LA CULTURA DEL VALLE DEL INDO
REVISTA DE ARQUEOLOGÍA, AÑO XVI, Nº 172
J. M. BLÁZQUEZ
ZUGARTO EDICIONES, MADRID, 1995
ORIGINAL


Entre los años 2350 y 1750 a.C., en el valle del Indo se desarrolló una cultura cuyos dos centros más significativos fueron Mohenjo-Daro y Harappa, verdaderas ciudades que distaban entre sí 600 kilómetros. Las dos tienen planta ortogonal, lo que indica que el urbanismo de Mohenjo-Daro y de Harappa responde a una planificación fijada de antemano.

Gráfico 1
Localización de Mohenjo-Daro y Harappa.

        Fue una cultura independiente, original, con creaciones peculiares que se diferencian de las de los pueblos vecinos. Alrededor del año 2350 a.C. esta cultura mantenía contactos con Mesopotamia, como lo indica la presencia allí de sellos de Harappa en época del gobierno de Sargón. Se admite, generalmente, que el origen directo de la cultura de Mohenjo-Daro y de Harappa hay que buscarlo en estas mismas ciudades, en los niveles encontrados debajo de los estratos de tipo Harappa en los yacimientos de la cuenca del Indo, como en Kot Diji, en Kalibangan y en Ariri. Se ha calculado que la cultura de Mohenjo-Daro y de Harappa abarcaba una extensión de 1.300.000 kilómetros cuadrados. Se caracteriza por una gran uniformidad en sus más variados aspectos a lo largo de los siglos: materiales, arquitectura, decoración y escultura.

Características de la cultura del valle del Indo

        Stuart Piggot dio un juicio negativo de esta cultura, que en parte comparte el visitante de Mohenjo-Daro, de Harappa y del Museo de Karachi: 'la mano muerta del conservadurismo en el diseño, más que en la técnica, se hace en todos los productos harappenses. Se conocían complejos procesos técnicos, pero la producción padecía de uniformidad y de utilitarismo casi puritano. Al trabajar dentro de estos estrechos límites de formas tradicionales, fosilizados por los siglos de una rígida posición mental de la que no cabía escapar, el artista o artesano pudo hallar pocos caminos, salvo en el desarrollo de la maestría técnica. El cuadro de la civilización de Harappa parece haber excluido los grandes monumentos, como templos, palacios o sepulturas, en los que una explosión de proezas artísticas hubiera podido redundar en gloria de dioses y orgullo de un monarca espléndidamente derrochador. La reserva de esos lisos muros de ladrillo, la arquitectura sin adornos de incluso los edificios de la ciudadela, la monótona regularidad de las calles y el sofocante peso de una muerta tradición se combinan para hacer de la civilización de Harappa una de las fases menos atractivas de la Historia del Oriente'.
        Este juicio tan demoledor es, en parte, verdadero, pero unilateral. El urbanismo de Mohenjo-Daro impresiona al visitante y la ciudad está bien planificada, con detalles como el de un alcantarillado muy avanzado. En el arte ha dado piezas de gran calidad, como la bailarina, el torso del varón, el toro y las figuras de la glíptica. Su mayor legado estuvo, quizás, en la religión, en la figura de Siva.

El urbanismo de Mohenjo-Daro

        Lo primero que llama poderosamente la atención al visitante de Mohenjo-Daro es la monumentalidad del urbanismo, bien patente ya desde la entrada a la ciudad. Impresionan la altura de los edificios, todos ellos construidos de ladrillos, sin decoración ni ventanas, su uniformidad y su extensión. Los muros de las casas están fabricados de ladrillos colocados en hileras, alternando a soga y tizón. Ladrillos sin cocer cimentaban las terrazas y, quizás, se usaban también en las partes superiores de las paredes. Los ladrillos cocidos se colocaban frecuentemente sobre un mortero bituminoso en los muros. Mohenjo-Daro y Harappa contaron con albañiles que conocían bien la técnica de construcción. En lo referente a las técnicas arquitectónicas, no pasaron del arco de ménsula, que se empleaba en las puertas de casas -de 1 m de ancho aproximadamente-, en los boquetes de ventilación y en las cloacas. Los tejados eran planos y se apoyaban en una columna de madera. Los constructores de Mohenjo-Daro no usaban la bóveda, ni la cúpula, ni el arco. De esta arquitectura no pervivió nada.
        Las casas eran de varios pisos y se subía a los superiores por escaleras. El sistema de alcantarillado era muy perfecto, hasta el punto de que sorprende tan alta perfección en el sistema de desagüe en fechas tan tempranas.
        Las casas están divididas en insulae limitadas por las calles, al modo del urbanismo romano. Aún hoy, el visitante se siente anonadado ante unos lienzos de pared de considerable altura, sin ninguna abertura al exterior. Las puertas suelen dar a las calles laterales. El interior de las calles está, de este modo, aislado totalmente del exterior.
        Las habitaciones presentan una cierta uniformidad, que M. Taddei atribuye a la existencia de una clase, bastante numerosa, de lo que cabría denominar 'burguesía media de comerciantes'. Algunas habitaciones son más modestas, y debieron ser las viviendas del personal de categoría social inferior. Las casas tenían varias habitaciones dispuestas alrededor de un patio central y solían tener baño.
        La ciudad se divide en dos grandes zonas. Una dedicada a viviendas, donde se asentaban los barrios cuadriculados de los artesanos, con una extensión de 1,5 km. de lado.
        Entre los edificios sobresalen unos grandes graneros, construidos de madera, apoyados en gigantescas basas de ladrillo. Grahan Clark opina que estos grandes graneros '... simbolizan de forma monumental el aspecto redistributivo de esta sociedad, aspecto que iba unido al elevado grado de especialización, que era parte indispensable del proceso de urbanización'.
        En la acrópolis de Mohenjo-Daro destaca la ciudadela, lugar destinado a los edificios públicos. La planificación de las calles está magníficamente lograda y se adelanta más de 1500 años a los urbanistas griegos. En general son estrechas, como convenía a una región muy calurosa.
        No hay en Mohenjo-Daro ningún edificio que, por su aspecto o planta, pueda ser considerado templo, palacio real o tumba real. Tampoco hay símbolos que indiquen la existencia de estos edificios. Todos los muros son iguales. En opinión de Woolley, las construcciones de Mohenjo-Daro, '... indican, más que una vivienda o un templo, el marco para alguna clase de complicado ritual que pudo ser real o religioso'.

Gráfico 2
Vista parcial de un barrio de Mohenjo-Daro.

        Los únicos edificios que destacan por su utilización, son las defensas, los graneros y los baños, con grandes piscinas -en el interior de la ciudadela se construyó también una gran piscina, con posible finalidad religiosa-.

Harappa

        Actualmente Harappa, a diferencia de Mohenjo-Daro, se encuentra muy destruida, debido al robo de los ladrillos, por lo que da una impresión muy pobre al que recorre sus ruinas. Estaba asentada en la fértil ribera del río Ravi. Al igual que Mohenjo-Daro, tenía una ciudadela fortificada, asiento probablemente de una administración muy centralizada. Había también un barrio de artesanos, con suelo de ladrillos, graneros, talleres y panaderías. Se han localizado más de 75 aldeas desplegadas en el espacio comprendido entre la costa y las estribaciones de las colonias del norte, seguramente habitadas por campesinos. Esta dispersión de hábitat perteneciente a una misma cultura, excede a la que se conoce en las civilizaciones contemporáneas de Irán, de Mesopotamia y de Egipto.
        Harappa se subdividía en dos zonas: la ciudadela, situada hacia el oeste, y el resto de las urbanizaciones de la parte baja. La ciudadela tenía planta de paralelogramo. Entre la ciudadela y el río se asentaba un número importante de construcciones. Al sur de la ciudadela se encontraban los cementerios, denominados R 37 y cementerio H. La ciudadela, dotada de excelentes desagües, estaba rodeada por una muralla y los edificios se levantaron sobre una plataforma. Ha dado seis niveles de ocupación. Tenía torres de vigilancia de planta rectangular y se accedía a la entrada mediante una rampa.
        Al norte se levantaron grupos importante de construcciones. Hacia el sur, próximo a la ciudadela, se encontraba el barrio de los artesanos, formado por dos hileras de casas de planta rectangular. Cada casa tenía tres habitaciones, dispuestas alrededor de un pequeño patio. Hacia el lado oeste del barrio de los obreros se descubrieron, alineados, 16 hornos de forma de pera, que aún conservan restos de ladrillos vitrificados.
        Al norte del barrio de los artesanos se excavaron 18 plataformas circulares formadas por anillos dispuestos alrededor de un hueco central, que contenían un mortero de madera para triturar el grano. Restos de paja de trigo y de cebada indican claramente que, en la economía de esta Cultura del Valle del Indo, la agricultura desempeña un papel importante.
        Los suelos de las casas eran de madera. Las habitaciones estaban dispuestas alrededor de un atrio. La impresión que dan al visitante las casas es que eran confortables y bien planeadas. La mayoría de las viviendas eran de dos pisos y tenían baño, al igual que en Mohenjo-Daro.
        El urbanismo, en suma, respondía a una planificación muy estudiada.

Forma de gobierno: monarquía, aristocracia

        El excavador de Ur, L. Woolley, opina que, al igual que en Mesopotamia y Egipto, la monarquía fue la forma de gobierno de estas dos ciudades, pero de la que se ignora todo: si el monarca fue sacerdote, un dios o un simple rey. Las casas de Mohenjo-Daro indican la existencia de una rica aristocracia interesada en las tareas de gobierno, que L. Woolley califica de '... una comunidad de príncipes mercaderes, como la que rodeó al dux de Venecia, hombres de la misma estirpe que su jefe'.
        C. Renfrew, por su parte, piensa en que Mohenjo-Daro tenía una organización altamente estratificada, que se refleja en la ciudadela y sus edificios públicos.

Religión

        Algunos aspectos importantes de la religión de esta Cultura del Valle del Indo, se pueden inferir por las artes menores documentadas en las excavaciones.
        Una figurilla femenina de terracota de abultados senos, hallada en Mohenjo-Daro, está vinculada, con seguridad, al culto de la Diosa Madre, y ponen en relación el valle del Indo con Elam, Mesopotamia, Anatolia y con el Mar Egeo. Otra diosa, o quizás la misma, se representa en un sello sentada sobre un árbol pipal o brotando de él. Un devoto se arrodilla ante ella. Siete fieles están debajo de la diosa. Se trata, muy probablemente, de la epifanía de un espíritu arbóreo. Esta fenomenología va unida a una sociedad cuya economía estaba basada en la agricultura. Las relaciones comerciales, que prueban la exportación de sellos a Mesopotamia en los períodos de Sargón I y de Isin-Larsa, entre los años 2350 y 1770 a.C., demuestran la existencia de grandes excedentes agrícolas, que permitían la importación de cobre y estaño.
        Un sello de esteatita de la misma procedencia representa un varón que tiene triple rostro, con los brazos y las manos con los pulgares dirigidos hacia adelante. Está sentado sobre un taburete indio, en la típica actitud de yoga. Le rodean un elefante y un tigre, por el lado derecho, un búfalo y un rinoceronte por su izquierda, y dos venados a sus pies. Seguramente es una imagen de Siva, no citada en los Vedas. Siva suele ser representado con varias caras. Es el señor de los animales, como indica este sello. El venado es un animal sagrado y la pareja de estos animales se encuentra en muchas imágenes medievales de Siva, y debajo del trono de Buda. Este mismo dios se representa en un vaso de Kot-Diji, procedente de una etapa anterior al estrato de Harappa, lo que induce a M. Taddei a postular un origen más antiguo o más probablemente, una procedencia periférica o extraurbana para esta deidad, lo que justificaría su escasez en los sellos.
        Siva no fue un dios del panteón ario. Llegó mucho después de que los arios se asentaran en suelo indio. En un sello de loza figura otra deidad en la postura yogui, acompañada por dos nagas con las manos levantadas en gesto de oración. Las nagas no aparecen en la literatura védica, sino en la de fecha posterior.
        También se documenta el culto a las piedras -naturales o trabajadas por el hombre- en forma de falos o de vulvas. Hay piedras con forma de anillos a las que se les atribuyen propiedades mágicas.

Gráfico 3
Maqueta de un carrito con los bueyes de terracota. Museo de Mohenjo-Daro.

El arte en la Cultura del Valle del Indo

        Tanto Mohenjo-Daro, como Harappa, han dado muy poca escultura. Descuella el busto de un varón, hallado en Mohenjo-Daro, hoy conservado en el Museo de Karachi, con cabellos y barba trenzados, adornado con hojas de trébol. El dibujo en taracea del vestido es de notable calidad artística, y podría proceder de Sumer, pero, tanto la cabeza, como los ojos entornados, no acusan ningún impacto del arte sumerio. Este busto indica un arte de gran categoría, originalidad y sensibilidad en lo referente a los volúmenes. La superficie está apenas modulada. Sólo se acentúan algunos detalles, como los cabellos y la barba.
        De Mohenjo-Daro procede una bailarina fundida en bronce, de cuerpo delgado y esbelto, desnuda, con collar colgado del cuello, en actitud de danza, con el brazo derecho doblado y apoyado en la cadera, mientras el izquierdo, cubierto de brazaletes, cuelga a lo largo del cuerpo. Los ojos son alargados, los labios gruesos y el cabello está recogido sobre la nuca. El éxtasis de la danza está magníficamente expresado en el ritmo del cuerpo y en el gesto del rostro que, muy probablemente, sería de carácter religioso.
        Las excavaciones de Mohenjo-Daro han proporcionado terracotas muy logradas en los volúmenes de las diferentes partes del cuerpo, además de poseer una anatomía muy realista.

Gráfico 4
Dados de piedra calcárea hallados en las excavaciones de yacimientos de la Cultura del Indo. Museo de Karachi.

        La Cultura del Valle del Indo se ha hecho famosa por sus sellos de piedra, de forma rectangular, con figuras de animales y con inscripciones de muy pocos caracteres cada una. Se conocen unos 400 signos, de los que 53 son los más usados, lo que indica que se trata de una escritura mixta, silábica y jeroglífica. Generalmente se admite que la lengua de estos sellos se emparenta con las lenguas dravídicas, distintas del indoeuropeo. Igualmente se ha relacionado la lengua de los sellos con el protoelamita, hablado en el sureste del Irán. También se ha defendido que esta lengua es una forma primitiva del indoeuropeo.
        Los investigadores rusos proponen que las inscripciones están redactadas en dravínico antiguo, tesis todas que C. Renfrew no encuentra probadas. Este investigador inglés rechaza de plano que las inscripciones del valle del Indo o sean una forma arcaica de indoeuropeo y que, ya durante la civilización de Harappa, habría una población de habla indo-europea en una etapa más antigua de lo que frecuentemente se acepta. Se ignora si los animales representados son objeto de culto, símbolo de dioses o víctimas para los sacrificios, al no conocerse el contenido de las inscripciones. Su significado ritual queda evidente en los sellos en que los toros se alimentan de un recipiente, o están asociados a lámparas.

Arte

        Entre la estatuaria que ha dado Harappa destaca un cuerpo desnudo de varón tallado en piedra roja, con un buen estudio anatómico. Los brazos estaban hechos aparte y ensamblados al cuerpo.
        Harappa ha proporcionado un gran número de terracotas de damas desnudas, con los senos bien marcados, señalando que se trata, muy probablemente, de imágenes de la Gran Diosa Madre de la fecundidad, muy propia de culturas con base económica agrícola y ganadera, como las diosas madres de V y IV milenio de Tell Halaf o de Tell Brak, o la diosa entre animales de Çatal Hüyük. Se distinguen por un sofisticado tocado, o por su ampuloso peinado. Ciñen al cuello unos anchos collares con colgantes de lengüeta. Las bocas son alargadas y de labios pronunciados. La nariz es picuda y los ojos son unos pegotes de pasta. Representan a la misma diosa documentada en Mesopotamia y Egipto.
        Abundan las representaciones de diversos animales mamíferos, aves y reptiles, de pequeño tamaño. También conservan pesas de telar, que prueba que los habitantes de la Cultura del Valle del Indo fabricaban sus vestidos de algodón, con un sistema muy perfeccionado.
        Entre las terracotas de Harappa atrae la atención un carro tirado por toros, de caja abarquillada y ruedas macizas, como era frecuente en otras culturas -Agrab- en la primera mitad del III milenio antes de Cristo.
        La joyería era variada. Los anillos estaban fabricados en cobre o bronce. Había también brazaletes collares de terracota. Igualmente, como materiales nobles, se usaban el oro, el marfil, la coralina y la concha.

Ocaso de la Cultura del Valle del Indo

        Es generalmente aceptado por los investigadores que los pueblos indoeuropeos terminaron con esta cultura, que tuvo un final bastante repentino, acabando con el urbanismo durante un milenio en la India. Estos indoeuropeos estarían mencionados con sus carros en el Rigveda. Mortimer Wheeler piensa en un asalto violento contra las ciudades amuralladas, ya debilitadas por el deterioro climático, económico y político. Su desaparición final es obra de una destrucción deliberada y a gran escala. C. Renfrew no considera esta teoría como necesariamente válida. Piensa, más bien, en una desintegración del sistema, seguida probablemente de movimientos locales de población. La desaparición de las dos ciudades del valle del Indo se fecha en torno al 2000 a.C.; la de las poblaciones del valle hacia el 1750 a.C., y la composición del Rigveda en torno al 1000 antes de Cristo. Se ha supuesto, recientemente, que hacia el 1800 a.C. hubo un período interno de sequía, o que debajo de Mohenjo-Daro hubiese un levantamiento tectónico. La ruptura de la barrera formada para contener los limos de las aguas influyó negativamente en la prosperidad de la región. La cocción de ladrillos contribuyó a la desforestación, y a la erosión, al aumento de la cantidad de limo y a la sequía. La topografía del Rigveda corresponde a la de los ríos Sutlej y Ganges, y no a la del Indo.