APORTACIÓN MUSICAL DEL AFRICANO -II
LA BINARIZACIÓN DE LOS RITMOS TERNARIOS...
ROLANDO ANTONIO PÉREZ FERNÁNDEZ
CASA DE LAS AMÉRICAS, CUBA, 1987
ORIGINAL


Parte   I  II  III

Título completo del libro: La binarización de los ritmos ternarios africanos en América Latina

Título del capítulo: El africano en América Latina; su aportación musical en relación con las circunstancias histórico-sociales

Al llegar los europeos a América, la corriente de esclavos negros que fluía hacia la Península Ibérica se desvió en buena medida hacia las tierras recién descubiertas para los europeos, y se ampliaría, además, grandemente dicho tráfico como consecuencia de circunstancias económicas que la favorecían.
        La primera legislación americana sobre esclavos negros es sólo nueve años posterior a la fecha del arribo español al Continente (Mellafe 1973: 18) lo cual significa que el negro llegó a América prácticamente al mismo tiempo que el conquistador. Además -hecho importantísimo-, la esclavitud africana se extendió rápidamente por toda América al mismo ritmo de la conquista, ocupando exactamente la misma extensión que el ecumene europeo. Por ello, hay que distinguir como fenómenos diferentes el ámbito geográfico por donde se expandió la esclavitud del africano y aquellas regiones del Continente donde se ubicó predominantemente.


        Los estudios afroamericanistas han conocido significativos avances en lo relativo a la presencia del negro en América. Se sabe ya que allí donde hoy no existe población negra, la hubo -y en ciertos casos de importancia- y posteriormente fue absorbida por los componentes étnicos mayoritarios de esas zonas. Un caso realmente notable de progreso en este aspecto lo constituyen las investigaciones de Gonzalo Aguirre Beltrán en México. Merece citarse aquí un comentario escrito al respecto por el investigador cubano José Luciano Franco:

Un ejemplo impresionante del retroceso constante de las fronteras de nuestras ignorancias, es aportado por el trabajo del Dr. Gonzalo Aguirre Beltrán, titulado: La población negra de México. Allí, en un país raramente, si no más bien jamás mirado como poseedor del menor elemento africano en su composición demográfica, ese investigador ha descubierto documentos explícitos que prueban la importación de numerosos centenares de miles de negros (1966: 16).

        Desde la publicación del libro mencionado la contribución del negro a la composición genética de la población mexicana y el aporte de éste a la cultura del hermano país, tuvieron bases firmes de sustentación, no obstante lo cual México sigue negándose a reconocer la importancia de la contribución africana (Aguirre Beltrán 1972: 9-11). Las razones del desconocimiento de la presencia del negro en México las expresa el propio autor de dicho libro y es conveniente conocerlas, por cuanto descubren los orígenes de viejos prejuicios arraigados, tanto dentro como fuera de México:

... derivó esta ignorancia de la magnitud que entre nosotros alcanzó siempre la naturaleza mística de lo indio. Debido a ello, sólo teníamos ojos para lo indio y cerrábamos la razón a todo aquello que no encajara dentro del esquema sentimental elaborado sobre el indio por nuestros románticos del siglo pasado.
Los estudiosos extranjeros de lo mexicano, inexplicablemente sufrieron, también, ese contagio místico de lo indio, sin que en ellos pesara la herencia emotiva imponderable. Unos y otros sólo tuvieron en cuenta lo indio y lo español; y lo negro nunca entró en la esfera de sus preocupaciones (1958: 11)
.

        Otro factor viene a incidir en la situación aludida: cierto prejuicio de raza, según apuntó el propio Aguirre Beltrán:

Durante el siglo pasado y principios del presente nuestros pensadores llegaron a aceptar ideas racistas de las que excluyen al indio pero no al negro. La contribución cultural africana es recusada o simplemente no reconocida (1970: 2).

        Hasta mediados del siglo XVI los negros llegaron como aliados del conquistador y con él a todas partes de América que alcanzó, pero hacia finales del mismo siglo, comienza a observarse cierta localización geográfica del negro, que se define más claramente durante la siguiente centuria (Mellafe 1973: 34). En este siglo XVII pueden distinguirse ya en el Continente dos tipos de concentración demográfica: la de las zonas altas de América, pobladas densamente por indígenas que laboraban en las minas coloniales y en la agricultura; y las zonas bajas, de clima tropical donde se definieron los caracteres de la economía de plantación (Moreno Fraginals 1979: 80). Ya para el siglo XVIII la característica diferenciación demográfica de América habría de estar fijada.
        Las causas que determinaron esta ubicación geográfica del negro en el Continente fueron de tipo económico, en modo alguno climático. El africano fue introducido primeramente en las Antillas y fue puesto a trabajar en los lavaderos de oro de aluvión. En estas islas, la población indígena era escasa y se hallaba en una etapa de desarrollo social inferior al negro. El trabajo intensivo, el maltrato, y las enfermedades importadas por los europeos determinaron una sensible disminución de la misma. Semejante situación hallamos en las tierras bajas continentales.
Al agotarse las escasas existencias de oro de aluvión en los ríos antillanos, fue necesario buscar una economía sustitutiva. Esta fue la economía de plantación que requirió un aumento considerable en la importación de negros.
        Por el contrario de lo que ocurrió en las colonias españolas, la primera actividad económica de Brasil fue la producción de azúcar, por lo que esta colonia portuguesa fue precursora en América, de la economía de plantación.
        Las zonas donde se estableció de preferencia el negro se sitúan básicamente en la costa atlántica de América del Norte y América del Sur, formando una orla o franja, desde el Estado de Virginia, en los Estados Unidos de América, hasta Río de Janeiro. Esta franja negra, como la ha denominado Le Riverend (1966: 24-25), está formada por el litoral y su hinterland, e incluye, desde luego, las islas del Caribe. No existe en ella, sin embargo, una densidad uniforme de población negra, ya que algunas zonas como la costa mexicana del Golfo y América Central muestran menor concentración de descendientes de africanos.
        Aunque limitadas al litoral, existen zonas de población negra del lado del Pacífico, como en México, Ecuador y Perú. Como puede ciertamente comprobarse, la franja negra coincide a grandes rasgos con el área del cancionero binario oriental de Carlos Vega.
        El cultivo fundamental de las áreas de economía basada en la exportación de productos tropicales, es decir, la economía monocultora de plantación fue el azúcar, cuyo desarrollo se tradujo siempre en un aumento del número de negros esclavos. También se cultivó en estas áreas el algodón, el cacao y otros productos.
        Desde el punto de vista de la presencia actual del negro, de sus creaciones y supervivencias culturales más evidentes, esta orla negra posee una enorme importancia; y es en esta área donde Moreno Fraginals insta a buscar el verdadero contenido de la esclavitud de los africanos en América (1979: 80). Pero para nuestro estudio, que rastrea la presencia y la influencia de los caracteres rítmicos africanos en un área geográfica que abarca prácticamente la totalidad de América latina, las áreas no comprendidas de la franja negra tienen pareja importancia, se diría que mayor, en cierto sentido, puesto que por menos conocidas en este aspecto, reclaman una atención particular. Es por ello que haremos aquí un mayor énfasis en países como Argentina, México o Perú.
        En las mesetas mexicanas y las tierras altas peruanas y bolivianas, la población indígena, forzada a trabajar en la producción minera y diezmada también por enfermedades antes desconocidas, experimentó un pavoroso decrecimiento -que se mantendría como tendencia constante hasta mediados del siglo XVII-; pero la densidad demográfica y el desarrollo social de los habitantes autóctonos eran en estas regiones mucho mayores que en las islas del Caribe, por lo cual no se requería la importación masiva del esclavo africano. No obstante, el africano tampoco estuvo totalmente ausente de la economía minera. Siempre hubo negros en las mismas, si bien no como peones, sino como mano de obra calificada: jefes de cuadrilla, guardianes, etcétera (Mellafe 1973: 96); y en lugares como México, la presencia del negro en las zonas altas se explica por su participación en múltiples labores, como apunta Aguirre Beltrán:

... el negro esclavo, durante la Colonia, a más de ser destinado al trabajo en los trapiches y haciendas de tierra caliente, también fue requerido, en número de importancia, por todos aquellos lugares de tierra adentro, el altiplano y las altas tierras, donde había explotaciones mineras, así como en los obrajes de las grandes ciudades. La influencia del negro, tanto en lo biológico como en lo cultural, no quedó limitada a las estrechas fajas costaneras: se ejerció sobre los centros vitales de un amplio territorio (1958: 9).

        Interesante sobremanera es la afirmación de que en México la influencia cultural del negro se extendió por amplias zonas del país -cosa que apenas sucedió en Perú, como hemos de ver-. Los datos demográficos del propio Aguirre Beltrán fundamentan su aserto, como puede comprobarse a continuación:

... las poblaciones mulata y negra no se encontraban, como hasta hoy todavía se piensa, localizadas en las regiones costaneras del país. Corregimientos como los de Pachuca, Tehuacán, Aguas Calientes, Celaya, Guanajuato y Querétaro, situados en pleno altiplano dan una alta proporción de mulatos: y los restantes, aunque en número menor, anotan siempre la presencia del negro (1972: 225).

        La información ofrecida aquí corresponde al padrón de 1793 (1972: 296-227), que aunque excluye los datos relativos, resulta útil para conocer la proporción de las castas restantes: españoles, castizas, mestizos, pardos y negros.
        Sin embargo, el hecho de mayor importancia es que mientras en las mesetas predominaron los indígenas, indomestizos, europeos y euromestizos, en las costas y vertientes los negros y afromestizos -mulatos y zambos- constituyeron la mayoría. Así, en el mencionado padrón de 1793, encontramos ejemplos procedentes de las vertientes y las costas en los que la proporción de africanos y afromestizos supera a la del resto de la población no indígena, como Acapulco en el Estado de Guerrero (95%), Cuautla, en Morelos (61%) y Colima (57%).


        Si llamamos subtotal de población a la suma de todas las castas, excluidos los indios, veremos que en Puebla, Estado que no posee castas, Tehuacán (incluida entre las localidades de las mesetas con alta proporción de mulatos) presentaba un 29,1% de africanos y afromestizos del subtotal. Y en el mismo Estado, Azúcar de Matamoros, situada en una vertiente, arrojaba un 55% del subtotal. El padrón de 1777, que sí refleja las cifras correspondientes a la población indígena nos sirve para conocer, 16 años antes, la proporción de individuos africanos y afromestizos en la totalidad de la población. Sin salirnos de la zona geográfica que estamos comparando, vemos que en la ciudad de Puebla -situada en la meseta- la población negra constituye un 33% del subtotal y un 22% del total de población, proporción menos significativa que la de Azúcar de Matamoros, y que puede calcularse a partir de los datos que ofrecemos a continuación (Aguirre Beltrán 1972: 224).

Españoles

Castizos

Mestizos

Indios

Mulatos

Negros

18369

2416

10942

24039

15569

31


        En 1742 los africanos y afromestizos representaban un 11,6% de la población total de la Nueva España. Y si observamos la composición de la población en zonas más amplias, comprobamos que, por otra parte, según el padrón de 1742, había en México dos obispados, Nueva Galicia y Michoacán, situados sobre la costa del Pacífico, que poseían un porcentaje de población de color más alto que el existente entre la totalidad de la población novoespañola, como puede constatarse en la tabla siguiente, tomada de Aguirre Beltrán (1972: 222):

Población de la Nueva España en 1742

Obispado

Europea

Africana

Indígena

Euromestiza

Afromestiza

lndomestiza

México

5716

7200

551488

222648

100156

99756

Tlaxcala

1928

8872

350604

40384

39444

38228

Oaxaca

416

240

231892

9220

10716

9120

Michoacán

171

492

147808

55508

45896

47884

Nueva
Galicia

1028

2913

36252

44568

31256

31420

Yucatán

498

274

190032

17660

35712

19588

Chiapas

57

140

32.180

1524

3016

3372

Total

9814

20131

1540256

391512

266196

249368

Relativos

0,4

0,8

62,2

15,8

10,8

10,0


        En el obispado de Nueva Galicia, que comprendía los actuales estados de Jalisco y Aguas Calientes, más parte de los de Durango, Zacatecas, Nayarit y San Luis Potosí, la casta africana sumada a la afromestiza alcanzaba un 23,2% del total de población; la europea y euromestiza juntas constituían el 30,9% y la indomestiza, el 21,3%. Por otra parte, la población indígena representaba sólo el 24,6% de la población del obispado, muy por debajo del porcentaje total de la colonia, que era de 62,2%.
        Ha habido pues, un aumento relativo de las poblaciones afro y euromestizas y un decrecimiento proporcional de la indígena. La población africana y afromestiza representaba aquí un 30,7% del subtotal.
        En el obispado de Michoacán, que abarcaba los actuales estados de Michoacán y Colima, así como buena parte del de Guerrero, presenta también una densidad de población negra y mulata (15,6%) superior a la existente en toda la Nueva España: una población blanca y semiblanca del 18,7% y -una población indomestiza del 16,1%, correspondiendo el resto a la población indígena, cuyo porcentaje era del 49,6%. Los africanos y afromestizos representaban en este obispado el 30,9% del subtotal, comparable al 30,7% del subtotal del obispado de Nueva Galicia, y al 30,5% del subtotal del virreinato.
        Hasta el fin de la etapa colonial la proporción de las personas africanas y afromestizas en el total de la población no había variado gran cosa, pues en 1810 representaba un 10,2% (1972: 233).
        La contribución del negro a la música mexicana ha sido destacada ya por Gabriel Saldívar en su Historia de la música en México, si bien entre los músicos sólo ha hallado eco, aunque lejanamente, en Mayer Serra (1941: 104-109). Vicente T. Mendoza, quien ha escrito un artículo sobre el folklore negro en México en el que aborda aspectos superficiales (1955), no hace, sin embargo, la menor alusión al factor negro en su libro Panorama de la música tradicional de México (1956), publicado un año después (Mendoza 1956).
        Saldívar se pregunta por qué quienes han escrito sobre la música de su país no han concedido importancia a la influencia que pudieron ejercer los negros en ésta, y seguidamente expresa que es el primero en dedicar un capítulo a ese tema basándose "en una documentación fehaciente". Finalmente expresa su convicción de las huellas que ha dejado en la música popular de México la presencia del africano (1934: 219).
        Según nos informa este historiador de la música mexicana, existen referencias sobre los bailes de los negros en la ciudad de México a principios del siglo XVII, y ya para finales del siglo, "los elementos africanos entran en un período febril en muchos aspectos, tomando parte de lleno en los cantos populares, dando su contribución para el robustecimiento del son" (1934: 220-221).
        Entre los negros y mulatos estaba muy extendida la profesión de músico, durante dicho siglo, y hay datos sobre negros y mulatos que tocan arpas y guitarras con las que acompañan su canto y baile, como los que participaban de los llamados oratorios y escapularios, especie de cofradías de fachada religiosa que los negros tomaban como pretexto para sus desahogos musicales y danzarios (Saldívar 1934: 221-222). De fecha tan temprana data, pues, la incorporación a la música mexicana de rasgos africanos que aún hoy podemos apreciar con gran nitidez.
        También Gonzalo Aguirre Beltrán afirma la importancia de la contribución del negro y sus mezclas a la formación de la música mexicana, basándose, al igual que Saldívar, en documentos del Archivo General de la Nación, señalando asimismo que dichos documentos no son los únicos, pues otros se encuentran en los libros de cabildos de catedrales y diócesis que esperan ser clasificados e interpretados (Aguirre Beltrán 1970: 5).
        Junto con México, Perú y Nueva Granada fueron los centros esclavistas más importantes de la América Española durante los siglos XVI y XVII. Hacia fines del siglo XVI estas colonias, así como otras partes de Hispanoamérica, experimentaron la misma escasez de brazos, lo cual tuvo como consecuencia un aumento sustancial en el volumen del tráfico de esclavos.
        En Perú el esclavo, que había llegado como auxiliar de la conquista y que hacia mediados del siglo XVI era meramente un lujo, se había convertido, un siglo después, en una necesidad. Para esa fecha la esclavitud había echado firmes raíces en la economía costeña, situación que se mantendría hasta el siglo pasado (Bowser 1977: 13). La causa fundamental de la demanda de africanos fue en Perú, como en otras partes, el decrecimiento de la población indígena, particularmente en la zona costeña, donde se calcula que un 90% de la población autóctona pereció a fines de 1540. Las zonas altas, aunque también experimentaron la despoblación, no fueron, en general, tan afectadas como las del litoral, si bien se estima que un tercio de sus habitantes desapareció. Aún en la actualidad pueden apreciarse las consecuencias de la gran catástrofe demográfica sufrida, particularmente por la Costa, donde se estableció de preferencia el español. Como expresa Mariátegui, "el Perú costeño, heredero de España y de la conquista, domina desde Lima al Perú serrano; pero no es demográfica y espiritualmente asaz fuerte para absorberlo" (1975: 186). Como consecuencia de este hecho, tampoco el negro llegó a establecerse firmemente en la Sierra. Pero la Costa, y Lima en particular, distaba de ser exclusivamente española.
        Si bien el africano fue un factor sumamente importante en la agricultura peruana, la esclavitud en Perú fue una institución fundamentalmente urbana y centrada en Lima. Desde 1593 la población limeña era africana en un 50% y esta situación se mantuvo hasta 1640 (Bowser 1977: 111). Aún a mediados del siglo XVIII la población de color alcanzaba en Lima casi un 40% (Romero 1940: 83).
        Esta ciudad se había convertido en el principal centro administrativo de una cadena de interrelaciones económicas que se establecieron entre Perú, el Alto Perú, Chile y el Noroeste argentino, cuyo polo-dinámico era la producción de plata (Furtado 1972: 14), extraída de las minas de Potosí y Porco y procesada con el mercurio de Huancavelica. Debido a ello, durante el siglo XVII se formó en Lima un cancionero criollo que se convirtió para gran parte de Sudamérica en un centro difusor más eficaz que la metrópoli misma, como ya apuntara Carlos Vega (1936: 90-91).
        Lo que habitualmente se olvida -o se niega expresamente- es la participación que tuvo que tener en la formación de ese cancionero la gran proporción de negros existentes en la capital virreinal durante dicho siglo, y aún durante el siguiente, en que tales creaciones populares -producto de lógicos procesos transculturales- debieron consolidarse. Dicho cancionero, pues, no puede haber surgido exclusivamente de la estilización de elementos europeos, como Vega también plantea.
        Los africanos en Perú practicaron, como en todas partes de Latinoamérica, sus bailes y cantos, y de ello hay constancia ya desde el siglo XVI. Alrededor de 1553 se ordenó, luego de unos cuatro años de interdicción, que las cofradías de negros y mulatos llevaran a cabo sus danzas en ocasión del día del Santísimo Sacramento -"como es su deber hacerlo y como ha sido su costumbre hacerlo en los años pasados" (Bowser 1977: 307)-. Años más tarde, en 1953, el cabildo de Lima determinó que las danzas de los negros se realizaran en lo adelante sólo en la plaza principal de la ciudad y en la plaza de Nicolás Rivera el Mozo. Esta disposición pretendía evitar que tales bailes se llevaran a cabo por toda la ciudad en días de fiesta, asustando a los caballos con el sonido de los tambores y entorpeciendo el tránsito; mas la misma no tuvo éxito, pues pocas veces las diversiones de los africanos y afromestizos se limitaron los años siguientes a lo dispuesto por el cabildo.
        A principios del siglo XVII los negros continuaron realizando con frecuencia sus bailes por calles y plazas, así como en "corrales" a los que asistían gran cantidad de personas (Bowser 1977: 291). El pretexto utilizado para tales bailes -los cuales se mantuvieron hasta finales del siglo XVIII- eran las procesiones y grandes espectáculos religiosos, calificados por Fernando Romero como "un gran acumulador de ritmo africano" (1940: 85-86).
        La importación del negro en el Río de la Plata y en Chile, aparece muy vinculada al polo-dinámico argentífero a que hemos hecho mención, al menos lo fue en sus inicios. La vía legal por la que se introducían negros en Perú, Chile y Alto Perú, era la denominada ruta Panamá-Callao, impuesta por la Corona como forma de evitar la fuga de metales preciosos por concepto del comercio de negros y otras mercaderías en el Atlántico.
        El puerto de Buenos Aires, junto con Asunción y otras provincias se convirtió posteriormente en punto de arranque de rutas terrestres del comercio de contrabando opuestas a la política de monopolio de la Corona, es decir, antagónicas a la exclusividad de la ruta Panamá-Callao.
        Estas rutas terrestres se dirigían desde los países atlánticos hacia el interior, saliendo también al Pacífico. La primera partía del Paraguay y recogía la mercancía negrera procedente del Brasil. A la altura de Salta, la ruta se bifurcaba, tomando principalmente el camino de Potosí, que pasaba por Jujuy. La otra vía pasaba por Mendoza a Chile después de haber atravesado el Tucumán. Otra parte -tal vez de más importancia- partía de Buenos Aires y se orientaba en dos direcciones distintas. La más ventajosa iba a La Plata (Sucre) y Potosí en el Alto Perú, pasando por Córdoba y Tucumán, Salta y Jujuy, y abastecían las minas del Altiplano, así como las yungas tropicales.
        El otro itinerario se desviaba en Córdoba hacia Mendoza y alcanzaba Santiago y La Serena, y desde Valparaíso o Coquimbo proveía de negros los pequeños puertos peruanos situados al norte de Arica (Mellafe 1973: 87-88).
        Esta ruta que partía de Buenos Aires se organizó a principios del siglo XVII. A mediados de ese siglo (1658-1663), Azcárate de Biscay anduvo por esos caminos, por los que llegó hasta Lima, portando cartas del rey. En el puerto de donde se iniciaba el itinerario de los esclavos contrabandeados, este viajero calculó 1500 esclavos, ocupados en labores domésticas, en las chacras, cuidando caballos y mulas o curando reses.
        Según refiere Azcárate de Biscay, había igual cantidad de esclavos tanto en Córdoba como en Salta; y en Jujuy halló asimismo una gran cantidad de ellos huidos de las minas del Alto Perú (Lanuza 1942: 7-8). Este testimonio demuestra que el puerto bonaerense, así como las poblaciones del centro-norte argentino no servían sólo como postas comerciales en el tráfico de esclavos, sino que ellos también se proveían de la mercancía humana.
        Según apunta el historiador chileno Rolando Mellafe, "el motivo principal del contrabando de negros en el Atlántico suramericano era la economía metalífera de la altiplanicie andina y la riqueza ganadera del Plata" (1973: 87). Azcárate de Biscay informa del empleo de negros en el cuidado de mulas, que era la principal mercancía con que la región del Plata se engranaba en el polo-dinámico sudamericano. Esta es, pues, la ganadería a que se refiere Mellafe y no la ganadería vacuna, que luego se desarrollaría en las pampas argentinas.
        Un siglo más tarde (1773), otro viajero, Concolorcorvo, desandaría los mismos caminos que Azcárate de Biscay. Aquél nos refiere que en las casas principales de la ciudad de Córdoba "es crecidísimo el número de esclavos, la mayor parte criollos, de cuantas castas se puede discurrir, porque en esta ciudad y en todo el Tucumán no hay fragilidad de dar libertad a ninguno, ...." (1972: 64). También informa Concolorcorvo sobre la venta en esa ciudad de 2000 negros criollos hasta la cuarta generación.
        Según nos explica Mellafe, estos esclavos en venta procedían de una hacienda de la Compañía de Jesús en esa región, donde existió un criadero de esclavos -el único de que se tiene noticia en Latinoamérica durante el siglo XVIII-. Hace mención asimismo este investigador, de la reiterada preocupación de dicha Orden por preparar esclavos con conocimientos especializados y técnicas manuales, de acuerdo a sus planes de producción (1973: 161). Pero, evidentemente no sólo aprendían técnicas productivas, pues Concolorcorvo apunta que entre esa multitud de negros criollos ofrecidos al mercado "hubo muchos músicos y de todos oficios" (1972: 64).
        Resulta interesante comparar esta cita con la expresión despectiva que utilizó el mismo Concolorcorvo para referirse a la música de los negros bozales escuchada a su paso por Buenos Aires, la que calificó de aúllo (1972: 285). En tales expresiones se apoya Carlos Vega para afirmar que la música que trajo el africano resultó inaccesible a los oídos del blanco, debido a su "rudimentaria, original y extraña naturaleza"; y aunque admite que más de un siglo de convivencia popular entre negros y criollos pudo determinar una influencia de la música africana en la de los blancos; asevera que no ha ocurrido así (1936: 65).