TOMÁS LUIS DE VICTORIA
MOMENTOS DECISIVOS EN LA MÚSICA
VICENTE SALAS VIÚ
LOSADA S.A., BUENOS AIRES, 1957
ORIGINAL


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1562

La luz del amanecer recorta sobre la meseta desnuda el perfil de las torres, anchos cilindros pesados, vigorosos, de la muralla que encierra la ciudad. Al fondo, la Sierra de Gredos cobra matices de un azul metálico. Duermen las calles de Ávila. Tan sólo vibra en el aire frío el tañido de alguna campana, que se copia de rincón en rincón con voces solemnes, plenas de gravedad, o delgadísimas, como de esquilas. Ávila está colmada de iglesias y conventos. Un espíritu místico parece alentar tras cada una de sus piedras e imprimir el sello de un ardor sofrenado al laberinto de complicados nervios que se prolongan desde los muros exteriores a la plaza donde se yergue la Catedral.


        En este año de 1562 una querella agita sobremanera a los aublenses. Una monja allí nacida y en extremo animosa acaba de fundar un convento de carmelitas conforme a la regla reformada por ella. Se le han unido otras trece hermanas y estas carmelitas descalzas, como se las titula, mantienen el rigor de principios olvidados desde que la antigua orden mendicante evolucionó hacia su estado de mayor tolerancia actual. Teresa desafía no sólo a los superiores de los que ya se califican, no sin desprecio, de carmelitas mitigados, sino a la época entera en que le toca vivir. Frente a las esencias renacentistas, el sano juicio y los urbanos modos que amoldan el carácter de las instituciones religiosas, propicia ella y las monjas que la siguen un retorno a la experiencia mística, a la mortificación del cuerpo y a heroicas prácticas de la caridad. El aislamiento del mundo detrás de los paredones del convento lo ha sustituido por una actividad en callen y caminos que tiene mucho de andante caballería. Pasa de las revelaciones de su celda, tarde y escasamente visitada por el sueño, a su febril correr de brecha en brecha a todas las que se abren en el combate de las otras vidas.


        La ciudad erizada de almenas, Ávila de los Caballeros, no tardó en reconocer cuánto de sí misma alentaba en su hija. Acrecentose el número de sus partidarios y así, censurada por unos, ensalzada por otros, inquietos todos, el pleito de los carmelitas fue un poco el de cuantos desde cerca lo vieron surgir.

        En su vieja casona de gente hidalga, no muy lejos del recinto de la Catedral, habitan los Victoria. Proceden de la cercana villa de Sanchiddrián, donde nacieron en las primeras décadas del siglo la mayor parte de los hijos con que cuenta esta familia, bendecida por Dios discretamente. Agustín de Victoria, el primogénito, pasados los umbrales de la edad madura se ordenó sacerdote ahora viste el hábito de los descalzos.
        A ese extremo llegó no sin librar su propia lucha y vencer las resistencias que encontró incluso entre los suyos. Es un hombre silencioso, de magra figura y un brillo indefinible en los ojos. Los sones de la música o la poesía que habla de cosas santas le estremecen hasta la angustia. Su espíritu está de fiesta desde que el hermano Juan de la Cruz, de cuyas creaciones conoce la dulzura, se ha sumado a la causa de Sor Teresa y milita como él en las filas de la orden reformada. Ha tenido así más de una ocasión de relacionarse con aquel ser que admira. Lo sabio de sus conceptos, la fuente viva de su palabra, han limpiado a Agustín de Victoria de añejos conflictos, apenas extinguidos cuando ya se renovaban en su interior, y a él es a quien debe en primer término la paz tan difícilmente conquistada de su alma.
        Después de su partida al convento, Agustín se hizo aún más extraño para sus familiares que lo fuera siempre. Sólo en años en cierto modo próximos vio reflejarse algo de su fisonomía moral en su hermano Tomás, como él soñador sobre la música de armonías sin expresión posible. Apoyado en la experiencia anticipada del carmelita. Tomás se fue desarrollando desde la adolescencia en un intercambio de confesiones a las que a duras penas el afecto mutuo daba color de plática entre allegados. Agustín pudo de esta manera evitar al más joven muchas de las suertes por las que él navegó a su edad. Pero si consiguió favorecer la inclinación de su hermano hacia el sacerdocio, no menos comprendió que la música para el otro era mucho más que un refugio entre meditaciones. El arte, que les ofreció el terreno donde se encontraron, a la postre deslindó las comarcas por donde habían de separarse. Agustín se sumiría, cada vez con mayor hondura, hasta que se perdieron los; últimos rastros de su existencia terrena, en la contemplación de paisajes de no perecedera belleza. Tomás partió a Roma, antes para acabar de formarse como músico que para ensanchar sus conocimientos eclesiásticos. Pero, hasta este desenlace, por tres años estarían juntos para que se les hiciera más doloroso su progresivo apartamiento.

        Tomás Luis de Victoria había nacido en 1535. Desde su infancia, como por un impulso de la naturaleza, cuanto le impresionaba, las emociones con frecuencia despiertas en su ser enfermizo, las traducía en sonidos. Supo cantarlas antes de conocer las reglas de la música y cuando se le presentó ocasión se hizo inscribir en el coro de la Catedral por el goce de anegarse en las ondas sometidas a un rítmico fluir por los maestros de la polifonía castellana.
        Como niño de coro recibió su primera instrucción en el arte. Estudió después el acertado gobierno de las voces en la arquitectura sonora y la ejecución organística. Se destacaba sobre todo como compositor. Algunos de sus Motetes habían merecido albergue en las bóvedas del templo metropolitano, cuando Bartolomé Escobedo se estableció en Ávila, precedido de una merecida fama por sus triunfos en la Capilla Sixtina. Había permanecido en Roma, al lado de los más grandes músicos de la época, hasta 1554, fecha en que solicitó un beneficio para trasladarse a Segovia. Cansado de la fastuosidad de aquel mundo y herido de nostalgia, ansiaba retirarse a la patria para descanso de su laboriosa vida.
        Escobedo prestó a Tomás Luis de Victoria una ayuda decisiva para el descubrimiento de su personalidad. No sentía el anciano menos satisfacción que su discípulo cuando, como premio de una labor compartida, quedaban nítidos los perfiles de lo que antes era sólo intuido o conquistado en parte o con torpeza por el principiante en lides tan arriesgadas. El oído avezado a las sonoridades de Palestrina y de Orlando de Lassus, el buen conocedor de cuanto habían producido maestros de la escuela española como Cristóbal Morales o Fernando de las Infantas, hallaba mucho de qué maravillarse en los frutos un poco ásperos y faltos de sazón de aquel espíritu. No dudó del porvenir que le estaba reservado y que casi divisaban sus ojos como una realidad tangible. Pero era necesario que Victoria saliese de la ciudad que su maestro escogió como refugio a la fatiga de los años. Bueno, sí, para esto, para reposar en su hondura una vida cumplida; demasiado fuera del mundo para quien tenía que forjarse en el entrevero de sus corrientes y adquirir una experiencia como la artística que es resumen de muchas otras.
        En 1562, Escobedo convenció a la familia de su discípulo de lo provechoso que sería el traslado de éste a Roma y se encargó por sí mismo de allegar los medios necesarios para tan costoso viaje. Como sobraba tiempo, porque Victoria no iba a ponerse en camino hasta ordenarse sacerdote, se decidió a una gestión complicada, pero magnífica en resultados si tenía éxito.
        Fue así como el 14 de diciembre de 1565 recibió el desconocido músico de Ávila un privilegio de Felipe II para trasladarse a Roma como cantor en la capilla del Colegio Germánico, que fundara Ignacio de Loyola.

1572

        Por su ingreso en el Colegio Germánico fue a caer Tomás Luis de Victoria en una de las trincheras avanzadas en la lucha de la Contra-Reforma. El creador de la Compañía de Jesús había establecido aquel Colegio, que regentó hasta su muerte junto con Francisco de Borja y Diego Laínez, jefes de estudios que todavía lo eran por entonces, para formación de los sacerdotes alemanes destinados a combatir la idea luterana en su patria de origen. La música ocupaba, por supuesto, un alto lugar en sus cursos. Se le prestaba el mayor interés, no sólo en sus formas estrictamente litúrgicas, sino en aquellas otras del oratorio y la pasión que los reformados divulgaban hasta hacer de ellas pilares de la fe. El abulense encontraría terreno propicio al desarrollo de su poder creador cuando lograse vencer el aturdimiento que le produjo el maremagnum de la agitada Roma.
        A poco de partir Victoria de las costas de España, comenzó el Duque de Alba la sangrienta campaña de Flandes, que aún se recrudecía dos años después, al ser decapitados los duques de Egmont y de Horn. El Concilio de Trento proseguía, sin alcanzar sus objetivos, la obra de reajuste de la Iglesia, que ya sólo en el nombre era católica. Las hogueras de la Inquisición devoraban a ilustres figuras de la época para completar el trabajo de las armas en campo abierto. Y de todo ello no se deducían otros beneficios que el incremento del protestantismo, favorecido por los intereses de poderosas dinastías del centro y norte de Europa.
        Más de una vez añoró el español la calma impenetrable de su ciudad natal. Eran demasiados problemas, todos acongojantes, para ser dominados de un solo esfuerzo. Apenas disponía de la serenidad necesaria para asimilar los que le inquietaban en el arte. Pues la música no se hallaba menos conmocionada entre tanta purga de tendencias. Quizá por todo ello, sobre lo que de antes le admiraba, le causó una impresión tan profunda Palestrina.
        Era maestro de capilla del Vaticano desde 1551 y, como si aquel puerto decisivo fuera el bálsamo preciso a los altibajos de su existir precedente, había logrado una armoniosa compenetración entre los sentimientos fuera de toda mudanza que le inspiraban y los recursos de su arte. La música de Palestrina resplandecía con una luz eterna.
        Victoria se dirigió a él y con él y sus obras se mantuvo en cercanía estrechísima, a impulsos de una necesidad imperiosa. De no hallarle, tal vez hubiera sucumbido en aquel caos. Frecuentar tan excelsa maestría no pudo serle más beneficioso en la ruta emprendida hacia dentro de sí. Se clarificaron sus conceptos y consiguió la destreza de realización que precisaba. Cuando a los cinco años de edad el músico de Ávila fue nombrado director de la capilla del Colegio Germánico, un nuevo estilo, de austeridad suma, lleno de fuego, por bien gobernado no menos potente, señalaba para todos que el arte se había enriquecido con una codiciada provincia. Palestrina lo comprendió así y por eso no ocultó su admiración a quien se apartaba de los caminos trillados por la turba de sus imitadores para marchar hacia horizontes que sobrecogían. ¿Qué confianza en los dones de su espíritu, qué audaz valor encerraba aquel hombre de desmedrada figura? Su mirar penetrante, que era como la única señal de vida en un rostro devorado de vigilias, ¿qué vislumbraba?

        Las obras de Tomás Luis de Victoria que causaron tan honda impresión en Palestrina y que eran celebradas en toda Roma, aunque muchos las recibiesen con extrañeza, se publicaron al año siguiente de ser promovido su autor al rango de maestro de capilla del Colegio Germánico. La edición de aquellos treinta y tres Motetes era bellísima, gracias al interés que en ella se tomó su patrocinador Otto von Truchsess, Obispo de Augsburg.
        La forma del Motete estaba tratada con toda libertad para animar el valor dramático de los textos elegidos, que pertenecían en una gran parte a las Lamentaciones del profeta Jeremías. En el O vos, omnes o en el Veere languores nostros, tal vez la expresividad victoriana y lo desnudo de su estilo, en grandes planos de oscuridad y fuego, alcanzaban su más alto ejemplo. Alentaba en esas obras, antes que el sereno equilibrio de los renacentistas, un agonioso sentido del arte. En bruscas transiciones, las voces se encendían o desmoronaban como castillos de ceniza; eran llamas crepitantes, abrazadas las unas a las otras en porfiada lucha, o manso rumor de hoguera oculta que consume hasta la última brizna de su ser. Y en el arrebato como en la pasión vencida, siempre presente en el discurso de la música, se imponía al deslizarse de los episodios el latido de un corazón que sufre, su ritmo entrecortado.
        Victoria se adueñó de la técnica de su egregio contemporáneo; estaba henchido de la experiencia acumulada por los polifonistas de la escuela romana, no para reflejar la limpidez del cielo, sino a cuanto gime bajo él y desespera en la busca de la luz que abreve sus ansias. Puestos los ojos, como místico, en el puerto postrero, el combate de las olas y el desgarrar de los vientos que dolorosamente se ceban en la frágil armadura de lo humano no era menos sustento de sus creaciones. Al confluir las voces en el silencio final, quedaban los espíritus como mejor forjados por el hálito de aquel que con tanta entereza sabía penetrar en los abismos o escalar las alturas del reino sin fronteras.
        Mucho había supuesto para el maestro el correr de los turbulentos años en que ganó su plena madurez. Pero todo aquel precipitarse de sucesos cargados de violencia, las querellas que en Roma se traducían en las más apasionadas opiniones, cuanto la política religiosa del momento significaba, acabó por abrir entre las necesidades de su alma y el mundo externo una ancha brecha. Si miraba fuera de sí, tanta saña le estremecía y llegaba a turbar incluso sus firmes convicciones. Podían ser justificables a la razón los extremos a que se llegaba y que inteligencias que sabía más lúcidas que la suya en aquellos asuntos acogían con verdadero contento. Lo que no impedía que algo dentro de sí se rebelara contra tanta crueldad y le turbase en lo más íntimo con acentos implacables. Llegó a serle insufrible el ambiente en torno y a rehuir los corredores y salas del Vaticano donde no podía cerrar los ojos o mostrarse indiferente ante lo que para todos era el primer motivo de sus preocupaciones y estímulo casi exclusivo de sus palabras. Así, el aire como ausente que envolvía su figura se hizo más pronunciado. Acabó por confinarse en su propio espíritu, por no salir de su celda sino para cumplir sus obligaciones en el Colegio Germánico y a ser para los demás en su presencia física no otra cosa que la sombra del músico autor de unas obras con fuerza de conmover como ninguna. Nadie ignoraba quién era Victoria en este aspecto, qué cualidades le distinguían; pocos identificaban al magro sacerdote, parco de gestos y huidizo, que raras veces aparecía en los lugares públicos, con el creador de aquellas en su austeridad sobrecogedoras construcciones de sonidos. Cuando en 1573 el Papa Gregorio XIII quiso reunir a los cantores de la Capilla Sixtina y a los del Colegio Germánico en un magno ceremonial donde se interpretó el salmo Super flumina Babylonis, escrito para doble coro por el español, no fue raro que la mayoría de los asistentes se preguntaran quién era aquel escuálido hombrecillo que compartía con Palestrina las principales funciones en la dirección de los conjuntos.

1582

        A medida que Tomás Luis de Victoria se hundía en su ensimismamiento, sin tener ya sentidos más que para la contemplación de lo eterno en las meditaciones prolongadas a que se sometía, la fama de sus obras rebasaba de Italia y era llevada por sus discípulos a Baviera y la Alemania del Rhin. Desde allí no tardaría en extenderse a todos los dominios del imperio que dividió en su abdicación el César Carlos V.
        En 1576 el maestro ofrendó al Duque de Baviera una nueva colección de Misas, Motetes y Magnificats, producto de su labor en los últimos tiempos. La emperatriz María, que había quedado viuda de Maximiliano II aquel mismo año, conoció en su apartamiento de la corte algunas de aquellas composiciones. Se asociaran o no a su dolor los acordes de la música de Victoria, lo cierto es que concibió a la vez el proyecto de retirarse del mundo, en un convento que estaba dispuesta a fundar en Madrid para ella y su hija la infanta Margarita que la acompañaría, y el de tomar al abulense a su servicio. La proposición de la augusta persona fue acogida por el solitario del Colegio Germánico con verdadero alborozo, como un don de los cielos que, al fin, se hubieran apiadado de sus secretas súplicas.
        No se le fijaba un plazo perentorio para hacerse cargo de la nueva cantoría. Al contrario, la emperatriz necesitaba de algún tiempo para dejar en orden sus asuntos y las obras comenzadas en el convento también se tomarían un lapso de varios meses. Esta dilación era un beneficio más para Victoria. Sus deseos de volver a la patria y de recluirse en la paz añorada de sus años juveniles eran grandes, pero la seguridad de ambas fortunas bastó para aquietar su ánimo. Dispondría así del espacio suficiente que le permitirá dar remate a las composiciones en que venía trabajando, que serían su "canto del cisne". Porque él asimismo se había propuesto renunciar a toda actividad externa y a toda vanidad, incluso al arte que tanto amaba, para consagrarse al ejercicio de su capellanía y al perfeccionamiento de su espíritu antes de ponerlo en las manos de Dios.
        La complicación de los sucesos políticos hizo más dilatado de lo que se pensaba el plazo propuesto. En 1578, Victoria estaba nombrado capellán de María de Austria. Sin embargo, hasta fines de 1583 no se establecería definitivamente en el Convento de las Descalzas Reales de Madrid. Estuvo en la corte de España durante una parte de esos cinco años a la espera de su real protectora, quien no quería trasladarse desde Alemania al refugio elegido sin visitar primero a su hermano el rey Felipe II. Pero el momento no podía estar más lleno de afanes para el soberano, obligado a viajar de un lado a otro de sus dominios para acudir a las mil solicitudes de su energía en las vastas empresas que había lanzado. En 1579, hasta las guerras que sostenía contra los protestantes como campeón de la Contra-Reforma y los problemas de su espinosa relación con los monarcas de Francia e Inglaterra fueron absorbidos por la atención que prestó al sometimiento de Portugal a su corona, farragoso pleito dinástico donde tuvo que agotar los infinitos recursos de su capacidad de intriga. Portugal era ya una provincia más de España en 1581, cuando en Flandes se perdieron las del norte y la encarnizada lucha proseguía en el sur camino también de un término funesto para sus dominadores. Ésta era la coyuntura en que María de Austria había de encontrarse con su hermano, a quien sabía por un tiempo en Lisboa, para comunicarle que en ella anidaba la misma aspiración de retiro que movió a su padre a encerrarse en el Monasterio de Yuste. Permaneció la emperatriz con la infanta Margarita, siempre su fiel compañera, el menor tiempo posible en la capital portuguesa. A comienzos de 1582 fijaban su residencia y tomaban los hábitos en el convento de Madrid que sería desde entonces su morada.
        Victoria estuvo al lado de las reales personas por aquel año, ya que, de común acuerdo, se convino aplazar para el siguiente su partida a Roma, donde le requería la revisión de las obras que iban a ser su legado postrero. Se hallaban en las prensas, a punto de publicarse.
        Los primeros contactos con la emperatriz le reafirmaron en el acierto del nuevo rumbo elegido. Aquella mujer, que compartió con el prudente Maximiliano el gobierno del Imperio Germánico durante la más enconada de las pugnas religiosas, unía a lo ferviente de su fe un conocimiento del mundo no exento de tolerancia. Tanto como en lo físico se asemejaba al monarca de El Escorial, se distanciaba de él en su carácter, presidido por una extrema dulzura. Ésta asomaba al purísimo azul de sus ojos y a cada una de sus facciones, donde la amargura parecía no haber dejado huellas. Un tacto exquisito dirigía sus relaciones con todos sus subordinados. Ante el músico, como si desde siempre le hubiera conocido y estuviese bien instruida sobre las calidades de su alma, procuraba demostrar una devoción rendida y someterse en tal manera s sus necesidades de holgura espiritual que en verdad más estaba ella a su servicio o ambos solícitos y en plena inteligencia para el que requería la capilla.
        Tuvieron ocasión de hablar de sus proyectos para el futuro que iban a compartir y en sus detalles se dispuso el orden que regiría el sucederse de las horas en el convento. Conoció entonces la emperatriz la voluntad de renunciar incluso a la música que dominaba a su capellán y, sin contrariarle en la médula de sus aspiraciones, procuró demostrarle en qué manera no se oponía la consagración de todas las fuerzas de su ser a la experiencia mística con el tributo de un arte que sólo en esas prácticas se basase y que se mantendría alejado de todo comercio mundano.
        Estaba claro que ella esperaba del genio de Victoria algo más que la sola práctica de los servicios del templo como organista y director del coro, pero no le exigió tampoco en concreto la prosecución de su obra como compositor. La divergencia de criterio así esbozada no inquietó al maestro, seguro de que acabaría por imponerse el arraigado para él en tan profundas razones. Partió a Roma bien dispuesto, gozoso casi a la idea de que por última vez iba a posar sus ojos en la imagen y en los cuidados de la vida efímera.

        Cuando el músico regresó a su claustro en la patria, quedaron impresos sus Cantica Beata Virginis y sus Himni totius anni secundum Sactae Romanae Ecclesiae consuetudinem, obras las dos que databan de 1581. Dedicó la primera al Cardenal Alessandrino y la segunda al Papa Gregorio XIII. Una serie de Motetes y Salmos, donde se recogían composiciones de las más celebradas entre las que se publicaron en 1572 y 1576, entró en edición. No constituía sin embargo el broche de oro de su obra. Era éste un Libro de Misas en cuyo ofrecimiento a Felipe II expresaba Victoria cómo "un impulso natural le había llevado al cultivo de la Música y sólo de la religiosa"; reconocía, sin modestia ni orgullo, "haber dado satisfacción en este oficio a los que mejor pudieron juzgarle", y agregaba, como final, que el cansancio de su cuerpo y lo ganoso de su espíritu de un más alto reposo le inducían a dar su labor por conclusa con las presentes Misas, que esperaba entregar en persona al monarca, pues no quería "aparecer ante él ni volver a la patria con las manos vacías".
        Aquel prólogo era su testamento. Tomás Luis de Victoria se sintió aliviado al ver la resolución que tanto le costó adoptar reproducida por estampa con firmes trazos.

        Dos rasgos sobresalían en las composiciones con que el maestro persiguió dejar estatuido su arte en un gesto supremo: su esencia española, aquel acento que le fuera criticado más de una vez como "teñido de sangre mora", y la fidelidad absoluta al sentimiento religioso. No utilizó jamás como otros grandes polifonistas de la época, temas profanos. La melodía en el entretejer de sus contrapuntos era siempre extraída del canto llano tradicional o de su paralelo en el rito mozárabe. En dos ocasiones subrayó de manera expresa este carácter de sus Himnos y Motetes, al agregar el nombre latino que estaban tratados "more hispano", a la manera española. La sinceridad de su expresión se robustecía en este género de música donde la propia voz hablaba sobre la de su pueblo. Eran las secas tierras de Castilla y la pureza de su cielo irreal, la luz y el fuego de la alta meseta, quienes allí cantaban para llevar a los paisajes de la música el rudo contraste entre la ensoñación divina y el calor de lo humano. Antiguos dolores nunca extinguidos, esfuerzos sin reposo, traducían el combate de la vida que se alimenta de su incesante destrucción al igual que las pasiones de los hombres.
        Respecto de la técnica, aquel músico que quiso ignorar con tanto ahínco la floración de madrigales que estremecía a Italia, marchaba por la senda del nuevo estilo sin proponérselo. Cuanto él estaba logrando en los dominios de la música religiosa iría a enriquecer los raptos poéticos del madrigal profano y el sentido dramático del teatro con música.
        Victoria había levantado sobre los planos iguales de la construcción polifónica la hegemonía de una voz, donde la expresión se unificaba para herir con más fuerza en el espíritu. Usó con sorprendente efecto el recitado eclesiástico; en muchas de sus misas había partes en donde en realidad cesaba la ondulación de las voces para quedar desnuda la vieja salmodia que, en su rítmica, remachaba el sentido del texto dando un valor intencionado y exacto a cada palabra y hasta a cada sílaba. Para destacar las fluctuaciones del ánimo o el paso de uno a otro episodio en el discurso de sus obras, no vaciló en la disposición de acordes de crudeza absoluta o en el cambio audaz de las tonalidades. Estas modulaciones, implícitas o expresas; este vigoroso pasar de la luz a la sombra; esta coloración que en la intensidad de sus contrastes ganaba para la música recursos infinitos sobre la obligada monocromía renacentista, eran uno de los atributos estimados en su arte y un síntoma más de la forma en que se inclinaba, como arco de puente, hacia la poco después triunfadora homofonía armónica. Quienes señalaron entre sus contemporáneos que la originalidad de Victoria se cifraba en una resurrección de elementos medievales con un inédito sentido, comentaban ya, sin saberlo, la estética del Barroco.

1592

        ¿Podría la anuladora voluntad del místico vencer a la imaginación del creador de maravillosas construcciones sonoras? ¿Podría interrumpirse a cercén el desarrollo de un arte cargado de vida en virtud de aquella voluntad? Durante el primer año de su retiro en las Descalzas Reales, Tomás Luis de Victoria creyó logrado su propósito. Pero, incluso ya entonces, en días de mayor angustia, la soledad en que estaba sumergido se poblaba de armoniosos sones, el errabundo pensamiento era llevado hacia las rutas que hasta entonces frecuentara.
        Pudo dominar sus impulsos y la música que, a su pesar, manaba en las profundidades de su espíritu sólo cubrió una forma fugaz entre las alucinaciones de su fantasía. Si meditaba en la Pasión del Señor, si se copiaban en su interior las escenas del Monte de los Olivos o del camino hacia el Gólgota, si en sus propias manos sentía el traspasar de los clavos que abrieron las del Crucificado y en su boca el sabor de la sangre que se derramó para redención de los hombres, el conocido resonar de voces en que todos aquellos sentimientos se traducían llenaba la oquedad de su celda. Era el camino natural de sus lágrimas, el latido más hondo de su corazón. Y cuando en etéreos horizontes se explayaba su alma, igualmente el resplandor de los cielos o la leve ruta entre las nubes lograban plenitud por los sonidos.
        Procuró desviar su atención de la atmósfera sonora que a todo lo envolvía en sus éxtasis y, no obstante, con el pasar del tiempo adquirió mayor relieve y presencia más concreta el desfilar de los sonidos que la formaban. Llegaron a quedar fijas sus visiones, a medida que se repetían, como música escrita. Era inútil que la huyeran sus ojos, que su pluma se negara a recoger sus caracteres. La conocía frase por frase, no podía olvidarla, quizá más unida a él de esta manera que cuando la traspasaba al enrejado de las pautas para hacer entrega de ella a los demás.
        Al principio a escondidas, como un secreto vergonzoso, se decidió fijar sobre el papel aquellas armonías. Conoció de inmediato la liberación que constituía esta práctica y como tal la aceptó. Más tarde, le era ya evidente el fracaso de propósitos tan fáciles de concebir como imposibles de llevar a su término. Aceptó resignado su condición de irrenunciable de músico. En 1585 se publicaron en Roma sus Oficios para la Semana Santa. Contenían varios Motetes y Responsorios, además de dos versiones de la Pasión de Jesús, según los evangelistas San Mateo y San Juan. La música de Victoria alcanzaba las cimas de su extrema espiritualidad, vencedora de sí misma.

        Tras de aquel combate, como si la gracia divina hubiera descendido sobre él para concederle la paz ansiada, durante cinco años guardó absoluto silencio el cantor de las Descalzas Reales. Moría el siglo cuando aparecieron dos nuevos libros de Misas, producto de su ingenio. Uno de ellos dirigido al Cardenal Alberto de Habsburgo, sexto hijo de la emperatriz María; el otro, al rey Felipe III, que sucedió a su padre en el gobierno de España en 1598.
        Una sombra de melancolía envolvía los tiempos que se inauguraban para el viejo reino. Victoria había conocido en su infancia la época heroica del Emperador y había vivido lo suficiente como para ver deshacerse las esperanzas, siempre asaltadas por la tribulación, del reinado de Felipe II. Su mundo se iba en total naufragio, se desplomaba con fragoroso estruendo. La unificación de Francia, como Estado católico bajo Enrique IV tan sólo había sido aparente, como lo confirmaba el reciente Edicto de Nantes por el que se reconocían sus derechos a los hugonotes. El poder de Inglaterra, destruida en 1588 la Escuadra Invencible, se consolidaba en todos los mares. Los Países Bajos eran ya independientes de la soberanía española. El credo luterano en Alemania era el sustento mismo de su personalidad como nación. Lo inútil de tanta sangre vertida y de tanto estrago hacía más penoso su recuerdo. Es superfluo intentar retener los bienes sujetos a mudanza. Toda ganancia que no se cifra en lo imperecedero es nula.
        En marzo de 1603 se acrecentó la soledad de Victoria por el deceso de María de Austria. Había encontrado en ella una afectuosa amistad y la comprensión de una inteligencia sobremanera clara. En el tiempo que compartieron en las Descalzas, al margen de sus ejercicios devotos, dispusieron de ocasiones suficientes para, en amena charla, hacer el inventario de sus vidas. Gustaba la emperatriz de la palabra mesurada del músico, donde se traslucía lo múltiple de sus conocimientos, la intuición y la sensibilidad que sabía derrochar para juzgar los hechos y las gentes. De todo aquello que no había tenido una experiencia directa, su imaginación y sagacidad le permitían formarse un juicio rara vez errado. Incluso penetraba en aspectos que para ella, envuelta en los principales sucesos de la época, suponía verdaderas revelaciones. El punto de vista de un observador, atento y alejado del tumultuoso acaecer de las cortes, le era del todo nuevo.
        La emperatriz aportaba, por el contrario, el anecdotario más rico e ingenioso sobre aquel mundo y la visión detallada de sus ingredientes. Su existencia, desde que siendo niña se apartó del lado de su padre hasta la muerte de su esposo Maximiliano II, había sido portentosa por la variedad. Apenas había ciudad en Alemania, Austria o España en que no residiera. Francia e Italia la cobijaron en varias ocasiones como huésped. Estuvo en contacto con la mayoría de los personajes de algún relieve que desfilaron por aquellos años. Del arte, tenía una visión acabada, no sólo por la educación que recibió, sino por haber seguido, podía decirse paso a paso, el desarrollo de la obra de los principales cultivadores de la literatura, la pintura y la música. Habiendo llegado por tan opuestos caminos a un puerto común, lo complementario de sus experiencias hizo fecunda la amistad de los dos.
        Ahora, ella había desaparecido; se desvanecía en el torbellino con que, en pavesas, se consumía el esplendor de la gran época. Tomas Luis de Victoria entonó, y esta vez ya fue cierto, su canto del cisne en homenaje a su memoria. La Misa de Difuntos escrita para conmemorar el tránsito de María de Austria fue la última de sus composiciones.

        El edificio de las Descalzas Reales es de un estilo neoclásico recargado por la ornamentación que ya en él apunta del barroco. Sus fachadas, de piedra blanca, no tienen la severidad de los muros de El Escorial. Una plaza, arquitectónicamente dispuesta, separada de las calles circundantes por alta balaustrada de mármol, se extiende a lo largo del costado sur del convento para cerrarse por oriente con el cuerpo de la iglesia que por allí avanza. En las mañanas del verano, la sombra de ésta cubre en gran parte el recinto de la plaza y en la grata frescura se refugian gentes desocupadas que charlan en corros o en los bancos que hay de trecho en trecho.
        Hacia las nueve, con la regularidad de un autómata, cruza el espacio sombreado un anciano de cuerpo enjuto y pasos vacilantes. Es el maestro de capilla que sale de cumplir los primeros oficios. Quienes le han precedido en descender las gradas del ario, le miran dirigirse hacia donde luce el sol y comentan su destreza de organista. Algunos se refieren a lo avanzado de su edad que pronto ha de privarles del concurso de su música. Nadie recuerda su nombre.
        Han corrido apenas dos décadas del nuevo siglo y, a impulsos de todos los otros cambios, el arte ha experimentado los más bruscos. Sólo en el casi anonimato de las funciones religiosas perviven las creaciones de los grandes polifonistas en su pureza. Hasta Palestrina es reescrito por los maestros contemporáneos, prodigando el número de las voces que se le agregan para darle una ampulosidad con la que se deforma su espíritu. A la par que las obras dramáticas de los florentinos y venecianos seducen a las clases cultivadas y de la música instrumental nacen nuevos géneros, se esfuman las esencias de la polifonía en el retorcimiento de los planos sonoros. La austeridad antigua cede el campo a un vigoroso sensualismo.
        Ganado el sosiego por que siempre luchara, Tomás Luis de Victoria se desliza de una a otra vida dulcemente. El 27 de agosto de 1611, el débil arroyuelo, silencioso fue a dar en la mar ancha. Un tiempo fue caudal que rompió márgenes para abrir senda a las corrientes que de él partían. Lejos de sus orígenes, al hacer su ruta, ensordecidas por su propio rumor, las aguas nuevas desconocieron su primer sustento y en las ondas de lo que eran latía sin perder fuerza lo que habían sido.