MERCADERES DE LUZ
LA CIENCIA TIENE SENTIDO
RITCHIE CALDER
SUDAMERICANA, BUENOS AIRES, 1958
Trad. Mario A. Marino "SCIENCE MAKES SENSE"


1. Los Lunáticos

En la Inglaterra de la década del 1770, Los Lunáticos solían reunirse una vez por mes la noche de luna llena. Y su locura tenía razón de ser porque la luna era la linterna que debía iluminar a Erasmus Darwin camino de su casa en Lichfield, "aprisionado en un coche de posta, sacudido y estremecido, golpeado y raspado por la carretera del rey", y a Josiah Wedgwood en su cabalgata de sesenta y cinco kilómetros de Birmingham a The Potteries (Las Alfarerías). O, por lo menos, ayudara a sus caballos a encontrar el camino, porque Darwin y Wedgwood, hombres abstemios para los hábitos de la bebida de esa época, iban invariablemente embriagados por el fermento de ideas que habían asimilado en la mesa de una tertulia que ayudó a modificar la historia de la humanidad.
        Nunca se sentaron más de diez personas a cenar en la Sociedad Lunar de Birmingham (inevitablemente llamada "Los Lunáticos"). Jamás se registraron sus actuaciones, para no perturbar la espontaneidad de sus discusiones de libre alcance; no hubo actas, órdenes del día, resoluciones ni programas de acción. El único intento de Matt Boulton por formalizarlas fracasó; era como querer juntar mercurio con un tenedor.
        Discutían poesía y religión, arte y política, música y ciencia, con las mentes desabotonadas como los tiradores de sus pantalones. El de ellos era el espíritu de indagación universal que, en cierto modo, hoy hemos perdido en un mundo en que el campo del conocimiento popular ha sido cercado en fincas-facultades, erigiéndose una barrera entre las humanidades y la ciencia. Sabemos más y compartimos menos.
        Ninguna de tales inhibiciones o prohibiciones restringían las discusiones de la Sociedad Lunar, que hacía sus sesiones en las casas de sus varios miembros. Los temas eran libres para todos. James Watt, el inventor de la máquina de vapor, discutía música con William Herschel, el músico de banda militar que se había convertido en Astrónomo Privado del Rey. Erasmus Darwin, médico, filósofo y poeta, cuando no exponía sus ideas sobre la evolución, explicaba a Matt Boulton, el socio de Watt, cómo mejorar alguna nueva invención mecánica. Josiah Wedgwood, el Príncipe de los Alfareros, cambiaba ideas sobre la separación de los gases con Joseph Priestley, el descubridor del oxígeno, quien en ese momento podría dirigir el debate hacia algún asunto tecnológico. Samuel Galton apoyaría al señor Collins, el huésped "rebelde" de América, y Priestley lo interrumpiría para leer la última carta que recibiera de Benjamín Franklin.
        Sería difícil exagerar la influencia de la Sociedad Lunar teniendo en cuenta los hombres que atrajo en torno a su mesa. Formaban una compañía de "Mercaderes de Luz", como Francis Bacon calificó a los doce Miembros de la Casa de Salomón (en New Atlantis), cuyo cometido era averiguar en todas partes los hechos de la naturaleza y la experiencia humana, para iluminar las mentes de los hombres.
        Los tres fundadores de la Sociedad Lunar fueron Mattew Boulton, William Small y Erasmus Darwin. Boulton era fabricante de juguetes ("juguete", en esos días, significaba ornamentos finos, como hebillas para los zapatos y los calzones cortos) y acuñador de monedas, y se había hecho amigo de Benjamín Franklin durante la segunda estancia de ése en Inglaterra (1757-1762).
        Small había sido presentado a Boulton por Franklin. Este talentoso escocés había sido profesor de filosofía natural en Williamsburg. Uno de sus alumnos fue Thomas Jefferson, quien escribió en su autobiografía que "Small probablemente trazó el destino de mi vida". Bien puede haber hecho más que eso cuando se tienen en cuenta los rasgos característicos de influencia científica que se ponen de manifiesto en la Constitución de los Estados Unidos. Según ha señalado Woodrow Wilson, la Constitución se basó en una teoría de dinámica política "que fue una especie de copia inconsciente de la teoría newtoniana del universo", un sistema de gobierno en el cual acción y reacción son iguales y opuestas, y todos los cuerpos se mantienen en su sitio por el equilibrio de las fuerzas que accionan sobre ellos. Small abandonó Williamsburg, con una carta de presentación de Franklin dirigida a Boulton, treinta y tres años antes de la redacción de la Constitución, pero había contribuido a crear el clima intelectual para ella. Con la ayuda de Boulton, convirtióse en médico en Birmingham.
        En 1776 Boulton escribió a Franklin; estaba en dificultades. Su manufactura de Soho, Birmingham, dependía para su fuerza motriz de un arroyo, pero en épocas de sequía no había agua suficiente para accionar la rueda. Se le había ocurrido bombear el agua desde la parte terminal del canal de nuevo a la represa. Esto parece tosco, aunque ingenioso, pero se debe tener en cuenta que en esa época no había forma de conseguir movimiento giratorio mediante vapor. Lo único que había era la bomba de vapor. Quería adaptar a su propio diseño la máquina Savory, que empleaba el vapor mismo como émbolo, ejerciendo presión directamente sobre la superficie del agua. Envió el modelo a Franklin, quien, en este caso, no tuvo sugestiones prácticas que hacer, y Boulton debió seguir experimentando. La represa, sin embargo, la encontraría mucho más cerca de su casa, por mediación del doctor Small, su colega de la Sociedad Lunar, quien conocía a un ingeniero escocés llamado Watt.
        Watt era "artesano de instrumentos filosóficos" de la Universidad de Glasgow, y dos de sus clientes, entre los profesores, eran Joseph Black y John Anderson. Fue Anderson quien le envió a reparar un modelo pequeño de la máquina Newcomen, el cilindro no mide más de una pulgada y media de diámetro (3,75 centímetros) y la caldera no es más grande que una tetera". La máquina de Newcomen era una bomba de pistón. La caldera producía vapor a baja presión. Tenía un balancín oscilante, vástagos de bombeo en un extremo y un pistón en el otro. Los vástagos tiraban del pistón hacia arriba y entonces el cilindro se llenaba de vapor. Seguidamente se cortaba el vapor y se inyectaba agua fría para condensar el vapor y producir vacío, de modo que la presión atmosférica empujaba el pistón hacia abajo. Así arrastraba el brazo oscilante del balancín y levantaba los vástagos que accionaban la bomba. Watt comprendió la ineficacia de este dispositivo, pero no supo dar la respuesta.
        Consultó con Joseph Black, el profesor de química, el descubridor del anhídrido carbónico. Watt mismo había encontrado que una pequeña cantidad de agua en forma de vapor era capaz de calentar una gran cantidad de agua -seis veces su propio peso-, hasta su propia temperatura de 100 grados centígrados. Black explicó entonces a Watt algo que hasta entonces solamente había discutido con sus alumnos: la teoría del calor latente que lo hizo famoso. Su importancia práctica se iba haciendo patente en Watt cuando marchaba por Glasgow Green. "No había llegado más que hasta el Golf House -escribió Watt posteriormente-, cuando toda la cuestión se esclareció en mi mente; el derroche de calor se podría evitar manteniendo el cilindro a la temperatura del vapor y condensando éste en una caldera separada". Hizo un modelo (incluyendo el dedal de su esposa) y Black quedó tan impresionado que le prestó 1.200 libras esterlinas para que siguiese adelante con su trabajo. El resultado fue la máquina de vapor y su decisiva participación en la Revolución Industrial.
        Pero eso no era todo. Faltaba la intervención de la Sociedad Lunar: Small preocupado por el problema de su amigo Boulton, sugirió que Watt visitase Birmingham. El resultado fue una trascendental asociación y la evolución de la máquina de Watt de una bomba a un accionador primario que propulsase las ruedas de la industria mediante un movimiento alternado. Incluso aquí es necesario hacer una pausa, pues hubiera podido no ocurrir eso si en el grupo de Birmingham no hubiese figurado Wilkinson, el especialista en cañones, quien había construido unos magníficos tornos para tornear con exactitud el calibre del cañón y a quien ambos socios se dirigieron en busca de los medios para tornear con precisión la luz de sus cilindros.
        De la trama y la urdimbre de ideas y personalidades de esta memorable sociedad surgió el diseño de la Revolución Industrial. Watt le dio su fuerza motriz, pero los adelantos de la industria del algodón y otros textiles no habrían sido posibles sin el desarrollo paralelo de la industria química y de, por ejemplo, los decolorantes para las telas producidas en masa. Keir aportó a la Revolución Industrial sus álcalis sintéticos y Roebuck le dio su ácido sulfúrico. Ambos pertenecían al grupo de Birmingham. Watt presentó a Berthollet, el hombre de ciencia francés, quien comunicó a la sociedad el proceso de blanqueado mediante cloro, y el señor McGregor, suegro de Watt, blanqueó 1.350 metros de lino con este proceso en 1798.
        En esta compañía figuraba el buen médico doctor William Withering, quien encontró a una viejita de Shrophshire haciendo té de dedalera y, más listo que sus colegas de siguientes generaciones, que se burlan de los cuentos de viejas, investigó sus virtudes y nos dio la digital, para el tratamiento de las enfermedades del corazón y la hidropesía. Withering también fue el geólogo y minerólogo que encontró y analizó la witherita, carbonato de bario, que Wedgwood ensayó en su alfarería y al que agregó luego sulfato de bario, produciendo su famosa loza jasper, La utilización de sulfato de bario, dicho sea de paso, la sugirió Keir, quien encontró yacimientos a raíz de una búsqueda personal en Derbyshire. ¡Estos lunáticos tenían una curiosidad natural que reportó magníficos beneficios!
        Y, por supuesto, estaba Erasmus Darwin, abuelo de Charles Darwin, pero él mismo un "evolucionista creativo" sesenta años antes de que su nieto escandalizase a los teólogos produciendo El Origen de las Especies. Su Zoonomía daba razones plausibles "para creer posible el origen de las especies por transmutación", pero, como posteriormente señaló Charles, "anticipó los puntos de vista erróneos y fundamentos de opinión de Lamarck" y no el principio de la selección natural. Pero Erasmus tuvo otros méritos, no siendo el menor de ellos su generoso humanitarismo. Ha quedado constancia de que, en sus desplazamientos como médico, dos veces fue asaltado por los bandidos, y en ambas ocasiones salió con la bolsa y la vida porque lo reconocieron como el amigo de los pobres que prefería dar de comer al enfermo antes que cobrarle honorarios. Fue un poeta, inventor y filósofo, cuyas opiniones impopulares siempre le podían ocasionar inconvenientes.
        Pero el que más inconvenientes encontró fue Joseph Priestley, el amigo de Benjamín Franklin. Priestley era maestro en una escuela de disidentes de Warrington, Lancashire, cuando se interesó en los trabajos de Franklin sobre electricidad e hizo el viaje a Londres para verlo. Franklin se encontraba a la sazón empeñado en la batalla para el rechazo de la Ley del Timbre, pero encontró tiempo para ver al joven desconocido e informarlo y darle consejo. La influencia que ejerció en Priestley fue decisiva, y su inspiración fue en gran parte responsable de las investigaciones que éste emprendiera posteriormente. Es notable que haya sido Priestley, y no a Franklin mismo, que debamos la narración de cómo se llevó a cabo el experimento de la cometa y el rayo. Franklin jamás escribió personalmente la versión de cómo hizo la prueba, limitándose a hacer alusión a ella en la Gazette como "un experimento que tuvo éxito en Filadelfia". Sin embargo, lo contó a Priestley y aprobó la versión de éste de lo ocurrido.
        "Preparando, por lo tanto, un pañuelo en cruz de largo adecuado sobre el cual extenderlo, aprovechó la oportunidad de la primera tormenta eléctrica para salir a caminar por un campo en el cual había un techado conveniente para lo que se proponía. Pero, temiendo el ridículo que con demasiada frecuencia acompaña a los intentos infructuosos en ciencia, no participó el experimento que pensaba hacer a nadie más que a su hijo -quien entonces tenía veintiún años de edad y no era un niño, como figura en las ilustraciones tradicionales de la escena-, que lo ayudó a remontar la cometa.
        "Habiendo remontado la cometa, transcurrió un tiempo considerable antes de que se produjese algún indicio de que estaba electrizada. Una nube muy promisoria había pasado sobre ella sin ningún resultado, cuando, por último, estaba precisamente comenzando a decepcionarse, observó que algunas hebras sueltas del hilo de cáñamo se ponían erectas y se rechazaban entre sí, como si hubiesen estado suspendidas de un conductor común. Impresionado por esta apariencia prometedora, inmediatamente aplicó los nudillos a la llave (situada en el extremo del hilo) y (dejemos que el lector imagine el exquisito placer que debió de haber sentido en ese momento) su descubrimiento fue completo. Percibió una chispa eléctrica muy evidente." (Priestley, citado por Carl Van Doren en Benjamín Franklin.)
        Ambos se destacaron no sólo en sus investigaciones científicas sino en las actividades políticas, a las que Priestley se dedicó intensamente para apoyar a los colonos norteamericanos. Fue Franklin quien obtuvo el nombramiento de Priestley como bibliotecario del Earl de Shelburne, el secretario de estado para las colonias, en cuya casa llevó a cabo sus experimentos para aislar el oxígeno. Y fue por intermedio de Franklin, esa abeja intelectual que fecundó tantas mentes y grupos de mentes, como Priestley se vinculó con esa rara compañía de Birmingham.
        Se trasladó allí y se convirtió en miembro de la Sociedad Lunar y en ministro de la Iglesia Unitaria, pero su situación financiera fue remediada con delicadeza por los demás integrantes de la sociedad, quienes, haciéndolo a hurtadillas y sin herir su orgullo, se empeñaron en que contase con los fondos necesarios para seguir adelante con sus trabajos. Su labor se desarrollaba en los cimientos mismos de la química moderna; este maestro clásico y predicador disidente fue uno de los más grandes experimentadores de todos los tiempos. Pero tenía un punto ciego filosófico, el flogisto. Aceptaba la teoría de Stahl (1697), quien presumía la existencia de una sustancia hipotética, el "flogisto", como principio de la combustión; esto suponía que las sustancias combustibles eran compuesto de flogisto y que la combustión se debía a que éste abandonaba las sustancias. Keir, su compañero "lunático", que era antiflogistista, no logró convertirlo. Tampoco captó, probablemente debido a su preocupación por el "fiero principio", la importancia de "un sencillo experimento hecho al azar para entretener a algunos amigos filosóficos que han constituido una sociedad privada, de la cual me han hecho el honor de hacerme miembro", es decir, la Sociedad Lunar.
        En este experimento hizo estallar "aire inflamable" (hidrógeno, descubierto por Cavendish en 1776) y "aire deflogisticado" (oxígeno, descubierto por él en 1774) mediante una chispa eléctrica. En el recipiente de vidrio se formó "rocío". En abril de 1783, Priestley narró a Watt cómo había descubierto que el peso del agua así formada era igual al de los dos gases. Watt respondió inmediatamente que este experimento demostraba que el agua era un compuesto y no un cuerpo simple, un "elemento". Subsiguientemente Watt escribió a Priestley: "¿Cuáles son los productos de su experimento? Son agua, luz y calor. Por lo tanto, ¿no estamos autorizados a llegar a la conclusión de que el agua es un compuesto de los dos gases, oxígeno e hidrógeno, privado de una porción del calor latente o elemental de ambos; que el oxígeno es agua privada de hidrógeno, pero todavía unida a su calor y luz latentes; que si la luz es sólo una modificación del calor, o una sencilla circunstancia de su modificación, o una parte componente del hidrógeno, el gas oxígeno sería agua privada de su hidrógeno, pero combinada con calor latente?" Eso se discutía entre dos aficionados de un club y habría de ser Cavendish quien describiese la composición del agua a la Real Sociedad el año siguiente (todavía en términos flogísticos) y Lavoisier quien demostrara que Cavendish estaba errado al pensar que el elemento agua preexistía en los gases y lo definiera en términos de oxígeno e hidrógeno. (Ya en esos días existía rivalidad científica; Lavoisier ignoró a Cavendish y Priestley, y aun a Watt, si bien el haber desconocido a este último es perdonable porque su comunicación sobre la composición del agua la hizo en una carta privada a Priestley.
        Priestley insistió en el flogisto, y en 1800 publicó, desde los Estados Unidos, su "Doctrina sobre el flogisto establecida y la composición del agua refutada". Eso fue un gran error, porque ha hecho que Lavoisier fuese aceptado como padre de nuestra química moderna. Pero a Priestley eso no le interesaba; le gustaba investigar por el gusto de hacerlo y no por recompensas o notoriedad. De todos modos, habían sobrevenido hechos más portentosos sobre su cabeza y la de Lavoisier.
        Había estallado la Revolución Francesa. La Sociedad Lunar se puso de parte de los revolucionarios. El hijo de James Watt, en París, había impedido un duelo entre Dantón y Robespierre y fue denunciado como agente francés por Thomas Burke ante la Cámara de los Comunes. Priestley olvidó su química y salió vehementemente en defensa de la Asamblea Nacional. También él fue denunciado por Burke, mientras los revolucionarios le ofrecieron la ciudadanía francesa y lo nombraron miembro de la Convención Nacional, si bien él declinó la invitación.
        El 14 de julio de 1891 James Keir, de la Sociedad Lunar, ofreció una cena en la principal posada e Birmingham para celebrar el segundo aniversario de la toma de la Bastilla. La misma estuvo abierta para los simpatizantes, que sumaron ochenta, pero Priestley se quedó en su casa con su esposa y sus familiares. Una turba se congregó frente a la posada gritando "¡Iglesia y Rey!" y destrozó las ventanas. El objetivo, sin embargo, era Priestley. Marcharon hacia la Casa de la Nueva Reunión, de la cual era pastor unitario, y la incendiaron. Seguidamente se encaminaron hacia su domicilio en Fairhill, a casi dos kilómetros de distancia. Pero Priestley había recibido aviso y escapó media hora antes de que llegasen. Redujeron su hogar a añicos, destrozaron sus aparatos y desparramaron sus papeles, y terminaron prendiendo fuego a la casa. Sus manuscritos, obra de veinte años, quedaron diseminados por el campo. Los Lunáticos estaban perfectamente al tanto de los peligros a que se exponían como "filósofos" impopulares. Boulton y Watt se atrincheraron en la fábrica de Soho y armaron a sus trabajadores para hacer frente al asedio. Pero la multitud, habiendo atacado casas cuyos sótanos estaban bien aprovisionados, se dedicaba a otras cosas.
        Priestley sacudió de sus pies la tierra de Birmingham, llevó su familia a Londres por razones de seguridad y posteriormente emigró a la América del Norte, donde se radicó en el condado de Northumberland, Pennsylvania. Desde allí dedicó su tratado Experimentos sobre la generación del aire a partir del agua a sus "valiosos amigos miembros de la Sociedad Lunar de Birmingham".
Lavoisier fue menos afortunado. El 8 de mayo de 1794 la carreta traqueteó en la Plaza de la Revolución. Lavoisier subió a la guillotina y la hoja cayó. "Sólo un instante para cortar su cabeza -comentó su colega Lagrange-, y no habrá otra como ésa en un siglo".
        La Sociedad Lunar se disolvió después de comenzar el siglo diecinueve. Había cumplido su finalidad.

2. El cerco de la ciencia

        Richard Lovell Edgeworth, miembro de la Sociedad Lunar, escribió:
        "Una sociedad de literatos y una sociedad literaria pueden ser cosas muy distintas. En la primera, los hombres dan los resultados de sus investigaciones serias y detallan sus pensamientos deliberados. En la segunda, los primeros asomos de descubrimientos, las observaciones en curso y el choque mutuo de ideas son de importante utilidad. Los conocimientos de cada miembro de una sociedad así se diseminan, con el correr del tiempo, entre todos los demás y cierto esprit de corps, incontaminado por los celos, combina en algún grado los talentos de los miembros para desarrollar los puntos de vista de una simple persona".
        Vale la pena señalar que se refiere a una "sociedad literaria" porque, en la terminología de la época, "literario" no significaba meramente la discusión del material que se encuentra entre las cubiertas de un libro, sino "fino saber". También merece destacarse que no significaba una "sociedad de sabios", sino una entidad destinada a "desarrollar los puntos de vista de una simple persona".
        Esto es más que un mero juego de palabras. La Sociedad Lunar ha sido mencionada con cierta extensión en esta parte dedicada a la ciencia y la humanidad, porque representó un enfoque de los problemas de la naturaleza y del ser humano que ha quedado sacrificado en la intensiva especialización de nuestros tiempos. Esa especialización nos ha sido impuesta forzosamente por el rápido adelanto de la ciencia y la tecnología, que ha creado tal cúmulo de conocimientos detallados que hoy nadie puede abarcarlos en su integridad. Para ser eficaz en cualquier rama de la ciencia, todo exponente de ella debe concentrarse en los antecedentes y acontecimientos actuales de su especialidad, casi con exclusión de todos los demás asuntos. Incluso los miembros de la Sociedad Lunar, que podían escribir una correspondencia tan voluminosa y leer con tanta asiduidad, habrían quedado abrumados frente a las 40.000 publicaciones científicas que aparecen en el mundo todos los años, con una producción de más de 2.000.000 de colaboraciones científicas.
        El resultado es que, en vez de las discusiones de gran amplitud, con vino e iluminación a vela, que se hacían en la Sociedad Lunar, tenemos "informes" cada vez más estrechos en el ascético resplandor de los seminarios y debates, donde, en su jerga privada, la jerigonza de sus especializaciones, los sabios comentan el mesón de la semana pasada, la última síntesis de aminoácidos o el pelito que apareció en el bigote de la mosca del bananero.
        Las sociedades científicas, que son en sí grupos fragmentarios de una filosofía natural, cuentan con subgrupos dentro de grupos y subsectas dentro de sectas. No debe sorprender, por lo tanto, que la persona común comience a pensar en la ciencia como una especie de caja de seguridad cerrada, cuya combinación sólo la conoce el doctor en filosofía, y dentro de ella una serie de cofres con sus etiquetas "Física", "Química", "Biología", "Geología", "Astronomía", cada cual nuevamente con sus cerraduras de combinaciones especiales, y dentro de esos cofres unos cajoncitos -gran número de cajoncitos- identificados "Física nuclear", "Cristalografía", "Estado sólido"; "Química de los coloides", "Orgánica", "Inorgánica"; "Citología", "Genética", "Biofísica", "Bioquímica" y lo que a usted se le ocurra. Y dentro de ellos más subdivisiones, también aherrojadas, con rótulos más y más precisos casi ad infinitum.
        La superespecialización es la maldición de nuestra era. Si bien es comprensible e incluso inevitable, también es una maldición porque suministra a la gente excusa para decir: "¿Cómo entender?", y brinda a los científicos pretexto para manifestar: "No tenemos tiempo para otras cosas."
"Un perito -se dice- es una persona que cada vez sabe más de menos." Pero existe otra definición: "Perito es sólo un individuo perfectamente ordinario que dista mucho, pero mucho, de su casa." Es un niño perdido en un bosque cuyos árboles no puede ver.
        Esta es una generalización tosca, pero es sustancialmente verídica para quienes tienen que vivir y trabajar con especialistas. Particularmente los científicos de laboratorio. Hay, por supuesto, científicos que, por especializados que puedan estar en sus laboratorios, saben mucho de los hechos de la vida y de la alegría de vivir, aprecian los temas culturales y cultivan lo que se denomina "fino saber" y son capaces de instrucción científica. Pero son excepciones. Un científico de espíritu autocrítico dijo cierta vez: "Los científicos son lisiados intelectuales. Sólo emplean parte de sus facultades y dejan languidecer las otras."
        La falla, sin embargo, no recae por entero en la ciencia. El predicador que se queja de que los adelantos materiales de la ciencia están debilitando las responsabilidades morales, revela píamente no saber nada de ciencia. Los estadistas, que hacen alarde de su ignorancia en ciencias, se creen, sin embargo, competentes para legislar en materia de bombas atómicas. El hombre de café que hace chistes a costa de los sesudos varones" de la ciencia, y culpa a ésta cuando un nuevo dispositivo amenaza con hacerle perder el empleo o una nueva arma que hace peligrar la seguridad de su casa, no se molesta en entender en qué consiste la ciencia, y la trata superficialmente o escapa con ella a los planetas de las historietas gráficas. Jamás preguntan: "¿Qué inspira al científico?", ni al alternar entre el temor y la burla lo tratan como un individuo de talla normal cuya instrucción le ha dado ciertas calificaciones. Esta gente, y los científicos, son víctimas de ese tipo de periodismo que trata cualquier descubrimiento científico como una revelación milagrosa y a todo hombre de ciencia como a un genio.
        No obstante, el divorcio entre la ciencia y la humanidad es un problema serio que puede crear una desesperante crisis en los asuntos humanos. La ciencia es lo que nos hace andar, la dinámica de nuestro día y de nuestra era. Tomemos un ejemplo obvio: si la ciencia médica, equipara con penicilina, DDT y un arsenal de drogas nuevas, pudiese acabar con las enfermedades, mantener vivos a los niños para que se casen y se multipliquen, y aumentar la longevidad de modo que la gente viva más, pero sin que la ciencia de la producción de alimentos siguiese su ritmo, ¿qué ocurriría? (Más adelante plantearemos en este libro la cuestión.) Pero también fija la marcha (como se quejan los predicadores) de la filosofía moral, de los cambios políticos y sociales, y de la educación, las artes y la literatura.
        Los exponentes de todos estos campos, si bien reconocen a la ciencia como determinantes de nuestro paso, se muestran reacios a aceptarla como tal. No quieren que se los arrastre a su zaga y por eso imaginan que pueden frenarla, en vez de subir a bordo y ayudar a pilotear. Por ejemplo, cuando se concibió la Unesco al finalizar la segunda guerra mundial, se trataba de la "UNECO - United Nations Educational and Cultural Organization" (Organización Educativa y Cultural de las Naciones Unidas). Faltaba la "S" de scientific. La "S" fue añadida debido principalmente a la delegación de los Estados Unidos y a la influencia de Archibald McLeish (nótese que es el poeta) en la Comisión Preparatoria que sesionó en Londres. Los pedagogos consideraban la ciencia como algo que habría que buscar en libros de texto educativos o enseñar en los laboratorios; los estetas pensaban que la ciencia era algo que, con gracia y con el correr del tiempo, podría llegar a calificarse como cultura. No la aceptaban, ni deseaban aceptarla, como determinante de la marcha de la educación y la cultura. Finalmente cedieron, ¡pero es de sospechar que lo hicieron porque pensaron que la "S" podría quedar maniatada sin peligro entre la E y la C!
        La ciencia no es una cosa que solamente se enseña en la escuela o a quienes optan por ella. Es una cosa que modifica la naturaleza de la educación en sí porque es el factor que está cambiando al mundo y las condiciones de la sociedad para la cual se está dando, instrucción a los estudiantes. La educación tiende a quedar deformada a causa de la mucha frecuencia con que se considera a la ciencia como un adiestramiento educacional para los que aspiran a obtener grados científicos o empleos técnicos. Debería enseñarse a todos los estudiantes cuál es el significado de la ciencia, cuáles son sus procesos mentales y cuáles son sus probables efectos sociales. Esto no significa que sea necesario aprender todos los tecnicismos de la ciencia sino que el estudiante "marche al paso de la ciencia".

3. Ciencia y cultura

        El divorcio entre la ciencia y la cultura es absurdo. Oyendo hablar a cierta gente uno pensaría que la ciencia ha destruido las artes o las ha corrompido hacia formas modernas que ellos consideran de mal gusto. Y se lamentan diciendo que la Edad de Oro sólo volverá cuando la ciencia quede, de alguna manera, descartada. Esto es completamente insensato. "¿Qué es esta Edad de Oro no mancillada por el hálito de la mecánica ruda?", pregunta el doctor J. Bronowski, quien, en The Common Sense of Science (Heinemann), acepta el reto brillantemente.
        ¿Qué y cuándo? Remontémonos 6.000 años hasta los egipcios. Encontramos que ya habían dividido el año en 365 días, contando los que transcurrían entre dos ocasiones sucesivas en que la estrella Sirio surgía inmediatamente antes de amanecer. Entre entonces y la época en que se construyó la Gran Pirámide de Cheops, alrededor del año 2800 a. de C., los egipcios desarrollaron la ciencia de las dimensiones, de la distancia y de la dirección. Todas las pirámides constituyen un extraordinario ejemplo de matemática práctica debido a su forma y construcción. Pero consideremos la Gran Pirámide: fue diseñada de modo que los rayos de Sirio llegasen a ella en ángulo recto. Un respiradero fue hecho de modo que se introdujese por él la luz de la estrella al cruzar el meridiano, penetrase en la Cámara Real, situada en el corazón de la Pirámide, e iluminara "milagrosamente" el rostro del faraón muerto. ¿La Gran Pirámide es una obra de arte (no cabe duda que es de cultura) o de ciencia?
        "Pitágoras vivió antes de que Esquilo crease el teatro griego. Sócrates enseñó cuando el teatro estaba en su apogeo. ¿Se debe invocar a Sócrates por el arte o por la ciencia?", pregunta Bronowski.
        Hablamos de la Edad de Oro de Roma: ¿Qué decir de Lucrecio, el más grande de todos los poetas didácticos, que murió el año en que Julio Cesar invadía Gran Bretaña? No fue solamente un gran poeta, sino un precursor en poesía porque encontró al hexámetro áspero y tosco y lo pulió para convertirlo en el magnífico instrumento que Virgilio había de usar. Poeta, sí, pero también científico. En lenguaje poético no esperado, no sólo en latín sino en cualquier lengua humana, escribió De rerum natura, tesis científica en la cual atacaba la superstición; describía los fenómenos naturales; afirmaba que alma y mente eran partes integrales del cuerpo humano y no más capaces de existencia separada que una mano o un pie; discurseó sobre la naturaleza de las enfermedades y discutió el origen del mundo, la aparición y el progreso del hombre y los albores de la civilización y la sociedad. Captó que el tiempo es una cosa relativa. Sus puntos de vista sobre la herencia son compatibles, por lo menos, con los del abate Mendel. E hizo una versión aceptable de la selección natural. Su teoría atómica sostenía que el universo primario contenía un número infinito de partículas infinitesimales que caían a través del espacio infinito. Se mueven, se encuentran y chocan, construyendo unidades pequeñas (lo que en la actualidad llamaríamos moléculas), agregándose para formar masas más grandes y, finalmente, mundos. Los seres vivientes eran un conglomerado casual de átomos en los cuales la vida formaba una interacción entre ellos. Newton habría de volver a esta teoría clásica 1.700 años después. John Dalton, mediante observaciones experimentales en el siglo diecinueve, definió, partiendo de Lucrecio, sus pesos atómicos y sus leyes fundamentales. ¿Lucrecio es entonces un poeta o un científico?
        Conocemos a Omar Khayyam (siglo undécimo) como el poeta del Rubaiyat, pero cuando en la Persia moderna hablé en la Universidad de Teherán de "vuestro gran poeta Omar Khayyam", mi auditorio pareció intrigado: lo conocían como su más grande astrónomo y matemático.
        Leonardo da Vinci (1452-1519), autor de la Ultima Cena y la Mona Lisa, fue tanto supremo científico como supremo artista. Fue anatomista, ingeniero, arquitecto, el paleontólogo que puso en tela de juicio la historia del diluvio, el cosmólogo que dijo al azar que "el sol no se mueve" en un momento en que podía morir en la hoguera por semejante herejía, el inventor de la camera obscura, del higrómetro para medir la humedad atmosférica, del submarino y de la recámara de las armas de fuego. ¿Acaso su ciencia destruyó su arte?
        Las belles-lettres reclaman a sir Francis Bacon por sus ensayos (y algunos fanáticos le atribuyen las obras de Shakespeare), pero también la ciencia lo invoca como pare de la moderna ciencia experimental. Perteneció a la Edad de Oro de la reina Isabel, cuando la poesía y la literatura marchaban triunfantemente junto con la ciencia de los grandes navegantes.
        Otra así llamada Edad de Oro fue la Restauración. Pero uno de los primeros actos de Carlos II, a su regreso, fue el de patrocinar la Real Sociedad, "empresa en beneficio de la vida humana mediante el adelanto del conocimiento real". Entre sus miembros figuraban sir Christopher Wren, arquitecto de la catedral de San Pablo; Robert Boyle (de la ley Boyle); Flamsteed, el astrónomo; John Evelyn, el diarista; Hooke, uno de los más grandes experimentadores de todos los tiempos; Petty, el padre de la economía o, como él la denominaba, la "aritmética política"; John Winthrop, gobernador de Connecticut; el obispo Spratt; Samuel Pepys y John Dryden. Aquí no había conflicto entre las artes y la ciencia; se pertenecían mutuamente.
        ¿Acaso el intento de Milton de introducir la ciencia en sus enseñanzas de la escuela Aldersgate empañó el brillo del Paraíso perdido?
        Pero, dicen algunos estetas críticos, la ciencia, al explicar las maravillas de la Naturaleza, la despoja de su encanto. Newton deshizo el arco iris cuando explicó la naturaleza de la luz y utilizó el prisma para reproducirlo, descomponiendo la luz en los colores que la forman. Eso no hizo desaparecer la visión del artista ni la inspiración del poeta. En efecto, un científico que deseaba probar este hecho con estadísticas ha descubierto que Alexander Pope, contemporáneo de Newton, utilizó un número cuatro veces mayor de palabras referentes a los colores que Shakespeare y las aplicó con una frecuencia diez veces mayor. Los hermosos experimentos cromáticos que Newton llevó a cabo habían ejercido una vívida influencia en los poetas y pintores del siglo dieciocho.
        Además se dice que la Revolución Industrial, ciencia en acción, mancilló las artes con lugares comunes de la misma manera que ensució las ciudades con su hollín. Pero los críticos no pueden hacer que las cosas sucedan de dos maneras: el renacer del romanticismo coincidió con el advenimiento de la máquina de vapor.
        Debido a que las artes son influidas por las circunstancias y el clima emocional e intelectual de sus épocas, la ciencia tiene que afectarlas, sea activamente o por reacción (como, por ejemplo, Blake al aceptar el desafío de la Revolución Industrial en forma realista en su Jerusalén, o Walter Scott, que huye románticamente en Ivanhoe). Tal como sugiere el doctor Bronowski (The Common Sense of Science), la filosofía mecanicista de causa y efecto, con su sentido de determinación o predestinación científica, infundió a los escritores un aire de pesimismo que predominó en la novela desde Thomas Hardy hasta Virginia Woolf.
También señala: "La invención de la Imprenta no parece gravitar en forma muy directa en el contenido de la poesía, pero cuando se puede leer y releer un poema, es natural que el interés se desvíe de la rima hacia el significado y la alusión. Así también la invención de la fotografía ha hecho que el pintor y su cliente pierdan interés en el parecido y lo trasladen a un modelo más esencial.
        Pero, si desarrollamos todavía más ese argumento, la ciencia probablemente haya aportado a las artes más de lo que algunos estetas piensan que les ha quitado. Ha abierto nuevos dominios enteros de la naturaleza en cuya apreciación y expresión los artistas y poetas sólo están experimentando todavía. El Instituto de Artes Contemporáneas de Londres (en el que figuran muchos científicos) ha realizado exposiciones y publicado un libro (Aspectos de forma), en un estudio general de formas visuales que abarca desde la física, pasando por la biología y la psicología, hasta el arte. En ambos se han mostrado los diseños que aparecen en las imágenes de microscopios electrónicos sobre la estructura de la celulosa y en las versiones electroencefalográficas de la actividad del cerebro humano. En el Festival de Gran Bretaña se exhibieron alfombras y tejidos con diseños que incluso los estéticos toscanos no pudieron dejar de aplaudir, ¡hasta que se les dijo que eran modelos del átomo y de la estructura atómica de una molécula de penicilina!
        Pero el reto de la ciencia a las artes se pone más en evidencia en los medios que ha creado -el cine, la radio y la televisión- y en los nuevos materiales que puede poner a disposición de la humanidad. Como dijo un productor cinematográfico, "las películas tridimensionales llegan a nosotros antes de que hallamos llegado a dominar las formas artísticas del cine mudo, por no hablar del parlante". Si, como ha señalado Bronowski, la Imprenta ha desviado el interés de la rima hacia el significado y la alusión, ¿cuáles habrán de ser los efectos de la radio en la forma de la poesía, el drama y la palabra hablada -"música vocal"- en general? ¿Y de la televisión?

4. El desafío para las artes

        Existe, sin embargo, un desafío aún mayor para las artes: el desafío del público que la ciencia ha puesto a su disposición. Si el resultado no debe ser la vulgarización sino elevar el nivel de la apreciación popular, los libretistas, los poetas, los dramaturgos, los músicos y, especialmente, los artistas, tendrán que reexaminar sus propios valores y formas. La verdadera Edad de Oro de las artes llegará cuando los valores perdurables de la cultura no sean privilegio exclusivo de una élite culta sino que sean compartidos por la multitud.
        El divorcio de la ciencia y las artes ha creado otra falacia, la de que la instrucción científica en cierto modo invalida a sus "víctimas" para la apreciación o la exposición de las artes. Una encuesta entre hombres de ciencia revelaría que una gran proporción de ellos son buenos jugadores de ajedrez y buenos músicos. Lo primero era de esperarse porque la disciplina de la ciencia es una buena base para el ajedrez. Lo segundo puede sorprender a cierta gente, pero Einstein, el Kreisler de la Relatividad, y sir James Jeans, el organista del cosmos, son famosos ejemplos de los muchos que existen. Y en las filas de los científicos hay poetas, artistas y escritores. Y también filisteos.
        Dejando de lado la exposición, consideremos la apreciación, que es, por así decirlo, una realización cultural pasiva. Imaginemos que tres personas escuchan un cierto por radio. Una de ellas es músico, o sea que conoce la teoría y práctica de la música; la otra es un científico que entiende de propagación de ondas y de radiofrecuencias, y la tercera es un técnico que sabe cómo armar un receptor de radio. Una nota en falso echa a perder el concierto que están gozando. El músico quiere estrangular al primer violinista. El científico piensa en las manchas solares. El técnico cree que está fallando la fidelidad del receptor. Lo que interesa aquí no es cuál será la explicación correcta, sino que los tres aprecian debidamente y saben que algo ha deteriorado la música.
        Por supuesto, los científicos deberían tener acceso a las artes liberales del mismo modo que cualquiera debería tener acceso a las ciencias, pero, aparte de las preocupaciones de la especialización, no hay motivo por el cual la ciencia y el "fino saber" se excluyan uno al otro.

5. Ciencia y religión

        También está el eterno conflicto entre la ciencia y la religión. Mientras la religión depende de la magia y la superstición el conflicto es total, pues la ciencia existe para destruir la superstición y para encontrar explicaciones racionales de fenómenos naturales que la superstición considera sobrenaturales. Sir Francis Bacon, al describir su "Casa de Salomón" en The New Atlantis, plantea las cosas de la siguiente manera:
        "También tenemos casas para engañar los sentidos, donde representamos toda clase de pruebas con juegos de manos, apariciones falsas, imposturas, ilusiones y sus falacias. E indudablemente vosotros creeréis fácilmente que nosotros, que tenemos tantas cosas verdaderamente naturales que suscitan admiración, podríamos en el mundo de lo particular engañar los sentidos si disfrazásemos esas cosas y las preparásemos para hacerlas aparecer más milagrosas. Pero odiamos toda clase de imposturas y mentiras al extremo de que las hemos prohibido estrictamente a todos nuestros miembros, bajo pena de ignominia y multas, para que no muestren ningún fenómeno o cosa natural en forma adornada o exagerada, sino en forma pura, como es, y carente de toda afectación de cosa extraña."
        Pero sugerir que ciencia y religión sean incompatibles es absurdo. La ciencia ha sido definida como "Prueba sin certidumbre" y la fe como "Certidumbre sin prueba". (Los teólogos pueden argüir que la Revelación es una prueba, pero ningún científico, ni siquiera uno tan fanáticamente religioso como Michael Faraday, ha medido jamás la Revelación.) El científico que dice "soy ateo" es dogmático y anticientífico; como científico sólo puede decir "soy agnóstico , lo cual significa "no sé que Dios exista". Tampoco puede negar que crea. Siempre que construye una hipótesis sobre hechos observables y dice "por lo tanto, creo que tal y tal cosa es cierta", hace acto de fe hasta que sus experimentos subsiguientes lo prueban o rechazan; entonces su creencia se convierte en hecho, pero jamás en una certidumbre, porque conocimientos ulteriores pueden modificar su conclusión. (Las leyes de Newton parecían una declaración de certidumbre, pero han sido modificadas por Einstein.)
        "La religión y la ciencia -dijo el extinto sir Richard Fregory, el gran editor de Nature, en su libro Religion in Science and Civilization- son los dos principales factores que han influido en el desarrollo de la humanidad en todas las etapas de la civilización: religión es la reacción a un impulso interior respecto a lo que se concibe como sagrado o inspira respeto o reverencia, y ciencia es la acumulación de conocimientos sobre las propiedades de los objetos naturales -animados e inanimados- en relación con las necesidades del hombre y su comprensión de las mismas mediante el empleo de su inteligencia. La primera representa el lado emocional de la naturaleza humana, expresado en el arte ritual y la literatura religiosa; la segunda -también fruto de una inquietud interior- es la construcción de un cuadro mental de lo conocido, en cualquier fase de una investigación, en cuanto a la naturaleza de todas las cosas, visibles e invisibles.
        "Es -añadió- en el servicio a los altos ideales donde la ciencia, sin la cual no podemos vivir, y la religión, sin la cual la mayoría de la gente parece no encontrar significación a la vida, pueden hallar un terreno de acción común."
        Los científicos, como individuos, pertenecen a toda la gama de creencias religiosas o a ninguna. O bien algunos pueden llamarse a sí mismos "humanistas científicos", creyendo que la bondad esencial radica en el mejoramiento de la humanidad mediante el ejercicio del razonamiento humano y los beneficios de la ciencia. O algunos pueden seguir el materialismo marxista y descartar a la religión en su sentido espiritual y ritual por considerarla el opio de la razón y el engaño de las masas. Cada cual puede creer lo que le plazca porque "la ciencia no se pone a establecer ni a invalidar ningún artículo de creencia o sustancia de fe en particular, sino sólo a examinar críticamente todo lo que llegue a ella en el mundo natural y a testificar fielmente lo que se ha visto y lo que parece revelar". (Sir Richard Gregory).
        Descartes, hombre de ciencia que hizo una distinción entre el alma y el cuerpo, dijo que había estudiado ciencias "con el fin de saber cómo distinguir la verdad de lo falso, de modo que pueda ser claro en mis acciones para marchar con pie seguro en esta vida".
        No importa lo que el científico piense o crea, tiene que enfocar todo problema con escepticismo; no debe inventar ni descartar pruebas según convenga a sus hipótesis, sea una presunción científica o religiosa, y tiene que "testificar fielmente". Fuera de eso es como cualquiera de nosotros
        Los choques históricos no se produjeron entre la ciencia y la fe, sino entre la ciencia y el oscurantismo, que se opone al progreso del saber y niega todo lo que esté reñido con un sistema aceptado. La Iglesia que hizo abjurar a Galileo y que quemó a Bruno en la hoguera porque insistió en que la tierra no era el centro del universo, sino que giraba en torno al sol; que el universo era infinito y estaba impregnado por un alma común, también quemaba a los herejes y a las brujas. Toda ley natural o creencia sobrenatural que estuviese en conflicto con la doctrina debía ser rechazada. El profesor de filosofía de la Universidad de Padua que se negó a mirar por el telescopio de Galileo las montañas de la luna, no se abstuvo por la religión cristiana, sino por la filosofía del pagano Aristóteles. Sencillamente no quiso ver nada que fuese contrario a sus creencias.
        Lo mismo rigió en las feroces controversias del siglo diecinueve entre teólogos y darwinianos en torno al Origen del Hombre. Del mismo modo que antes de Copérnico la tierra había sido el centro del universo, el hombre era la finalidad especial de la creación y, según el obispo Usher (1580-1656), cuya cronología fue incluida en la versión autorizada de la Biblia, el mundo había creado para el hombre el año 4004 a. de C. Las pruebas que se encontraron en las rocas demostraron que esta cronología era imposible (los oscurantistas sugirieron que Dios, esa mañana de la Creación, introdujo deliberadamente los esqueletos fósiles), ¡y ahora la evolución pretendía que el hombre tenía una ascendencia común con los monos! El obispo Wilberforce y Thomas Huxley polemizaron en la arena pública, dejando a la gente con la impresión de que la ciencia y la religión eran irreconciliables, cuando se trataba de cómo asimilar mejor los nuevos conocimientos.

6. La ciencia y la educación

        Pero los nuevos conocimientos que surgen diariamente de nuestros laboratorios, afectan a algo más que nuestros conceptos religiosos o filosóficos; afectan a toda la estructura de nuestra existencia material y de nuestras instituciones sociales. Deben ser asimilados en muchos niveles, no en último lugar por el común de la gente, cuyas vidas y medios de vida están en juego.
        Hace trescientos años Jan Comenius, el gran educador checo, concibió cómo se podría hacer eso. Sus ideas en materia de pedagogía merecen el respeto de los educadores de hoy, pero hubo un aspecto de su contribución que afecta particularmente a la ciencia: fue su Pansophicon. No cabe duda que fue inspirado por la Casa de Salomón de sir Francis Bacon. Sin embargo, Comenius lo desarrolló. Su idea era crear un colegio en el cual una vez por año se reuniesen los sabios del mundo, llevando consigo, para aquilatar y explorar, todos los conocimientos naturales reunidos en el mundo entero, y presentarlos y darlos a conocer ampliamente para que los hombres los adoptasen en su beneficio. Fue una idea que encontró eco en las mentalidades avanzadas de Gran Bretaña y se le invitó a Londres. Su empresa tuvo tan buena acogida, que el Seminario de St. James, en Chelsea, fue elegido para el colegio. Los medios y arbitrios para lograr ese fin habrían de ser discutidos en el Parlamento en la aciaga sesión en que estalló la guerra civil. Carlos I perdió la cabeza. Comenius perdió su colegio y el edificio que se le había asignado fue cedido por Carlos II, a instigación de Nell Gwynn, para alojar veteranos de guerra. Hoy el Real Hospital de Chelsea para pensionados se encuentra en el sitio en que debía estar el Pansophicon. Pero la idea no se perdió del todo; influyó a los virtuosi que se reunieron como el Colegio Invisible, primero en Londres y después en Oxford, y que concibieron la Real Sociedad de Londres, prototipo de las academias nacionales. A su manera, la Sociedad Lunar fue un retoño del Pansophicon. Y, en la actualidad, el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton refleja la intención de Comenius.
        Pero no es solamente en el alto nivel intelectual de síntesis y asimilación, como en Princeton, donde Comenius necesita su expresión en la hora actual. Precisamos un corazón central que disemine los corpúsculos de la ciencia por todo el cuerpo político.
        Tenemos que restaurar algo del espíritu investigador y de la comprensión común que compartían los miembros de la Sociedad Lunar, y que se personificaron en ese Pansophicon de un solo hombre. Benjamín Franklin.