APORTACIÓN MUSICAL DEL AFRICANO -I
LA BINARIZACIÓN DE LOS RITMOS TERNARIOS...
ROLANDO ANTONIO PÉREZ FERNÁNDEZ
CASA DE LAS AMÉRICAS, CUBA, 1987
ORIGINAL


Parte   I  II  III

Título completo del libro: La binarización de los ritmos ternarios africanos en América Latina

Título del capítulo: El africano en América Latina; su aportación musical en relación con las circunstancias histórico-sociales

En el presente capítulo hemos de estudiar la presencia del negro en América Latina, sus relaciones con el europeo y con el indio, y la supervivencia de rasgos africanos en la cultura popular americana. Pero, antes de hacerlo, es preciso considerar la presencia del negro en la Península Ibérica con anterioridad y con posterioridad a la llegada de los europeos a América, pues este hecho que generalmente se ignora, tuvo consecuencias musicales en la Península, y por ende, la tuvo también en la música del Nuevo Mundo.
        El negro no llegó por primera vez a América desde África, sino de España, y el mulato no fue un flamante producto americano, pues existía ya en España y Portugal. Y lo mismo puede decirse de sus músicas, que necesariamente tenían que haber experimentado ya en menor o mayor grado un proceso de transculturación.


        Las siguientes palabras de Fernando Ortiz en relación con la historia de la música llamada afrocubana, son aplicables a toda la música de origen africano en América, así como a aquella música no clasificable como afroide, pero que incuestionablemente ha incorporado rasgos de origen africano:

Dicha historia hay que iniciarla descubriendo los fontanares de donde ella ha brotado o sea en las chorreras de las culturas del África Occidental y en las revueltas aguas de España. No solamente porque la música de Cuba es hija del blanco peninsular y de la negra africana, y conserva naturalmente rasgos heredados de sus progenitores, sino porque ya en la misma España se fueron juntando sus sangres o inspiraciones [...] de España se trajeron negros a Cuba y con ellos venían en sus tambores y vihuelas una música ya amulatada en Andalucía (1965: 4).

        Las transculturaciones de los negros africanos desde los tiempos anteriores a la llegada de Colón a América, se extendieron no sólo, por España, sino también por Portugal, como asimismo señala Ortiz (1965: 114). Pero, tocante a ese punto dejamos la palabra al musicólogo brasileño Renato de Almeida, quien expresa lo siguiente:

Es preciso no olvidar que en la época del descubrimiento de Brasil, abundaban los negros en Portugal, de manera que hay que considerar siempre la hipótesis de que los portugueses ya hubieran traído costumbres influidas por los negros, y que naturalmente encontraron aquí el mejor ambiente posible (1942: 259).

        La presencia del negro africano data de muy antiguo en la Península Ibérica. Todo ejército formado en África del Norte ha contado con masas de soldados negros. Tanto los egipcios como los cartagineses, los romanos, los visigodos y todos los demás pueblos que posteriormente invadieron y conquistaron aquella región lo hicieron así; y por supuesto, también los musulmanes en sus campañas militares (Ortiz 1952 b: 239-240).
        Por ello, y por el origen africano de los iberos, es posible afirmar, como lo hiciera Ortiz en una conferencia ofrecida en La Habana en 1938 (Franco 1975: 48), que "en la Península hubo negros desde su prehistoria, y con los tartesios, con los romanos, con los moros y con los cristianos".
        José Antonio Saco, erudito historiador de la esclavitud y pionero en el estudio sobre la esclavitud africana en América, escribe:

Cuando los almorávides al mando de Yussuf, conquistaron la España árabe a fines del siglo XI entraron en ella numerosos ejércitos de africanos berberiscos, bajo cuyas banderas, negros marcharon también, siendo digno de recordarse que en la sangrienta batalla que se dio en 1086, a cuatro leguas de Badajoz, en las llanuras de Sagala, llamada entonces Zalaca, Alonso VI de Castilla, fue herido en una pierna por la espada de uno de aquellos negros (1877: III, 141).

        Este y otros ejemplos ofrecidos en su obra, autorizan a Saco para afirmar, a continuación del párrafo citado, que "desde principios del siglo VIII, España empezó a inundarse de negros libres y esclavos".
        La esclavitud en España se vio grandemente fortalecida durante la Edad Media debido a la corriente de cautivos tomados durante las continuas guerras entre españoles y moros. Durante los siglos XIII y XV, además de los millares de tártaros, circasianos, armenios, georgianos y búlgaros que llegaban a España e Italia a través del comercio de esclavos en el Mar Negro, se podía también comprar o capturar negros africanos a los mercaderes árabes (Bowser 1977: 17). Sin embargo, como consecuencia de la toma de Constantinopla por los turcos, en 1453, el comercio de esclavos en el Mar Negro quedó interrumpido, lo cual dio lugar a que los Portugueses incursionaran en la costa occidental de África con el fin de proveerse directamente de negros esclavos, quebrando así el monopolio que mantenían los mercaderes árabes.
        Los mercaderes españoles siguieron el mismo camino que los portugueses, y para fines del siglo XV, el África que hasta entonces había sido fuente de esclavos importante, pero no única, se convirtió en la exclusiva fuente de mano de obra esclava barata.
        Luego de un período de pugnas entre españoles y portugueses por el monopolio del comercio de esclavos en el África Occidental, los portugueses quedaron como únicos proveedores. Para la década de 1460 los mercaderes portugueses abastecían a Portugal y a España de gran cantidad de esclavos africanos. El centro de este comercio era Lisboa.


        Algunos historiadores han realizado cálculos conservadores del monto del tráfico negrero entre África y la Península Ibérica durante el siglo XV; otros lo llevan a una cifra muy considerable, así, Curtin, en su libro The Atlantic Slave Trade: A Census, piensa que dicho monto fue de 50.000 esclavos, mientras que Boxer; en su obra Portuguese Seaborn Empire, afirma que entre 1450 y 1500, los portugueses capturaron un total de 150.000 negros africanos (Bowser 1977: 19).
        Ortiz de Zúñiga, analista de Sevilla citado por Saco (1877: III, 291), nos da noticias acerca de la vida de estos esclavos negros en España:

Eran, en Sevilla los negros tratados con gran benignidad desde los tiempos del rey Don Enrique III, permitiéndoseles juntarse a sus bailes y fiestas en los días feriados, con que acudían más gustosos al trabajo, y toleraban mejor el captiverio, y sobresaliendo algunos en capacidad, a uno se le daba el título de mayoral que patrocinaba a los demás con sus amos, y con las justicias componía sus rencillas, hállase así en papeles antiguos, y acredítalo una cédula de los reyes dada en Dueñas a 8 de noviembre de este año, en que dieron este título a uno llamado Juan de Valladolid, su portero de cámara:
Por los muchos, buenos, e leales servicios que nos habéis fecho, y faceis cada día, y porque conocemos vuestra suficiencia y habilidad y disposición, facemos vos mayoral, e juez de todos los negros, é negras libres e captivos, que están o son captivos, é son captivos, é horros en la M. N. é M. L. ciudad de Sevilla, é en todo su arzobispado, é oyen que puedan facer ni fagan los dichos negros e negras, y loros y loras, ningunas fiestas, nin juzgado de entre ellos, salvo ante vos el dicho Juan de Valladolid negro, nuestro juez y mayoral de los dichos negros, loros y loras; y mandamos que vos conoscais de los debates, pleitos, casamientos y otras cosas que entre ellos hubiera, é non otro alguno, por cuanto sois persona suficiente para ello é quien vuestro poder hubiere, é sabéis las leyes é ordenanzas que deben tener, e Nos somos informados que sois de linaje noble entre los dichos negros (...)
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La cédula real a que alude Ortiz de Zúñiga data del año 1474.

        No sólo se le permitía al negro sus bailes y fiestas los días feriados en Sevilla, sino en alguna ocasión se dio orden expresa de que éstos participaran en la fiesta del Corpus Christi, en la que, como es sabido se escenificaban tradicionalmente multitud de danzas. Así ocurrió en la ciudad andaluza en el año 1497, como consta en los Cuadernos de Actas Capitulares. He aquí la orden, la cual transcribe José Gestoso (1917: 101):

En este Cabildo (viernes 27 de junio) fue dho. a los dhs. oficiales por don pero nuñez de guzmán alguacil mayor en como bien sabía su merced que tenía cargo de fazer salir los juegos y danzas cuando la Reyna nra. sra. mandase fazer la fiesta del cuerpo de nro. señor. El que agora el señor duque le auía dicho que la parescía que se debían fazer la dha. fiesta y salir al recibimiento quando la Reyna nra. sra. entrase y asymismo dixo que devian salir al dho. recibimiento todos los negros que ouiesen en esta cibdad.

        Así, pues, cuando en 1573 el Cabildo de La Habana dio orden de que todos los negros horros, se aprestaran a participar en la fiesta del Corpus (Torre 1914: 161), existía ya, como en muchas otras cosas relacionadas con los negros, un antiguo antecedente sevillano.
        El negro continuó participando en las fiestas del Corpus en Sevilla, como puede inferirse de la cita siguiente (Gestoso 1917: 122-123) en la que se ordena, en 1530, escoger un alférez y dos trompetas para dichas fiestas, con la condición expresa de que éstos no sean negros:

yten quel mayordomo sea obligado a coger un alferez que sea hombre blanco e no negro el más alto del cuerpo que se pudiere aver que vaya vestido a uso de alferez "para que lleve el pendón" e lleve una espada morisca ceñida como de uso e costumbre otros años e sea obligado el mayordomo a coger dos trompetas e que no sean negros sino hombres blancos que sean muy buenos oficiales e los coja desde el día que se arrematase la fiesta en ocho días.

        Sevilla era el centro del tráfico negrero en España, y no sólo los comerciantes de Sevilla, sino la población entera de esa ciudad se había convertido en un pueblo de mercaderes de esclavos (Aguirre Beltrán 1972: 25).
        La presencia, desde el siglo XV al XVIII, de un número considerable de esclavos negros en España, posee gran importancia no sólo en relación con el estudio de la música popular de Hispanoamérica, sino también, en lo referente a la historia de la música popular de Brasil, como muy sagazmente lo ha destacado la musicóloga Oneyda Alvarenga:

... el problema de la influencia española me parece ahora mucho más complicado de lo que juzgué en un tiempo. Para ponerlo en claro, sería preciso, antes que nada, establecer cuál es la importancia en España de la influencia negra, hasta qué punto ha participado ésta en la formación de las danzas españolas, y si los aspectos venidos de esa contribución fueron españolizados en la Península o solamente fueron trasplantados a América, y aun en gran parte del Brasil, por intermedio de Portugal. Se sabe que la danza que representa al tipo más característico de la coreografía española -el fandango- data de fines del siglo XVII o principios del XVIII /... /. Ahora bien, además de haber recibido España esclavos negros desde el siglo XV, en el siglo XVII Portugal, y por consiguiente el Brasil, estuvieron bajo el dominio español.
Precisamente en ese siglo, en que las danzas consideradas más típicamente españolas no habían nacido aún, abundan en España las danzas reconocidas como negras por los folkloristas españoles; y cuyo nombre mismo traiciona su origen africano. Existió en el Brasil una danza negra, el sarambeque, cuya referencia más antigua entre nosotros data del siglo XVIII. Tenido allá también como negro, el zarambeque fue popularísimo en España en el siglo XVII, ... (Alvarenga 1947: 23)
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        Es particularmente interesante la alusión al zarambeque, pues al igual que ésta, se conoció en Brasil, o se conoce aún, una danza llamada de la misma manera que una antigua danza española de los siglos XVII y XVIII y principios del XIX: el zorongo, que aunque en España no está reputada como danza negra, tenemos motivos para pensar que ciertamente tuvo origen africano.
        En Brasil el sorongo es considerado como una danza africana introducida por los esclavos, y Renato de Almeida la tiene por una especie de samba de Bahía y Minas Gerais (1942: 161). Pero el hecho de que el Padre Miguel de Sacramento Lopes Gama (en El Carapuceiro del 20 de enero de 1838) lo menciona en unión de la gavota y la cuadrilla de notoria procedencia europea; y más tarde (en la edición del 17 de febrero del propio año) lo cite junto con la cachucha, entre las "danzas modernas" (Cãmara Cascudo 1972: 815), hace pensar en un posible origen español del sorongo brasileño. La circunstancia de que en Colombia haya existido una danza colonial del mismo nombre (Perdomo Escobar 1963: 398), aumenta nuestras sospechas al respecto.
        Pero por otra parte, existe en el noroeste de la República Popular de Angola, un grupo étnico de la familia bakongo denominado sorongo (Enciclopedia Británica, Macropedia: I, 273) y conocido en varios países de América bajo diversas variantes de éste etnónimo como son musulongo, en Cuba (Deschamps Chapeaux 1971: 34), longo en México (Aguirre Beltrán 1972: 140) y en Venezuela (Acosta Saignes 1978: 85), alonga en Perú (Bowser 1977: 418) y solongo en Haití (Courlander 1960: 4), hechos que sumados a ciertas particularidades rítmicas del zorongo hispano nos inducen a considerar seriamente el origen africano de dicha danza.
        Viene en refuerzo de nuestra idea la circunstancia de que en Haití se conoce una danza perteneciente al ritual congo, que recibe el nombre de salongo en virtud de su origen tribal (Courlander 1960: 135). Y aquí evidentemente ya no es posible pensar en ningún tipo de influencia española. Lo contrario sí es perfectamente verosímil.
        Una de las danzas españolas del siglo XVIII; el paracumbé, era tenida no simplemente por africana, sino específicamente por angolana, pues se decía el paracumbé de Angola (Cotarelo y Mori 1911: CCXX), por otra parte, en el teatro del siglo XVII, es frecuente hallar negras de Angola o del Congo como por ejemplo, la negra Dominga, del entremés Los negros, de Simón Aguado, fechado en 1602 en Granada, la cual dice en su habla bozal que nació en el Congo y se bautizó en Sevilla (Cotarelo y Mori 1911: I, 232).
        Esta abundancia de negros de origen bantú en España, a finales del siglo XVI y durante el siglo XVII y en todas partes donde existió el comercio de negros africanos, se debió a la fundación, en 1575, de San Pablo de Luanda, factoría portuguesa, como consecuencia de la toma de Sao Tomé, antigua proveedora de esclavos, por los holandeses.
        Ya Ortiz ha anotado que los negros y esclavos introducidos en España "fueron principalmente monicongos y angolanos y ellos originaron los bailes que se hicieron populares" (1952 a: 258).
        Estas reflexiones sobre el origen del zorongo español tienen particular importancia en relación con nuestro estudio sobre la binarización de los ritmos ternarios africanos, como hemos de ver más adelante.
        Debemos hacer notar que, no obstante las continuas alusiones a la presencia de negros africanos en Sevilla, en particular, o en Andalucía, en general, la esclavitud africana en España no se limitó a la región bética. También hubo negros esclavos en Levante, desde antes del primer viaje de Colón a tierras de América, hecho que ha sido estudiado por la investigadora española Vicenta Cortés en su libro titulado La esclavitud en Valencia durante el reinado de los Reyes Católicos (1479-1516), publicado en 1964.
        En un artículo posterior, titulado "Procedencia de los esclavos negros en Valencia (1482-1516)", dicha autora ofrece datos estadísticos sobre el número de africanos introducidos por los asentistas en Valencia durante el período estudiado, los cuales aumentaban de año en año hasta alcanzar la altísima cifra de 640 piezas en 1495 (Cortés 1972: 137). Siendo Valencia un reino alejado de los centros de remisión de esclavos, es preciso suponer que los centros peninsulares más próximos -Castilla, por ejemplo-, recibirían un mayor número de cautivos. Por esta razón, Vicenta Cortés subraya la necesidad de rectificar y aumentar los datos ofrecidos por los autores portugueses de la época (Cortés 1972: 138), en los cuales se basa Curtin para sus cálculos.
        En relación con la presencia de negros africanos en Portugal existen interesantes referencias.
        El viajero Nicolás Clenardo escribió que "sólo en Lisboa hay más esclavos que portugueses de condición libre" (Franco 1975: 53) y si bien la apreciación es, sin duda, exagerada, la misma da una idea de la gran cuantía de los negros lisboetas. Apunta también dicho viajero la presencia abundante de negros en Evora. Y aun en la norteña ciudad de Oporto hubo negros, los cuales participaban en ciertas festividades religiosas a las que aportaban elementos africanos de manera similar a como lo hacían en Brasil y otras partes de América, como lo muestra el siguiente pasaje del libro de Teófilo Braga titulado El pueblo portugués en sus costumbres, creencias y tradiciones (Lisboa, 1885) en que cita a João Pedro Ribeiro (1758-1839), escritor local (Câmara Cascudo 1972: 885):

se ha acabado en Oporto, sin embargo, otra mascarada en que se representaba la Corte del Rey de Congos, con su rey y reina e imaginaria corte, con que los negros se persuadían de rendir oculto a su Patrona, la Señora del Rosario, función muy apreciada por los muchachos, y que duraba tres días de julio.

        Es fácil apreciar la semejanza de lo que se alude en este pasaje con las congadas, maracatús y reisados brasileños, con los candombes rioplatenses y con los cabildos o reinados cubanos.
        Como se comprenderá, el hábito de esgrimir la existencia de tal o cual rasgo en la música española o portuguesa, aun anteriores a la llegada de los europeos a América, como prueba concluyente de una supuesta "pureza de sangre", o de ausencia de "contaminación" negra en análogas características de la música latinoamericana, es en extremo cuestionable. Tal hace con frecuencia Carlos Vega cuyo notorio prejuicio misonegrista -de lamentables consecuencias para la objetividad de sus trabajos- hemos señalado en páginas anteriores.
        Y hasta aquí nuestras consideraciones acerca de la presencia del negro en la Península Ibérica y su importancia para el estudio de la música latinoamericana, las cuales han sido un necesario preámbulo al análisis de la presencia del africano en nuestro continente, tema que abordaremos de inmediato.