PAPELES DE HISTORIA
TODO ES HISTORIA
GREGORIO CARO FIGUEROA
REVISTA 'TODO ES HISTORIA', OCTUBRE DE 2000, R. ARGENTINA
ORIGINAL


Esbozo para una historia de la lectura en la Argentina

Si, comparativamente respecto a Europa, el rasgo más marcado de la historia de la lectura en la Argentina es su brevedad, la primera dificultad con que nos enfrentamos, al momento de esbozarla, es su dispersión y escasez de fuentes. Estas dos limitaciones acotan un terreno poco explorado. Sirven, además, para comenzar a caracterizarla como una historia de fuertes limitaciones y carencias. Tal dispersión y escasez se corresponde, en parte, con su tardía, débil y endeble difusión. Puede decirse que la historia de la expansión de la lectura en el Noroeste argentino se reduce a los últimos cien años, breve lapso dentro de los casi seis siglos que abarca la segunda de las tres "revoluciones de la lectura". Si la lectura, como afirma Sarmiento, es "una condición de la ciudadanía" ¿no habrá que explicar nuestra endeblez democrática por nuestra débil formación y autoformación a través de la lectura?

Lecturas prohibidas

        El siguiente esbozo se limita a la región del Noroeste y, dentro de él, al caso de la jurisdicción que, hasta comienzos del siglo XIX, fuera centro político y administrativo de la Intendencia de Salta del Tucumán. Quizás la primera noticia referida a la lectura ayude a comprender la naturaleza mutilada de su propagación en estas tierras. En 1597 está fechado el documento donde el obispo del Tucumán detalla los libros prohibidos para su venta, circulación, posesión y lectura, imponiendo pena de excomunión a quienes burlaren la censura. Tales libros, escribió el obispo, "eran muy perjudiciales para el común de toda la gente" ya que "una de las cosas más dañosas a la República Cristiana era la lisonja de los libros torpes y de caballería", además de los de sátiras, los de enfados, los que perpetran "poetas torpes y deshonestos" y los que "encienden fuegos libidinosos". El único fuego permitido era el de las hogueras donde semejantes papeles debían arder.
        Claro que esos temores y ese afán de censurar habían sido transplantados de una España embarcada en la cruzada de la Contrarreforma y en los menesteres de la Inquisición. A tal extremo llegó esa sospecha que creía encontrar un judío converso detrás de todo aquel que supiera leer y escribir, que los únicos que se libraron del estigma fueron aquellos rústicos campesinos que no sabían hacerlo, anota Américo Castro. El no encontrar personas que supieran leer y escribir, explica la dificultad que había para cubrir los cargos vacantes en el Cabildo de Salta. Muertos los españoles viejos, quedaban 1os criollos nuevos, "hijos de vecinos", que al no haber recibido instrucción alguna ignoraban quién era el rey y que funciones cumplía, observa Marta de la Cuesta. A comienzos del siglo XIX sobraban los dedos de una mano para contar a los lectores habituales: unos pocos vecinos pudientes eran suscriptores del ilustrado Telégrafo Mercantil que editaba Cabello Mesa en Buenos Aires.

Escuelas, pero no tantas

        Esta situación comienza a mortificarse muy lentamente recién en 1810, cuando aparece la escuela de primeras letras de Cabezón en la que "se enseñaba a leer, escribir, contar y recibir azotes a cuarenta o cincuenta chicos de la vecindad", refiere Juan P. Ramos. El intento fue breve pues a partir de 1812, la mayor (cuando no única) preocupación fueron las armas y la guerra. Los niños nacían respirando es clima. La vida social era un campamento, añade Ramo
        En 1824, cuando aún están tibias las cenizas de esa guerra, el gobernador Arenales observa que gran parte de los jóvenes salteños que formaron las milicias no sabían ni siquiera firmar y n estaban en condiciones de recibir ninguna orden por escrito. Quienes habían servido a la patria en tiempos d guerra, por haberlo hecho no se encontraban en condiciones de ser útiles a ella en tiempos de paz, añade Arenales. Dos años después, a su paso por la ciudad de Salta, el viajero inglés Edmundo Temple lamenta que no haya aquí una sola biblioteca. "Una biblioteca (una gran falta en este país aunque, gracias a las juiciosas publicaciones del señor Ackermann, comienzan ahora a circular libros) estaría, sin duda, entre las comodidades que acompañarían a los pobladores europeos (...)" Por lo visto Temple no contempla el interés de la población criolla, a la que supone desinteresada por la instrucción y la lectura.
        Aquella preocupación de Arenales es retomada, diez años después, por su hijo José Ildefonso, impulsor de la efímera Revista de Salta nuestra primera publicación periódica donde hizo sus primeras armas como editor el joven Hilario Ascasubi. "La instrucción, entre lo común de las gentes, tampoco es ni más ni menos aventajada que el resto de las provincias, no obstante las felices disposiciones intelectuales que prodiga la naturaleza en esos países", explica José Ildefonso. "Los impresos y gacetas, que en Europa y el norte de la América, son los más activos y eficaces medios de propagación de las ideas y opiniones; son aún en nuestras provincias un objeto muy desdeñado, que generalmente no inspira el menor interés".
        Dirá el lector si lo que José Ildefonso escribe en 1833, en su libro Noticias del Chaco y el Río Bermejo, es una pintura del pasado o es una descripción de la Salta de 1999:
        "Así es que los papeles públicos circulan muy poco; los extranjeros son del todo desconocidos; y los hombres, aun de la ciudad, viven ignorantes de lo que pasa en su tierra y en la ajena. Acaso en esto consiste principalmente, que los papeles de un carácter incendiario producen casi siempre los efectos que desean sus autores: la gran mayoría de la población, careciendo de antecedentes fijos en alguna cuestión política, y los medios adecuados de ilustrarse en ella, sólo se impresiona de aquellos conceptos animosos y acalorados, que luego pasan a servir de tema, y con los cuales se procura arrastrar, no interpretando de buena fe su criterio y sano juicio; sino conmoviendo sus pasiones, complicando sus intereses y alarmando sus preocupaciones. Aquí (dominan) los sofismas, las mentiras, las bajezas, las calumnias, el furor faccioso, y en resumen la iniquidad o la ineptitud".
        "En años pasados se pensó en erigir una biblioteca pública, para facilitar la instrucción del común del pueblo: pero, como el espíritu público está tan sujeto a los torbellinos y vicisitudes, que quieren imprimirle las facciones, donde no hay Constitución que señale a cada uno su derecho y su deber; esta buena idea fue condenada a la esterilidad, como otras de su clase, por aquella fuerza de la inercia tan preponderante entre nosotros, y un conjunto de pequeñas causitas que allí tienen su importancia", añade.
        Durante casi todo el siglo XIX la situación permanece sin cambios. Miguel Solá dice que "con excepción de raras publicaciones oficiales, las prensas de esta provincia sólo funcionan para la impresión de un sinnúmero de novenas, referentes a igual número de vírgenes y santos de la Corte Celestial".

Los tenues ruidos de la imprenta

        Encendidas las guerras civiles, instaurada la dictadura de Rosas, paralizada la imprenta, desaparecidos los libelos y acalladas las opiniones, la situación se mantiene con escasas variantes durante el siguiente cuarto de siglo. Paradoja a explicar: que el salteño Gregorio Beeche, primer bibliófilo americano tuviera que emigrar en tiempos de Rosas y que su valiosa biblioteca, ofrecida en vano al gobierno de Salta, fuese adquirida por el de Chile que la convirtió en cimiento de la Biblioteca Nacional de ese país. La jactancia de un gobernador que, en 1846, dice que quizá no haya en Salta "joven de quince años que al menos no sepa leer ni escribir", parece más una expresión de deseos que un dato de la realidad. En 1857, doña Agustina Mollinedo, en una carta, repite lo que se decía en 1820: uno de sus hijos progresaba en sus estudios, "a pesar de estar escaso en libros porque ellos no se encuentran casi en Salta". Un cuarto de siglo después, el cuadro mostraba pequeñas diferencias.
        Desde 1854 vuelven a escucharse los ruidos de la imprenta y de las voces de una opinión pública incipiente que comienza a consumir libros y papeles. Recién en 1885 aparece El diario popular, primer diario salteño, que tiraba entre 700 y 1.000 ejemplares por día. "Indudablemente, comenta Miguel Solá, un número cinco veces mayor que el de los suscriptores lee además estas publicaciones, resultando que sólo hay 4.150 personas que leen contra 16.000 individuos que no conocen esta necesidad del espíritu".
        Menos se instruyen y leen las mujeres, Si en ese memento, las mujeres europeas aún luchan por conquistar un "espacio autónomo" a través de la lectura, ¿cómo será la situación de ellas en este apartado, marginal y cerrado rincón de un país periférico como la Argentina? Otra paradoja a explicar: por esos mismos años, la salteña Juana Manuela Gorriti devora libros y escribe montañas de papel. Pero lo hace lejos de Salta, aunque evocando a veces su terruño.

Unas pocas lectoras

        Aunque las hay, pocas y cultas, la mujer lectora es una rareza entre nosotros. La situación apenas difería de la referida por Sarmiento quien, aludiendo a la capital de San Juan durante su adolescencia, dice que "las mujeres no leían una hoja de papel en su vida". Si en Europa aún se consideraba que "la novela podía excitar las pasiones y exaltar la imaginación femenina", estimulando sueños románticos y sugiriendo "veleidades eróticas que hacían peligrar la castidad y el orden de sus hogares", como dice Lyons, cuántos más en una Salta aldeana y pacata, espoleada por la sensualidad del clima y sujetada por severos controles morales y sociales.
        Desde su exilio en La Paz, Benjamín Villafañe padre, escribía en mayo de 1842 a su amigo Félix Frías que, una vez caído Rosas, la tarea de demolición del viejo orden y la de construcción del nuevo que se avecinaba sería enorme: "tenemos que fundar una vasta escuela para nuestros viejos, para las niñas, para los jóvenes, para las mujeres, para los sacerdotes, y sobre todo, para nuestros gobernantes y gobernados. Todas estas clases desdichadas no saben aún de donde vienen ni adonde van. La educación de la mujer, especialmente, debe fijar nuestros conatos. ¡Tan poderosa es su influencia, en el rumbo social! .. hasta aquí nuestras mujeres no son más que unas bestias, llenas de vicios, y sumergidas en una espantosa abyección". Por realismo o a fuer de conservador, Villafañe cree que la desigualdad en la educación entre "la plebe" y "la gente decente", "ha sido y será durante mucho tiempo inevitable". En realidad a la primera "plebe" que hay que educar -añade en otra carta a Frías - es a esa misma "clase decente".

Los autores más leídos

        En 1856, ya retornado al país, Villafañe padre detecta un nuevo clima, incluso en Orán: "Hay en Orán gusto por la lectura: se leen con interés los periódicos de la Confederación, de Bolivia, el Correo de Ultramar y otras publicaciones que el viajero no supone en aquella localidad tan central y escondida hasta hoy. He hallado allí algo del genio de Byron, Chateubriand, Lamartine, Klopstok, Sue, Dumas, y el Instructor empastado, la historia universal de Cantú, de la civilización por Guizot, Rousseau, cartas de Lord Chesterfield, la Revista de ambos Mundos y otros escritos notables de la época".
        ¿Era, entonces, justa la queja de Sarmiento o, por el contrario, era otra expresión exagerada de su impaciencia y temperamental disconformidad? Una cosa y la otra. En 1883, trece años después que promulgara la ley de creación de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares y con importantes avances en la educación común, el propio Sarmiento se quejaba: "Nadie lee en aldea o provincia".
        No sólo no leen los que no saben sino que no lo hacen los pocos que, habiendo aprendido a leer, jamás lo hacen y a fuerza de no hacerlo, terminan olvidando lo aprendido. Refiere lndalecio Gómez (1893): "Tengo conocimiento de personas que, siendo yo niño, sabían leer y escribir, y que ahora, ancianos, no saben ya leer ni escribir". Calixto, pregunta lndalecio a un viejo pastor de su finca, ¿de joven no sabías leer y escribir?. Calixto contesta: "Sí, señor, pero ahora no puedo, porque tengo los dedos duros y la vista enceguecida por la vejez". No era eso, añade lndalecio: de lo que ese viejo padecía era de anquilosis intelectual. Campesinos como él "no sólo había olvidado leer y escribir sino que han vuelto a su ignorancia primitiva, como si nunca hubieran conocido escuela".
        En 1872, el Boletín de las Bibliotecas Populares reproduce una carta del Inspector General de Escuelas de Salta en la que agradece el envío del primer número del boletín e informa que, a partir de conocerse en Salta, comena despertarse aquí el interés por fundar Bibliotecas Populares.
        "Sin embargo, en la ciudad donde hay un número infinitamente mayor de personas instruidas que en las poblaciones de la campaña, no se ha adelantado gran cosa con los conatos de buena voluntad, pero ineficaces en la práctica para la difusión de una institución tan progresista y civilizadora como la de las Bibliotecas Populares". Ni el Poder Ejecutivo ni la Legislatura adoptaron medidas tendientes a promoverlas, añade. Habrá que recordar que la multiplicación de las bibliotecas públicas, en Europa y (en mucho menor medida entre nosotros), acompañó el proceso de laicización.
        En 1875, refiere Florentino Serrey en su Memoria sobre la educación común en Salta (1891), existían aquí 18 bibliotecas populares, repartidas en casi todos los departamentos que tenía entonces la provincia. En 1876, según Lucero, las bibliotecas eran 21, frente a 16 de Córdoba y 10 de Tucumán. En 1881, como consecuencia del retiro de apoyo estatal, sólo seis recibían subvenciones. Hacia 1891 quedaban unas pocas y en 1895 sólo sobrevivían dos, que tenían 875 volúmenes y eran consultadas por 26 lectores. Los cientos de volúmenes enviados por la Comisión Nacional fueron devorados por la humedad y por la indolencia colectiva. Sus muebles fueron a parar a gallineros o cocinas o ardieron en fogatas. Gracias a que fue incorporada al Consejo de Educación, sólo se salvó "del general naufragio" la de esta ciudad. La primera biblioteca pública fue el resultado de la iniciativa popular: en 1869 el rector del Colegio Nacional y el profesor Benjamín Dávalos propusieron crear una biblioteca pública sostenida "por suscripción de los vecinos de este municipio" y alimentada por donaciones de los mismos.
        ¿Qué libros se donaron? ¿Qué se podía leer en Salta, entonces durante la segunda mitad del siglo XIX, época considerada como "la edad de oro" del libro en el mundo? En parte, los escasos libros disponibles y, en parte, el gusto de los pocos lectores locales, no difería demasiado del modelo europeo de la época que describe bien Martyn Lyons en su trabajo Los nuevos lectores del siglo XIX, - mujeres, niños, obreros.
        Novelas baratas (Julio Verne, Alejandro Dumas, Walter Scott, Pérez Escrich, Eugenio Sue ó Charles Dickens); literatura española (Cervantes, Quevedo, Espronceda, Larra); devocionarios, vidas de Jesús, biografías de santos (que en Europa formaban parte del ajuar de las mujeres), textos de Balmes y de Rousseau y los sermones de Lacordaire formaban el núcleo de estas donaciones. A esos temas se añadían: viajes, historia americana, geometría, historia natural, gramática, códigos, teneduría de libros, química, derecho y textos en latín.

Lectura y pueblo democrático

        Según Carlos Romero Sosa, el fundador de la Biblioteca Popular de Salta fue Juan Martín Leguizamón. Asiduo lector de Franklin y conocedor de la tarea de apoyo a las bibliotecas públicas que realizaba la sociedad que lleva su nombre, admirador de las ideas pedagógicas de Pestalozzi; corresponsal de Sarmiento y Alberdi, en 1872 Leguizamón advirtió sobre la necesidad de dotar de libros a las escuelas. Ese año funcionan en Salta 78 escuelas donde se educan 3.489 niños: 2.077 varones y 1.412 mujeres,
        Pese a esto, añade Leguizamón, el estado de la instrucción primaria sigue siendo "deplorable", pues hay 29.643 jóvenes en edad escolar, de los cuales sólo concurren a la escuela 3.489: más de 26.000 no reciben instrucción. De una población de 118.500 habitantes, sólo 19.000 sabe leer: o sea que de cada 100 salteños, Sólo 16 poseen esa aptitud. Pero que la tengan no equivale que la ejerciten. Podemos conjeturar que de ese total, sólo seis personas tienen prácticas más o menos habituales de lectura
        Comparemos este cuadro de la Salta de 1872 con el de Gran Bretaña de 1850: el 70 por ciento de los hombres y el 55 por ciento de las mujeres leía. En el Imperio alemán, en 1871, el 80 por ciento de la población estaba alfabetizada. Más no se trataba sólo de una diferencia cuantitativa. Había, además, una diferencia cualitativa dada no sólo por la práctica de la lectura sino por el peso de una mentalidad reacia a valorar la iniciativa personal y, dentro de ella, la autoformación y el autodidactismo Ese 6 por ciento que, sabiendo leer, practica con cierta asiduidad la lectura y ejercita la escritura, coincide con el 6 por ciento que conforma la elite local. Saber leer otorga poder o, al menos, permite pertenecer a esa elite de poder que manda porque sabe y sabe porque manda.
        Más rústica y rudimentaria que refinada, más estancada que actualizada, la educación de la mayoría de esta elite no parece convertirla, a su vez, en un grupo interesado en promover la propagación de la educación común. En 1842,Villafañe advirtió que la futura difusión de la educación no estaría destinada a todos y, menos aún, crearía "un pueblo democrático, que está lejos todavía de nosotros". Lo que sí permitiría, añade, es crear "un círculo de agentes que representen su porvenir". Antes que educar a la plebe" hay que educar a la elite. Por ahora, esa "plebe" sólo necesita pan, no ideas que son un lujo. Los cuidados que esa plebe reclama "no son otros que aquellos de que necesita un niño hasta poder caminar sin apoyo ajeno, es decir, puramente materiales".
        Treinta años después, Juan Martín Leguizamón pensaba de modo muy distinto. Si los " decentes" no abandonan su egoísmo y aportan una pequeña parte de sus rentas para sacar al pueblo de esa ignorancia, mañana, esa "plebe" analfabeta "se lanzará al exterminio de las clases civilizadas, egoístas y mezquinas que hoy no quieren educarla". Los sectores más revoltosos de esa misma "plebe" que se plegaron aquí a Felipe Varela en 1867, no lo hicieron por afinidad política sino por las tentaciones que despertaba el saqueo, añade.
Integrante lúcido de esa misma elite, Leguizamón sabe que, para sensibilizaría o conmoverla, debe abofetearla, provocarla, herirla en los núcleos más sensibles de su orgullo y de su sentimiento de superioridad: "De las capas más bajas de nuestra sociedad, de la raza indígena sobre todo, es de donde parte la iniciativa sobre educación; mientras que la raza blanca, la gente civilizada, permanece totalmente indiferente".
        La percepción del grupo principal reconoce, al menos, tres direcciones: la de aquellos que creen que educar a la "plebe" es elemento peligroso para su preeminencia y piensa, en consecuencia, que todo debe seguir como está; la de aquellos que creen que antes que educar a la "plebe" hay que educar a los "decentes" o los que estiman que hay que enseñar a leer pero, simultáneamente, hay también que controlar que no lean "libros malos".
        Si, desde mediados del siglo XIX "la lectura es un creciente peligro", los temores que provoca entre nosotros la extensión de la alfabetización se manifiestan con fuerza a finales del siglo XIX. El sector de la elite tradicional más refractario a ese avance suscribe y repite el esquema de la Iglesia, según el cual hay que promover la lectura de "libros buenos" para neutralizar la propagación de los "libros malos". El eco de las cartas pastorales francesas a partir de 1850 estudiadas por Anne-Marie Chertier y Jean Hébrard, resuenan en la de las pastorales que, a partir de 1897, difundió en la Diócesis del Tucumán el obispo Pablo Padilla y Bárcena.
        Al difundir aquí el contenido de la Constitución Apostólica de León XIII sobre "Prohibición y censura de libros", Padilla y Bárcena recuerda que los pastores deben velar para que los miembros de su grey se nutran de "alimentos saludables y se aparten de los malsanos y peligrosos". Si las buenas lecturas "iluminan la inteligencia, y estimulan el corazón para la práctica de las virtudes cristianas", las malas conducen "por la senda de la anarquía" y al desquicio de las almas y de la sociedad. Ahora más que nunca "es necesario insistir sobre la vigilancia que respecto a las buenas o malas lecturas deben desplegar así los padres de familia como los encarga dos de la dirección y gobierno de las almas". Sólo fomentando la lectura y circulación y la lectura de los impreso católicos se podrá prevenir e contagio de las ideas impía difundidas a través de los libros y de la prensa liberal.
        Por último, están los que como Leguizamón, piensa que, antes que reforzar los mecanismos de la censura la tarea más importante y urgente es extender la educación común para evitar que analfabetismo perpetúe atraso, profundice la brecha social y se convierta en un factor de riesgo para el orden establecido. Leguizamón entendía que la extensión de la alfabetización era condición necesaria para pasar de una sociedad atrasada, estamental y tradicional, donde predominaba la "transmisión oral y gestual", a una sociedad donde prevaleciera "la transmisión moderna o institucional". Creemos que este breve y parcial esbozo nos coloca frente a la necesidad abordar en la Argentina, sin demoras ni localismos, la historia de las prácticas de lectura y de la escritura.