LAS CARTAS DE ANA -I
DIARIO DE ANA FRANK [1]
ANA FRANK
EDITORIAL HEMISFERIO, BUENOS AIRES, 24 DE JUNIO DE 1953
Trad. DE JOSÉ BLAYA LOZANO


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Ana Frank

Firma autógrafa de Ana

Presentación

Para producir el trabajo siguiente se han tomado las cinco primeras cartas, todas de 1942, dos de 1943 y las dos últimas, de 1944. Creemos que esta muy breve selección dará al lector una idea sobre quién fue Ana y su calvario [2].
        Hemos agregado algunos datos, fotos y comentarios que serán de utilidad para aquellos que aún se conmueven y accionan en favor de la paz, esa paz que ella no pudo disfrutar jamás.

Presencias de Música, Buenos Aires, junio de 2003

Primer diario de Ana. Su foto, la estilográfica y algunos manuscritos

Prólogo de Daniel Rops

        Acabo de doblar la última página de este libro, y no puedo contener mi emoción. ¿A qué habría llegado la maravillosa niña que, sin saberlo, ha escrito una especie de obra maestra? Ahora, en 1951, tendría veintidós años... No se piensa sin congoja en todo cuanto esta sensibilidad y esta inteligencia tan bien armonizadas hubieran podido dar si la horrible máquina de máscaras numerosas que está a punto de triturar nuestra civilización entera no la hubiera, hace seis años, devorado y aniquilado. Es imposible evocar sin pena este fino rostro entregado a las sombras...
        Era una niña judía de trece años, hija de comerciantes alemanes que, cuando las primeras persecuciones nazis, creyeron hallar en Holanda la salvación definitiva. Pero el monstruo tiene muchos torniquetes en su bolsa: ¿quién puede estar seguro de escapársele? La invasión de los Países Bajos los puso decididamente a su merced. Cuando, en julio de 1942, los Frank tuvieron que elegir entre dos decisiones: someterse al llamamiento de la Gestapo o esconderse costara lo que costase, de los dos términos de la alternativa prefirieron el segundo, olvidando, las pobres gentes, cuál es el poderío del Leviatham y su paciencia antropófaga. En un pabellón situado detrás de un patio, tal como hay en tantas casas de Ámsterdam, se instalaron como ratas en un orificio. Había que adoptar mil precauciones: no dejarse ver, no hacer ruido. Es de imaginar qué problemas de todo orden se les presentaban a estos prisioneros voluntarios: los menores no eran, indudablemente, aquellos cuyos términos renovaría diariamente la intolerable cohabitación de ocho seres.
        Fue allí, en el ambiente paradójico, donde Ana descubrió a la vez su propia existencia y la de otros. A la hora en que una criatura principia a enfrentarse con el mundo exterior y saca de los múltiples contactos un enriquecimiento infinito, esta muchachita no tuvo ante ella sino el espectáculo del abrigo húmedo, del patio y de los siete locatarios -parientes, amigos, relaciones- con quienes tenía que compartir su suerte. Lo asombroso es que su sensibilidad no se haya, en poco tiempo, falseado, que haya sabido conservar su libertad, su fantasía y la alegría que, hasta en los peores peligros, flota y resuena, a lo largo de su Diario, con el son mismo de la virtud de la infancia.
        Un Diario, pues -tal es este libro-, y comprendo demasiado bien que a esta sola palabra se despierten todas las desconfianzas más legítimas. Una niña de trece años escribiendo su Diario. ¿Puerilidad? ¿Precocidad monstruosa? Ni lo uno ni lo otro. Y ni siquiera esa vaga farsa (inconsciente, quizá) que aflora en tantas páginas del Diario de otra niña célebre: María Bashkirtseff. Las notas cotidianas de Ana Frank son tan justas de tono, tan verdaderas, que ni aun la idea de que haya podido escribirlas con una intención de "literatura" acude al espíritu, y mucho menos que alguna "persona mayor" haya podido retocarlas. De un extremo a otro, la impresión que se recibe es la de una autenticidad indiscutible. Si la palabra no comportase un algo de polvoriento y decolorado, diríase de buena gana que aquí se trata de un documento.
        Ana Frank tenía, pues, trece años. Era bonita, y lo sabía, sin atribuir al hecho excesiva importancia. Nos la imaginamos muy bien, por pocas que hayamos conocido de esas jovencitas judías, en quienes la inteligencia cascabelea con una vivacidad que a menudo, a su edad, no posean las pequeñas "arias": punzante, resuelta, sensible al punto de ser impresionable, ya mujer en muchos aspectos y con todo, aún tan verdaderamente niña. Ahí está -esa mezcla de madurez y de frescura- lo que da a este libro su atractivo único. En cada página nos sorprende con una observación de una pertinencia, de una justeza psicológica singular; e inmediatamente después, una palabra cándida, una alusión basta para que recordemos que la chiquilla que escribe aún no conocía gran cosa de la vida y, en todo caso, aún no había sido para nada alcanzada en el corazón por sus tristezas y sus fealdades.
        En este pequeño mundo que constituía la comunidad de ocho reclusos, ¿qué podía hacer ella? Leer. Enormemente, al azar (los libros no eran abundantes en aquel refugio), con la velocidad de los seres jóvenes. Mas, sobre todo, observar. Y, en definitiva, es a esta tarea a la que se consagró, ¡oh!, sin ningún propósito deliberado, sino únicamente porque ello érale propuesto por las circunstancias y porque tenía un sentido agudo de la observación.

Primera hoja del diario de Ana Frank

        ¿Observar qué? Primero a sí misma. Y es, en mi opinión, el elemento más original de todo el Diario: el análisis de su propio ser efectuado por una niña. Ana Frank no estaba todavía en la edad en que, al escribir un Diario, un adulto (sobre todo si es hombre de letras) adopta posturas enfrente del espejo y piensa en la posteridad. ¡A ella le importa un ardite la posteridad! Escribía para sí, nada más que para sí, sin complacencia de ninguna especie, sin ninguna preocupación por mejorar el retrato ni tampoco por asombrar. El resultado es un diseño tan exacto, tan puro, de una conciencia de muchacha muy joven, que ante algunas de sus observaciones siéntense ganas de detenerse y de decirse a sí misma: "¡Qué verdad debe de ser esa!". Esta mezcla, como ella diría, de "alegría celestial y de mortal tristeza" que es precisamente la dominante de la juventud, rara vez se logra exteriorizarla de manera tan justa, tan simple, tan exenta de énfasis. En la relación de la niña-mujer, con los grandes problemas de la femineidad y del amor, la misma justeza de tono, la misma tranquila transparencia. Estas páginas tan verdaderas no suscitan en momento alguno el menor pensamiento equívoco, y no podemos dejar de amar, de admirar tal pureza.
        Huelga decir que esta formación, tan fácil de señalar en el transcurso de los dos años que duró el Diario, tomó elementos de los seres humanos que Ana podía observar. De todos ellos habla con la misma lucidez apacible. Poco permeable a los sentimientos consagrados (incluye a los sentimientos familiares), sabiendo descubrir las actitudes ajenas, conserva sin embargo una confianza en los seres que confirma en ella eso que nosotros llamábamos hace un momento la virtud de la infancia. Ella no había llegado aún a la edad en la que sólo se siente demasiada tendencia a adivinar en el otro la huella del estigma universal. Ni siquiera de los alemanes, ni siquiera de los nazis habla en un tono que demuestre que hubiera perdido toda esperanza en los hombres. "Amoralismo", se ha escrito de ella. Ninguna palabra se me ocurre más inexacta. Yo aquí, más bien, veo un corazón intacto.

Anexo secreto. En la segunda planta estaba Ana y su familia

        Uno de los aspectos más interesantes de este testimonio reside en el lugar a la vez singularmente reducido y con todo esencial que en él ocupa el sentimiento religioso. Es más que seguro que los padres de Ana Frank debían pertenecer a esos centros judíos en que la antigua fidelidad mosaica se reducía a vagas prácticas tradicionales, a escuetas fórmulas. En el extremo peligro en que esta niña se encuentra, sólo muy rara vez ella se vuelve hacia el Dios de sus padres y nunca para pedirle una inmediata protección. En el correr del Diario se la ve leer la Biblia, pero, indudablemente, sin entusiasmo extremo y con mucha lentitud. Jamás los mandamientos de Dios, los de las tablas del Sinaí, vienen a confirmar o dictar un juicio moral. Con toda certeza, Ana Frank no era lo que se llama un alma religiosa.
        Y, sin embargo, a veces habla de Dios. Y cuando ello ocurre, es con una tranquilidad y una confianza verdaderamente admirables. Cuando ella escribe, por ejemplo: "Para quien tiene miedo, quien se siente solo o desdichado, el mejor remedio es salir al aire libre, hallar un lugar aislado donde estará en comunión con el cielo, la naturaleza y Dios. Solamente entonces se siente que todo está bien así y que Dios quiere ver a los hombres dichosos en la naturaleza simple pero bella..."; cuando esta niña escribe tales frases, sería absurdo no encontrar en ellas sino el eco de un vago panteísmo, y ahí está la expresión de un sentimiento tan puro que no podemos impedirnos de pensar que Dios le habrá respondido. Por lo demás, poco tiempo antes del drama con que el Diario debía cerrarse ella escribía todavía, al día siguiente de una especie de crisis de conciencia que la había atormentado: "Dios no me ha abandonado, y nunca me abandonará...". Aunque no hubieran más que estas cuantas palabras en todo este libro, bastarían para retener el mensaje. No fue el Dios de Israel quien exclamó un día: "¡Dejad que los niños vengan a mí!", sino su Hijo, encarnado sobre la tierra para asumir la condición de los hombres, los sufrimientos de los hombres, y para dar un sentido nuevo a la esperanza. Pero la pequeña alma fresca de Ana Frank era de las que, desde siempre, han respondido a la frase del Hijo del hombre. Dios no la ha abandonado.
        Y en ese campo de Bergen-Belsen, donde en marzo de 1945 Ana Frank moría de privaciones y de desesperación tras ocho meses de cautiverio, ¿puede dudarse de que, a pesar de las apariencias horribles, a pesar del encarnizamiento de las fuerzas hostiles, ese Dios que ella definía tan poco pero cuya imagen exacta llevaba en el corazón, no la habrá abandonado en absoluto?

Diario de Ana Frank

"Espero confiártelo todo como hasta ahora no he podido hacerlo con nadie; confío, también, en que tú serás para mí un gran sostén".

Ana Frank, 12 de junio de 1942

Primeras cinco cartas

Carta 1

Domingo 14 de junio de 1942

        El viernes 12 de junio me levanté antes de las seis, cosa comprensible puesto que era el día de mi cumpleaños. Ahora bien, no me permiten ser tan madrugadora. Tuve, pues, que contener mi curiosidad durante una hora todavía. Al cabo de tres cuartos de hora, ya no podía más. Me trasladé al comedor, donde Mauret, el gato, me recibió frotándose la cabeza contra mí y haciéndome mil gracias.
        A las siete, fui a ver a papá y mamá, y pude por fin desempaquetar mis regalos en la sala. La primerísima sorpresa fuiste , uno de mis más hermosos regalos probablemente. Un ramo de rosas, una plantita, dos ramas de peonias, he ahí como yo vi esa mañana la mesa ornada de hijas de Flora, seguidas de muchas otras durante el día.
        Papá y mamá me han obsequiado generosamente, sin hablar de nuestros numerosos amigos y relaciones, que también me han agasajado mucho. Recibí, entre otros, un juego de sociedad, muchos bombones, chocolate, un rompecabezas, un cepillo, Mitos y leyendas neerlandesas, de Joseph Cohen, Cámara oscura de Hildebrand, Daisy's Bergvacantie, un libro formidable, y un poco de dinero que me permitirá comprar Los mitos griegos y romanos. ¡Magnífico!
        Más tarde, Lies vino a buscarme para ir a la escuela. Durante el recreo, he obsequiado con galletitas a profesores y alumnos, y después hubo que volver a la tarea.
        Termino por hoy. ¡Salve, Diario! ¡Te encuentro maravilloso!

Carta 2

Lunes 15 de junio de 1942

        Ayer por la tarde tuve mi primer recibo de aniversario. La proyección de un film, "El guardián del faro", con Rin-tin-tin, agradó mucho a mis condiscípulos. Resultó muy bien, y nos divertimos mucho. Éramos bastantes. Mamá quiere siempre saber con quién me gustaría casarme más tarde. Ya no pensará nunca en Peter Wessel. Porque, en estos tiempos, me he esforzado por quitarle esa idea fija, tanto he hablado de él sin nunca pestañear ni enrojecer. Durante años estuve muy ligada a Lies Goosens y Sanne Houtman. Entretanto, trabé relación con Jopie de Waal en el liceo judío; siempre estamos juntas, y se ha transformado en mi mejor amiga. Lies, aunque todavía la vea a menudo, se ha encariñado con otra muchacha, mientras que Sanne, trasladada a otra escuela, se ha hecho de amigas allí.

Las dos familias escondidas. Primera línea el padre, la madre, Margot y Ana. Abajo el señor y la señora Van Daan, Peter Van Daan y Albert Dussel
Familias en el Anexo Secreto, click sobre la foto para ampliar

Carta 3

Sábado 20 de junio de 1942

        Hace varios días que estoy sin escribir; necesitaba reflexionar, de una vez por todas, sobre lo que significa un Diario. Es para mí una sensación singular la de expresar mis pensamientos, no sólo porque yo no he escrito nunca todavía, sino porque me parece que, más tarde, ni yo ni ningún otro se interesaría por las confidencias de una escolar de trece años. En fin, eso carece de importancia. Tengo ganas de escribir y aún más de sondear mi corazón sobre toda clase de cosas.
        "El papel es más paciente que los hombres". Este dicho acudió a mi espíritu un día de ligera melancolía en que estaba aburriéndome a más no poder, la cabeza apoyada en las manos, demasiado disgustada para decidirme a salir o a quedarme en casa. Sí, en efecto, el papel es paciente, y, como presumo que nadie se preocupará de este cuaderno encartonado dignamente titulado "Diario", no tengo ninguna intención de dejarlo nunca leer, a menos que encuentre en mi vida el Amigo o la Amiga a quien enseñárselo. Heme aquí llegada al punto de partida, a la idea de comenzar un Diario: yo no tengo amiga.
        A fin de ser más clara, me explico mejor. Nadie podrá creer que una muchachita de trece años se encuentre sola en el mundo. Desde luego, no es totalmente exacto: tengo padres a quienes quiero mucho y una hermana de dieciséis años; tengo, en suma, una treintena de camaradas y, entre ellos, las llamadas amigas; tengo admiradores en abundancia que me siguen con la mirada, mientras que los que, en clase, están mal situados para verme, tratan de asir mi imagen con ayuda de un espejito de bolsillo. Tengo familia, amables tíos y tías, un hogar agradable. No. No me hace falta nada aparentemente, salvo la Amiga. Con mis camaradas, sólo puedo divertirme y nada más. Nunca llego a hablar con ellos más que de vulgaridades, inclusive con una de mis amigas, porque nos es imposible hacernos más íntimas; ahí está la dificultad. Esa falta de confianza es quizá mi verdadero defecto. De cualquier modo, me encuentro ante un hecho cumplido, y es bastante lastimoso no poder ignorarlo.
        De ahí la razón de este Diario. A fin de evocar mejor la imagen que me forjo de una amiga largamente esperada, no quiero limitarme a simples hechos, como tantos hacen, sino que deseo que este Diario personifique a la Amiga. Y esta amiga se llamará Kitty.
        Kitty lo ignora aún todo de mí. Necesito, pues, contar brevemente la historia de mi vida. Mi padre tenía ya treinta y seis años cuando se casó con mi madre, que tenía veinticinco. Mi hermana Margot nació en 1926, en Francfort del Meno. Y yo el 12 de junio de 1929. Siendo judíos cien por ciento, emigramos a Holanda en 1933, donde mi padre fue nombrado director de la Travies N. V., firma asociada con Kolen & Cía., de Amsterdam. El mismo edificio albergaba a las dos sociedades, de las que mi padre era accionista.
        Desde luego, la vida no estaba exenta de emociones para nosotros, pues el resto de nuestra familia se hallaba todavía defendiéndose de las medidas hitleristas contra los judíos. A raíz de las persecuciones de 1938, mis tíos maternos huyeron y llegaron sanos y salvos a los Estados Unidos. Mi abuelo, entonces de setenta y tres años, se reunió con nosotros. Después de 1940, nuestra buena época iba a terminar rápidamente: ante todo la guerra, la capitulación, y la invasión de los alemanes llevándonos a la miseria. Disposición tras disposición contra los judíos. Los judíos obligados a llevar estrella, a ceder sus bicicletas. Prohibición para los judíos de subir a un tranvía, de conducir un coche. Obligación para los judíos de hacer sus compras exclusivamente en los establecimientos marcados con el letrero de "negocio judío", y de quince a diecisiete horas solamente. Prohibición para los judíos de salir después de las ocho de la noche, ni siquiera a sus jardines, o aun de permanecer en casa de sus amigos. Prohibición para los judíos de ejercitarse en todo deporte público: prohibido el acceso a la piscina, a la cancha de tenis y de hockey o a otros lugares de entrenamiento. Prohibición para los judíos de frecuentar a los cristianos. Obligación para los judíos de ir a escuelas judías, y muchas otras restricciones semejantes.
        Así seguimos tirando, sin hacer esto, sin hacer aquello. Jopie me dice siempre: "No me atrevo a hacer nada, de miedo a que esté prohibido". Nuestra libertad, pues, está muy restringida; con todo, la vida es aún soportable.
        Mi abuela murió en enero de 1942. Nadie sabe cuánto pienso en ella y cuánto la quiero aún.
        Yo estaba en la escuela de Montessori desde el jardín de infantes, es decir, desde 1934. En 6º B tuve como maestra a la directora, la señora K. Al terminar el año, fueron adioses desgarradores, lloramos las dos. En 1941, mi hermana Margot y yo entramos en el liceo judío.
        Nuestra pequeña familia de cuatro no tiene todavía mucho de qué quejarse, y así llego a la fecha de hoy.

Carta 4

Sábado 20 de junio de 1942
Querida Kitty:

        Estoy bien dispuesta: hace buen tiempo y la calma reina, pues papá y mamá han salido y Margot ha ido a jugar al ping-pong con otros compañeros a casa de una amiga.
        Yo también juego mucho al ping-pong en estos últimos tiempos. Como todos los jugadores a mi alrededor adoran los helados, sobre todo en verano cuando el ping-pong hace sudar a cualquiera, el partido termina generalmente con una visita a la confitería más cercana y permitida a los judíos, Delphes o el Oasis. No es menester pensar en el dinero; hay tanta gente en el Oasis, que siempre se encuentra un caballero o un admirador de nuestro círculo de amigos para brindarnos más helados de los que podríamos ingerir en una semana.
        Debe sorprenderte el oírme hablar, a mi edad, de admiradores. ¡Ay! Habrá que creer que es un mal inevitable en nuestra escuela. Tan pronto como un compañero me propone acompañarme a casa en bicicleta, se entabla la conversación y, nueve de cada diez veces, se trata de un muchacho que tiene la costumbre emponzoñante de transformarse todo fuego, todo llama; ya no deja de mirarme. Al cabo de un momento, el arrebato comienza a disminuir, por la buena razón de que yo no presto demasiada atención a las miradas ardientes y que sigo pedaleando a toda velocidad. Si, por casualidad, empieza con rodeos mientras habla de "pedir permiso a su papá", yo me balanceo un poco sobre mi bicicleta, se cae mi cartera, el muchacho está obligado a bajarse para recogerla, tras lo cual me ingenio para cambiar en seguida de conversación.
        Este es un ejemplo de los más inocentes. Hay, naturalmente, los que me envían besos o tratan de apoderarse de mi brazo, pero esos equivocan el camino. Bajo diciendo que puedo pasarme sin su compañía, o bien me doy por ofendida, rogándoles claramente que se vuelvan.
        Dicho esto, la base de nuestra amistad queda establecida. Hasta mañana.
        Tuya. Ana.

NOTAS
1. En algunas versiones aparece a manera de subtítulo o entre paréntesis "Cartas a mi muñeca". Het Achterhuis -título holandés de este libro- representa la parte de la casa que sirvió de escondite a las dos familias que se refugiaron allí de 1942 a 1944. Achter significa detrás o atrás; huis, casa. En las viejas casas de Ámsterdam, los departamentos que dan al jardín o al patio pueden estar separados de los departamentos que dan a la calle, y son independientes, aun formando parte del mismo inmueble. Nuestro sitio de marras se encuentra en Prinsengracht, uno de los canales de la ciudad. Para simplificar el texto, hemos llamado Anexo a esa parte de la casa, sin que sea un anexo propiamente dicho. Empero, en todo el mundo se lo conoce como Anexo secreto.
2. ¿A qué habría llegado la maravillosa niña que, sin saberlo, ha escrito una especie de obra maestra?, pregunta el prologuista, siguiendo en tal razonamiento el camino de varios intelectuales y estudiosos. Desde aquí deseamos contestar con una sola palabra: vivir. Para un docente no cabe ni puede caber tal postura exitista. Los niños están muy lejos de ser adultos en miniatura, son seres humanos completos, existen aquí y ahora. Debe advertirse a los estudiantes de magisterio el potencial destructivo que encierra dicha línea de pensamiento, las más de las veces salida de la ingenuidad que otorga la ignorancia. Imaginemos por un momento qué pasaría si frente a un caso grave de deficiencia mental dijéramos "de haber nacido como el resto, sería un talento", ese es precisamente el eje sobre el que gira la idea del verdugo de Ana, cambiar al otro, destruirlo de ser necesario. Entendemos que no está en el ánimo de Rops semejante cosa, sólo maquina la pregunta con carácter casi piadoso, queda claro. Quisimos tomar el hilo dejado por él como excusa para manifestar aquello que, creemos, no debe callarse nunca.