EL CANTO DEL VIENTO
ESPECIAL PARA REVISTA FOLKLORE
ATAHUALPA YUPANQUI
REVISTA FOLKLORE, DÉCADA 60, BUENOS AIRES
ORIGINAL, COMENTARIOS P. BENSAYA, 1997


No poseo la fecha exacta de publicación de este material. La revista "Folklore", de gran repercusión, era producida en la década de los 60. Se han respetado las dos fotos originales, Yupanqui y Fleury. Se trata de una serie de artículos que don Atahualpa -ya en Francia- escribía para esta revista; puede verse al final la leyenda "continuará". En otro orden deseo alentar a los jóvenes guitarristas a que estudien las obras de Abel Fleury, son sencillamente magníficas, muy oportunas para una o dos entradas de concierto.

EL CANTO DEL VIENTO

        La guitarra es como un extraño nido que suelta sus pájaros crepusculares cuando el aire se puebla de silencios y nostalgias. Andrés Segovia, prócer de la vihuela, dijo una vez que "la voz de la guitarra es escasa, pero llega lejos. Lejos... hacia lo hondo."


        Esta definición, afirmada en la autoridad y el talento del Maestro, no ha sido aún superada, pues ha fijado en ella la línea exacta del destino superior del instrumento.
        "Lejos... hacia lo hondo."
        En nuestra amada tierra, los gauchos y paisanos, en tres siglos, limaron con la música de la guitarra sus ásperas aristas.Tata Yupanqui
        Hombres toscos, hechos a la ruda vida del campo, hombres de a caballo, con un mar de gramilla y pastizales abajo, y un par de constelaciones allá arriba, vivían en la soledad sin tener conciencia de ella. La soledad era un muro invisible que circundaba la existencia de los hombres. Era un mundo dentro del cual el paisano trajinaba, galopaba, amansaba potros, tropeaba hacienda, torteaba barro, como el hornero, para construir su hogar, sacaba tientos, recortaba caronas, y vivía sin sentir la pobreza como contrapeso, luciendo a veces algún platerío, "siquiera pa'que la luna le haga guiños al ombú..." a través de una rastra o un rebenque, o de unos estribos o de la media luna del freno.
        Pero llegó la guitarra milagrera y andariega, a los galpones de las estancias, y a las pulperías. Y la guitarra le reveló al paisano el panorama exacto de su soledad. Fue el espejo de su alma y su paisaje. Y el paisano se acercó a la vihuela con todos los reclamos de su pudor, con inocente curiosidad de hombre sin miedo. Y el misterio de la guitarra le donó un miedo nuevo, desconocido. Por eso llegó al instrumento usando la máxima delicadeza.


        Sus manos, hechas al rigor del trabajo, se convirtieron en pequeños araditos de plata y seda para trazar sobre la guitarra la melga de una vidalita -semilla del tiempo-, y entonces fue comprendiendo que la soledad era una infinita voz destinada a traducir lo mejor de su espíritu, sus faenas, sus amores, sus recuerdos, su esperanza, su destino.
        Y ya no pudo vivir sin la guitarra. Le cobró "la mesma afición" que a su caballo, lo que ya es mucho decir.
        Y en el correr del tiempo, la pampa se pobló de cánticos diversos.
        Nacieron las trovas, los estilos, las cifras, las milongas; se adaptaron coplas, décimas, temas de danzas, hilachitas del Canto del Viento.
        Y en las sierras, en la selva, en las hondas quebradas del Norte, la guitarra se desveló junto a las quenas de kollas y mestizos, se hermanó con el charango, dialogó con el arpa junto a los anchos ríos, fue revelando mundos de soledad al paisanaje de los cuatro rumbos de la Patria.
        Es que "la voz de la guitarra es escasa, pero llega lejos. Lejos... hacia lo hondo."
        Alguna vez he nombrado a Nazareno Ríos, uno de esos cantores que pasaron, elegidos por el Viento para juntar las trovas dispersas en la llanura.
        Yo era muy niño cuando lo escuché, pero no he de olvidarlo, por la emoción que me produjo su canto y la lección que sembró en su andar. Tañía las cuerdas delicadamente. Y Nazareno Ríos era un gaucho. Cuando elevaba el tono de su voz en un estilo, lo apoyaba haciendo terceras en las bordonas, o breves arpegios graves. De esta manera, su discurso resultaba equilibrado, honesto, cabal. Era como debe ser: un canto donde la conciencia y el sentimiento se consustanciaban, controlándose.
        Muchos años después, un guitarrista me hizo evocar con mayor firmeza a aquel trovero de la pampa. Ese guitarrista fue Abel Fleury. La manera de tratar el modo y desarrollo de sus milongas me recordaron a Nazareno Ríos, aunque Fleury Abel Fleuryera más completo como instrumentista. Pero la sustancia siempre señaló a Fleury como sabedor de la Leyenda del Viento.
        No se pueden tocar así porque sí las milongas de la llanura bonaerense. Es menester profundizar el misterio del paisaje, el silencio y el anhelo del paisano. Es necesario abordar el tema "confidencialmente" aunque haya mucha gente escuchándolo.
        Juan Sebastián Bach, catedral de la verdad musical, decía: "Cuando toco, lo hago pensando que en la sala, anónimo y atento, me está escuchando un gran músico. Para ese gran músico doy mis cantatas".
        Fleury, músico y, además, artista, tocaba sus preludios criollos, sus estilos y milongas, quizá para ese gaucho invisible, anónimo y atento, que oía en la penumbra el mensaje de una guitarra con dignidad. Por eso daba el paisaje en su música. Por eso traducía a su amado pago de Dolores; por eso andaban sus pericones y cifras aromando las noches de Tandil y Azul; por eso lo han visto los campos donde retozan el ñandú, los chajaes, las garzas y los flamencos, camino de Pringles, Tres Arroyos, Bahía, Puán, Trenque-Lauquen, por citar solamente algunos pagos sureños, pero sin olvidar países de nuestra América, ni Madrid, Valencia, Barcelona, Asturias, ni París, Lyon, ni Londres, ni Lisboa.
        "Lejos... hacia lo hondo."
        Actualmente, la velocidad no es "virtud" exclusiva de los aviones y los automóviles. También se ha ganado al mundo de la guitarra. Ha conseguido abaratar su mensaje. Pareciera que la guitarra, cuanto más se acerca a los micrófonos, más se aleja de la tierra y su misterio.
        En nuestro país hay un buen número de mozos guitarreros y guitarristas. Pero, desgraciadamente, prefieren -dada la época- ser cabeza de ratón en lugar de cola de león. Prefieren, y así lo demuestran día a día, ser los mejores entre los mediocres, antes de ser los últimos entre los mejores.
        El vibrato se está perdiendo. Las guitarras de ahora suenan, no vibran. Y ese adminículo que llaman "la púa" es como una esponja de acero encargada de borrar el color del paisaje. Es decir, el paisaje del hombre, mirado, sentido y trasmitido desde adentro.
        No debe darse a mis palabras ningún sentido de animosidad contra nadie. Risso decía: "Hay leña que arde sin humo, cada cual quema su leña." Pienso que me asiste sólo el derecho de dolerme por el destino actual de un instrumento que fue emoción, placer y consuelo de gauchos y paisanos, que reveló en la pampa un mundo para entender y vencer el muro de soledad que aprisionaba al hombre.
        Más de dos siglos de tradición y guitarra campean por la Patria. Es una herencia muy importante, y muy sagrada.
        Nos desvelamos muchas veces por asuntos que no valen la pena. Bueno será que nuestros muchachos, enamorados del canto, entiendan alguna vez la importancia de desvelarse estudiando, meditando, buscando la manera de incorporarse como herederos de ese íntimo y preciado tesoro que esconde la guitarra argentina, esa guitarra cuya voz es escasa, pero que llega lejos.
        "Lejos... hacia lo hondo."