MERCADERES DE LUZ (I)
LA CIENCIA TIENE SENTIDO
RITCHIE CALDER
SUDAMERICANA, BUENOS AIRES, 1958
Trad. Mario A. Marino "SCIENCE MAKES SENSE"


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1. Los Lunáticos

En la Inglaterra de la década del 1770, Los Lunáticos solían reunirse una vez por mes la noche de luna llena. Y su locura tenía razón de ser porque la luna era la linterna que debía iluminar a Erasmus Darwin camino de su casa en Lichfield, "aprisionado en un coche de posta, sacudido y estremecido, golpeado y raspado por la carretera del rey", y a Josiah Wedgwood en su cabalgata de sesenta y cinco kilómetros de Birmingham a The Potteries (Las Alfarerías). O, por lo menos, ayudara a sus caballos a encontrar el camino, porque Darwin y Wedgwood, hombres abstemios para los hábitos de la bebida de esa época, iban invariablemente embriagados por el fermento de ideas que habían asimilado en la mesa de una tertulia que ayudó a modificar la historia de la humanidad.
        Nunca se sentaron más de diez personas a cenar en la Sociedad Lunar de Birmingham (inevitablemente llamada "Los Lunáticos"). Jamás se registraron sus actuaciones, para no perturbar la espontaneidad de sus discusiones de libre alcance; no hubo actas, órdenes del día, resoluciones ni programas de acción. El único intento de Matt Boulton por formalizarlas fracasó; era como querer juntar mercurio con un tenedor.
        Discutían poesía y religión, arte y política, música y ciencia, con las mentes desabotonadas como los tiradores de sus pantalones. El de ellos era el espíritu de indagación universal que, en cierto modo, hoy hemos perdido en un mundo en que el campo del conocimiento popular ha sido cercado en fincas-facultades, erigiéndose una barrera entre las humanidades y la ciencia. Sabemos más y compartimos menos.
        Ninguna de tales inhibiciones o prohibiciones restringían las discusiones de la Sociedad Lunar, que hacía sus sesiones en las casas de sus varios miembros. Los temas eran libres para todos. James Watt, el inventor de la máquina de vapor, discutía música con William Herschel, el músico de banda militar que se había convertido en Astrónomo Privado del Rey. Erasmus Darwin, médico, filósofo y poeta, cuando no exponía sus ideas sobre la evolución, explicaba a Matt Boulton, el socio de Watt, cómo mejorar alguna nueva invención mecánica. Josiah Wedgwood, el Príncipe de los Alfareros, cambiaba ideas sobre la separación de los gases con Joseph Priestley, el descubridor del oxígeno, quien en ese momento podría dirigir el debate hacia algún asunto tecnológico. Samuel Galton apoyaría al señor Collins, el huésped "rebelde" de América, y Priestley lo interrumpiría para leer la última carta que recibiera de Benjamín Franklin.
        Sería difícil exagerar la influencia de la Sociedad Lunar teniendo en cuenta los hombres que atrajo en torno a su mesa. Formaban una compañía de "Mercaderes de Luz", como Francis Bacon calificó a los doce Miembros de la Casa de Salomón (en New Atlantis), cuyo cometido era averiguar en todas partes los hechos de la naturaleza y la experiencia humana, para iluminar las mentes de los hombres.
        Los tres fundadores de la Sociedad Lunar fueron Mattew Boulton, William Small y Erasmus Darwin. Boulton era fabricante de juguetes ("juguete", en esos días, significaba ornamentos finos, como hebillas para los zapatos y los calzones cortos) y acuñador de monedas, y se había hecho amigo de Benjamín Franklin durante la segunda estancia de ése en Inglaterra (1757-1762).
        Small había sido presentado a Boulton por Franklin. Este talentoso escocés había sido profesor de filosofía natural en Williamsburg. Uno de sus alumnos fue Thomas Jefferson, quien escribió en su autobiografía que "Small probablemente trazó el destino de mi vida". Bien puede haber hecho más que eso cuando se tienen en cuenta los rasgos característicos de influencia científica que se ponen de manifiesto en la Constitución de los Estados Unidos. Según ha señalado Woodrow Wilson, la Constitución se basó en una teoría de dinámica política "que fue una especie de copia inconsciente de la teoría newtoniana del universo", un sistema de gobierno en el cual acción y reacción son iguales y opuestas, y todos los cuerpos se mantienen en su sitio por el equilibrio de las fuerzas que accionan sobre ellos. Small abandonó Williamsburg, con una carta de presentación de Franklin dirigida a Boulton, treinta y tres años antes de la redacción de la Constitución, pero había contribuido a crear el clima intelectual para ella. Con la ayuda de Boulton, convirtióse en médico en Birmingham.
        En 1776 Boulton escribió a Franklin; estaba en dificultades. Su manufactura de Soho, Birmingham, dependía para su fuerza motriz de un arroyo, pero en épocas de sequía no había agua suficiente para accionar la rueda. Se le había ocurrido bombear el agua desde la parte terminal del canal de nuevo a la represa. Esto parece tosco, aunque ingenioso, pero se debe tener en cuenta que en esa época no había forma de conseguir movimiento giratorio mediante vapor. Lo único que había era la bomba de vapor. Quería adaptar a su propio diseño la máquina Savory, que empleaba el vapor mismo como émbolo, ejerciendo presión directamente sobre la superficie del agua. Envió el modelo a Franklin, quien, en este caso, no tuvo sugestiones prácticas que hacer, y Boulton debió seguir experimentando. La represa, sin embargo, la encontraría mucho más cerca de su casa, por mediación del doctor Small, su colega de la Sociedad Lunar, quien conocía a un ingeniero escocés llamado Watt.
        Watt era "artesano de instrumentos filosóficos" de la Universidad de Glasgow, y dos de sus clientes, entre los profesores, eran Joseph Black y John Anderson. Fue Anderson quien le envió a reparar un modelo pequeño de la máquina Newcomen, el cilindro no mide más de una pulgada y media de diámetro (3,75 centímetros) y la caldera no es más grande que una tetera". La máquina de Newcomen era una bomba de pistón. La caldera producía vapor a baja presión. Tenía un balancín oscilante, vástagos de bombeo en un extremo y un pistón en el otro. Los vástagos tiraban del pistón hacia arriba y entonces el cilindro se llenaba de vapor. Seguidamente se cortaba el vapor y se inyectaba agua fría para condensar el vapor y producir vacío, de modo que la presión atmosférica empujaba el pistón hacia abajo. Así arrastraba el brazo oscilante del balancín y levantaba los vástagos que accionaban la bomba. Watt comprendió la ineficacia de este dispositivo, pero no supo dar la respuesta.
        Consultó con Joseph Black, el profesor de química, el descubridor del anhídrido carbónico. Watt mismo había encontrado que una pequeña cantidad de agua en forma de vapor era capaz de calentar una gran cantidad de agua -seis veces su propio peso-, hasta su propia temperatura de 100 grados centígrados. Black explicó entonces a Watt algo que hasta entonces solamente había discutido con sus alumnos: la teoría del calor latente que lo hizo famoso. Su importancia práctica se iba haciendo patente en Watt cuando marchaba por Glasgow Green. "No había llegado más que hasta el Golf House -escribió Watt posteriormente-, cuando toda la cuestión se esclareció en mi mente; el derroche de calor se podría evitar manteniendo el cilindro a la temperatura del vapor y condensando éste en una caldera separada". Hizo un modelo (incluyendo el dedal de su esposa) y Black quedó tan impresionado que le prestó 1.200 libras esterlinas para que siguiese adelante con su trabajo. El resultado fue la máquina de vapor y su decisiva participación en la Revolución Industrial.
        Pero eso no era todo. Faltaba la intervención de la Sociedad Lunar: Small preocupado por el problema de su amigo Boulton, sugirió que Watt visitase Birmingham. El resultado fue una trascendental asociación y la evolución de la máquina de Watt de una bomba a un accionador primario que propulsase las ruedas de la industria mediante un movimiento alternado. Incluso aquí es necesario hacer una pausa, pues hubiera podido no ocurrir eso si en el grupo de Birmingham no hubiese figurado Wilkinson, el especialista en cañones, quien había construido unos magníficos tornos para tornear con exactitud el calibre del cañón y a quien ambos socios se dirigieron en busca de los medios para tornear con precisión la luz de sus cilindros.
        De la trama y la urdimbre de ideas y personalidades de esta memorable sociedad surgió el diseño de la Revolución Industrial. Watt le dio su fuerza motriz, pero los adelantos de la industria del algodón y otros textiles no habrían sido posibles sin el desarrollo paralelo de la industria química y de, por ejemplo, los decolorantes para las telas producidas en masa. Keir aportó a la Revolución Industrial sus álcalis sintéticos y Roebuck le dio su ácido sulfúrico. Ambos pertenecían al grupo de Birmingham. Watt presentó a Berthollet, el hombre de ciencia francés, quien comunicó a la sociedad el proceso de blanqueado mediante cloro, y el señor McGregor, suegro de Watt, blanqueó 1.350 metros de lino con este proceso en 1798.
        En esta compañía figuraba el buen médico doctor William Withering, quien encontró a una viejita de Shrophshire haciendo té de dedalera y, más listo que sus colegas de siguientes generaciones, que se burlan de los cuentos de viejas, investigó sus virtudes y nos dio la digital, para el tratamiento de las enfermedades del corazón y la hidropesía. Withering también fue el geólogo y minerólogo que encontró y analizó la witherita, carbonato de bario, que Wedgwood ensayó en su alfarería y al que agregó luego sulfato de bario, produciendo su famosa loza jasper, La utilización de sulfato de bario, dicho sea de paso, la sugirió Keir, quien encontró yacimientos a raíz de una búsqueda personal en Derbyshire. ¡Estos lunáticos tenían una curiosidad natural que reportó magníficos beneficios!
        Y, por supuesto, estaba Erasmus Darwin, abuelo de Charles Darwin, pero él mismo un "evolucionista creativo" sesenta años antes de que su nieto escandalizase a los teólogos produciendo El Origen de las Especies. Su Zoonomía daba razones plausibles "para creer posible el origen de las especies por transmutación", pero, como posteriormente señaló Charles, "anticipó los puntos de vista erróneos y fundamentos de opinión de Lamarck" y no el principio de la selección natural. Pero Erasmus tuvo otros méritos, no siendo el menor de ellos su generoso humanitarismo. Ha quedado constancia de que, en sus desplazamientos como médico, dos veces fue asaltado por los bandidos, y en ambas ocasiones salió con la bolsa y la vida porque lo reconocieron como el amigo de los pobres que prefería dar de comer al enfermo antes que cobrarle honorarios. Fue un poeta, inventor y filósofo, cuyas opiniones impopulares siempre le podían ocasionar inconvenientes.
        Pero el que más inconvenientes encontró fue Joseph Priestley, el amigo de Benjamín Franklin. Priestley era maestro en una escuela de disidentes de Warrington, Lancashire, cuando se interesó en los trabajos de Franklin sobre electricidad e hizo el viaje a Londres para verlo. Franklin se encontraba a la sazón empeñado en la batalla para el rechazo de la Ley del Timbre, pero encontró tiempo para ver al joven desconocido e informarlo y darle consejo. La influencia que ejerció en Priestley fue decisiva, y su inspiración fue en gran parte responsable de las investigaciones que éste emprendiera posteriormente. Es notable que haya sido Priestley, y no a Franklin mismo, que debamos la narración de cómo se llevó a cabo el experimento de la cometa y el rayo. Franklin jamás escribió personalmente la versión de cómo hizo la prueba, limitándose a hacer alusión a ella en la Gazette como "un experimento que tuvo éxito en Filadelfia". Sin embargo, lo contó a Priestley y aprobó la versión de éste de lo ocurrido.
        "Preparando, por lo tanto, un pañuelo en cruz de largo adecuado sobre el cual extenderlo, aprovechó la oportunidad de la primera tormenta eléctrica para salir a caminar por un campo en el cual había un techado conveniente para lo que se proponía. Pero, temiendo el ridículo que con demasiada frecuencia acompaña a los intentos infructuosos en ciencia, no participó el experimento que pensaba hacer a nadie más que a su hijo -quien entonces tenía veintiún años de edad y no era un niño, como figura en las ilustraciones tradicionales de la escena-, que lo ayudó a remontar la cometa.
        "Habiendo remontado la cometa, transcurrió un tiempo considerable antes de que se produjese algún indicio de que estaba electrizada. Una nube muy promisoria había pasado sobre ella sin ningún resultado, cuando, por último, estaba precisamente comenzando a decepcionarse, observó que algunas hebras sueltas del hilo de cáñamo se ponían erectas y se rechazaban entre sí, como si hubiesen estado suspendidas de un conductor común. Impresionado por esta apariencia prometedora, inmediatamente aplicó los nudillos a la llave (situada en el extremo del hilo) y (dejemos que el lector imagine el exquisito placer que debió de haber sentido en ese momento) su descubrimiento fue completo. Percibió una chispa eléctrica muy evidente." (Priestley, citado por Carl Van Doren en Benjamín Franklin.)
        Ambos se destacaron no sólo en sus investigaciones científicas sino en las actividades políticas, a las que Priestley se dedicó intensamente para apoyar a los colonos norteamericanos. Fue Franklin quien obtuvo el nombramiento de Priestley como bibliotecario del Earl de Shelburne, el secretario de estado para las colonias, en cuya casa llevó a cabo sus experimentos para aislar el oxígeno. Y fue por intermedio de Franklin, esa abeja intelectual que fecundó tantas mentes y grupos de mentes, como Priestley se vinculó con esa rara compañía de Birmingham.
        Se trasladó allí y se convirtió en miembro de la Sociedad Lunar y en ministro de la Iglesia Unitaria, pero su situación financiera fue remediada con delicadeza por los demás integrantes de la sociedad, quienes, haciéndolo a hurtadillas y sin herir su orgullo, se empeñaron en que contase con los fondos necesarios para seguir adelante con sus trabajos. Su labor se desarrollaba en los cimientos mismos de la química moderna; este maestro clásico y predicador disidente fue uno de los más grandes experimentadores de todos los tiempos. Pero tenía un punto ciego filosófico, el flogisto. Aceptaba la teoría de Stahl (1697), quien presumía la existencia de una sustancia hipotética, el "flogisto", como principio de la combustión; esto suponía que las sustancias combustibles eran compuesto de flogisto y que la combustión se debía a que éste abandonaba las sustancias. Keir, su compañero "lunático", que era antiflogistista, no logró convertirlo. Tampoco captó, probablemente debido a su preocupación por el "fiero principio", la importancia de "un sencillo experimento hecho al azar para entretener a algunos amigos filosóficos que han constituido una sociedad privada, de la cual me han hecho el honor de hacerme miembro", es decir, la Sociedad Lunar.
        En este experimento hizo estallar "aire inflamable" (hidrógeno, descubierto por Cavendish en 1776) y "aire deflogisticado" (oxígeno, descubierto por él en 1774) mediante una chispa eléctrica. En el recipiente de vidrio se formó "rocío". En abril de 1783, Priestley narró a Watt cómo había descubierto que el peso del agua así formada era igual al de los dos gases. Watt respondió inmediatamente que este experimento demostraba que el agua era un compuesto y no un cuerpo simple, un "elemento". Subsiguientemente Watt escribió a Priestley: "¿Cuáles son los productos de su experimento? Son agua, luz y calor. Por lo tanto, ¿no estamos autorizados a llegar a la conclusión de que el agua es un compuesto de los dos gases, oxígeno e hidrógeno, privado de una porción del calor latente o elemental de ambos; que el oxígeno es agua privada de hidrógeno, pero todavía unida a su calor y luz latentes; que si la luz es sólo una modificación del calor, o una sencilla circunstancia de su modificación, o una parte componente del hidrógeno, el gas oxígeno sería agua privada de su hidrógeno, pero combinada con calor latente?" Eso se discutía entre dos aficionados de un club y habría de ser Cavendish quien describiese la composición del agua a la Real Sociedad el año siguiente (todavía en términos flogísticos) y Lavoisier quien demostrara que Cavendish estaba errado al pensar que el elemento agua preexistía en los gases y lo definiera en términos de oxígeno e hidrógeno. (Ya en esos días existía rivalidad científica; Lavoisier ignoró a Cavendish y Priestley, y aun a Watt, si bien el haber desconocido a este último es perdonable porque su comunicación sobre la composición del agua la hizo en una carta privada a Priestley.
        Priestley insistió en el flogisto, y en 1800 publicó, desde los Estados Unidos, su "Doctrina sobre el flogisto establecida y la composición del agua refutada". Eso fue un gran error, porque ha hecho que Lavoisier fuese aceptado como padre de nuestra química moderna. Pero a Priestley eso no le interesaba; le gustaba investigar por el gusto de hacerlo y no por recompensas o notoriedad. De todos modos, habían sobrevenido hechos más portentosos sobre su cabeza y la de Lavoisier.
        Había estallado la Revolución Francesa. La Sociedad Lunar se puso de parte de los revolucionarios. El hijo de James Watt, en París, había impedido un duelo entre Dantón y Robespierre y fue denunciado como agente francés por Thomas Burke ante la Cámara de los Comunes. Priestley olvidó su química y salió vehementemente en defensa de la Asamblea Nacional. También él fue denunciado por Burke, mientras los revolucionarios le ofrecieron la ciudadanía francesa y lo nombraron miembro de la Convención Nacional, si bien él declinó la invitación.
        El 14 de julio de 1891 James Keir, de la Sociedad Lunar, ofreció una cena en la principal posada e Birmingham para celebrar el segundo aniversario de la toma de la Bastilla. La misma estuvo abierta para los simpatizantes, que sumaron ochenta, pero Priestley se quedó en su casa con su esposa y sus familiares. Una turba se congregó frente a la posada gritando "¡Iglesia y Rey!" y destrozó las ventanas. El objetivo, sin embargo, era Priestley. Marcharon hacia la Casa de la Nueva Reunión, de la cual era pastor unitario, y la incendiaron. Seguidamente se encaminaron hacia su domicilio en Fairhill, a casi dos kilómetros de distancia. Pero Priestley había recibido aviso y escapó media hora antes de que llegasen. Redujeron su hogar a añicos, destrozaron sus aparatos y desparramaron sus papeles, y terminaron prendiendo fuego a la casa. Sus manuscritos, obra de veinte años, quedaron diseminados por el campo. Los Lunáticos estaban perfectamente al tanto de los peligros a que se exponían como "filósofos" impopulares. Boulton y Watt se atrincheraron en la fábrica de Soho y armaron a sus trabajadores para hacer frente al asedio. Pero la multitud, habiendo atacado casas cuyos sótanos estaban bien aprovisionados, se dedicaba a otras cosas.
        Priestley sacudió de sus pies la tierra de Birmingham, llevó su familia a Londres por razones de seguridad y posteriormente emigró a la América del Norte, donde se radicó en el condado de Northumberland, Pennsylvania. Desde allí dedicó su tratado Experimentos sobre la generación del aire a partir del agua a sus "valiosos amigos miembros de la Sociedad Lunar de Birmingham".
Lavoisier fue menos afortunado. El 8 de mayo de 1794 la carreta traqueteó en la Plaza de la Revolución. Lavoisier subió a la guillotina y la hoja cayó. "Sólo un instante para cortar su cabeza -comentó su colega Lagrange-, y no habrá otra como ésa en un siglo".
        La Sociedad Lunar se disolvió después de comenzar el siglo diecinueve. Había cumplido su finalidad.