CUENTOS Y LEYENDAS
ANTOLOGÍA FOLKLÓRICA ARGENTINA
CONSEJO NACIONAL DE EDUCACIÓN
ESTADO ARGENTINO, BUENOS AIRES, 1940
ORIGINAL


La flor del lirolay - La palomita - El camino del cielo - Mediopollo

Prólogo

La resolución del Consejo Nacional de Educación, se propone llevar a la escuela lo más acendrado del material folklórico que recogieron los maestros de su dependencia en el año 1921. Cree con evidente razón que las reliquias del pasado, hijas del alma y del intelecto populares, poseen una virtud formativa del espíritu nacional, cuyo carácter propio se sustenta en la continuidad de la tradición. Los fundamentos de aquella resolución exponen tan clara y detenidamente ese pensamiento que dispensan de explicar la índole y el propósito de la presente obra, inspirada fielmente en él, para ser instrumento de su realización.
        Pero importa justificar algunas características de la obra que no parecen responder puntualmente a las normas de dicha resolución y, de paso, dar a conocer las condiciones peculiares en que el trabajo que representa fue ejecutado.
        El material reunido por iniciativa del consejo Nacional de Educación y cedido luego al Instituto de Literatura de la Facultad de Filosofía y Letras -donde se encuentra y ha sido catalogado- comprende alrededor de cuarenta mil piezas. Esta abundancia, real en cuanto al trabajo que exigió su revisión, es sólo aparente en cuanto al número de los documentos utilizables. Quedó éste reproducido extraordinariamente en razón de las versiones repetidas, de los textos incompletos o viciados; del valor desdeñable o inequívocamente nulo de muchos de los envíos y, en no pocos casos, a causa de ser ajenos al folklore. Sin duda, en general, el magisterio respondió a la invitación con notable buena voluntad y, si bien no frecuentemente, con marcada competencia; pero fue muy desigual la interpretación de las instrucciones impartidas, apremiante el tiempo para cumplirlas, y nuevo para aquellos de quienes se requería, tal género, sin método ajustado a un fin determinado y sin garantías y resguardos que tiene por indispensables el investigador profesional, de suerte que las cuarenta mil piezas debieron ser objeto de una expurgación cuidadosa y paciente por diversos conceptos, entre los cuales fue principal la consideración de uso en la escuela. Lo escogido tras esa selección no ofrece, sin duda, un conjunto indiscutiblemente superior para responder en igual proporción a todos los géneros folklóricos mencionados en la resolución del Consejo. No obstante, esté segura la Comisión de que esta obra, aún incompleta, contiene frutos inestimables del ingenio y del sentimiento populares que, sin ella, se habrían perdido. No desconoce la obra meritísima de los investigadores individuales de nuestro folklore que han logrado salvar los fragmentos más delicados de nuestro pasado; pero se debe admitir que su esfuerzo no es tan vasto ni múltiple que alcance a cubrir toda la extensión del país, -como lo ha hecho el concurso promovido por el Consejo Nacional de Educación-, ni que en todas partes ha de llegar a tiempo, en esta época de rápidas alteraciones étnicas, para captar las reliquias de primera agua de la memoria del pueblo. Por eso estima que esta selección, que urgía realizar, es, en cierto modo, insustituíble y ha de ser el medio eficaz y fiel del propósito patriótico que inspiró la resolución del Consejo.
        Se ha de tener en cuenta ese propósito para interpretar con exactitud tanto el título como el contenido de la obra. Esta no pretende ser asimilada a las colecciones que han publicado los investigadores eruditos a que se ha aludido más arriba. Tienen esas colecciones un mérito especial y tiene este libro otro carácter. Es una antología de lo ya recogido. Su fin es didáctico, no científico. Los problemas de la investigación folklórica no le son del todo ajenos pero, en este punto, la Comisión sólo se ha preocupado de cerciorarse de la antigüedad de las versiones que tuvo a la vista, de su anonimia y de su difusión en nuestro territorio o de su conocimiento en el medio popular. Y todo esto sin extremar la inquisición en cuanto a los orígenes y sus relaciones con el folklore de otros países, ni agotar, para lo primero, el rigor de la prueba. Queda siempre virtualmente virgen para los especialistas la colección que conserva el Instituto. Así, la cuestión de suma importancia para el estudio de esta materia, de determinar, por ejemplo, si un cantar es realmente autóctono, obra de creación propia o de tradición foránea, ha sido considerada por la Comisión en segundo plano o interpretada de manera que varía con la corriente aceptada. Es decir, ha estimado como folklore argentino producciones de notorio origen español, pero desde remoto tiempo asimiladas íntimamente por nuestro pueblo que las siente, las ama, las propaga, las tiene por suyas y, punto importante, han influido e influyen en su formación espiritual. No podía proceder con otro criterio, luego de haber comprobado el predominio abrumador del elemento español, ya conservado con identidad absoluta, ya con ligeras variantes de vocabulario, al parecer más involuntarias que deliberadamente inventivas. Este patrimonio intelectual es, por otra parte, compartido con otros países de habla hispana, de tal manera que se sujeta aún a mayores reservas de calificativo argentino para designar el material folklórico que, como la flora y la fauna, no reconoce fronteras políticas. Si la Comisión se hubiese atendido a aceptar sólo lo inequívocamente indígena -de difícil comprobación, por otra parte-, no habría sido posible realizar la presente selección. Ha debido ser, pues, ampliamente tolerante en este respecto y admitir como originariamente nuestro todo cuanto ofrecía certidumbre de antigua naturalización en nuestro territorio.
        En cambio, ha influído en sentido restrictivo el destino escolar de este libro. Numerosas composiciones de irreprochable belleza formal y feliz ingenio debieron ser dejadas de lado porque no cumplían por su fondo las condiciones de un texto utilizable en el aula. El caudal folklórico reunido por el Consejo en 1921 es, por consiguiente, más rico de lo que supone este florilegio. No obstante, en algunas ocasiones la Comisión no se ha decidido a sacrificar, en mérito a su belleza, piezas en ciertos aspectos objetables, confiando en que el maestro sabrá adaptarlas a propósitos de educación y extraer de ellas lo esencial para una enseñanza noble, a modo, precisamente, de aquel curioso fenómeno folklórico de las coplas profanas que suscitaron glosas edificantes. Y esto que se dice en cuanto al contenido y a las sugestiones del contenido, se aplica también a la forma, y en particular a los vocablos que constituyen formas populares del lenguaje y que aquí se mantienen tales como fueron oídos, por razones de fidelidad y por típico de su energía expresiva, pero que el maestro deberá observar en cada caso, haciendo notar que se trata de modismos incorrectos y de uso evitable.
        Esa fidelidad a la versión original, imperativa para la letra poética, no se ha conservado para los relatos en prosa, que por venir en textos gramaticalmente deficientes o con añadiduras superfluas o a fin de conciliar en una versión más rica diversas variantes de un mismo tema, han sido redactadas de nuevo, en estilo impersonal y conservando el ingenuo modo popular. Una observación semejante corresponde formular con respecto a las composiciones musicales -impresas en otro volumen- cuya primitiva transcripción defectuosa exigió para todas ellas una armonización efectuada por los miembros especialistas de la Comisión, con el mismo respeto escrupuloso del motivo característico.
        Una importante faz del folklore ha sido omitida en esta colección. Es la que comprende la descripción de costumbres, de industrias primitivas típicas, de medicina popular; de adagios que compendian el saber empírico del pueblo, y la toponimia, tan pintoresca y expresiva en nuestro país. No es preciso mencionar las supersticiones y las prácticas de grosera ignorancia, eliminadas por razones obvias. En cuanto a la primera, se consideró que constituía un material tan dispar por su forma y su espíritu del principal, netamente literario, que incorporado a éste habría afectado la homogeneidad y la armonía del libro, por otra parte, lo escogido en esos dominios resultaba fragmentario e inconexo y no bastaba a dar una idea general, por superficial que se la admitiese, de nuestras costumbres populares, idea fácilmente accesible en libros ya corrientes. Pero esos menudos elementos han sido seleccionados y depurados y podrán ser útiles en otra oportunidad: acaso en una publicación especial. La Comisión cree justificada esta exclusión, insistiendo en que, a su criterio, ha primado la consideración estética y seguidamente la educativa, si bien se entiende que la primera entraña buena parte de ésta.
        Merece también mención porque explica otras omisiones que advertirán los eruditos, el hecho de haber sido preferidas formas evidentemente populares a textos retóricamente acabados, que no obstante ser anónimos y difundidos, denunciaban un autor culto y por consiguiente era razonable suponerlo desvinculado no sólo de la creación del pueblo sino también, lo que más importa, de la comprensión del pueblo. Por ello se ha preferido reproducir la tradición oral a la fijada por escrito. No pocas de las composiciones que dan como populares revelan, por la tersura, la riqueza y la exactitud del idioma, así como por las imágenes nada familiares y prolongada regularidad de la métrica, ser obra de un desconocido autor culto y aun cultísimo, pero lo cierto es que se allanaron con el tiempo a la comprensión dilecta de los iletrados y enriquecieron el lenguaje más humilde. De ahí el pulcro casticismo de muchos modismos de nuestros campesinos y sus inesperadas alusiones a personajes bíblicos o de los romances de caballería.
        Otra eliminación obligada fué la de aquellas composiciones incompletas o de texto visiblemente viciado. Pero en este punto encontró la Comisión valioso auxilio para salvar deficiencias y para dar debida representación a ciertos géneros en las copiosas colecciones reunidas por D. Juan Alfonso Carrizo, quien autorizó frecuentes reproducciones. Otros miembros de la Comisión contribuyeron también con algunas versiones recogidas personalmente in situ. Son éstos los casos únicos, numéricamente poco importantes, de incorporación de un material que no figura en el que perteneció al Consejo Nacional de Educación.

Leyendas

La flor del lirolay

        Este era un rey ciego que tenía tres hijos. Una enfermedad desconocida le había quitado la vista y ningún remedio de cuantos le aplicaron pudo curarlo. Inútilmente habían sido consultados los sabios más famosos.
        Un día llegó al palacio, desde un país remoto, un viejo mago conocedor de la desventura del soberano. Lo observó, y dijo que sólo la flor del lirolay, aplicada a sus ojos, obraría el milagro. La flor del lirolay se abría en tierras muy lejanas y eran tantas y tales las dificultades del viaje y de la búsqueda que resultaba casi imposible conseguirla.
        Los tres hijos del rey se ofrecieron para realizar la hazaña. El padre prometió legar la corona del reino al que conquistara la flor del lirolay.
        Los tres hermanos partieron juntos. Llegaron a un lugar en el que se abrían tres caminos y se separaron, tomando cada cual por el suyo. Se marcharon con el compromiso de reunirse allí mismo el día en que se cumpliera un año, cualquiera fuese el resultado de la empresa.
        Los tres llegaron a las puertas de las tierras de la flor del lirolay, que daban sobre rumbos distintos, y los tres se sometieron, como correspondía a normas idénticas.
        Fueron tantas y tan terribles las pruebas exigidas, que ninguno de los dos hermanos mayores la resistió, y regresaron sin haber conseguido la flor.
        El menor, que era mucho más valeroso que ellos, y amaba entrañablemente a su padre, mediante continuos sacrificios y con grande riesgo de la vida, consiguió apoderarse de la flor extraordinaria, casi al término del año estipulado.
        El día de la cita, los tres hermanos se reunieron en la encrucijada de los tres caminos.
        Cuando los hermanos mayores vieron llegar al menor con la flor de lirolay, se sintieron humillados. La conquista no sólo daría al joven fama de héroe, sino que también le aseguraría la corona. La envidia les mordió el corazón y se pusieron de acuerdo para quitarlo de en medio.
        Poco antes de llegar al palacio, se apartaron del camino y cavaron un pozo profundo. Allí arrojaron al hermano menor, después de quitarle la flor milagrosa, y lo cubrieron con tierra.
        Llegaron los impostores alardeando de su proeza ante el padre ciego, quien recuperó la vista al momento de haber pasado por los ojos la flor de lirolay. Pero la alegría se transformó en nueva pena al saber que su hijo había muerto en aquella aventura.
        De la cabellera del príncipe enterrado brotó un lozano cañaveral.
        Al pasar por allí un pastor con su rebaño, le pareció espléndida ocasión para hacerse una flauta y cortó una caña.
        Cuando el pastor probó modular en el flamante instrumento un aire de la tierra, la flauta dijo estas palabras:

No me toques, pastorcito,
ni me dejes tocar;
mis hermanos me mataron
por la flor de lirolay.


La fama de la flauta mágica llegó a oídos del Rey que la quiso probar por sí mismo; sopló en la flauta, y oyó estas palabras:

No me toques, padre mío,
ni me dejes tocar;
mis hermanos me mataron
por la flor de lirolay.


Mandó entonces a sus hijos que tocaran la flauta, y esta vez el canto fue así:

No me toquen, hermanitos,
ni me dejen tocar;
porque ustedes me mataron
por la flor de lirolay.


        Llevado el pastor al lugar donde había cortado la caña de su flauta, mostró el lozano cañaveral. Cavaron al pie y el príncipe, que aún vivía, salió desprendiéndose de las raíces.
        Descubierta toda la verdad, el Rey condenó a muerte a sus hijos mayores.
        El joven príncipe, no sólo los perdonó sino que, con sus ruegos, consiguió que el Rey también los perdonara.
        El conquistador de la flor de lirolay fue rey, y su familia y su reino vivieron largos años de paz y de abundancia.

Nota
        Este cuento es conocido en la región norteña, en la región andina y en la región central. En Salta se lo llama "la flor lirolay"; en Jujuy "La flor del ilolay"; en Tucumán "La flor del lirolá" y también "del lilolá" y en Córdoba, La Rioja y San Luis "La flor de la Deidad".
        Consultamos las versiones recogidas por los siguientes maestros: Sra. Carmen A. Prado de Carrillo, Carmen de Canarraze, de Jujuy; Srta. Angélica D´Errico, de Salta; Sra. Elena S. de Aguirre y Sr. Adrián Cancela, Srtas. María Isabel Chiggia, Esther López Güemes y Sra. Elena S. de Aguirre, de Tucumán; Srta. Tránsita Caneón, de La Rioja y Srta. María E. O. González Elizalde, de Córdoba; Srta. Dolores Sosa ("La flor de lilolay"), Sra. Emma Pallejá, de Entre Ríos; Sra. María Luisa C. de Rivero, Alda C. de Suárez, de San Luis; Srtas. Urbana E. Romero, Aldea A. Nuñez e Irma Carbaux, de Santa Fe.
El tema ha sido puesto en verso por Juan Carlos Dávalos.

La palomita

        Había una vez una niña, hija única, la más bonita de la comarca. Era hacendosa pero desobediente.
        Ayudaba a su madre en los quehaceres de la casa y el resto del día jugaba con sus muñecas, a las que quería muchísimo. Las muñecas eran de trapo como son generalmente las de las niñas campesinas; hechas unas por ella, otras por la madre.
        Sus padres le prohibían siempre que se alejara de la casa, porque el campo tiene muchos peligros para los niños que andan solos, pero siempre los desoía y se internaba en el monte. Entre los matorrales hacía la casa de sus muñecas, y durante horas y horas permanecía en un mundo diminuto que ella animaba con su imaginación.
        Un día, un pájaro descendió hasta el matorral y le arrebató la más hermosa de sus muñecas. Llevándola en el pico se posó en un árbol cercano. La niña, asombrada, tuvo la esperanza de que soltaría la muñeca y corrió a su lado, pero el pájaro levantó el vuelo y volvió a posarse cerca, como esperándola. Y así, volando el ave de trecho en trecho y la niña corriendo en su busca, pasó todo el día. Al anochecer, el pájaro soltó su presa y desapareció. La niña abrazó llorando a su hijita rescatada, y entonces se dio cuenta de todo lo que había andado, de su soledad y del peligro que corría. Quiso volver, pero estaba desorientada y todos los rumbos le parecieron equivocados. Su terror se ahondó con la obscuridad de la noche y los gritos de los animales salvajes. Se trepó a un árbol y allí esperó el amanecer. Con el alba emprendió la marcha. Caminó todo el día, volvió a pasar la noche en un árbol, y con las primeras luces continuó marchando a la ventura. Ya creía morir de hambre y sed cuando a lo lejos vio humo y se encaminó en esa dirección. Pronto llegó a un ranchito que encontró solo. Llena de temores penetró en la cocinita: en una gran tinaja había agua fresca; en el fuego, hecho en el suelo, hervía una ollita de locro. Bebió y comió. Reanimada, pasó a la humilde habitación contigua y vio allí dos baúles, dos sillas y dos camas iguales.
        La niña barrió el ranchito, echó leña al fuego, espesó el locro, tendió las camas y se acostó a descansar en una.
        A mediodía, voces que se acercaban, la sobresaltaron. Buscó a su alrededor dónde esconderse, y no hallando otro lugar, dio vueltas una batea y se ocultó en su hueco.
        Desde allí vio que llegaban dos mozos y que, asombrados de encontrar la casa limpia y arreglada, y la comida a punto, escudriñaban por todos lados preguntándose; -¿Quién habrá venido? ¿Quién será? De pronto, dijeron: -¿Y ese trapito tan bonito que se ve ahí? Era la orilla de su vestido. Levantaron la batea y la descubrieron. -¡Que niña preciosa!, exclamaron: -¿Qué haces aquí? La criatura temblando de miedo contó su historia. No conocían el lugar de donde venía y le pidieron que se quedara con ellos; le propusieron que la tratarían y la cuidarían como a una hermanita y que, en cambio, ella podría atender la casa.
        Eran ellos dos gemelos que hablaban al mismo tiempo, comían en la misma forma, igual caminaban y hacían cuanto era posible imaginar. Al principio esta rareza molestaba a la niña, pero eran tan buenos, que pronto se acostumbró y los quiso como a hermanos verdaderos. Ellos la adoraban.
        Los mozos trabajaban en unas canteras de cal y piedra de un Rey joven y soltero, dueño de la comarca.
        Pasaron algunos años.
        Una tarde, el Rey salió de la caza y recorriendo sus bosques, llegó al ranchito, vio a la niña, habló con ella, quedó prendado de su belleza y de su inteligencia, y al día siguiente la pidió a los hermanos para casarse con ella y hacerla Reina.
        Esa noche los mozos estaban muy tristes pensando que tenían que separarse de aquella hermana que les había mandado Dios, y preocupados con esa idea, mientras comían, uno llevó la cuchara a la boca antes que el otro, tragaron a destiempo, y en el acto se transformaron en bueyes. La niña lloró desesperadamente y, acariciándolos, les prometió llevarlos al palacio del Rey cuando fuera Reina. Los bueyes, agradecidos, lamían sus manos y restregaban el hocico en sus rodillas.
        Y así sucedió. Se casó la niña, fue Reina, e inmediatamente ordenó la construcción de un cómodo pesebre para los bueyes, y puso un cuidador para que los sirviera con toda atención.
        Los reyes vivían muy felices y lo fueron doblemente con el nacimiento de un niño hermosísimo.
        Servía a la Reina una negra muy astuta y adulona, que era hechicera. Tanta envidia sentía por la belleza y la ventura de su ama, que pasaba las horas meditando la forma en que podría perderla. Se decía para sus adentros que, si una niña tan humilde había llegado a ser Reina, bien podría llegar a serlo ella también.
        Un día, en que el Rey salió a vigilar la labranza de sus campos, la negra pidió a su señora con tanta insistencia que le permitiera peinarla, que la Reina, bondadosa y confiada como era, se lo concedió.
        Mientras fingía desenredarle los rizos, la negra le clavó un alfiler hechizado, de esos que tienen la cabeza de palomita, y en paloma se transformó la reina y voló hacia las montañas.
        Cuando regresó el Rey, la negra muy empolvada, compuesta y vestida con los trajes de la Reina, salió a recibirlo. Sofocada y llorosa le contó que la negra la había abandonado, que del disgusto se le habían mudado las facciones y teñido la piel.
        El Rey sufrió mucho lo ocurrido y sintió lástima por su esposa que tanto había cambiado.
        Delante de él, la negra demostraba mucha preocupación y cariño por el pequeño, pero en realidad lo descuidaba y no permitía que nadie lo atendiera.
        -A esos bueyes inútiles hay que hacerlos trabajar, -dijo a sus servidores-. Se van a morir de gordos; que los lleven a acarrear la cal y piedra del cerro. Y así lo hicieron.
        La bondad y la dulzura proverbiales de la reina, se habían trocado en deseos mezquinos y en órdenes crueles.
        Una mañana muy temprano, mientras el hortelano del Rey regaba sus plantas, vio que una palomita blanca se le acercaba para hablarle. Prestó atención y oyó que la paloma le decía:

-¿Qué haces, hortelano?
Él contestó:
-Cuidando flores para oler.
Y preguntado ella y él contestando, siguieron así:
-¿Qué hace el Rey?
-Jugando y chanceando con su mujer.
-¿Qué hacen los bueyecitos?
-Tirando cal y piedra desde el cerro.
-¿Qué hace el niño?
-A ratos llora, a ratos calla.
-Llora, llora, niño de mis entrañas
Que tu madre anda por las montañas.

        Y diciendo esto voló. Al día siguiente volvió la palomita y asentada en la misma rama, hizo el hortelano las mismas preguntas.
        Como las visitas se repetían diariamente, el hortelano se lo contó al Rey. El Rey, muy intrigado, le ordenó que en cualquier forma atrapara viva a la palomita y se la trajera.
        El hortelano puso gran cantidad de pegapega en la rama en que la paloma se posaba siempre. Llegó la paloma y se entabló el diálogo acostumbrado:

-¿Qué haces, hortelano?
-Cuidando flores para oler.
-¿Qué hace el Rey?
-Jugando y chanceando con su mujer.
¿Qué hacen los bueyecitos?
-Tirando cal y piedra desde el cerro.
-¿Qué hace el niño?
-A ratos llora, a ratos calla.
-Llora, llora, a ratos calla.
-Llora, llora, niño de mis entrañas,
que tu madre anda por las montañas.


        Intentó volar entonces, pero quedó pegada. El hortelano, con cuidado, la llevó al Rey que quedó maravillado de la avecita. La negra, en cambio, comprendió que corría peligro de ser descubierta, y gritó y lloró pidiendo que soltaran "ese sucio animal", como decía, pero el Rey no le hizo caso.
        Acariciando la cabeza de la palomita, descubrió el Rey el alfiler, se lo arrancó compadecido, y en el acto se transformó en la joven y hermosa Reina que era. Abrazó a su esposo, corrió en busca de su hijito, y llorando de alegría al verse libre del encanto, refirió cómo había sido hechizada por la negra. Al Rey le parecía un sueño tanta ventura.
        La Reina pidió que trajesen los bueyes, y ellos le lamían las manos y saltaban como terneros, de contentos.
        Por orden del Rey, la negra fue arrojada del reino.
        En el palacio se hicieron fiestas que duraron muchos días para celebrar la felicidad de los Reyes y del Príncipe, que nunca se interrumpió.

Y colorín colorado
este cuento se ha terminado.

Nota
        Transcribimos la versión recogida por nosotros en San Luis.
        El tema es popular en la región norteña y en toda la central, como lo demuestran las versiones recogidas por los maestros: Sra. Rosa Dessens de Vanotti, de Salta; Srta. Sarah C. Carrizo, María E. Ibestis, de Tucumán; Srta. María A. Agüero, de Santiago del Estero; Srtas. Josefina González y Ofelia Nicolet, y Albina y Narcisa Sánchez de Córdoba; Sr. Jerónimo Lucero y Bernabé Vera, de San Luis; Srta. Carmen Oviedo y Sr. Ramón J. Juárez Fernández de Catamarca; Sra. Deidamia F. de Oviedo, de Mendoza.

El camino del cielo

        Este era un matrimonio de viejecitos muy pobres que tenían tres hijos.
        Un día, el mayor pidió permiso para salir a rodar tierra y buscar trabajo. Los padres se pusieron muy tristes, pero como el hijo insistió tanto, lo dejaron hacer su voluntad. La madre le preparó unas tortas y unos quesillos y se los acomodó en las alforjas. Se despidió prometiendo volver en cuanto cambiara de suerte, y marchó.
        Al poco tiempo, el segundo hijo también pidió permiso para salir a rodar tierra. Fue doble la pena de los padres, pero también tuvieron que consentir. La madre le preparó para el viaje tortas y quesillos como al otro hijo. Hizo la misma promesa, y partió.
        Cuando el menor, que era un niño, dijo a los padres que quería salir a buscar trabajo, como sus hermanos, los viejecitos se echaron a llorar y le pidieron que se quedara. Él les aseguró que se conduciría con suma prudencia, para que nada malo le sucediera, y lo dejaron marchar. Esta vez la madre no pudo darle más que una sola torta y un solo quesillo.
        El mayor encontró en el camino a un viejecito, muy pobre al parecer; iba montado en un burro y le pidió algo de comer.

-No tengo nada, -le contestó ásperamente.
-Y eso que llevas en las alforjas, ¿qué es?
-Eso es carbón, -le dijo en tono de burla.
-Que carbón se te vuelva cuanto pongas ahí, -le respondió el viejo, y siguió su camino.


        El mediano, encontró en otro punto del camino al viejecito que pedía limosna, y también se la negó. Con él sostuvo el mismo diálogo que su hermano mayor, y "que carbón se te vuelva cuanto lleves ahí", fueron las últimas palabras del viejo.
        En otro lugar, el viejecito que pedía pan se encontró con el hermano menor. El niño no sólo fue cortés y respetuoso sino que partió con él su torta y su quesillo. Tienes un corazón de oro; que oro se vuelva todo lo que pongas en tus alforjas, -le dijo el viejo agradecido; y se despidieron.
        Llegó el mayor a la casa de un señor poderoso y pidió trabajo. El señor le dijo que precisamente buscaba un mandadero para encomendarle un encargo urgente. Necesitaba enviar una carta a una señora que vivía lejos. Debía recorrer un camino lleno de accidentes, guiado por unas ovejitas. Nada debía temer ni retroceder ante ningún peligro si quería cumplir el mandato. El muchacho aceptó.
        A la madrugada del día siguiente le entregaron la carta y soltaron las ovejitas que emprendieron la marcha. Él las siguió. Después de caminar algunas horas, llegaron a un río de aguas cristalinas pero muy caudaloso. El muchacho sintió miedo; pensó que el viaje era un pretexto para hacerlo morir ahogado, y regresó. Las ovejitas pasaron mojándose apenas las pezuñas.
        El patrón despidió al muchacho porque no le había servido para su trabajo, y le dijo:

-Dime, cómo quieres que recompense lo que has hecho en mi servicio, ¿con un Dios te lo pague o con una carga de oro?
-Con una carga de oro, señor. ¿Que puedo hacer con un Dios te lo pague?


        Con la carga de oro emprendió viaje hacia su casa. En todo el camino no hizo otra cosa que rumiar su felicidad de ser rico y pensar en el asombro de los padres al verlo descargar oro.
        Al llegar, gritó a los viejecitos, desde lejos, que abrieran las sábanas, que traía oro para llenar todos los baúles. Así lo hicieron y al vaciar su carga cayó carbón en lugar de oro. El enojo de los padres, por lo que creían una burla, fue mayor al conocer la falta de piedad y el poco valor de su hijo cuando él relató todo lo que le había sucedido y recordó las palabras del pordiosero.
        El segundo hermano llegó al poco tiempo a la casa del rico hacendado. Le ocurrió en todo exactamente lo mismo que al primero, y su carga de oro, al ser vaciada en las sábanas de sus padres, se convirtió también en carbón.
        El menor llegó a pedir trabajo en la casa del mismo amo, quien le encomendó la misma tarea y le hizo las recomendaciones acostumbradas. Aceptó y prometió cumplir fielmente las órdenes. A la madrugada, recibiendo la carta y las ovejas, marchó.
        Llegaron al gran río de aguas cristalinas. Pensó que lo arrastraría la corriente, pero como las ovejitas entraron, se armó de valor y las siguió. Las aguas se abrían haciéndoles camino, y así pudieron cruzar el río sin dificultad.
        Más adelante un turbulento río de sangre les cortó el paso. Sintió asombro y miedo, pero, como las ovejitas siguieron adelante, él fue tras ellas. La gran masa roja les abrió paso y pudieron cruzarla.
        Más allá vio, a la orilla del camino, una oveja que jugaba con su corderito, corriendo, saltando y dándose topes. Más lejos, en un alfalfar floreciente, observó con extrañeza que unos bueyes flaquísimos pastaban. Próximos a éstos, unos bueyes, relucientes de gordos, se paseaban en un terreno pedregoso donde no crecían sino algunas matas de hierba.
        Al rato de andar, dos peñas enormes que se entrechocaban haciendo saltar chispas, les cortaron el camino. "Aquí moriré aplastado", pensó el valeroso muchacho. Las ovejitas, aprovechando el momento preciso en que las rocas se separaban, pasaron, y él junto con ellas. A poco trecho vio con horror que en un árbol estaban dos hombres colgados de la lengua.
        Llegaron a una casa. Las ovejitas atravesaron el patio y se echaron a la sombra de los árboles. El muchacho comprendió que ese era el término del viaje. Salió una señora muy afable y le pidió la carta. Lo trató con todo cariño, le dio de comer y le hizo dormir la siesta con la cabeza apoyada en su regazo. Más tarde, lo bendijo y lo despidió.
        El patrón se alegró mucho de verlo regresar, después de haber cumplido sus órdenes. Le pidió que le refiriera cuanto le había llamado la atención, y él le fue explicando el significado de aquellas cosas.
        El río de aguas claras como cristal lleva las lágrimas que la Virgen María derramó por Jesús, las mismas que derraman todas las madres por sus hijos.
        El río de sangre es el que brotó de las heridas de Jesús, en su sacrificio por redimir a los hombres.
        La oveja y el corderito que jugaban son la buena madre y el hijo cariñoso y reconocido.
        Los bueyes flacos en el alfalfar floreciente son los ricos avaros.
        Los bueyes gordos en el pedregal son los pobres avenidos.
        Las peñas que se golpeaban son las comadres peleadoras.
        Los hombres colgados de la lengua son los calumniadores condenados.
        La señora a quien le entregaste la carta, era la Virgen María, y el viejecito que pedía limosna, Jesús que recorría el mundo probando la caridad de los hombres. Las ovejitas eran ángeles.

-Dime, ahora, cómo quieres que te recompense, ¿con un Dios te lo pague, o con una carga de oro?
-¡Oh, señor!, -contestó el muchacho-, una carga de oro ha de terminarse algún día, mientras que un Dios te lo pague dura siempre. Deme Ud. un Dios te lo pague. Y así fue.


        Cuando regresó a su casa, los padres lo recibieron contentísimos. Había dicho que no traía nada pero al descolgar las alforjas se encontró con que estaban llenas de monedas de oro. Cuando contó lo que le había ocurrido en su viaje, todos reconocieron que el oro era el premio que Dios daba a sus virtudes. Los hermanos, arrepentidos, prometieron enmendarse.
        Todos vivieron ricos y felices.

Nota
        Consultamos las versiones enviadas por los maestros; Srta. Amalia Dávila, de La Rioja; Sr. Joaquín di Genaro, de Mendoza; Sr. Sixto Barboza, Sra. María Luisa G. de Rivero, Srta. Rosa Antonia Olivetto y Sr. Rufino Ovejas, de San Luis; Srta. Rosa Antonia Olivetto, de San Juan; Matilde F. de Ortiz, Sr. Juan C. Riveros, Sr. Ramón T. Suárez Fernández, de Tucumán. Es conocido también en Córdoba.

Mediopollo

        Ésta era una viejecita que vivía sola en el campo. Tenía como único haber una gallina que ponía todos los días un huevo. Cuando juntó trece huevos, se los llevó a una comadre vecina para que los hiciera empollar, y convinieron en que se repartirían por igual los pollos que nacieran.
        La comadre tenía una clueca y le echó los huevos diciendo:
        -Padre mío San Salvador, que salgan todas pollitas y un solo cantor.
        Nacieron doce pollas y un solo gallito.
        Cuando se hizo el reparto, se separaron seis pollas para cada viejecita, y no sabiendo qué hacer con el pollo, determinaron partirlo por la mitad. La dueña de la clueca comió la que le correspondía, pero la viejecita de los huevos curó la suya, consiguió que siguiera viviendo, y tuvo así un medio pollo. Mediopollo creció fuerte y sano. Era muy cariñoso y andaba siempre detrás de la viejecita llamándola con su pío, pío, pío, pío. Queriendo ayudarle en su pobreza, le pidió permiso para salir a rodar tierra -expresión de la lengua rural argentina usada particularmente en los cuentos y que tiene el significado de "correr mundo"- prometiéndole volver cuando hubiera ganado algún dinero. La viejecita, afligida, le dijo:
        -Pero, hijito, eres tan chiquito, ¿dónde irás?. Te van a comer los animales dañinos.
        -No, mamita, no me pasará nada, yo sé defenderme, le contestaba Mediopollo tratando de convencerla.
        La viejecita llorosa le echó la bendición, y lo despidió rogando a Dios que lo ayudara.
        Mediopollo se marchó saltando con su única patita. Había andado un buen rato cuando se le apareció una iguana y le dijo:
        -Hola, Mediopollo, te voy a comer.
        -No me comas, -le contestó el Mediopollo- que voy a rodar tierra y a ganarme la vida.
        -Entonces, llévame, -le propuso la iguana.
        -¿Cómo puedo llevarte yo, tan chiquito?, -le contestó.
        -Pues te como si no lo haces, -le replicó la iguana.
        Mediopollo aceptó y le dijo:
        -Éntrate por piquito y tráncate con un palito.
        Así lo hizo la iguana y Mediopollo marchó con ella dentro. Más adelante lo paró un zorro, y hablaron así:
        -¡Hola!, Mediopollo, estaba afilando mis dientes para comerte.
        -Cómo me vas a comer, zorro, si voy a rodar tierra y a ganar algunas monedas para mi mamita.
        -Llévame, entonces.
        -¿Cómo te llevaré siendo yo tan chiquito?
        -Si no me llevas te como.
        -Éntrate por mi piquito y tráncate con un palito.
        De este modo también llevó dentro al zorro.
        En una vuelta del camino se encontró con un león flaco que andaba con mucha hambre y que, haciéndolo parara, le dijo:
        -Acércate, Mediopollo, que tengo que decirte un secreto.
        -No me acerco, le contestó el Mediopollo, tú me quieres comer. Déjame que voy a rodar tierra y a ganar dinero para mi mamita que es muy pobre.
        -¿Puedes llevarme contigo?
        -¿Cómo podré llevarte?
        -Llévame, si no te como, -dijo ásperamente el león.
        -Éntrate por mi piquito y tráncate con un palito.
        Y siguió, cargando con el león. Después de un rato de viaje, se le apareció de improviso el tigre y sostuvieron un diálogo animado:
        -¿Adónde vas, Mediopollo?
        -Voy a rodar tierra y a ganar dinero para ayudar a mi mamita.
        -Llévame.
        -¿Cómo podré llevarte?
        -Te comeré si no me llevas.
        -Éntrate por mi piquito y tráncate con un palito.
        Marchaba Mediopollo con todos sus acompañantes en el buche, cuando un río crecido le atajó el camino, y hablaron así:
        -¿Adónde vas, Mediopollo?
        -Voy a rodar tierra y a ganar unos pesitos para mi mamita.
        -Llévame.
        -¿Cómo podré llevarte?
        -Si no me llevas te ahogo.
        -Éntrate por mi piquito y tráncate con un palito.
        El río se dejó beber por el Mediopollo. Después de algunos días de marcha, el Mediopollo llegó a pedir trabajo al palacio del Rey que, al verlo, sintió lástima y lo hizo alojar en el granero.
        Al día siguiente cuando vió que Mediopollo se había tragado casi todo el trigo, el Rey, enojado, mandó que lo echaran en el gallinero para que lo mataran las gallinas y los gallos. Estos, al ver la rara figura de Mediopollo, comenzaron a darle tremendos picotazos, pero él largó la iguana y el zorro; mientras la una se comía todos los huevos, el otro se dió un banquete de gallinas gordas.
        Mayor fué el disgusto del Rey al encontrar la gallinero vacío, y ordenó que echaran a Mediopollo en el corral de las vacas.
        Hubiera muerto Mediopollo bajo las pezuñas de las vacas, si no hubiera hecho salir al momento al león que las mató y las comió todas.
        Más enfadado aún, el Rey mandó echar a Mediopollo en el corral de los potros, pero, asustado por los cascos movedizos de los potros, mediopollo largó al tigre, que no dejó ninguno vivo.
        El Rey enfurecido, quiso castigar a Mediopollo con la mayor crueldad y ordenó que calentaran un horno enorme que tenía en el palacio. Obedecieron los criados y echaron a Mediopollo al fondo del horno en llamas, pero en ese mismo momento, él largó el río crecido que no sólo apagó el fuego y enfrió al horno, sino que comenzó a inundar al palacio.
        El Rey, su familia y sus servidores huyeron temerosos de morir ahogados, y dejaron así a Mediopollo dueño del palacio de grandes y de grandes riquezas.
        Se celebró el acontecimiento con un gran banquete, después del cual los buenos amigos de Mediopollo se retiraron a vivir en el campo.
        Mediopollo rico, mandó a buscar inmediatamente a su mamita, y en aquel lujoso palacio vivieron años y años contentos y rodeados de comodidades.

Nota
        Redactamos este cuento sobre las versiones enviadas por las Sras. Agustina I. de Alvarado y Rosa D. de Vanotti, de las provincias de Buenos Aires, y Salta respectivamente, y otra recogida por nosotros en San Luis. También se han consultado las enviadas por el Sr. Plácido Romero ("El gallito de las patas de oro"), de La Rioja, y la Srta. Rosa Azcoaga ("El gallo pelado"), de Tucumán. El tema, en su variante de "El gallo pelado", tiene gran extensión en el país.