EL GRAN ECLIPSE (I)
DIARIO EL PAÍS
IGNACIO F. BAYO
MADRID, 8 DE AGOSTO DE 1999
ORIGINAL


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El último apagón del milenio

"Aquel día", dice el señor Yahvé, "haré que se ponga el Sol al mediodía, y en pleno día tenderé tinieblas sobre la Tierra". Sin duda, Amós, el tercero de los profetas menores de la Biblia, se inspiró en la visión de un eclipse para este apocalíptico presagio, probablemente el que se cernió sobre Palestina y Judea el año 763 antes de Cristo. Aunque el milenarismo ha perdido fuerza, algunos verán hacerse realidad el augurio el próximo 11 de agosto, en torno a las doce de la mañana, cuando tenga lugar el último eclipse total de Sol del segundo milenio de nuestra era (el siguiente no se producirá hasta el 2001), que será sin duda el más contemplado de la historia. Y es que la zona de la Tierra en la que el astro desaparecerá por completo convirtiendo el día en noche oscura durante unos minutos recorrerá todo el centro de Europa y buena parte de Asia, áreas densamente pobladas y repletas, en esa fecha, de visitantes veraniegos.
        Los cazadores de eclipses, un numeroso grupo de entusiastas de todo el mundo, formado por astrónomos profesionales y aficionados, suelen organizar viajes para contemplarlos allí donde más posibilidades tengan de una buena observación. En esta ocasión, la mayor parte de ellos ha elegido como punto de observación Turquía, el país que, según la experiencia climática, más probabilidades tiene de ofrecer cielos despejados, entre un 70% y un 80%, frente al 60% de Rumania y Bulgaria y el 50% del Reino Unido, Francia o Alemania.
        La costumbre de viajar para observar el fenómeno no es nueva, ya que, más allá del espectáculo, los eclipses permiten realizar investigaciones científicas muy especiales, como la observación y estudio de la corona solar, el aura luminosa del astro, que en condiciones normales queda oculta, deslumbrada por el brillo de la propia estrella.
        Hace 80 años, por ejemplo, el 29 de mayo de 1919, el célebre astrónomo británico Arthur Eddington se encontraba en la isla Príncipe, situada en el golfo de Guinea, al oeste africano, dispuesto para la observación meticulosa de un eclipse total de Sol. Para la historia de la ciencia, aquél no fue un eclipse cualquiera. Por una vez, el equipo de observadores centraba su atención no ya en el brillante astro momentáneamente oscurecido ni en su corona, sino en el fondo estrellado que con la oscuridad se hizo perceptible y que rodeaba la zona del eclipse. Se trataba de medir la posición aparente de algunas estrellas del grupo de las Hiadas y compararla con la que ocupaban días después. Eddington y sus colaboradores obtuvieron buenas imágenes de cinco de ellas y comprobaron que la luz que nos envían se había desviado en las proximidades del Sol. Corroboraron así la predicción realizada por un físico alemán pocos años antes y que repentinamente, cuando se dio a conocer la noticia, se convirtió en el científico más famoso del siglo, Albert Einstein, mientras su teoría general de la relatividad se hacía célebre.
        Los eclipses son un fenómeno relativo, producido por un cuerpo que se interpone en el camino de otros dos y sin mayores consecuencias fuera de ese juego triangular, pero al ser humano le han servido para conocer mejor el espacio exterior e incluso para determinar datos tan aparentemente desconectados con el fenómeno como la variación de la velocidad de la rotación terrestre. Los científicos saben actualmente que la Tierra va ralentizando la velocidad a la que gira, de manera que los días son cada vez más largos, debido a las mareas producidas por la gravedad de la Luna. El ritmo de desaceleración es tan nimio que resulta difícil calibrarlo. Una de las pruebas de este fenómeno, que ha permitido afinar en su cálculo, ha llegado también de la mano de los eclipses. El 15 de abril del año 136 antes de Cristo se produjo un eclipse total de Sol que los astrólogos babilonios registraron con sumo detalle. Los científicos actuales han calculado con exactitud el suceso y han comprobado que ese día se produjo efectivamente un eclipse, pero también que no debería haber sido visible desde Babilonia, sino más bien desde las islas Baleares. La diferencia es de un octavo de la rotación terrestre, algo más de tres horas, y la explicación se encuentra en esa lenta desaceleración de la velocidad de giro del planeta. La acumulación de milisegundos día a día durante más de 2.000 años ha llevado a esas tres horas de diferencia.
        Los autores de esta investigación, Richard Stephenson, de la Universidad de Durham, y Leslie Morrison, que trabajó en el Observatorio Real de Greenwich, han recopilado información a partir de los registros conservados procedentes de los babilonios, los chinos, los europeos de la antigüedad y los árabes, y disponen de datos de unos 300 eclipses, ocurridos en diversas épocas, desde el año 700 antes de Cristo hasta la edad moderna. Su intención es llegar a calibrar con la mayor exactitud posible las variaciones de la velocidad de rotación terrestre.
        Los babilonios, como los chinos y otras culturas de la antigüedad, registraban cuidadosamente todos los fenómenos que observaban en el cielo, pensando que eran la clave de los acontecimientos terrenales, signos herméticos de la voluntad divina que era necesario descifrar para conocer los designios de los dioses. Gracias a ello, disponemos actualmente de una valiosa información histórica de avistamientos de eclipses. Para todos estos pueblos, estos fenómenos suponían una grave alteración del orden natural cuyo significado no podía ser benigno, más bien eran considerados anuncio de catástrofe. Se cuenta que Tales de Mileto, basando su cálculo en tablas babilonias, fue capaz de predecir uno el 28 de mayo del 585 antes de Cristo. El eclipse sumió en tinieblas una batalla entre medas y lidios, que, impresionados por la predicción, firmaron la paz de inmediato.
        Pero incluso en este siglo, en Sudamérica se mantenía la creencia de que los eclipses eran la causa de epidemias y enfermedades. "Cuando el Sol se cubre es señal de viruelas", decían. Lo cierto es que la viruela, una de las enfermedades más mortíferas de la historia, ha conseguido ser erradicada y, sin embargo, los eclipses han seguido produciéndose con la misma regularidad, sujetos a las leyes de la mecánica celeste.
        Una primera aproximación a estas leyes permite entender sencillamente el mecanismo esencial de los eclipses: al cruzarse la Luna por delante del Sol desde nuestro punto de vista, lo tapa y nos deja sumidos en la sombra que proyecta el propio satélite. La cosa se complica cuando tratamos de explicar los diferentes tipos de eclipse: parcial, anular y total, o el irregular ritmo con que se producen. Para empezar, hay que señalar que los eclipses solares no son exclusivos de nuestro planeta, pero en ningún otro lugar del Sistema Solar se producen de forma tan notoria. Venus y Mercurio carecen de satélites, por lo que no se producen eclipses; Marte tiene dos, pero demasiado pequeños, por lo que son incapaces de ensombrecer el Sol. Sin embargo, desde estos mismos satélites, llamados Fobos y Deimos, se pueden contemplar eclipses provocados por Marte. Júpiter y los restantes planetas exteriores se encuentran ya demasiado lejos del Sol como para que el fenómeno resulte tan llamativo. A medida que aumenta la distancia, el Sol brilla cada vez con menor intensidad y acaba siendo poco más que una estrella muy brillante.
        La espectacularidad de los eclipses terrestres es además producto de una notable casualidad. El diámetro de la Luna mide 3.476 kilómetros, una nimiedad comparado con el del Sol, que es unas cuatrocientas veces mayor. Pero el azar ha querido que las distancias de ambos astros a la Tierra compensen la diferencia; la Luna se encuentra a unos 384.400 kilómetros de media, y el Sol, a casi 150 millones. La diferencia es de unas 390 veces, y eso hace que su tamaño aparente, visto desde el planeta, sea prácticamente igual. Por eso, durante un eclipse total de Sol, la Luna parece encajar exactamente en la posición del Sol, tapándolo por completo pero sin exceder su contorno.
        La diferencia entre un eclipse total y otro anular depende de factores orbitales. La órbita de la Tierra alrededor del Sol no es una circunferencia, sino una elipse, de manera que en ciertos momentos se encuentra más cerca de la estrella, y en otros, más lejos. Más pronunciada es la de La Luna respecto a la Tierra. Estas diferencias de distancia hacen que el tamaño aparente del Sol y el de la Luna varíen de unos momentos a otros, de manera que cuando el Sol está más lejos y, sobre todo, cuando la Luna está más cerca, el eclipse es total, y cuando se producen las circunstancias contrarias, la Luna no llega a cubrir el Sol por completo y queda una especie de anillo de luz brillante, motivo por el que se denomina anular.
        Aunque el eclipse del próximo 11 de agosto será total, en nuestro país, donde será perfectamente visible, aparecerá tan sólo como parcial, más intenso cuanto más al norte. Aun así, el espectáculo está garantizado, pero para disfrutar plenamente de él, lo ideal es desplazarse a algún punto de la línea de oscuridad total. Puede ser una ocasión única, ya que el siguiente eclipse total visible desde España no llegará hasta el 12 de agosto del 2026.