EL REQUIEM DE VERDI
GRANDES OBRAS
OSCAR LEDESMA
REVISTA CLÁSICA, INTERNET, OCTUBRE DE 2001 [1]
ORIGINAL


"Una obra genial", Johannes Brahms

Hijo al fin de un país sometido, dividido y en lucha, Giuseppe Verdi abrigaba un agudo sentido trágico de la vida. "¿Acaso la muerte no es todo lo que hay en la vida?", respondió cuando le criticaron que en Il trovatore hubiese tantas muertes.


        La vida -parece haber querido sugerir el compositor- es dura, la felicidad pasajera, y la única certeza es la aniquilación final. En su llamado a las acciones nobles y generosas nunca pretendió que éstas no acabasen en sufrimientos, pero las ofreció como la mejor respuesta que podía dar a la muerte.

Giuseppe Verdi

        No obstante el sentimiento religioso que aparece como una constante insoslayable en sus óperas, gracias a su arraigado humanismo, su actitud frente a la fe cristiana no deja de ser un misterio.
        En su Emilia natal, sujeta al dominio pontificio, la dicotomía entre las ideas de la independencia italiana y el catolicismo oficial, generó por años una crónica animadversión contra todo lo relacionado con la Iglesia. Verdi fue siempre extremadamente reservado con sus sentimientos religiosos; nunca pudo llamarse un católico ortodoxo ni un ateo confeso. A Alessandro Manzoni -el poeta del Risorgimento que había profetizado "no seremos libres si no somos uno"- lo veneraba como a un artista sublime y un santo laico.
        Así es como a la muerte de su héroe, ocurrida en mayo de 1873 a los 89 años, Verdi, que aún disfrutaba del triunfo de Aída, se apresuró a manifestar: "Ahora todo terminó y con él muere una de nuestras glorias más grandes, puras y sagradas". Aunque devoto católico y autor de poemas e himnos religiosos desde los 25 años, los obituarios de los periódicos papales apenas si disimularon sus ataques a su pasado anticlerical mientras sus restos recibían los homenajes de los trabajadores.
        Verdi, demasiado apesadumbrado, no asistió a los funerales pero una semana después dejó su refugio de Sant'Agata para honrar su tumba en Milán. Las grandes figuras de los años de lucha han ido desapareciendo una tras otra: el conde Cavour, Rossini, Massini, Manzoni, el Papa Pío IX y Temistocle Solera. Se ha acrecentado su escepticismo y reconoce su creciente soledad.
        Por intermedio de Giulio Ricordi, el alcalde de Milán le sugiere la composición de una Messa da Requiem a ser ejecutada en el primer aniversario de la muerte de Manzoni. Verdi se hará cargo de los gastos de la edición y la ciudad de lo que demande la primera interpretación.
        Durante sus vacaciones estivales con Giuseppina en París comienza a trabajar en el nuevo proyecto. Alessandro Manzoni (1785-1873), es el autor de I promesi sposi (Los novios, 1827-40), la más famosa de las novelas peninsulares anteriores a Il gattopardo. Aunque narra una historia de amores rurales en Lombardía durante el siglo XVII, su notorio localismo ejerció sobre los patriotas italianos la misma atracción que las primeras óperas de Verdi. La influencia de Virgilio se advierte particularmente en la descripción de los escenarios naturales así como en su amable y humana actitud frente a la vida. Por la combinación de sus afanes religiosos, sus formas románticas y su estilo realista, Manzoni desafía toda comparación con los grandes novelistas extranjeros.


        Verdi dirigió el estreno de su Requiem para Manzoni el 22 de mayo de 1874 en la iglesia de San Marco de Milán, para lo que contó con un coro de 120 voces, una orquesta de cien instrumentistas y como solistas vocales a Teresa Stolz (la primera Aída), María Waldmann, Giuseppe Capponi y Armando Maini. La obra obtuvo un rotundo éxito y recibió una segunda ejecución tres días después en el Teatro La Scala. Franco Faccio tuvo a su cargo otras dos ejecuciones posteriores. El mismo año el compositor dirigió siete ejecuciones en París y otras ocho al año siguiente, en ocasión de ser honrado por el gobierno francés con el título de comandante de la Legión de Honor.
        Definir el Requiem de Verdi como la mejor de sus óperas con el mejor de sus libretos no sólo implica colocarle una etiqueta apresurada, sino también menoscabar sus reales méritos como obra devocional de excepcionales características. Para algunos "es una prepotente profesión de fe católica"; para otros es un Requiem insólito: "agnóstico, dramático y popular".
        Teatralidad y secularidad eran para la Iglesia preconciliar incompatibles con el estilo musical apropiado al servicio divino. Sin embargo, las misas de Palestrina no se conciben sin la influencia del madrigal secular, ni las Pasiones de Bach sin el aporte de la ópera italiana y las grandes misas de Haydn y Mozart sin su encuadre dramático, sus brillantes atavíos y sus brillantes allegri.
        Hoy en día, el creciente consenso del que goza ha disipado virtualmente las dudas sobre el valor estético del Requiem de Verdi que -aunque bien característico del estilo de su autor- no es más una "ópera en ropaje eclesiástico" (según el director Hans von Büllow) que otras expresiones sacras de los grandes maestros.
        El texto litúrgico de la Misa de Difuntos es de por sí drama puro y cada una de sus frases tiene una fuerte carga emocional. En el caso de la obra verdiana las palabras latinas se ajustan con total eficacia a la música, cuya honda expresividad compensa con creces ciertas posibles falencias del tratamiento técnico. Ningún otro compositor, salvo Berlioz, ha trazado como Verdi un cuadro más vívido del Dies Irae ni uno más potente que el Rex tremenda majestatis.

NOTAS
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