MERCADERES DE LUZ (II)
LA CIENCIA TIENE SENTIDO
RITCHIE CALDER
SUDAMERICANA, BUENOS AIRES, 1958
Trad. Mario A. Marino "SCIENCE MAKES SENSE"


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2. El cerco de la ciencia

Richard Lovell Edgeworth, miembro de la Sociedad Lunar, escribió: "Una sociedad de literatos y una sociedad literaria pueden ser cosas muy distintas. En la primera, los hombres dan los resultados de sus investigaciones serias y detallan sus pensamientos deliberados. En la segunda, los primeros asomos de descubrimientos, las observaciones en curso y el choque mutuo de ideas son de importante utilidad. Los conocimientos de cada miembro de una sociedad así se diseminan, con el correr del tiempo, entre todos los demás y cierto esprit de corps, incontaminado por los celos, combina en algún grado los talentos de los miembros para desarrollar los puntos de vista de una simple persona".
        Vale la pena señalar que se refiere a una "sociedad literaria" porque, en la terminología de la época, "literario" no significaba meramente la discusión del material que se encuentra entre las cubiertas de un libro, sino "fino saber". También merece destacarse que no significaba una "sociedad de sabios", sino una entidad destinada a "desarrollar los puntos de vista de una simple persona".
        Esto es más que un mero juego de palabras. La Sociedad Lunar ha sido mencionada con cierta extensión en esta parte dedicada a la ciencia y la humanidad, porque representó un enfoque de los problemas de la naturaleza y del ser humano que ha quedado sacrificado en la intensiva especialización de nuestros tiempos. Esa especialización nos ha sido impuesta forzosamente por el rápido adelanto de la ciencia y la tecnología, que ha creado tal cúmulo de conocimientos detallados que hoy nadie puede abarcarlos en su integridad. Para ser eficaz en cualquier rama de la ciencia, todo exponente de ella debe concentrarse en los antecedentes y acontecimientos actuales de su especialidad, casi con exclusión de todos los demás asuntos. Incluso los miembros de la Sociedad Lunar, que podían escribir una correspondencia tan voluminosa y leer con tanta asiduidad, habrían quedado abrumados frente a las 40.000 publicaciones científicas que aparecen en el mundo todos los años, con una producción de más de 2.000.000 de colaboraciones científicas.
        El resultado es que, en vez de las discusiones de gran amplitud, con vino e iluminación a vela, que se hacían en la Sociedad Lunar, tenemos "informes" cada vez más estrechos en el ascético resplandor de los seminarios y debates, donde, en su jerga privada, la jerigonza de sus especializaciones, los sabios comentan el mesón de la semana pasada, la última síntesis de aminoácidos o el pelito que apareció en el bigote de la mosca del bananero.
        Las sociedades científicas, que son en sí grupos fragmentarios de una filosofía natural, cuentan con subgrupos dentro de grupos y subsectas dentro de sectas. No debe sorprender, por lo tanto, que la persona común comience a pensar en la ciencia como una especie de caja de seguridad cerrada, cuya combinación sólo la conoce el doctor en filosofía, y dentro de ella una serie de cofres con sus etiquetas "Física", "Química", "Biología", "Geología", "Astronomía", cada cual nuevamente con sus cerraduras de combinaciones especiales, y dentro de esos cofres unos cajoncitos -gran número de cajoncitos- identificados "Física nuclear", "Cristalografía", "Estado sólido"; "Química de los coloides", "Orgánica", "Inorgánica"; "Citología", "Genética", "Biofísica", "Bioquímica" y lo que a usted se le ocurra. Y dentro de ellos más subdivisiones, también aherrojadas, con rótulos más y más precisos casi ad infinitum.
        La superespecialización es la maldición de nuestra era. Si bien es comprensible e incluso inevitable, también es una maldición porque suministra a la gente excusa para decir: "¿Cómo entender?", y brinda a los científicos pretexto para manifestar: "No tenemos tiempo para otras cosas."
"Un perito -se dice- es una persona que cada vez sabe más de menos." Pero existe otra definición: "Perito es sólo un individuo perfectamente ordinario que dista mucho, pero mucho, de su casa." Es un niño perdido en un bosque cuyos árboles no puede ver.
        Esta es una generalización tosca, pero es sustancialmente verídica para quienes tienen que vivir y trabajar con especialistas. Particularmente los científicos de laboratorio. Hay, por supuesto, científicos que, por especializados que puedan estar en sus laboratorios, saben mucho de los hechos de la vida y de la alegría de vivir, aprecian los temas culturales y cultivan lo que se denomina "fino saber" y son capaces de instrucción científica. Pero son excepciones. Un científico de espíritu autocrítico dijo cierta vez: "Los científicos son lisiados intelectuales. Sólo emplean parte de sus facultades y dejan languidecer las otras."
        La falla, sin embargo, no recae por entero en la ciencia. El predicador que se queja de que los adelantos materiales de la ciencia están debilitando las responsabilidades morales, revela píamente no saber nada de ciencia. Los estadistas, que hacen alarde de su ignorancia en ciencias, se creen, sin embargo, competentes para legislar en materia de bombas atómicas. El hombre de café que hace chistes a costa de los sesudos varones" de la ciencia, y culpa a ésta cuando un nuevo dispositivo amenaza con hacerle perder el empleo o una nueva arma que hace peligrar la seguridad de su casa, no se molesta en entender en qué consiste la ciencia, y la trata superficialmente o escapa con ella a los planetas de las historietas gráficas. Jamás preguntan: "¿Qué inspira al científico?", ni al alternar entre el temor y la burla lo tratan como un individuo de talla normal cuya instrucción le ha dado ciertas calificaciones. Esta gente, y los científicos, son víctimas de ese tipo de periodismo que trata cualquier descubrimiento científico como una revelación milagrosa y a todo hombre de ciencia como a un genio.
        No obstante, el divorcio entre la ciencia y la humanidad es un problema serio que puede crear una desesperante crisis en los asuntos humanos. La ciencia es lo que nos hace andar, la dinámica de nuestro día y de nuestra era. Tomemos un ejemplo obvio: si la ciencia médica, equipara con penicilina, DDT y un arsenal de drogas nuevas, pudiese acabar con las enfermedades, mantener vivos a los niños para que se casen y se multipliquen, y aumentar la longevidad de modo que la gente viva más, pero sin que la ciencia de la producción de alimentos siguiese su ritmo, ¿qué ocurriría? (Más adelante plantearemos en este libro la cuestión.) Pero también fija la marcha (como se quejan los predicadores) de la filosofía moral, de los cambios políticos y sociales, y de la educación, las artes y la literatura.
        Los exponentes de todos estos campos, si bien reconocen a la ciencia como determinantes de nuestro paso, se muestran reacios a aceptarla como tal. No quieren que se los arrastre a su zaga y por eso imaginan que pueden frenarla, en vez de subir a bordo y ayudar a pilotear. Por ejemplo, cuando se concibió la Unesco al finalizar la segunda guerra mundial, se trataba de la "UNECO - United Nations Educational and Cultural Organization" (Organización Educativa y Cultural de las Naciones Unidas). Faltaba la "S" de scientific. La "S" fue añadida debido principalmente a la delegación de los Estados Unidos y a la influencia de Archibald McLeish (nótese que es el poeta) en la Comisión Preparatoria que sesionó en Londres. Los pedagogos consideraban la ciencia como algo que habría que buscar en libros de texto educativos o enseñar en los laboratorios; los estetas pensaban que la ciencia era algo que, con gracia y con el correr del tiempo, podría llegar a calificarse como cultura. No la aceptaban, ni deseaban aceptarla, como determinante de la marcha de la educación y la cultura. Finalmente cedieron, ¡pero es de sospechar que lo hicieron porque pensaron que la "S" podría quedar maniatada sin peligro entre la E y la C!
        La ciencia no es una cosa que solamente se enseña en la escuela o a quienes optan por ella. Es una cosa que modifica la naturaleza de la educación en sí porque es el factor que está cambiando al mundo y las condiciones de la sociedad para la cual se está dando, instrucción a los estudiantes. La educación tiende a quedar deformada a causa de la mucha frecuencia con que se considera a la ciencia como un adiestramiento educacional para los que aspiran a obtener grados científicos o empleos técnicos. Debería enseñarse a todos los estudiantes cuál es el significado de la ciencia, cuáles son sus procesos mentales y cuáles son sus probables efectos sociales. Esto no significa que sea necesario aprender todos los tecnicismos de la ciencia sino que el estudiante "marche al paso de la ciencia".