblos de tan baja cultura, los resistía con las únicas armas de que aún podía hacer uso: la molicie, la astucia y la insidia. En la disgregación y debilitamiento progresivo de los bárbaros avecindados en el Lacio, es indudable que la perfidia romana, hecha razón de sobrevivir, no contó menos que los otros factores de disolución en la anarquía que los ostrogodos acarreaban consigo.
        A Boecio no pudo ocultársele la endeble trama, cada día más laxa, del nuevo reino, como no se le ocultó al propio Teodorico. Los esfuerzos que hizo por mantener separados a sus germanos de los romanos y por conservar la paz entre arrianos y católicos, evidencia que intuyó los peligros que de sus contactos nacían; peligros que, a la postre, nadie pudo conjurar. También sabía que Bizancio estaba al acecho, que con sagacidad suma e indiferencia fingida, le dejaba hacer mientras se acercaba la hora de obligarle a pagar su impostura. Los agentes bizantinos, cautos observadores, pululaban bajo los más insospechados disfraces en Ravena y llegaban hasta su mismo trono. ¿Era uno de ellos su consejeros Anicius Manlius Boethius? Sobraron intrigantes y envidiosos cortesanos para avivar la sospecha del rey y Boecio fue sometido a prisión y condenado a muerte por traidor al servicio del Imperio Bizantino.
        Jamás podrá ser descubierta con toda certidumbre la justifica o injusticia de tal sentencia. No es admisible que Boecio se trasladase desde el Imperio de Oriente al lado de Teodorico para, desde el principio, labrar su ruina. Los hechos abundantes de su acertada influencia en el gobierno y la organización que Teodorico dio a su reino contradicen aquel supuesto. Por el contrario, nada puede afirmarse de las reacciones y de la actividad que desplegara Boecio en beneficio de los bizantinos y aun de la Roma Occidental, su verdadera patria, conforme el reino de los ostrogodos se le iba mostrando como un imposible, llamado a vida efímera.
        Las inclinaciones de su ánimo están por encima de dudas. Boecio era un patricio romano, educado en el pensamiento clásico, infatigable restaurador de sus valores. Tenía que admirar y rendir culto al Imperio Bizantino que había sabido resistir la avalancha de las hordas extranjeras, sujetarlas en sus límites o frente a los muros de Constantinopla, asimilarse el cristianismo y, por sobre todo, como el mismo Boecio, salvar hasta donde era posible incólume su espíritu y su ancestral cultura. Si el dilema hubiera llegado a planteársele con perentorios caracteres entre Bizancio y el Reino de los Ostrogodos de Italia, el filósofo y el hombre Boecio no hubieran tenido que meditar su elección. ¿Ocurrió así realmente? Boecio fue muerto en el 525, al año siguiente muere Teodorico y una completa anarquía, encubierta hasta entonces pero no falta de vigor, se desata y se arruina en el Reino de los Ostrogodos. Desde el 533 al 555, el Emperador Justiniano reconstruye la unidad del Imperio, al avanzar con sus tropas desde Bizancio y someter al Reino de los Vándalos en Africa, al de los Ostrogodos en Italia y, en gran parte, al de los Visigodos en España. El general Narsés, en nombre de Justiniano, rigió el exarcado de Ravena tras de la derrota del rey Teva, el último de los ostrogodos, sucesor de Teodorico.
        La nueva vida del Imperio Romano no rebasó los límites del gobierno de su restaurador. La historia iba a marchar por otros derroteros que ninguna voluntad humana podía torcer. Pero la casi simultaneidad entre la muerte de Boecio y los grandes hechos que se precipitan después de ella, ¿no permiten pensar que el sacrificio de aquel hombre relevante fue el primero de cuantos se sucederían para resucitar el Imperio de los Césares? La traición por que Boecio fue decapitado no sería de esta forma sino un acto de suprema lealtad a lo más auténtico de sus ideales.

VI

        La cabeza de Boecio ha rodado las gradas del patíbulo. Los libros de su tratado De Consolación Filosófica han sido concluidos durante la prisión y se suman a los otros que recogen los conocimientos sobre música, filosofía y ciencias del mundo grecolatino. Los embates de la historia en los años que corren, encubren la obra del filósofo y músico. Después, por largos siglos, todos los que abarca la Edad Media, en el fondo de sus celdas, monjes afanosos copian y recopian los escritos de Boecio y su luz se transmite de un monasterio a otro por toda la Cristiandad y sobre el sucederse de las generaciones.
        Boecio y su contemporáneo Casiodoro, así como los eruditos árabes que bebieron en las mismas fuentes el saber de la Antigüedad Clásica sobre las matemáticas y la música, son la piedra miliar de las universidades del medioevo en estos aspectos. La música, como ciencia especulativa, es una de las ramas del Quadrivium en los estudios universitarios. Los escolares fatigarán sus ojos en las disquisiciones de aquellos hombres que sirvieron de enlace a la cultura griega con la cristiana, aprenderán en ellos qué es la música y cuáles sus elementos -escalas, modos, sistemas, notación-, mientras se adiestran en la práctica del canto llano que San Gregorio, casi un siglo más tarde de la muerte de Boecio, ha reducido a normas claras y codificado para su empleo litúrgico.
        Cuando, en los siglos noveno y décimo alborea la polifonía y cuando en los siguientes la desarrollan los maestros de Nuestra Señora de París, los viejos códices de Boecio y Casiodoro deberán revisarse por los nuevos tratadistas de la música; adaptarse a las necesidades musicales de otras épocas, pero sin perder su validez esencial. ¡Cuántas nobles frentes, cuántos rostros encendidos de inteligencia han visto nacer y morir el día sobre los recopiados pergaminos de quien fuera consejero y víctima del ya legendario Teodorico! Y en Italia, España, Francia, Alemania, en todas las naciones cuya fisonomía empieza a destacarse sobre las ruinas del Imperio Romano, hombres de austera vida, infatigables en el estudio, comentan y amplifican las doctrinas de Boecio en la docta música. El irlandés Alcuino, en el siglo octavo, al servicio de la cantoría de Carlomagno; los monjes del monasterio de Sant Gall, Notker Balbuklus y Notker Labeo, en las dos centurias siguientes; Remi d'Auxerre, Aureoliano de Reome, Hucbaldo de Saint-Amand, Odon de Cluny, Francon de Colonia, Guido d'Arezzo, Marchetus de Padua, en Francia y en Italia; Bernon de Reichenal y el Hermano Contractus, en Alemania; John Cotton, en Inglaterra, jalonan los progresos de la ciencia musical con sus nombres ilustres hasta las cercanías del siglo XIV y del Ars Nova, siempre bajo la tutela gloriosa del tan lejano Boecio y de los teóricos griegos vistos a través de su tratado De Institutione Musica. Si a Pitágoras aún lo consideran y califican de "inventor de la música", a Boecio y Casiodoro los tienen por sus preclaros acólitos.
        Ejemplo extraordinario en la persistencia de una labor intelectual es el que ofrecen los tratados de aquellos hombres que supieron, en un tiempo tormentoso y a riesgo de la vida, que a Boecio sabemos que le fue cobrada, proyectarse sobre el futuro. Y todavía más: arrastrar consigo cuanto del pasado merecía salvarse.

NOTAS
1. Territorio que hoy ocupa Bulgaria.