CAMILLE SAINT-SAËNS
REVISTA 'TEATRO COLÓN' NÚMERO 43
LA REDACCIÓN
TEATRO COLÓN, 1997, BUENOS AIRES
ORIGINAL


El rostro de una época perdida

Virtud o defecto, Charles Camille Saint-Saëns encontró en su fenomenal eclecticismo su propio límite, que fue también el de un reconocimiento póstumo más amplio de su importancia en la historia de la música francesa.

Charles Camille Saint-Saëns

        Importancia nacida justamente de esa mal vista cualidad, que en definitiva era sólo voluntad de experimentar, de probar todas las vías que le facilitaban sus prodigiosas dotes innatas. Saint-Saëns compuso con riesgosa facilidad y fecundidad en todos los géneros posibles, sacros y profanos, más de trescientas obras; casi todas dignas, muchas notables (sobre todo las de cámara), otras fascinantes, ninguna realmente inmortal. De uno u otro modo, de él derivan todos los compositores franceses que le sucedieron.


        Nacido en París el 9 de octubre de 1835 y muerto en Argelia el 16 de diciembre de 1921 -niño prodigio comparado con Mozart y anciano fecundo comparado con Verdi- una vida de casi cien años lo ubica en una posición singular en la historia de la música. El año de su nacimiento se estrenaron I Puritani de Bellini, Lucia de Donizetti y La Judía de Halévy; Schumann compuso su Carnaval y Liszt comenzó sus Años de peregrinaje. Mendelssohn, Chopin y Schumann habían llegado al cenit de sus carreras. A la fecha de su muerte, habían pasado ocho años del apocalíptico estreno de La consagración de la Primavera, del que fue renuente espectador, y tres de la desaparición de su detestado Claude Debussy.

Saint-Saëns durante un ensayo de su Concierto Nº 5 para piano y orquesta / París, 1905

        Maurice Ravel, que admiraba a Saint-Saëns por sus dotes de orquestador, ya había compuesto muchas de sus obras mayores y Stravinski venía de iniciar con Pulcinella (1920) su aventura neoclásica.
        Creador desde los bien tempranos tres años de edad, prodigioso concertista de piano desde su debut en la Salle Pleyel a los once, alumno de Halévy en el Conservatorio a los trece, aplaudido organista de la Madeleine a los veintitrés, Saint-Saëns -adolescente aún- comienza a componer en la misma época en que Verdi y Wagner producen sus óperas juveniles y Brahms termina por decidirse a encarar el género sinfónico.
        Como compositor, Saint-Saëns se aproximó alternativamente a Wagner, Haendel, Mendelssohn, Rameau, Beethoven, Lully, Berlioz, Scarlatti, Schumann y Liszt, de la misma manera desordenada en que -acompañando sus itinerarios de viajero contumaz- compuso indistintamente un concierto egipcio, una barcarola portuguesa, una suite argelina, diversas melodías persas y aun una ópera japonesa. Sin embargo, detrás de la imitación es siempre reconocible una personalidad, no muy grande, aunque perfectamente delineada.
        En el curso de su larga vida, no escapó Saint-Saëns al conocido proceso que de a poco va transformando a un inquieto innovador en un reaccionario empedernido. En sus comienzos fue aguerrido paladín de Berlioz, de Liszt (adoptando antes que nadie en Francia la moderna forma del poema sinfónico), de Bizet, de Franck y, temporariamente, de Wagner, cuando el estreno parisiense de Tannhäuser en 1861. Admiración que todos le retribuyeron oportunamente.


        Berlioz lo consideraba "el más notable músico de su tiempo" y Liszt creía ver en él "al mejor músico de toda Francia y Navarra".

Caricatura de 1907

        Con los años, pasó a ensañarse con Paul Dukas y Richard Strauss, como antes lo hiciera con su odiado rival Massenet. Por un lado, llenó de elogios en un artículo al joven Fauré y por otro, atacó ferozmente a Debussy en una carta a Maurice Emmanuel. Es probable que tales arbitrariedades, así como su dificultad para relacionarse con la gente y su permanente mal humor, hayan sido consecuencia de su trágica vida privada. Sus dos hijos pequeños habían muerto y su impulsivo matrimonio con una mujer veinte años menor fue un fracaso.
        Desde entonces prefirió los viajes exóticos y la compañía de los animales. Otro motivo de su conducta antisocial pudo ser el celo terrible con que custodió una fama por la que se bautizaron calles con su nombre, se le erigió una estatua y se le dedicó un museo, inaugurados ambos en su presencia, en 1907, en Dieppe, la ciudad natal de su padre.
        De hecho, Saint-Saëns fue el tipo de músico superdotado cuyas múltiples y precoces habilidades estorban más que ayudan a su reputación postrera. Poseía un oído absoluto y una memoria portentosa con la que se dio el lujo de tocar al piano el Tristán completo, ante el asombro de Wagner, como si tuviese la partitura delante.

Charles Camille Saint-Saëns de niño

        Su curiosidad fue tan grande como su memoria. No había rama del arte o de la ciencia que no despertase su interés. En 1905 dictó una conferencia en la Sociedad Astronómica de Francia sobre los fenómenos del espejismo y en 1908 compuso la primera partitura escrita especialmente para un film, El asesinato del duque de Guisa. Además de otras curiosidades, figuraban entre sus escritos, poemas líricos y comedias teatrales, insólitas notas sobre la decoración escénica en la antigua Roma y hasta un pretencioso libro seudofilosófico titulado Problemas y misterios. Su cultura era realmente vasta, pero Pierre Lalo no deja de tener razón cuando la compara con "una espléndida biblioteca en desorden".
        La naturaleza fue mucho menos generosa con su aspecto físico. Era de muy baja estatura, con una nariz ganchuda como de loro y una voz ronca y ceceante que pronunciaba "Zamzon" en vez de Samson. El sombrero bombín negro, la pulcra barba y la ropa oscura lo asemejaron de viejo al rey Eduardo VII de Inglaterra, que fue coronado con una de sus marchas.
        La música que componía con tanta facilidad era de planos claros, formas armoniosas, límpido discurso y, para algunos, de parcas emociones; el clásico producto, en fin, de un maestroartesano que conoce absolutamente todos los recursos de la técnica. "Saint-Saëns es el hombre que mejor conoce la música de todo el mundo", diría Debussy con un dejo de ironía, corroborando el generalizado prejuicio por el que se suele ver en Saint-Saëns a un frío academista y no a un perfeccionista de las formas.
        Saint-Saëns hizo escuela en la música francesa: Gabriel Fauré y André Messager fueron algunos de sus alumnos famosos en la École Niedermeyer entre 1861 y 1865. Pero mucho más trascendente es su lucha por mantener en alto las banderas del Ars Gallica, para lo que funda en 1871 la Societé National de Musique, entidad que en pleno auge del wagnerismo bregará por un saludable retorno a las fuentes representadas por Marc Antoine Charpentier, Jean Philippe Rameau y Christoph Willibald von Gluck. De la propia pluma de Saint-Saëns es un tratado sobre la notación antigua y una edición de las obras de Rameau. Un aspecto poco conocido de su personalidad fue su interés por la zarzuela española, afición que adquirió en Málaga, Cádiz y Valencia, donde solía hacer escala de camino a unas merecidas vacaciones en las Islas Canarias.
        El propio músico recuerda esto en un artículo aparecido en L'Echo de Paris, donde dice haberse divertido en grande con el dúo de La Africana, El Baile de Luis Alonso y La Verbena de la Paloma.
        A casi cien años vista, el arte de Charles Camille Saint-Saëns es el claro símbolo de un enciclopedismo, de un universalismo que revela a cada instante la lujosa etiqueta del Segundo Imperio, con sus espléndidas y epidérmicas Exposiciones Universales, y se inscribe en un sistema de valores al que por largo tiempo (la caída de los imperios y dos guerras mundiales mediante) no hemos otorgado su verdadera significación.

Dos visitas al Río de la Plata

        Saint-Saëns estuvo dos veces en el Río de la Plata al despuntar el siglo. En 1904 dio una serie de conciertos de órgano en la Iglesia de la Merced y audiciones de música de cámara, con inmenso éxito, en el Odeón porteño, en los teatros Rivera Indarte y Argentino de Córdoba y en el Palacio de la Música de Montevideo. De su paso por la capital uruguaya ha quedado como insólito recuerdo el manuscrito de un himno compuesto por encargo del Partido Colorado. El prometido regreso se produjo doce años más tarde. Entre mayo y junio de 1916 dirigió en el casi flamante Colón las seis primeras representaciones en francés de Sansón y Dalila y, en un concierto celebrado el 7 de julio, el primer acto de la misma ópera, el poema sinfónico La juventud de Hércules (1877), la música de escena para el drama de Brieux La fe (1909) y fragmentos de su ópera Enrique VIII (1883).
        El compositor Arturo Luzzatti narra cómo, en plena guerra mundial y con todas las precauciones del caso (ensayos de salvataje, etc.), viajó desde Génova en el vapor Tomaso di Savoia, junto con el viejo Saint-Saëns, el elenco de Sansón (la mezzosoprano Jacqueline Royer, el tenor Lafitte y el bajo Marcel Journet), así como Titta Ruffo, Ninon Vallin, Armand Crabbé, Rosa Raisa y otras luminarias de la lírica que intervendrían en la temporada del Colón.
        Cuenta Luzzatti que Saint-Saëns mantenía a bordo su reconocida reserva, se levantaba al alba, practicaba el piano, dirigía ensayos y hacía puntualmente los honores de la mesa y el champagne.
        Otro cronista de entonces agrega que el músico fue recibido a su llegada por miembros de la colectividad francesa -el paisajista Charles Thays entre otros- y por los jóvenes compositores argentinos José André y Felipe Boero, que se alojó en el hotel París de la Avenida de Mayo y que de inmediato quiso conocer el Colón.