FRAGMENTO OP 132
DOKTOR FAUSTUS
THOMAS MANN
SUDAMERICANA S.A., BUENOS AIRES, 1977
TRADUCCIÓN DE EUGENIO XAMMAR


¿O quizá no? Durante el año de nuestra separación no había cambiado, es cierto. Pero se parecía a sí mismo, en cambio, más que nunca, y esto bastaba para impresionarme, tanto más cuanto que me había olvidado un poco de cómo era. Hablé ya de la frialdad de nuestra despedida en Halle. No fue menos frío ahora su recibimiento, y, como la idea de volver a verle me causaba inmensa alegría, hube de poner freno a sentimientos que amenazaban desbordar. No esperaba que viniese a la estación y ni siquiera le había indicado la hora de llegada del tren. Fui a su casa antes de buscar alojamiento. Su patrona me anunció y penetré en la pieza llamándole alegremente por su nombre.


        Adrián estaba sentado a su mesa de trabajo, ocupado en escribir música.
        "Hola –dijo sin levantar cabeza-. En seguida podremos hablar." Y siguió trabajando durante unos minutos, sin preocuparse de saber si yo permanecía de pie o prefería sentarme. No lo tomé a mal, ni había por qué tomarlo. Era una prueba de antigua intimidad, de una vida común que no podía estar afectada en modo alguno por un año de separación. Era como si nos hubiésemos despedido ayer. A pesar de todo quedé un poco desilusionado y cohibido, aun cuando la escena me divirtiera, como divierte siempre lo característico. Hacía ya rato que me había sentado en uno de los sillones sin brazos, recubiertos de tejido de alfombra y situados a ambos laos de la librería, cuando puso el capuchón a su pluma estilográfica y, viniendo hacia mí sin mirarme, se sentó del otro lado de la mesa y dijo:


        -Llegas a buena hora. El cuarteto Schaffgosch toca esta noche la opus 132. ¿Vienes conmigo?
        Comprendí que se refería al cuarteto en la menor para instrumentos de cuerda, una de las últimas obras de Beethoven.
        -Claro que voy –contesté-. Oiré con gusto, después de tanto tiempo, la "acción de gracias del hombre que ha recobrado la salud".
        -Al oír esta música agoto la copa y se me nublan los ojos –dijo Adrián. Y empezó a hablar de las tonalidades religiosas y del sistema tonal ptolomeico, el "natural", cuyos seis diferentes tonos quedaron reducidos a dos en el sistema templado, es decir, el falso: el tono mayor y el tono menor, y de la superioridad de la escala musical auténtica sobre la templada. Decía de esta última que era una fórmula para uso doméstico, lo mismo que el piano, un instrumento para uso doméstico también, un tratado de paz provisional, que solo tiene 150 años de existencia, que ha prestado algunos importantes, muy importantes, servicios, pero al cual sería absurdo querer dar un valor de eternidad. No ocultaba hasta qué punto le complacía que la mejor de todas las escalas musicales conocidas, la que él llamaba natural o propiamente dicha, fuese obra de un astrónomo y matemático, Claudio Ptolomeo, originario del alto Egipto y residente en Alejandría. Esto pone de manifiesto una vez más, decía, el parentesco entre la música y la astronomía, ya demostrado en la doctrina pitagórica de la armonía cósmica. Todo esto mezclado con observaciones sobre el cuarteto, el exotismo de su tercer tiempo, evocador de un paisaje lunar, y las enormes dificultades de su ejecución.
        -En realidad –decía- cada uno de los cuatro ejecutantes debiera ser un Paganini y dominar no sólo su parte sino igualmente la de los otros tres. De lo contrario es imposible salir del paso airosamente. Menos mal que de los artistas del cuarteto Schaffgosch puede uno fiarse. La obra puede ser ejecutada hoy. Pero no hay duda de que está situada en las fronteras de lo ejecutable y que, cuando fue escrita, su ejecución era sencillamente imposible. Esa implacable indiferencia de un elegido por lo terrenal y lo técnico me entusiasma en grado extremo. "Qué me importa a mí su maldito violín", le dijo Beethoven a un ejecutante que había ido a quejársele de las dificultades de la obra.
        Nos reímos juntos... sin que nos hubiésemos todavía saludado.
        Y no olvidemos –siguió diciendo Adrián- el cuarto tiempo, incomparable, con la breve marcha introductoria y el altivo recitado del primer violín, afortunada introducción a la aparición del tema. Es irritante tan sólo, a menos que no quiera uno ver en ello motivo de satisfacción, que no exista para caracterizar ciertos elementos de la música, o por lo menos de esta música, ningún adjetivo apropiado, ni ninguna combinación de adjetivos. Es algo que me ha preocupado estos últimos días. Imposible encontrar palabras adecuadas para descubrir el espíritu, el estilo, el ademán de este tema. El ademán tiene aquí una gran importancia. ¿Cómo calificarlo? ¿Trágico, atrevido, obstinado, enfático, impulsivo hasta lo sublime? Todo esto no vale nada. Y "magnífico" no pasa de ser, naturalmente, una lamentable capitulación. En último término acaba uno por quedarse con la sobria indicación del compositor: Allegro appassionato. Es lo más aceptable.
        Le di la razón y añadí, para decir algo, que quizá por la noche se nos ocurriera algo mejor.
        -Verás pronto a Kretzschmar –dijo entonces Adrián-. ¿Dónde vives?
        Le dije que pasaría la noche en cualquier hotel y que al día siguiente buscaría algo que pudiera convenirme.
        -Comprendo que no me hayas dado ese encargo. Son cosas que uno mismo las hace mejor que nadie. He hablado de ti y de tu llegada a los del Café Central. Tienes que venir pronto para que te presente.
        "Los del Café Central" eran el grupo de jóvenes intelectuales con quienes Kretzschmar le había puesto en contacto. Tenía el convencimiento de que su actitud hacia ellos era la misma que para con sus compañeros de la asociación Winfried. Imagino, le dije, que ha de haber sido grato para ti encontrar tan pronto una serie de agradables relaciones. A lo que él contestó:
        -Relaciones, relaciones...
        -Schildknapp –añadió- es la persona de trato más interesante. Pero su susceptibilidad un poco enfermiza le induce a retraerse tan pronto se da cuenta de que uno le necesita o piensa servirse de él. Es hombre dotado de un espíritu de independencia muy vigoroso, a menos que no sea un poco débil. Pero simpático, entretenido, y, por lo demás, tan poco provisto de medios económicos que se ve obligado a trabajar para ganarse la vida.
        Lo que Adrián quería de Schildknapp, traductor muy familiarizado con la lengua inglesa y gran admirador de todo lo inglés, conseguí descubrirlo aquella misma noche. Me enteré de que Adrián, andando en busca de asunto para una ópera, se había interesado, ya mucho antes de acometer el trabajo en serio, por "Penas de Amor Perdidas". Y lo que él quería de Schildknapp, hombre además versado en música, era que se encargara de la preparación del texto, cosa a la que el interesado se mostraba poco dispuesto, en parte a causa de sus trabajos personales y en parte también porque no creía que Adrián pudiese retribuirle inmediatamente el esfuerzo que le pedía. Este servicio se lo presté yo más tarde a mi amigo y recuerdo aun hoy con placer la primera conversación exploratoria que tuvimos aquella noche sobre el asunto. Pude darme cuenta entonces de que la tendencia a hermanar la música con la palabra, con la articulación vocal, le dominaba cada día con más fuerza. Se consagraba casi exclusivamente a la composición de canciones, incluso algunos fragmentos épicos, sobre texto extraídos de una antología mediterránea en la que figuraban, felizmente traducidas al alemán, ejemplos de lírica provenzal y catalana de los siglos XII y XIII, poesías españolas, portuguesas e italianas, incluso algunos pasajes exaltadamente visionarios de la Divina Comedia. Dadas la época musical y la edad del compositor, era poco menos que inevitable la influencia de Gustav Mahler, sensible en diversos pasajes. Pero, al propio tiempo, se imponían ya a la atención cierta sonoridad, cierto estilo, una visión, una originalidad, reciamente afirmados y nutridos de su propia savia que hacían presentir al maestro de la grotesca Historia del Apocalipsis.
        Aparecía esto con la máxima claridad en las canciones compuestas sobre texto del Purgatorio y el Paradiso de Dante, elegidos con un certero sentido de su afinidad con la música, y muy particularmente en el fragmento que más me impresionó y que Kretzschmar había también celebrado, cuando el poeta deja que en la luz de la frente de Venus describan sus círculos otras luces más pequeñas, que son las almas de los santos, "moviéndose unas más aprisa, otras más despacio, según su modo de contemplar a Dios". El poeta compara estas luces a las chispas que surgen en la llama, a las voces que se distinguen en el canto, cuando unas se enlazan con otras. El reflejo musical de las chispas en el fuego, las voces que se entrelazan unas con otras, me sorprendieron y encantaron. Y sin embargo no sabía si mis preferencias iban a estas fantasías sobre la luz en la luz o a otros fragmentos más sutiles, en los que el pensamiento predomina sobre la visión. Adrián había elegido la serie de duros versos que explican la condena de la inocencia, la incomprensible justicia que precipita en el infierno a los buenos y puros no bautizados, no tocados por la fe. No había vacilado ante la traducción musical de la atronadora respuesta que proclama la impotencia de la bondad de las criaturas ante la bondad en sí, fuente de la suprema justicia que no puede apartarse de su ley para tener en cuenta lo que puede parecer injusto a nuestro entendimiento. Esta negación de lo humano en favor de una predestinación absoluta inaccesible me indignaba y he de decir que siempre me han inspirado cierta repugnancia las marcadas preferencias de Dante por la crueldad y el martirio, sin dejar por ello de admirar la grandeza de su genio. Recuerdo que censuré a Adrián la elección de este insoportable episodio para tema de una de sus composiciones, y fue entonces cuando sorprendí en él, por primera vez, un modo de mirar nuevo para mí, y en el cual pensaba precisamente al preguntarme si, durante el año de nuestra separación, mi amigo no había cambiado en nada. Este modo de mirar, que había de conservar en lo sucesivo, aun cuando sólo se manifestara ocasionalmente y, muchas veces, sin motivo especial alguno, era en verdad algo nuevo: mudo, nublado, distante hasta los límites de lo ofensivo, lleno de sentido sin embargo y de una fría tristeza, acompañado al final de una desdeñosa sonrisa con los labios cerrados y de un movimiento de repliegue que era ya uno de sus gestos acostumbrados.
        La impresión era dolorosa y, voluntaria o involuntariamente, molesta. No tardé en olvidarla, de todos modos, a medida que iba escuchando la emocionante dicción musical descriptiva del hombre que, en el purgatorio, avanza con una luz en la espalda que, sin iluminarle a él, alumbra el camino de los que le siguen. Los ojos se me humedecían al escucharle. Pero la perfecta configuración musical de los nueve versos con que el poeta inaugura su canto alegórico y lamenta que el mundo no haya de comprender nunca su sentido oculto, me causó más grata impresión todavía. Pero ya que no puede ser comprendida su profundidad, el Creador le encarga que invite a los hombres a admirar su belleza. "¡Fijaos por lo menos en mi hermosura!" La maestría con que el compositor pasa de la extraña confusión de los primeros versos a la luz delicada de este grito y se disuelve con emoción en ella, me pareció desde el primer momento maravillosa y no hube de regatear mi entusiasta aplauso.
        Mejor que mejor si esto tiene ya algún valor y en el curso de la conversación quedó claro que este "ya" no se refería a su juventud sino al hecho de que, por grande que fuera el interés puesto en la composición de sus canciones, consideraba su trabajo únicamente como un ejercicio previo para llegar a la obra musical y dramática que se proponía realizar a base, precisamente, de la comedia de Shakespeare. La alianza con la palabra, por él perseguida, trataba además de exaltarla teóricamente y, a este efecto, citaba una absurda frase de Sören Kierkegaard, para la cual este pensador se atrevía a esperar el asentimiento de los músicos. Nunca me ha interesado mucho, decía Kierkegaard, la música sublime que cree poder prescindir de la palabra porque se estima superior a ella, cuando en realidad le es inferior. Le repliqué con una carcajada y él admitió que, de acuerdo con su estética musical, Kierkegaard no hubiese hecho gran caso del cuarteto opus 132 y que, por otra parte, muchas de sus ideas estéticas eran equivocadas. Pero la frase se ajustaba demasiado bien a sus preocupaciones creadoras para que se aviniera a sacrificarla. Adrián rechazaba la música programática. La consideraba como un producto híbrido de la detestable época burguesa, como un aborto estético. Pero la música y el lenguaje se pertenecían mutuamente, eran en el fondo uno y lo mismo, el lenguaje música, la música un lenguaje, y separadas se invocan una a otra, se imitan, se sustraen una a otra los medios de expresión. Que la música puede ser en principio palabra, puede ser pensada y planeada verbalmente, pretendía demostrármelo Adrián con el ejemplo de Beethoven, sorprendido varias veces en plena composición de música verbal. "¿Qué está escribiendo en su libro de notas?", preguntó alguien. "Compone –fue la respuesta-. Pero lo que escribe no son notas sino palabras." Y así era, en efecto. Anotaba ordinariamente con palabra el movimiento ideal de una composición, y apenas si añadía a lo escrito un par de notas musicales. Adrián hablaba de la cosa con visible placer. La idea artística, decía, constituye una sola y particular categoría intelectual, pero es difícil imaginar que las palabras puedan ser el primer esbozo de un cuadro o de una estatua – con lo cual queda demostrado el especial parentesco de la música y el lenguaje. Es natural que la música se inflame en la palabra y que la palabra surja de la música como ocurre al final de la novena sinfonía. Es cierto, en último término, que la evolución general de la música alemana tiende hacia el drama musical de Wagner y en él encuentra su objetivo.
        -No su objetivo sino un objetivo –dije yo, y mencioné el caso de Brahms y lo que había añadido de absolutamente musical al episodio de la "luz en la espalda". Adrián aceptó la limitación tanto más fácilmente por cuanto que la obra que se proponía realizar no tenía nada de wagneriano. Se situaba al contrario en los antípodas del misticismo patético y del elemento demoníaco de la naturaleza. Era una renovación de la ópera bufa lo que perseguía, caracterizada por la viveza de la acción y la burla del ascetismo afectado y de los remilgos que son el fruto social de los estudios clásicos. Me habló con entusiasmo del asunto y de la oportunidad que ofrecía para confrontar el atolondramiento espontáneo con lo cómicamente sublime, sirviéndose del primero para poner en ridículo lo segundo y recíprocamente. El heroísmo arcaico y la etiqueta extremada de una época extinguida resaltaban en el personaje de Don Armado, en el cual veía Adrián, con razón, una figura operática de primer orden. Y me citaba, en inglés, los versos de la obra que más le habían impresionado.
        Me era grato su entusiasmo, su amor por el asunto, aun cuando no lo compartiera. Las burlas y befas a costa de los excesos del humanismo me entristecían siempre porque, en fin de cuentas, acababan por ridiculizar también al humanismo en sí. Esto no me privó de escribir, más tarde, el libreto de la ópera. Traté en cambio, con todas mis fuerzas, de quitarle de la cabeza la idea de escribir su ópera sobre el texto inglés. Atraído por los juegos de palabras, la versificación popular las rimas vulgares del texto original, entendía Adrián que debía emplearlo como el único auténtico, apropiado y digno de la obra. Se negaba a admitir la objeción principal que podía hacérsele, a saber, que un texto en lengua extranjera era obstáculo suficiente para cerrar a su ópera las puertas de los teatros alemanes. Se negaba igualmente a admitir que sus sueños exclusivos y absurdos pudieran ser ofrecidos a un público contemporáneo. Era una idea barroca, pero profundamente anclada en su carácter, formado, a la vez, de orgullosa timidez, de acusado provincialismo alemán y de resuelto espíritu cosmopolita. No en vano era hijo de la ciudad donde está enterrado Otón III. Su aversión al germanismo que esta figura histórica representa (una repugnancia que le hacía simpatizar con el anglófilo y anglómano Schildknapp) quedaba doblemente patentizada en esa timidez y en ese anhelo universal que, unidos, le sugerían el propósito de ofrecer al público alemán canciones en lengua extranjera, o mejor dicho, de servirse de una lengua extranjera para no tener que ofrecer sus canciones al público alemán. Durante el año de mi permanencia en Leipzig, Adrián compuso, en efecto, una serie de canciones sobre poemas de Verlaine y de William Blake, este último uno de sus autores favoritos, que no fueron interpretadas hasta decenios después. Algunas de sus melodías, con letra de Verlaine, tuve ocasión de oírlas más tarde en Suiza. Una de ellas es el maravilloso poema con el último verso "C'est l'heure exquise"; otra la menos encantadora "Chanson d'Automne"; una tercera está inspirada en las tres estrofas, locamente melódicas, que empiezan así: "Un grand sommeil noir - tombe sur ma vie." Asimismo había encontrado Adrián inspiración en algunos poemas extravagantes de las "Fêtes Galantes", como "He, bonsoir la lune" y el macabro "Mourons ensemble, voulez-vous?", proposición a la que se da la risa por respuesta. – De las extrañas poesías de Blake Adrián había elegido, entre otras, la de la destruida por el amor de un gusano, oculto en su lecho carmesí, y el lúgubre "Árbol envenenado", para cuya maléfica sencillez encontró el músico admirables acentos. Pero más profunda aun fue la impresión que me causara otra melodía con palabras de Blake, la que describe el sueño de una capilla ante la cual se detienen los desesperados, los que sufren y lloran, sin atreverse a entrar en ella. Surge entonces una serpiente que consigue penetrar en el sagrado lugar y arrastrando su cuerpo viscoso sobre la fina madera del suelo llega hasta el altar donde, con su veneno, profana el pan y el vino. Y el poeta, con desesperada lógica, añade: "por esto –y-, después de esto –dice el poeta- me retiré a un corral y me acosté entre los cerdos". El ensueño y el espanto de la visión, el terror creciente, el horror de la profanación y el renunciamiento frenético a una Humanidad caída encontraban en la música de Adrián un sorprendente reflejo.
        De todas estas cosas se hablará más adelante, aun cuando tengan también su lugar en un capítulo consagrado, como el presente, a los años de la vida de Adrián transcurridos en Leipzig. Aquella noche, pues, después de mi llegada, oímos el concierto del cuarteto Schaffgosch y al día siguiente fuimos a ver a Kretzschmar. A solas me habló el tartamudo de los progresos de Adrián en términos que me colmaron de orgullosa satisfacción. Estaba seguro, me dijo Kretzschmar, de que nunca habría de lamentar el haber hecho cuanto estaba de su mano para que Adrián se dedicara a la música. Cierto que la vida, interior y externa, no habría de ser fácil para un espíritu tan dueño de sí mismo, tan resueltamente enemigo de lo vulgar y de cuanto pudiera halagar los gustos del vulgo. Pero más valía así. Sólo el arte podía dar sentido y densidad a una vida que la extrema facilidad hubiese, de otro modo, condenado a una mortal indiferencia. – Me matriculé en los cursos de Lautensack y del famoso profesor Bermeter, contento de que Adrián no me obligara ya a ocuparme de teología, y fui presentado en la tertulia del "Café Central", club de gentes más o menos inclinadas a la bohemia, instalado en una sala especial, ennegrecida por el humo, donde los socios se reunían cada tarde para leer periódicos, jugar al ajedrez y platicar sobre temas intelectuales y culturales. Había allí conservadores de museos, pintores, escritores, jóvenes libreros y editores, abogados amigos de las Musas y, también, un par de actores del teatro "Leipziger Kammerspiele", la escena literaria de la ciudad. Rüdiger Schildknapp se dedicaba, como ya he dicho, a trabajos de traducción. Había pasado ya los treinta y nos llevaba varios años de ventaja. De todos los miembros del círculo era el único con quien Adrián tenía cierta intimidad, y esto hizo que yo le tratara también de cerca, durante las muchas horas que pasé con ambos. En el perfil de su personalidad que voy a trazar se reflejará, sin duda, el espíritu crítico con que no podía dejar de examinar a un hombre que Adrián distinguía con su amistad, aun cuando haya de procurar ser justo con él, según mi costumbre.
        Schildknapp, hijo de un funcionario de correos, nació en una ciudad de mediana importancia de Silesia. Su padre ocupaba en la jerarquía administrativa un lugar relativamente elevado, aun cuando no podía ascender a los altos puestos, reservados para los empleados que estaban en posesión de un título académico. Era, por otra parte, el padre Schildknapp, hombre de buena educación y buenas maneras, socialmente ambicioso, y el hecho de no poder penetrar en los círculos superiores de la ciudad, o de sufrir humillaciones cuando ocasionalmente se introducía en ellos, había agriado su carácter y los miembros de su familia se veían obligados a aguantar las consecuencias de su mal humor. Rüdiger solía contarnos, con mayor causticidad que condescendencia, cómo las decepciones sociales del padre les había amargado la vida a la madre, a sus hermanas y a él mismo. No de un modo grosero. El hombre era demasiado refinado para ser violento. Sus plañidos, la conmiseración que por sí mismo sentía, eran de una gran suavidad. Llegaba un día, por ejemplo, se sentaba a la mesa y a la primera cucharada de la sopa fría de frutas que con frecuencia se come en Silesia durante el verano, tropezaba con el hueso de una cereza que le hacía saltar la corona de un diente. Con voz temblorosa empezaba el rosario de las lamentaciones: "Ya lo veis –decía-, así va todo conmigo, era natural que me ocurriera, no podía ni debía ser de otro modo. Me he sentado a la mesa con ilusión, con apetito. Hace calor y la sopa fría hubiese sido un placer refrescante. Ya lo habéis visto. Los placeres no son para mí. Renuncio a la comida y me voy a mi despacho. ¡Que aproveche!" Y se marchaba en efecto, profundamente deprimido.
        Fácil es comprender hasta qué punto esos tristes y grotescos recuerdos juveniles divertían a Adrián, aun cuando él y yo impusiéramos a nuestra risa cierta reserva, por respeto al padre del interesado. Rüdiger aseguraba que este sentimiento de inferioridad social del padre se había comunicado a toda la familia y que él mismo no había salido de la casa paterna sin llevar consigo una herida moral. Pero esto fue causa precisamente de que el hijo se negara a vengar las humillaciones del padre y a seguir, para ello, la carrera administrativa con el propósito de acceder a los más altos puestos. Su familia le hizo seguir estudios universitarios, pero Rüdiger, en lugar de hacer oposiciones al puesto de "asesor", primer eslabón de la carrera administrativa superior en Alemania, prefirió renunciar al apoyo financiero de la familia y dedicarse a la literatura. Escribió poesías en verso libre, artículos de crítica y breves relatos en prosa, de estilo sumamente depurado; pero obligado en parte por la necesidad económica y, también, porque su producción no era excesivamente voluminosa, se dedicó con preferencia a trabajos de traducción, y en particular a traducciones del inglés, su lengua preferida. Traducía, para diversos editores, obras literarias de autores ingleses y norteamericanos y preparaba, además, para una editorial especializada de Munich, ediciones de lujo de adaptaciones alemanas de la literatura inglesa antigua: los proverbios dramáticos de Skelton, fragmentos escogidos de Fletcher y Webster, poesías didácticas de Pope, así como las obras completas, admirablemente traducidas, de Swift y Richardson. Para estas ediciones preparaba eruditas notas introductorias. Sus textos eran concienzudos, escritos con gusto certero, finamente estilizados. Tenía la obsesión de la fidelidad, de la equivalencia expresiva de las lenguas, y estaba cada vez más poseído por los problemas de la reproducción verbal y el estimulante esfuerzo que su solución exigía. Pero todo ello no dejaba de colocarle, aun cuando fuera distinto el plano, en situación de espíritu semejante a la de su padre. Se sentía escritor, capaz de crear por su propia cuenta, y hablaba con amargura del trabajo, al servicio de lo ajeno, que la necesidad le imponía y cuyo yugo humillante tenía que sufrir. Aspiraba a ser poeta, tenía la convicción de serlo y el tener que ocuparse de las obras de los demás para ganarse la vida le inducía a juzgar severamente lo que hacían otros escritores. "Si sólo tuviera tiempo –solía decir- y pudiera trabajar como es debido, en lugar de agotarme trabajando, ya verían entonces de lo que soy capaz." Adrián se inclinaba a creer sus palabras. Por mi parte, quizás injustamente, veía en ellas, sobre todo, un pretexto que le servía para disimularse a sí mismo la ausencia de un genuino y arrollador impulso de creación.
        Con todo, no era un hombre sombrío o taciturno, sino al contrario alegre hasta los límites de la tontería y dotado de un sentido del humor verdaderamente británico. Su carácter tenía algo de infantil, de lo que los ingleses llaman boyish. Inmediatamente se hacía amigo de cuantos ingleses llegaban a la ciudad: turistas, juerguistas, aficionados a la música. Hablaba con ellos en inglés como un inglés y, por otra parte, sabía caricaturizar de modo irresistiblemente cómico sus esfuerzos para hablar alemán. Físicamente se parecía a un inglés cualquiera y al anotar este detalle me doy cuenta de que hasta ahora nada he dicho de su físico. Era un hombre de buen ver y, a pesar de ir siempre vestido de igual manera, a lo que le obligaban las circunstancias, muy elegante y deportivamente airoso. Muy acusados los trazos de su rostro, cuya nobleza sólo era perjudicada por el perfil de su boca, incierto y algo blando, rasgo por otra parte frecuente entre las gentes de su región. Alto de estatura, ancho de espaldas, fino el talle, pernilargo, llevaba constantemente un pantalón corto de montar, con altas medias de lana, recios zapatos de color, una camisa de grueso hilo con el cuello abierto y una chaqueta cualquiera de indefinido color a fuerza de usada, con las mangas algo cortas. Las manos eran distinguidas, de largos dedos ovaladas uñas. De pies a cabeza un caballero, y su natural distinción era tanta que le permitía presentarse vestido como siempre y sin llamar por ello la atención en reuniones donde era corriente el traje de etiqueta. Tal cual, las mujeres lo preferían a sus rivales bien trajeados. Su presencia provocaba siempre un número considerable de admiraciones femeninas.
        ¡Y sin embargo! Si es cierto que su indigente indumentaria nada podía contra su innata elegancia, y que ésta se imponía como una verdad auténticas, esta verdad era en parte engañosa, y desde cierto complicado punto de vista Schildknapp resultaba ser un impostor. Su aspecto deportivo inducía a error, porque, en realidad, no practicaba ningún deporte, como no fueran los esquís durante el invierno, en la Suiza sajona, con sus amigos ingleses. De estas excursiones solía volver acatarrado, y esos catarros no eran precisamente benignos. A pesar del color moreno de su tez y de sus anchas espaldas, su salud no era muy sólida. Siendo muchacho sufrió una hemorragia pulmonar, signo evidente de predisposición a la tuberculosis. Pude darme cuenta de que su éxito con las mujeres era mayor que el éxito de las mujeres con él – por lo menos en cuanto a las relaciones individuales se refiere. Admiraba a las mujeres en conjunto y sin reservas, con una admiración difusa y general que iba tanto hacia ellas como a todas las posibilidades de felicidad que la vida contiene. Pero los casos concretos lo encontraban pasivo, calculador y reservado. Le bastaba, al parecer, con saber que podía tener cuantas aventuras apeteciera y rechazaba los enlaces con la realidad porque veía en ellos una usura de sus potencialidades. Lo potencial era de su dominio, el espacio infinito de lo posible era su reino – y en este sentido podía decir que era efectivamente un poeta. De su nombre –que en castellano significa escudero- deducía que sus antepasados habían sido edecanes de príncipes y nobles, a los que acompañaron en sus correrías, y aun cuando nunca había montado a caballo ni trataba de hacerlo, se sentía nacido para caballero. Nada le era más fácil, imaginativamente, que aguantar las riendas con la mano izquierda y acariciar con la derecha el cuello de un corcel. Cabalgaba a menudo en sueños y esto lo explicaba por la acción de atávicos recuerdos y de la sangre heredada. El giro verbal de que se servía con mayor frecuencia era: "Debiéramos". Era una piadosa fórmula para considerar posibilidades a cuya realización se oponía la impotencia para decidir. Debiéramos hacer esto o aquello, ser esto o aquello, tener esto o aquello. Escribir una novela sobre la sociedad de Leipzig, hacer un viaje alrededor del mundo aun cuando fuera lava platos, estudiar física y astronomía, adquirir una pequeña propiedad y regar la tierra con el sudor de la frente. Si entrábamos a comprar café en una tienda de coloniales era capaz de murmurar a la salida: "Lo que debiéramos hacer es explotar una tienda de coloniales".
        He hablado ya del espíritu de independencia que animaba a Schildknapp, sentido que se manifestó en su negativa a ponerse al servicio del estado y en su elección de una profesión libre. Esto no le impedía servir a muchos dueños y tener bastante de gorrón. Sus reducidos medios de vida justificaban en cierto modo que tratara de sacar partido de su buen tipo y de su sociabilidad. Era invitado con frecuencia, incluso por familias israelitas, y ello a pesar de sus pujos de antisemitismo. Es frecuente entre las personas de ventajoso físico que se sienten arrinconadas, que no creen gozar de la consideración merecida, buscar satisfacción en el orgullo racial. Lo particular de su caso era que tampoco tenía simpatía por los alemanes, cuya inferioridad social, en el concierto de los pueblos, le parecía evidente. Así trataba de explicar su predilección por los judíos. Éstos, por su parte, y muy especialmente las damas de editores y banqueros, proyectaban sobre Schildknapp la profunda admiración que la señorial sangre alemana y las largas piernas de los alemanes les inspiran y se complacían en colmarle de regalos. Las medias de sport, cinturones, chalecos y bufandas que lucía Schildknapp eran en su mayor parte regalos y no siempre del todo espontáneos. Le divertía acompañar a alguna de esas damas cuando iban de compras y decir de pronto de una cosa cualquiera: "No se me ocurriría llevar una cosa así, a menos que me la regalaran." Y aceptaba el regalo con el aire del hombre que ya había dicho que se trataba de algo que no era de su gusto. Por lo demás, afirmaba su independencia ante sí y ante los otros negándose sistemáticamente a ser servicial. Cuando se le necesitaba podía estar uno seguro de no encontrarle. Cuando sabía que le invitaban por necesidad, para llenar un vacío, rechazaba sistemáticamente la invitación. Si uno de sus conocidos, por ejemplo, emprendía un viaje de convalecencia y le pedía que le acompañara para distraerle, se excusaba por principio. Lo mismo hizo con Adrián al ser solicitado para preparar el texto de "Penas de Amor Perdidas". Esto no era obstáculo para que fuese grande y sincero su cariño por Adrián, cuya tolerancia era infinita para todas las debilidades de Schildknapp, el cual, por su parte, era el primero en mofarse de ellas. Su simpatía, su buen humor, su arte para contar, hacían que todo le fuera perdonado. Nunca he visto a Adrián reírse de tan buena gana, hasta las lágrimas, como en conversación con Rüdiger Schildknapp. Verdadero humorista, tenía el talento de infundir una formidable fuerza cómica a las cosas más insignificantes. Es un hecho, por ejemplo, que el comer galletas llena el oído del que las come de una resonancia interior que lo aísla de los ruidos exteriores. Había que oír a Schildknapp la imitación de los diálogos –"¿Cómo dijo usted?", "¿Ha dicho usted algo?", "Un momento, por favor", "Le oigo mal, debe ser el viento"- entre personas que toman el té y tienen cada una de ellas media galleta en la boca. Adrián se torcía de risa, pero mucho más todavía cuando Schildknapp criticaba e increpaba a su propia imagen en el espejo. Schildknapp era vanidoso. No lo era en el sentido trivial de la palabra, sino desde un punto de vista que pudiéramos llamar poético. Deseaba conservarse joven y bello para ser digno del infinito potencial de felicidad, tan superior a su propia capacidad de decisión, que el mundo contenía, y se horrorizaba ante los signos de precoz senilidad que veía aparecer en su rostro. Su boca, que tenía ya de por sí algo de viejo, y la nariz, que aún podía ser considerada como el clásico perfil, pero cuya tendencia al descenso era manifiesta, prefiguraban en cierto modo la fisonomía de un Rüdiger entrado en la ancianidad. Añádase a esto los pliegues de la frente, los surcos entre la nariz y la comisura de los labios, más toda suerte de arrugas y arruguillas. Desesperado por tan numerosos signos, Schildknapp se acercaba con aire desconfiado al espejo, formulaba una amarga mueca, apoyaba el mentón en el índice y el pulgar de la mano izquierda y, después de estirarse la piel de las mejillas, se despedía de su propia imagen con un gesto de la mano derecha lo bastante elocuente para que Adrián y yo nos revolcáramos materialmente de risa.
        No he dicho aún que sus ojos eran del mismo color que los de Adrián. Coincidencia curiosa. La misma mezcla de gris, azul y verde, el mismo círculo castaño rojizo en torno de la pupila. Por extraño que esto pueda parecer, siempre creí, y ello me tranquilizó en cierto modo, que esta identidad en el color de los ojos era una de las causas de la amistad de Adrián por Schildknapp. En otras palabras, me pareció que esta amistad descansaba sobre una tan profunda como alegre indiferencia. No hace falta decir que ambos se trataban de usted y se nombraban por el apellido. Adrián no me encontraba a mí tan divertido como a Schildknapp – pero el tuteo de la infancia era una ventaja que yo llevaba sobre el otro.