FEDERICO A TITO
FEDERICO CHOPIN
CORRESPONDENCIA DE FEDERICO CHOPIN
HACHETTE S.A., BUENOS AIRES, 1958
TRAD. Y REC. BRONISLAS E. SYDOW, COM. P. BENSAYA, 1998


Veamos primero algunos datos cronológicos. Chopin, a los 21 años de edad, en París, fecha esta carta el 12 de diciembre de 1831. Otros hombres mencionados en ella, casi todos muy famosos hoy, tenían las siguientes edades:

NOMBRE EDAD
Czerny 40
Field 49
Herz 28
Kalkbrenner 43
Listz 20
Päer 60
Paganini 47
Rossini 39

        Es esta la famosa carta en la que Chopin cuenta, a su íntimo amigo Tito Woyciechowski, la proposición que le ha hecho Kalkbrenner. La propuesta era que estudiara con él a fin de corregir su "falta de escuela", estudio que duraría 3 años. Ciertamente Chopin jamás estudió 3 años con Kalkbrenner, al menos en esos términos por lo que se sabe hasta ahora. Parte de los comentarios de esta carta ya habían sido escritos a su familia en Polonia, probablemente en los primeros días de noviembre del mismo año. Lamentablemente no poseo ese documento. Esa carta tuvo que ser escrita ya que su hermana le escribe a París, con fecha 27 de noviembre, dándole la opinión familiar con respecto a la proposición de Kalkbrenner y sobre todo la de Elsner que "cree que se debe a la envidia" (Elsner siempre insistió en que Chopin debía dedicarse a "lo grande". La ópera, según él, era lo grande; opinión bastante generalizada en su época). Un punto de vital trascendencia es la opinión de Chopin con respecto a la ejecución de Kalkbrenner, lo considera el más grande de todos los pianistas; deberemos tener en cuenta que dicho juicio está emitido desde sus 21 años y que todavía Listz se encuentra algo lejos de su apogeo. Por lo demás, la carta posee mucha información musical de primer orden, si se le cambiaran los nombres y algo de su estilo... resultaría escrita hoy ¡Qué poco han cambiado ciertas cosas!



Federico Chopin a Tito Woyciechowski en Poturzyn
París, 12 de diciembre de 1831

Carísima vida mía:
        Tu carta me ha devuelto la vida. ¡Qué porrazo! Las noticias más contradictorias me llegaban respecto a tu accidente. Interpretaba yo de la manera más extraordinaria los términos contenidos en las cartas que me llegaban de casa, y Kot [1], que me escribió se expresaba en forma tan rara que le tomé miedo a los pensamientos que se me ocurrían. ¡En fin, nos veremos otra vez en esta vida! ¡Cuántos cambios, cuánta miseria! ¡Quién hubiera podido preverlos! ¡Recuerdas aquel consejo que hubo de noche en Viena la víspera de tu partida! A mí me trajo aquí el viento, donde se respira dulcemente, pero quizá se deba a ello que es aún más fácil suspirar. París es todo lo que quieras. En París uno puede divertirse, aburrirse, reír, llorar, hacer todo lo que le venga a uno en gana; nadie se fija, pues hay miles de personas que hacen lo mismo y todos a su manera. Ignoro si en algún lugar hay más pianistas que aquí; tampoco sé hay en otro sitio tantos imbéciles y virtuosos. Has de saber que llegué aquí con muy pocas recomendaciones. Una carta de Malfatti para Paër, algunas cartas de Viena para los editores y nada más. Sólo en Stuttgart me enteré de la caída de Varsovia, y fue allí donde tomé la resolución de venir a este otro mundo. Gracias a Paër, director de orquesta de la corte, conocí a Rossini, a Cherubini, etc., a Baillot [2], etc. Fui presentado también por su intermedio a Kalkbrenner. Tenía muchísima curiosidad por conocer a Herz [3], Liszt [4], Hiller [5] y otros. Todos ellos son ceros comparados con Kalkbrenner. Te confieso que toqué como Herz, pero quisiera tocar como Kalkbrenner. Si Paganini es la suma perfección, Kalkbrenner se le puede comparar pero en otra forma. Es muy difícil describir su aplomo, su encantadora manera de tocar, la igualdad sin paralelo de su ejecución y esa maestría que se revela en cada una de sus notas. Es un gigante que pisotea los Herz, los Czerny, etc., y por consiguiente, a mí.
        ¿Qué sucedió? Presentado a Kalkbrenner, éste me rogó tocar algo. No habiéndolo nunca oído, pero sabiendo cómo toca Herz, ahuyenté todo orgullo de mi corazón y, de buena o mala gana, me senté al piano. Toqué mi Concierto en Mi menor, para el cual los renanos, Lindpaintner, Berg, Stunz, Schunk y toda la Baviera, no habían hallado bastantes elogios. Sorprendí al señor Kalkbrenner, que me preguntó enseguida si no era discípulo de Field [6]. Declaró que poseía el modo de tocar de éste con la ejecución de Cramer [7]. (Me llenó el alma de alegría.) Mayor alegría sentí aún cuando Kalkbrenner, que se había sentado al piano para demostrarme su habilidad, se equivocó y tuvo que detenerse. Pero hubieras debido oírlo cuando empezó a tocar otra vez. Jamás me hubiese imaginado nada semejante. Desde entonces nos vemos todos los días ora en su casa, ora en la mía. Luego de haberme examinado bien, me aconsejó seguir sus lecciones durante tres años, afirmando que me convertiría en algo muy, pero muy... Sé cuánto me falta, le respondí, agregando que no deseaba imitarlo y que tres años era demasiado tiempo. Mientras tanto me demostró que toco maravillosamente bien cuando estoy inspirado, y malísimamente mal cuando no lo estoy, lo que a él nunca le sucede. Me observó detenidamente y, según él, carezco de escuela y aunque estoy bien encaminado puedo extraviarme. Agregó que después de su muerte, o cuando deje de tocar, no quedará representante alguno de la gran escuela de piano y que yo no sería capaz, aunque lo quisiera, de crear una escuela nueva sin conocer la antigua. En una palabra, no me considera como una máquina perfecta y juzga que debido a esa causa el desarrollo de mis ideas se verá limitado. Encuentra que mis composiciones poseen carácter y afirma que sería lástima que no me mostrara a la altura de mis promesas. Así pues, si estuvieras aquí me dirías: "Estudia, muchacho, cuando aun estás a tiempo." Muchos son los que me han disuadido. Juzgan que soy capaz de tocar tan bien como él y creen que a éste lo mueve el orgullo y que desea decir algún día que fui su discípulo, etc., etc. No son más que bromas. Si aquí todo el mundo siente la mayor estima por el talento de Kalkbrenner, son escasos los que pueden aguantar al hombre, pues no es de aquellos que conceden su amistad al primer idiota que llama a su puerta y, tan cierto como te quiero, está por encima de todos los que he oído aquí. Puse a mis padres al corriente de su propuesta. Ellos parecen estar de acuerdo, mientras que Elsner cree que se debe a la envidia. Sea como fuere (gozo ya de mucha fama entre los artistas), daré un concierto el 25 de diciembre. Baillot, el célebre rival de Paganini, el famoso oboísta Brodt [8] tocarán, y ejecutaré mi Fa menor y las Variaciones en Si bemol mayor. A propósito de éstas, imagínate que recibí hace algunos días de Cassel una crónica de diez páginas que me ha escrito un alemán entusiasta. Luego de una introducción muy dilatada, éste las analiza compás tras compás, y dice que no son en modo alguno variaciones como todas las demás, sino una suerte de tableau fantástico. Refiriéndose a la segunda variación, dice que se ve correr a Don Juan y a Leporello. En la tercera, Don Juan abraza a Zerlina mientras que a mano izquierda Masetto se encoleriza. Finalmente declara que en el quinto compás del Adagio, Don Juan besa a Zerlina en Re bemol mayor. Plater me preguntó ayer dónde tenía ella aquel Re bemol mayor. Muy divertida imaginación la de este alemán que a todo precio quiere que su cuñado proponga esta crítica a Fétis para la Revue Musicale. Al bueno de Hiller le costó mucho impedírselo y tuvo que demostrarle a ese señor Cuñado que ese proyecto en vez de ser razonable era completamente absurdo. Hiller es un antiguo discípulo de Hummel. Su sinfonía y su concierto, que fueron ejecutados hace tres días, causaron sensación. Es un hombre semejante a Beethoven, pleno de poesía, de pasión. Pero volvamos a mi concierto. Ejecutaré además con Kalkbrenner su Marche suivie d'une Polonaise para dos pianos con acompañamiento de cuatro pianos más. Es una locura. Kalkbrenner tocará sobre un inmenso pantaleón. A mí me dan un pianito monocorde, pero cuyo alcance es semejante a un cencerro de jirafa. En cuanto a los otros cuatro instrumentos son poderosos y harán de orquesta. Los tocan Hiller, Osborne [9], Stamati [10] y Sowinski [11]. Este último no puede compararse de ninguna manera con el difunto Alejandro (de quien he conocido aquí una discípula). De cabeza no muy fuerte, tiene sin embargo buena figura y excelente corazón. Norblin, Vidal y el célebre Urhan (viola cuyo igual nunca oí) me secundarán. Las entradas se venden. No obstante es difícil conseguir cantantes. Rossini nos hubiera dado la autorización para pedirlas a la Ópera, si hubiese podido tomar esa decisión sin consultar al otro director, el señor Robert, que no quiso arriesgarse a que le hicieran doscientos o trescientos pedidos iguales. Pero aún no te he dicho nada de la Ópera. Nunca oí nada semejante al Barbero que cantaron Lablache [12], Rubini [13] y la Malibrán [14] (García). Nunca he oído cantar Otelo como por Rubini, Pasta y Lablache, ni la Italiana como por Rubini, Lablache y Mme. Raimbeaux. En París lo tengo todo, como nunca lo he tenido. ¡No te puedes imaginar lo que es Lablache! Dicen de la Pasta que ya no es tan buena, pero no he oído hasta ahora nada tan sublime. La Malibrán conquista sólo con su maravillosa voz, canta como ninguna. ¡Maravilla de maravillas! Rubini, excelente tenor, canta con toda la voz, no en falsete. Ejecuta gorjeos que duran dos horas y se le ocurre improvisar interminables vocalizaciones, como también hacer vibrar a propósito su voz y prolongar indefinidamente sus trinos, lo que, por otra parte, le vale los más nutridos aplausos. Su mezzo voce es incomparable. He oído también a la Schröder-Devrient [15], pero no está tan en boga aquí como en Alemania. Canta en el papel de Desdémona y la señora Malibrán en el de Otelo. La Malibrán pequeñita y la alemana enorme. Parecía como si la alemana pudiera ahogar a Otelo. Asistir a esa representación costaba bastante caro. Veinticuatro francos cualquier asiento para ver a la Malibrán pintada de negro y no muy bien en este papel. Van a dar pronto El Pirata y La Sonámbula, etc. La Pasta ya ha partido de París. Dicen que ya no cantará más. La orquesta es admirable, pero no tiene punto de comparación con la de la verdadera Ópera francesa (L'Académie Royale). Dudo que se haya alcanzado alguna vez en el teatro el grado de magnificencia a que ha llegado Robert le Diable, la última ópera en cinco actos de Meyerbeer, autor del Crociato. Es la obra maestra de la nueva escuela. Se ven en ella diablos, inmensos coros, que cantan dentro de tubos y almas que se levantan de la tumba, no como ocurre en el Charlatán [16] sino por grupos de cincuenta o sesenta. El teatro es un diorama en cuyo fondo se ve el interior de una iglesia iluminada como para Navidad o Pascua. Se divisan en los bancos multitud de monjes y feligreses con incensarios y, lo que es aún más extraordinario, el órgano, cuya voz surge del escenario, encanta y subyuga, llega casi a tapar la de la orquesta. Meyerbeer se ha inmortalizado. Pero tuvo que quedarse en París tres años antes de conseguir que la representaran. Se dice que gastó veinte mil francos en los actores. Es imposible cantar mejor que la señora Cinti-Damoreau [17]. Prefiero su manera de cantar a la de la Malibrán. La Malibrán sorprende, la Cinti encanta, y sus escalas cromáticas resultan aún mejores que las del célebre Tulou en la flauta. Es imposible hallar una voz más perfeccionada, y tan poco le cuesta cantar que parece que el público no le causa ninguna preocupación. Nourrit [18], el tenor francés, asombra por su sentimiento.


        En la Opera-Comique donde van a representar Fra Diavolo, la Fiancée y Zampa, una nueva y encantadora ópera de Hérold [19], Cholet [20] se presenta en los primeros papeles de amante-seductor. Es a un tiempo admirable e irritante. Es un genio con la voz especialmente dotada para las romanzas y ha hecho de ello un género. Dan ahora en la Opera-Comique la Marquise de Brinvilliers. Es la historia de aquella envenenadora que vivió en los tiempos de Luis XIV o XV. La música fue escrita por ocho compositores: Cherubini, Paër, Berton, Hérold, Auber, Batton, Blangini y Carafa. Sin duda sería difícil reunir mejor compañía para un concierto. ¿Qué te parece? Por lo demás, confieso que no me estoy aburriendo y que evito el ridículo. Pixis me tiene mucha estima: a veces por mi manera de tocar, otras porque está celoso. En efecto, su pupila me mira con mejores ojos que a él. Escríbeme, por amor de Dios, o ven.
        Tuyo hasta la muerte y, tal vez, hasta pronto.
F. Chopin

        El viejo Potier es excelente. El joven está aquí; igualmente están Hervet, Evra, Tierry y Filés, pero aun no los he visto. Habito en el Boulevard Poissonnière Nº 27. En cuanto a ti ni siquiera me has comunicado tu dirección; tuve que pedírsela a Wodzinski. Los pianos Pleyel son el non plus ultra. Entre los polacos que hay aquí veo a Kunasik, Morawski, Niemojewski, Lelewel, Plichta. Por lo que respecta a los demás son un hato de imbéciles. Frecuento bastante a la señorita Jawurek, pero nada más. Es bonita. Oleszczynski tiene la intención de grabar mi retrato. Anteayer fui con Brykczynski a visitar a la señora Tyszkiewicz, pero Poniatowski todavía no ha llegado. Hoy veré a los Montebello. ¡Si no fuese por los Wodzinski no habría sabido tu dirección, atolondrado! Los Wodzinski esperan verte muy pronto. Yo quisiera mucho verte, aunque fuera de cuando en cuando pues la nostalgia me enloquece, particularmente los días de lluvia. La señorita Gladkowska acaba de casarse con Grabowski, pero esto no impide en modo alguno el amor platónico. Baillot llega en este momento. Sello la carta. Quiéreme.
P.S. En la casa donde habito, en el piso de abajo, vive una joven cuyo marido está ausente desde la mañana hasta altas horas de la noche. Mi vecina es muy linda y me ha invitado muchas veces para que la consuele de su soledad. En su casa hay un buen fuego encendido y sería muy agradable sentarse al lado de la lumbre, y ella me ha rogado muchas veces que vaya pensando que algún día me dejaré tentar. Pero no tengo ganas de correr aventuras. Además, sería quizá el medio de entablar relaciones con el bastón del esposo.
        No puedo dejar de describirte la pequeña aventura que corrí en casa de Pixis. Imagínate que vive bajo su techo una bonita señorita de quince años, con la cual (según se dice) quiere casarse. Había conocido a esa joven cuando fui a visitar a Pixis en su casa de Stuttgart. En cuanto llegué aquí Pixis me invitó sin decirme (pues en ese caso no hubiera tardado tanto) que esa señorita –por lo demás yo la había olvidado- lo había acompañado a París. Ahora bien, me encontré con su pupila en la escalera. Al verme demostró mucha alegría y me invitó a entrar, diciéndome que no había en ello ningún mal. "El señor Pixis no está en casa", agregó, "pero puede pasar para descansar un rato; él no tardará en llegar, etc..." Una suerte de temblor nos sobrecogió a los dos. Me excusé sabiendo cuán celoso es el viejo, y le dije que volvería otro día, etc. Y mientras seguíamos hablando inocentemente en la escalera, de improviso llegó Pixis. Blandió (como Soliva) su mirada a través de gruesos lentes para ver quién allá en lo alto hablaba con su belle. Qué prisa se daba, el pobrecito. Pronto estuvo frente a mí, diciéndome brusquement: "Bonjour", y volviéndose hacia ella: " Qu'est-ce que vous faites ici?" antes de abrumarla con una interminable jeremiada sembrada de juramentos alemanes por haberse atrevido a recibir en su ausencia a un joven. Y yo mismo con una sonrisa (y cara de no saber nada), le hice notar, como si estuviese aprobando a Pixis, que había salido de su cuarto vestida muy ligeramente (en simple vestido de seda). Finalmente el viejo se calmó, y luego de recobrarse me tomó del brazo y no sabía qué hacer para ponerme cómodo cuando entramos en la sala. Sin duda temía enfadarme, pues cuando él no estuviese en su casa podría jugarle una mala pasada, o más bien jugársela a su pupila. Después me acompañó hasta la escalera, pero al notar que todavía seguía viéndome para mis adentros (en efecto, era incapaz de disimular mi alegría: era la primera vez que encontraba a gente que sospechaba que yo era capable de cometer semejante acto), como veía mi gozo, entró en la portería para averiguar si hacía mucho que yo había subido. Desde aquel momento, Pixis no escatima los elogios para alabar mi talento a todos los editores y particularmente a Schlesinger. Éste me aconsejó escribir variaciones sobre los temas de Roberto, ese Roberto que compró en 24.000 francos a Meyerbeer. ¿Qué te parece? ¡Yo, un seductor!

NOTAS
1. Probablemente Kostus Pruszak, un amigo común.
2. Luis Salvador Cherubini (1760-1842), compositor italiano. Pedro María Francisco de Sales Baillot (1771-1842), célebre violinista francés.
3. Enrique Herz (1806-1888), compositor, virtuoso y maestro de piano. Fabricante de pianos.
4. Franz Listz (1811-1885), célebre compositor y virtuoso húngaro.
5. Ferdinand von Hiller (1811-1885), compositor, pianista y musicógrafo alemán, amigo de Chopin.
6. John Field (1782-1837), compositor y pianista irlandés, creador del género nocturno que tanto enriqueció Chopin con sus composiciones.
7. Juan Bautista Cramer (1771-1858), pianista, compositor de los conocidos estudios para piano.
8. Enrique Brodt (1801-1839), profesor en el Conservatorio de París. Célebre oboísta.
9. Jorge Alejandro Osborne (1806-1893), pianista y compositor irlandés, discípulo de Kalkbrenner.
10. Camilo-María Stamati, pianista, compositor y maestro de piano en París, discípulo de Kalkbrenner.
11. Alberto Sowinski (1803-1880), compositor y musicógrafo polaco, discípulo de Czerny. Autor de la obra Les musiciens polonais et slaves, París, 1857.
12. Luis Lablache (1794-1854), célebre bajo italiano de origen francés.
13. Juan Bautista Rubini (1795-1854), famoso tenor italiano.
14. María Malibrán-García (1808-1836), una de las más grandes cantantes del siglo XIX.
15. Guillermina Schroeder-Devrient (1804-1860), gran cantante dramática, intérprete de Wagner.
16. El charlatán, ópera de Carlos Kurpinski, compositor polaco.
17. Laura Damoreau-Cinti, nacida en Montaubán (1801-1863), notable cantante francesa.
18. Adolfo Nourrit (1802-1839), célebre tenor de la Ópera de París.
19. José Luis Fernando Hérold (1791-1833), compositor francés de óperas.
20. Juan Bautista Cholet, tenor francés.