TOMÁS LUIS DE VICTORIA
MOMENTOS DECISIVOS EN LA MÚSICA
VICENTE SALAS VIÚ
LOSADA S.A., BUENOS AIRES, 1957
ORIGINAL
1562
La luz del amanecer recorta sobre la
meseta desnuda el perfil de las torres, anchos cilindros pesados,
vigorosos, de la muralla que encierra la ciudad. Al fondo, la
Sierra de Gredos cobra matices de un azul metálico. Duermen
las calles de Ávila. Tan sólo vibra en el aire
frío el tañido de alguna campana, que se copia de
rincón en rincón con voces solemnes, plenas de
gravedad, o delgadísimas, como de esquilas. Ávila
está colmada de iglesias y conventos. Un espíritu
místico parece alentar tras cada una de sus piedras e
imprimir el sello de un ardor sofrenado al laberinto de complicados
nervios que se prolongan desde los muros exteriores a la plaza
donde se yergue la Catedral.
En este año
de 1562 una querella agita sobremanera a los aublenses. Una monja
allí nacida y en extremo animosa acaba de fundar un convento
de carmelitas conforme a la regla reformada por ella. Se le han
unido otras trece hermanas y estas carmelitas descalzas, como se
las titula, mantienen el rigor de principios olvidados desde que la
antigua orden mendicante evolucionó hacia su estado de mayor
tolerancia actual. Teresa desafía no sólo a los
superiores de los que ya se califican, no sin desprecio, de
carmelitas mitigados, sino a la época entera en que le toca
vivir. Frente a las esencias renacentistas, el sano juicio y los
urbanos modos que amoldan el carácter de las instituciones
religiosas, propicia ella y las monjas que la siguen un retorno a
la experiencia mística, a la mortificación del cuerpo
y a heroicas prácticas de la caridad. El aislamiento del
mundo detrás de los paredones del convento lo ha sustituido
por una actividad en callen y caminos que tiene mucho de andante
caballería. Pasa de las revelaciones de su celda, tarde y
escasamente visitada por el sueño, a su febril correr de
brecha en brecha a todas las que se abren en el combate de las
otras vidas.
La ciudad erizada
de almenas, Ávila de los Caballeros, no tardó en
reconocer cuánto de sí misma alentaba en su hija.
Acrecentose el número de sus partidarios y así,
censurada por unos, ensalzada por otros, inquietos todos, el pleito
de los carmelitas fue un poco el de cuantos desde cerca lo vieron
surgir.
En su vieja casona
de gente hidalga, no muy lejos del recinto de la Catedral, habitan
los Victoria. Proceden de la cercana villa de Sanchiddrián,
donde nacieron en las primeras décadas del siglo la mayor
parte de los hijos con que cuenta esta familia, bendecida por Dios
discretamente. Agustín de Victoria, el primogénito,
pasados los umbrales de la edad madura se ordenó sacerdote
ahora viste el hábito de los descalzos.
A ese extremo
llegó no sin librar su propia lucha y vencer las
resistencias que encontró incluso entre los suyos. Es un
hombre silencioso, de magra figura y un brillo indefinible en los
ojos. Los sones de la música o la poesía que habla de
cosas santas le estremecen hasta la angustia. Su espíritu
está de fiesta desde que el hermano Juan de la Cruz, de
cuyas creaciones conoce la dulzura, se ha sumado a la causa de Sor
Teresa y milita como él en las filas de la orden reformada.
Ha tenido así más de una ocasión de
relacionarse con aquel ser que admira. Lo sabio de sus conceptos,
la fuente viva de su palabra, han limpiado a Agustín de
Victoria de añejos conflictos, apenas extinguidos cuando ya
se renovaban en su interior, y a él es a quien debe en
primer término la paz tan difícilmente conquistada de
su alma.
Después de
su partida al convento, Agustín se hizo aún
más extraño para sus familiares que lo fuera siempre.
Sólo en años en cierto modo próximos vio
reflejarse algo de su fisonomía moral en su hermano
Tomás, como él soñador sobre la música
de armonías sin expresión posible. Apoyado en la
experiencia anticipada del carmelita. Tomás se fue
desarrollando desde la adolescencia en un intercambio de
confesiones a las que a duras penas el afecto mutuo daba color de
plática entre allegados. Agustín pudo de esta manera
evitar al más joven muchas de las suertes por las que
él navegó a su edad. Pero si consiguió
favorecer la inclinación de su hermano hacia el sacerdocio,
no menos comprendió que la música para el otro era
mucho más que un refugio entre meditaciones. El arte, que
les ofreció el terreno donde se encontraron, a la postre
deslindó las comarcas por donde habían de separarse.
Agustín se sumiría, cada vez con mayor hondura, hasta
que se perdieron los; últimos rastros de su existencia
terrena, en la contemplación de paisajes de no perecedera
belleza. Tomás partió a Roma, antes para acabar de
formarse como músico que para ensanchar sus conocimientos
eclesiásticos. Pero, hasta este desenlace, por tres
años estarían juntos para que se les hiciera
más doloroso su progresivo apartamiento.
Tomás Luis
de Victoria había nacido en 1535. Desde su infancia, como
por un impulso de la naturaleza, cuanto le impresionaba, las
emociones con frecuencia despiertas en su ser enfermizo, las
traducía en sonidos. Supo cantarlas antes de conocer las
reglas de la música y cuando se le presentó
ocasión se hizo inscribir en el coro de la Catedral por el
goce de anegarse en las ondas sometidas a un rítmico fluir
por los maestros de la polifonía castellana.
Como niño de
coro recibió su primera instrucción en el arte.
Estudió después el acertado gobierno de las voces en
la arquitectura sonora y la ejecución organística. Se
destacaba sobre todo como compositor. Algunos de sus Motetes
habían merecido albergue en las bóvedas del templo
metropolitano, cuando Bartolomé Escobedo se
estableció en Ávila, precedido de una merecida fama
por sus triunfos en la Capilla Sixtina. Había permanecido en
Roma, al lado de los más grandes músicos de la
época, hasta 1554, fecha en que solicitó un beneficio
para trasladarse a Segovia. Cansado de la fastuosidad de aquel
mundo y herido de nostalgia, ansiaba retirarse a la patria para
descanso de su laboriosa vida.
Escobedo
prestó a Tomás Luis de Victoria una ayuda decisiva
para el descubrimiento de su personalidad. No sentía el
anciano menos satisfacción que su discípulo cuando,
como premio de una labor compartida, quedaban nítidos los
perfiles de lo que antes era sólo intuido o conquistado en
parte o con torpeza por el principiante en lides tan arriesgadas.
El oído avezado a las sonoridades de Palestrina y de Orlando
de Lassus, el buen conocedor de cuanto habían producido
maestros de la escuela española como Cristóbal
Morales o Fernando de las Infantas, hallaba mucho de qué
maravillarse en los frutos un poco ásperos y faltos de
sazón de aquel espíritu. No dudó del porvenir
que le estaba reservado y que casi divisaban sus ojos como una
realidad tangible. Pero era necesario que Victoria saliese de la
ciudad que su maestro escogió como refugio a la fatiga de
los años. Bueno, sí, para esto, para reposar en su
hondura una vida cumplida; demasiado fuera del mundo para quien
tenía que forjarse en el entrevero de sus corrientes y
adquirir una experiencia como la artística que es resumen de
muchas otras.
En 1562, Escobedo
convenció a la familia de su discípulo de lo
provechoso que sería el traslado de éste a Roma y se
encargó por sí mismo de allegar los medios necesarios
para tan costoso viaje. Como sobraba tiempo, porque Victoria no iba
a ponerse en camino hasta ordenarse sacerdote, se decidió a
una gestión complicada, pero magnífica en resultados
si tenía éxito.
Fue así como
el 14 de diciembre de 1565 recibió el desconocido
músico de Ávila un privilegio de Felipe II para
trasladarse a Roma como cantor en la capilla del Colegio
Germánico, que fundara Ignacio de Loyola.
1572
Por su ingreso en
el Colegio Germánico fue a caer Tomás Luis de
Victoria en una de las trincheras avanzadas en la lucha de la
Contra-Reforma. El creador de la Compañía de
Jesús había establecido aquel Colegio, que
regentó hasta su muerte junto con Francisco de Borja y Diego
Laínez, jefes de estudios que todavía lo eran por
entonces, para formación de los sacerdotes alemanes
destinados a combatir la idea luterana en su patria de origen. La
música ocupaba, por supuesto, un alto lugar en sus cursos.
Se le prestaba el mayor interés, no sólo en sus
formas estrictamente litúrgicas, sino en aquellas otras del
oratorio y la pasión que los reformados divulgaban hasta
hacer de ellas pilares de la fe. El abulense encontraría
terreno propicio al desarrollo de su poder creador cuando lograse
vencer el aturdimiento que le produjo el maremagnum de la agitada
Roma.
A poco de partir
Victoria de las costas de España, comenzó el Duque de
Alba la sangrienta campaña de Flandes, que aún se
recrudecía dos años después, al ser
decapitados los duques de Egmont y de Horn. El Concilio de Trento
proseguía, sin alcanzar sus objetivos, la obra de reajuste
de la Iglesia, que ya sólo en el nombre era católica.
Las hogueras de la Inquisición devoraban a ilustres figuras
de la época para completar el trabajo de las armas en campo
abierto. Y de todo ello no se deducían otros beneficios que
el incremento del protestantismo, favorecido por los intereses de
poderosas dinastías del centro y norte de Europa.
Más de una
vez añoró el español la calma impenetrable de
su ciudad natal. Eran demasiados problemas, todos acongojantes,
para ser dominados de un solo esfuerzo. Apenas disponía de
la serenidad necesaria para asimilar los que le inquietaban en el
arte. Pues la música no se hallaba menos conmocionada entre
tanta purga de tendencias. Quizá por todo ello, sobre lo que
de antes le admiraba, le causó una impresión tan
profunda Palestrina.
Era maestro de
capilla del Vaticano desde 1551 y, como si aquel puerto decisivo
fuera el bálsamo preciso a los altibajos de su existir
precedente, había logrado una armoniosa
compenetración entre los sentimientos fuera de toda mudanza
que le inspiraban y los recursos de su arte. La música de
Palestrina resplandecía con una luz eterna.
Victoria se
dirigió a él y con él y sus obras se mantuvo
en cercanía estrechísima, a impulsos de una necesidad
imperiosa. De no hallarle, tal vez hubiera sucumbido en aquel caos.
Frecuentar tan excelsa maestría no pudo serle más
beneficioso en la ruta emprendida hacia dentro de sí. Se
clarificaron sus conceptos y consiguió la destreza de
realización que precisaba. Cuando a los cinco años de
edad el músico de Ávila fue nombrado director de la
capilla del Colegio Germánico, un nuevo estilo, de
austeridad suma, lleno de fuego, por bien gobernado no menos
potente, señalaba para todos que el arte se había
enriquecido con una codiciada provincia. Palestrina lo
comprendió así y por eso no ocultó su
admiración a quien se apartaba de los caminos trillados por
la turba de sus imitadores para marchar hacia horizontes que
sobrecogían. ¿Qué confianza en los dones de su
espíritu, qué audaz valor encerraba aquel hombre de
desmedrada figura? Su mirar penetrante, que era como la
única señal de vida en un rostro devorado de
vigilias, ¿qué vislumbraba?
Las obras de
Tomás Luis de Victoria que causaron tan honda
impresión en Palestrina y que eran celebradas en toda Roma,
aunque muchos las recibiesen con extrañeza, se publicaron al
año siguiente de ser promovido su autor al rango de maestro
de capilla del Colegio Germánico. La edición de
aquellos treinta y tres Motetes era bellísima, gracias al
interés que en ella se tomó su patrocinador Otto von
Truchsess, Obispo de Augsburg.
La forma del Motete
estaba tratada con toda libertad para animar el valor
dramático de los textos elegidos, que pertenecían en
una gran parte a las Lamentaciones del profeta Jeremías. En
el O vos, omnes o en el Veere languores nostros, tal
vez la expresividad victoriana y lo desnudo de su estilo, en
grandes planos de oscuridad y fuego, alcanzaban su más alto
ejemplo. Alentaba en esas obras, antes que el sereno equilibrio de
los renacentistas, un agonioso sentido del arte. En bruscas
transiciones, las voces se encendían o desmoronaban como
castillos de ceniza; eran llamas crepitantes, abrazadas las unas a
las otras en porfiada lucha, o manso rumor de hoguera oculta que
consume hasta la última brizna de su ser. Y en el arrebato
como en la pasión vencida, siempre presente en el discurso
de la música, se imponía al deslizarse de los
episodios el latido de un corazón que sufre, su ritmo
entrecortado.
Victoria se
adueñó de la técnica de su egregio
contemporáneo; estaba henchido de la experiencia acumulada
por los polifonistas de la escuela romana, no para reflejar la
limpidez del cielo, sino a cuanto gime bajo él y desespera
en la busca de la luz que abreve sus ansias. Puestos los ojos, como
místico, en el puerto postrero, el combate de las olas y el
desgarrar de los vientos que dolorosamente se ceban en la
frágil armadura de lo humano no era menos sustento de sus
creaciones. Al confluir las voces en el silencio final, quedaban
los espíritus como mejor forjados por el hálito de
aquel que con tanta entereza sabía penetrar en los abismos o
escalar las alturas del reino sin fronteras.
Mucho había
supuesto para el maestro el correr de los turbulentos años
en que ganó su plena madurez. Pero todo aquel precipitarse
de sucesos cargados de violencia, las querellas que en Roma se
traducían en las más apasionadas opiniones, cuanto la
política religiosa del momento significaba, acabó por
abrir entre las necesidades de su alma y el mundo externo una ancha
brecha. Si miraba fuera de sí, tanta saña le
estremecía y llegaba a turbar incluso sus firmes
convicciones. Podían ser justificables a la razón los
extremos a que se llegaba y que inteligencias que sabía
más lúcidas que la suya en aquellos asuntos
acogían con verdadero contento. Lo que no impedía que
algo dentro de sí se rebelara contra tanta crueldad y le
turbase en lo más íntimo con acentos implacables.
Llegó a serle insufrible el ambiente en torno y a rehuir los
corredores y salas del Vaticano donde no podía cerrar los
ojos o mostrarse indiferente ante lo que para todos era el primer
motivo de sus preocupaciones y estímulo casi exclusivo de
sus palabras. Así, el aire como ausente que envolvía
su figura se hizo más pronunciado. Acabó por
confinarse en su propio espíritu, por no salir de su celda
sino para cumplir sus obligaciones en el Colegio Germánico y
a ser para los demás en su presencia física no otra
cosa que la sombra del músico autor de unas obras con fuerza
de conmover como ninguna. Nadie ignoraba quién era Victoria
en este aspecto, qué cualidades le distinguían; pocos
identificaban al magro sacerdote, parco de gestos y huidizo, que
raras veces aparecía en los lugares públicos, con el
creador de aquellas en su austeridad sobrecogedoras construcciones
de sonidos. Cuando en 1573 el Papa Gregorio XIII quiso reunir a los
cantores de la Capilla Sixtina y a los del Colegio Germánico
en un magno ceremonial donde se interpretó el salmo Super
flumina Babylonis, escrito para doble coro por el
español, no fue raro que la mayoría de los asistentes
se preguntaran quién era aquel escuálido hombrecillo
que compartía con Palestrina las principales funciones en la
dirección de los conjuntos.
1582
A medida que
Tomás Luis de Victoria se hundía en su
ensimismamiento, sin tener ya sentidos más que para la
contemplación de lo eterno en las meditaciones prolongadas a
que se sometía, la fama de sus obras rebasaba de Italia y
era llevada por sus discípulos a Baviera y la Alemania del
Rhin. Desde allí no tardaría en extenderse a todos
los dominios del imperio que dividió en su abdicación
el César Carlos V.
En 1576 el maestro
ofrendó al Duque de Baviera una nueva colección de
Misas, Motetes y Magnificats, producto de su labor en los
últimos tiempos. La emperatriz María, que
había quedado viuda de Maximiliano II aquel mismo
año, conoció en su apartamiento de la corte algunas
de aquellas composiciones. Se asociaran o no a su dolor los acordes
de la música de Victoria, lo cierto es que concibió a
la vez el proyecto de retirarse del mundo, en un convento que
estaba dispuesta a fundar en Madrid para ella y su hija la infanta
Margarita que la acompañaría, y el de tomar al
abulense a su servicio. La proposición de la augusta persona
fue acogida por el solitario del Colegio Germánico con
verdadero alborozo, como un don de los cielos que, al fin, se
hubieran apiadado de sus secretas súplicas.
No se le fijaba un
plazo perentorio para hacerse cargo de la nueva cantoría. Al
contrario, la emperatriz necesitaba de algún tiempo para
dejar en orden sus asuntos y las obras comenzadas en el convento
también se tomarían un lapso de varios meses. Esta
dilación era un beneficio más para Victoria. Sus
deseos de volver a la patria y de recluirse en la paz
añorada de sus años juveniles eran grandes, pero la
seguridad de ambas fortunas bastó para aquietar su
ánimo. Dispondría así del espacio suficiente
que le permitirá dar remate a las composiciones en que
venía trabajando, que serían su "canto del cisne".
Porque él asimismo se había propuesto renunciar a
toda actividad externa y a toda vanidad, incluso al arte que tanto
amaba, para consagrarse al ejercicio de su capellanía y al
perfeccionamiento de su espíritu antes de ponerlo en las
manos de Dios.
La
complicación de los sucesos políticos hizo más
dilatado de lo que se pensaba el plazo propuesto. En 1578, Victoria
estaba nombrado capellán de María de Austria. Sin
embargo, hasta fines de 1583 no se establecería
definitivamente en el Convento de las Descalzas Reales de Madrid.
Estuvo en la corte de España durante una parte de esos cinco
años a la espera de su real protectora, quien no
quería trasladarse desde Alemania al refugio elegido sin
visitar primero a su hermano el rey Felipe II. Pero el momento no
podía estar más lleno de afanes para el soberano,
obligado a viajar de un lado a otro de sus dominios para acudir a
las mil solicitudes de su energía en las vastas empresas que
había lanzado. En 1579, hasta las guerras que
sostenía contra los protestantes como campeón de la
Contra-Reforma y los problemas de su espinosa relación con
los monarcas de Francia e Inglaterra fueron absorbidos por la
atención que prestó al sometimiento de Portugal a su
corona, farragoso pleito dinástico donde tuvo que agotar los
infinitos recursos de su capacidad de intriga. Portugal era ya una
provincia más de España en 1581, cuando en Flandes se
perdieron las del norte y la encarnizada lucha proseguía en
el sur camino también de un término funesto para sus
dominadores. Ésta era la coyuntura en que María de
Austria había de encontrarse con su hermano, a quien
sabía por un tiempo en Lisboa, para comunicarle que en ella
anidaba la misma aspiración de retiro que movió a su
padre a encerrarse en el Monasterio de Yuste. Permaneció la
emperatriz con la infanta Margarita, siempre su fiel
compañera, el menor tiempo posible en la capital portuguesa.
A comienzos de 1582 fijaban su residencia y tomaban los
hábitos en el convento de Madrid que sería desde
entonces su morada.
Victoria estuvo al
lado de las reales personas por aquel año, ya que, de
común acuerdo, se convino aplazar para el siguiente su
partida a Roma, donde le requería la revisión de las
obras que iban a ser su legado postrero. Se hallaban en las
prensas, a punto de publicarse.
Los primeros
contactos con la emperatriz le reafirmaron en el acierto del nuevo
rumbo elegido. Aquella mujer, que compartió con el prudente
Maximiliano el gobierno del Imperio Germánico durante la
más enconada de las pugnas religiosas, unía a lo
ferviente de su fe un conocimiento del mundo no exento de
tolerancia. Tanto como en lo físico se asemejaba al monarca
de El Escorial, se distanciaba de él en su carácter,
presidido por una extrema dulzura. Ésta asomaba al
purísimo azul de sus ojos y a cada una de sus facciones,
donde la amargura parecía no haber dejado huellas. Un tacto
exquisito dirigía sus relaciones con todos sus subordinados.
Ante el músico, como si desde siempre le hubiera conocido y
estuviese bien instruida sobre las calidades de su alma, procuraba
demostrar una devoción rendida y someterse en tal manera s
sus necesidades de holgura espiritual que en verdad más
estaba ella a su servicio o ambos solícitos y en plena
inteligencia para el que requería la capilla.
Tuvieron
ocasión de hablar de sus proyectos para el futuro que iban a
compartir y en sus detalles se dispuso el orden que regiría
el sucederse de las horas en el convento. Conoció entonces
la emperatriz la voluntad de renunciar incluso a la música
que dominaba a su capellán y, sin contrariarle en la
médula de sus aspiraciones, procuró demostrarle en
qué manera no se oponía la consagración de
todas las fuerzas de su ser a la experiencia mística con el
tributo de un arte que sólo en esas prácticas se
basase y que se mantendría alejado de todo comercio
mundano.
Estaba claro que
ella esperaba del genio de Victoria algo más que la sola
práctica de los servicios del templo como organista y
director del coro, pero no le exigió tampoco en concreto la
prosecución de su obra como compositor. La divergencia de
criterio así esbozada no inquietó al maestro, seguro
de que acabaría por imponerse el arraigado para él en
tan profundas razones. Partió a Roma bien dispuesto, gozoso
casi a la idea de que por última vez iba a posar sus ojos en
la imagen y en los cuidados de la vida efímera.
Cuando el
músico regresó a su claustro en la patria, quedaron
impresos sus Cantica Beata Virginis y sus Himni totius
anni secundum Sactae Romanae Ecclesiae consuetudinem, obras las
dos que databan de 1581. Dedicó la primera al Cardenal
Alessandrino y la segunda al Papa Gregorio XIII. Una serie de
Motetes y Salmos, donde se recogían composiciones de las
más celebradas entre las que se publicaron en 1572 y 1576,
entró en edición. No constituía sin embargo el
broche de oro de su obra. Era éste un Libro de Misas en cuyo
ofrecimiento a Felipe II expresaba Victoria cómo "un impulso
natural le había llevado al cultivo de la Música y
sólo de la religiosa"; reconocía, sin modestia ni
orgullo, "haber dado satisfacción en este oficio a los que
mejor pudieron juzgarle", y agregaba, como final, que el cansancio
de su cuerpo y lo ganoso de su espíritu de un más
alto reposo le inducían a dar su labor por conclusa con las
presentes Misas, que esperaba entregar en persona al monarca, pues
no quería "aparecer ante él ni volver a la patria con
las manos vacías".
Aquel
prólogo era su testamento. Tomás Luis de Victoria se
sintió aliviado al ver la resolución que tanto le
costó adoptar reproducida por estampa con firmes trazos.
Dos rasgos
sobresalían en las composiciones con que el maestro
persiguió dejar estatuido su arte en un gesto supremo: su
esencia española, aquel acento que le fuera criticado
más de una vez como "teñido de sangre mora", y la
fidelidad absoluta al sentimiento religioso. No utilizó
jamás como otros grandes polifonistas de la época,
temas profanos. La melodía en el entretejer de sus
contrapuntos era siempre extraída del canto llano
tradicional o de su paralelo en el rito mozárabe. En dos
ocasiones subrayó de manera expresa este carácter de
sus Himnos y Motetes, al agregar el nombre latino que estaban
tratados "more hispano", a la manera española. La sinceridad
de su expresión se robustecía en este género
de música donde la propia voz hablaba sobre la de su pueblo.
Eran las secas tierras de Castilla y la pureza de su cielo irreal,
la luz y el fuego de la alta meseta, quienes allí cantaban
para llevar a los paisajes de la música el rudo contraste
entre la ensoñación divina y el calor de lo humano.
Antiguos dolores nunca extinguidos, esfuerzos sin reposo,
traducían el combate de la vida que se alimenta de su
incesante destrucción al igual que las pasiones de los
hombres.
Respecto de la
técnica, aquel músico que quiso ignorar con tanto
ahínco la floración de madrigales que
estremecía a Italia, marchaba por la senda del nuevo estilo
sin proponérselo. Cuanto él estaba logrando en los
dominios de la música religiosa iría a enriquecer los
raptos poéticos del madrigal profano y el sentido
dramático del teatro con música.
Victoria
había levantado sobre los planos iguales de la
construcción polifónica la hegemonía de una
voz, donde la expresión se unificaba para herir con
más fuerza en el espíritu. Usó con
sorprendente efecto el recitado eclesiástico; en muchas de
sus misas había partes en donde en realidad cesaba la
ondulación de las voces para quedar desnuda la vieja
salmodia que, en su rítmica, remachaba el sentido del texto
dando un valor intencionado y exacto a cada palabra y hasta a cada
sílaba. Para destacar las fluctuaciones del ánimo o
el paso de uno a otro episodio en el discurso de sus obras, no
vaciló en la disposición de acordes de crudeza
absoluta o en el cambio audaz de las tonalidades. Estas
modulaciones, implícitas o expresas; este vigoroso pasar de
la luz a la sombra; esta coloración que en la intensidad de
sus contrastes ganaba para la música recursos infinitos
sobre la obligada monocromía renacentista, eran uno de los
atributos estimados en su arte y un síntoma más de la
forma en que se inclinaba, como arco de puente, hacia la poco
después triunfadora homofonía armónica.
Quienes señalaron entre sus contemporáneos que la
originalidad de Victoria se cifraba en una resurrección de
elementos medievales con un inédito sentido, comentaban ya,
sin saberlo, la estética del Barroco.
1592
¿Podría
la anuladora voluntad del místico vencer a la
imaginación del creador de maravillosas construcciones
sonoras? ¿Podría interrumpirse a cercén el
desarrollo de un arte cargado de vida en virtud de aquella
voluntad? Durante el primer año de su retiro en las
Descalzas Reales, Tomás Luis de Victoria creyó
logrado su propósito. Pero, incluso ya entonces, en
días de mayor angustia, la soledad en que estaba sumergido
se poblaba de armoniosos sones, el errabundo pensamiento era
llevado hacia las rutas que hasta entonces frecuentara.
Pudo dominar sus
impulsos y la música que, a su pesar, manaba en las
profundidades de su espíritu sólo cubrió una
forma fugaz entre las alucinaciones de su fantasía. Si
meditaba en la Pasión del Señor, si se copiaban en su
interior las escenas del Monte de los Olivos o del camino hacia el
Gólgota, si en sus propias manos sentía el traspasar
de los clavos que abrieron las del Crucificado y en su boca el
sabor de la sangre que se derramó para redención de
los hombres, el conocido resonar de voces en que todos aquellos
sentimientos se traducían llenaba la oquedad de su celda.
Era el camino natural de sus lágrimas, el latido más
hondo de su corazón. Y cuando en etéreos horizontes
se explayaba su alma, igualmente el resplandor de los cielos o la
leve ruta entre las nubes lograban plenitud por los sonidos.
Procuró
desviar su atención de la atmósfera sonora que a todo
lo envolvía en sus éxtasis y, no obstante, con el
pasar del tiempo adquirió mayor relieve y presencia
más concreta el desfilar de los sonidos que la formaban.
Llegaron a quedar fijas sus visiones, a medida que se
repetían, como música escrita. Era inútil que
la huyeran sus ojos, que su pluma se negara a recoger sus
caracteres. La conocía frase por frase, no podía
olvidarla, quizá más unida a él de esta manera
que cuando la traspasaba al enrejado de las pautas para hacer
entrega de ella a los demás.
Al principio a
escondidas, como un secreto vergonzoso, se decidió fijar
sobre el papel aquellas armonías. Conoció de
inmediato la liberación que constituía esta
práctica y como tal la aceptó. Más tarde, le
era ya evidente el fracaso de propósitos tan fáciles
de concebir como imposibles de llevar a su término.
Aceptó resignado su condición de irrenunciable de
músico. En 1585 se publicaron en Roma sus Oficios para la
Semana Santa. Contenían varios Motetes y Responsorios,
además de dos versiones de la Pasión de Jesús,
según los evangelistas San Mateo y San Juan. La
música de Victoria alcanzaba las cimas de su extrema
espiritualidad, vencedora de sí misma.
Tras de aquel
combate, como si la gracia divina hubiera descendido sobre
él para concederle la paz ansiada, durante cinco años
guardó absoluto silencio el cantor de las Descalzas Reales.
Moría el siglo cuando aparecieron dos nuevos libros de
Misas, producto de su ingenio. Uno de ellos dirigido al Cardenal
Alberto de Habsburgo, sexto hijo de la emperatriz María; el
otro, al rey Felipe III, que sucedió a su padre en el
gobierno de España en 1598.
Una sombra de
melancolía envolvía los tiempos que se inauguraban
para el viejo reino. Victoria había conocido en su infancia
la época heroica del Emperador y había vivido lo
suficiente como para ver deshacerse las esperanzas, siempre
asaltadas por la tribulación, del reinado de Felipe II. Su
mundo se iba en total naufragio, se desplomaba con fragoroso
estruendo. La unificación de Francia, como Estado
católico bajo Enrique IV tan sólo había sido
aparente, como lo confirmaba el reciente Edicto de Nantes por el
que se reconocían sus derechos a los hugonotes. El poder de
Inglaterra, destruida en 1588 la Escuadra Invencible, se
consolidaba en todos los mares. Los Países Bajos eran ya
independientes de la soberanía española. El credo
luterano en Alemania era el sustento mismo de su personalidad como
nación. Lo inútil de tanta sangre vertida y de tanto
estrago hacía más penoso su recuerdo. Es superfluo
intentar retener los bienes sujetos a mudanza. Toda ganancia que no
se cifra en lo imperecedero es nula.
En marzo de 1603 se
acrecentó la soledad de Victoria por el deceso de
María de Austria. Había encontrado en ella una
afectuosa amistad y la comprensión de una inteligencia
sobremanera clara. En el tiempo que compartieron en las Descalzas,
al margen de sus ejercicios devotos, dispusieron de ocasiones
suficientes para, en amena charla, hacer el inventario de sus
vidas. Gustaba la emperatriz de la palabra mesurada del
músico, donde se traslucía lo múltiple de sus
conocimientos, la intuición y la sensibilidad que
sabía derrochar para juzgar los hechos y las gentes. De todo
aquello que no había tenido una experiencia directa, su
imaginación y sagacidad le permitían formarse un
juicio rara vez errado. Incluso penetraba en aspectos que para
ella, envuelta en los principales sucesos de la época,
suponía verdaderas revelaciones. El punto de vista de un
observador, atento y alejado del tumultuoso acaecer de las cortes,
le era del todo nuevo.
La emperatriz
aportaba, por el contrario, el anecdotario más rico e
ingenioso sobre aquel mundo y la visión detallada de sus
ingredientes. Su existencia, desde que siendo niña se
apartó del lado de su padre hasta la muerte de su esposo
Maximiliano II, había sido portentosa por la variedad.
Apenas había ciudad en Alemania, Austria o España en
que no residiera. Francia e Italia la cobijaron en varias ocasiones
como huésped. Estuvo en contacto con la mayoría de
los personajes de algún relieve que desfilaron por aquellos
años. Del arte, tenía una visión acabada, no
sólo por la educación que recibió, sino por
haber seguido, podía decirse paso a paso, el desarrollo de
la obra de los principales cultivadores de la literatura, la
pintura y la música. Habiendo llegado por tan opuestos
caminos a un puerto común, lo complementario de sus
experiencias hizo fecunda la amistad de los dos.
Ahora, ella
había desaparecido; se desvanecía en el torbellino
con que, en pavesas, se consumía el esplendor de la gran
época. Tomas Luis de Victoria entonó, y esta vez ya
fue cierto, su canto del cisne en homenaje a su memoria. La Misa de
Difuntos escrita para conmemorar el tránsito de María
de Austria fue la última de sus composiciones.
El edificio de las
Descalzas Reales es de un estilo neoclásico recargado por la
ornamentación que ya en él apunta del barroco. Sus
fachadas, de piedra blanca, no tienen la severidad de los muros de
El Escorial. Una plaza, arquitectónicamente dispuesta,
separada de las calles circundantes por alta balaustrada de
mármol, se extiende a lo largo del costado sur del convento
para cerrarse por oriente con el cuerpo de la iglesia que por
allí avanza. En las mañanas del verano, la sombra de
ésta cubre en gran parte el recinto de la plaza y en la
grata frescura se refugian gentes desocupadas que charlan en corros
o en los bancos que hay de trecho en trecho.
Hacia las nueve,
con la regularidad de un autómata, cruza el espacio
sombreado un anciano de cuerpo enjuto y pasos vacilantes. Es el
maestro de capilla que sale de cumplir los primeros oficios.
Quienes le han precedido en descender las gradas del ario, le miran
dirigirse hacia donde luce el sol y comentan su destreza de
organista. Algunos se refieren a lo avanzado de su edad que pronto
ha de privarles del concurso de su música. Nadie recuerda su
nombre.
Han corrido apenas
dos décadas del nuevo siglo y, a impulsos de todos los otros
cambios, el arte ha experimentado los más bruscos.
Sólo en el casi anonimato de las funciones religiosas
perviven las creaciones de los grandes polifonistas en su pureza.
Hasta Palestrina es reescrito por los maestros
contemporáneos, prodigando el número de las voces que
se le agregan para darle una ampulosidad con la que se deforma su
espíritu. A la par que las obras dramáticas de los
florentinos y venecianos seducen a las clases cultivadas y de la
música instrumental nacen nuevos géneros, se esfuman
las esencias de la polifonía en el retorcimiento de los
planos sonoros. La austeridad antigua cede el campo a un vigoroso
sensualismo.
Ganado el sosiego
por que siempre luchara, Tomás Luis de Victoria se desliza
de una a otra vida dulcemente. El 27 de agosto de 1611, el
débil arroyuelo, silencioso fue a dar en la mar ancha. Un
tiempo fue caudal que rompió márgenes para abrir
senda a las corrientes que de él partían. Lejos de
sus orígenes, al hacer su ruta, ensordecidas por su propio
rumor, las aguas nuevas desconocieron su primer sustento y en las
ondas de lo que eran latía sin perder fuerza lo que
habían sido.