PAZ INTERIOR
LA PAZ DEL ESPÍRITU
JOSHUA LOTH LIEBMAN
EDITORIAL ESTRELLA, MÉXICO, D. F., 1949
Trad. del inglés por ANTONIO LÓPEZ HERMOSILLA


Capítulo primero: Mirando hacia adentro

Cierta vez, y aún cuando era un joven lleno de una exuberante fantasía, emprendí la confección de un catálogo de los "bienes" reconocidos en la vida. Al igual que otros hombres hacen listas de las propiedades que poseen o desearían poseer, escribí mi inventario de las cosas terrestres más deseables: salud, amor, belleza, talento, poder, fama y riqueza junto con varios otros ingredientes menores de lo que yo consideraba el perfecto dote del hombre.
        Cuando completé mi inventario, se lo enseñé orgullosamente a un sabio anciano que había sido el mentor y el modelo espiritual de mi juventud. Tal vez yo tratara de impresionarlo con mi precoz sabiduría y la universalidad de mis inquietudes. Fuere lo que fuere, el hecho que le entregué la lista.
        -Esto representa la suma de los bienes mortales -le dije confidencialmente-. Si un hombre pudiera poseerlos todos, sería como un dios.
        Noté que en los ángulos de los ojos de mi viejo amigo se formaba una red tolerante de divertidas arrugas.
        Una lista excelente -dijo, examinándola pensativamente-. Bien meditada en su contenido y escrita en un orden bastante razonable. Pero me parece, mi joven amigo, que habéis omitido el más importante de todos los elementos. Habéis olvidado el ingrediente que, al faltar, hace que todas las posesiones se vuelvan tormento horrible y toda vuestra lista carga intolerable.
        -¿Y cuál es ese ingrediente que falta? -pregunté, dando a mi voz un matiz de misterio.
        Con un lápiz tachó de un solo trazo todo mi catálogo. Luego, después de haber demolido de un golpe la estructura de mi sueño de adolescente, escribió debajo seis sílabas: paz del espíritu.
        -Este es un don que Dios reserva para Sus protegidos especiales -dijo-. A muchos concede talento y belleza. La riqueza es común. La fama tampoco es rara. Pero la paz del espíritu... Ella es Su galardón final de aprobación, la divisa predilecta de Su amor. La prodiga cautelosamente. La mayoría de los hombres nunca son bendecidos con ella; otros esperan toda su vida, hasta que en una edad muy avanzada ese don desciende sobre ellos.
        Atisbó la duda que asomaba en mi frente.
        -Esta no es una opinión particular mía -explicó-. No hago sino parafrasear a los Salmistas, a Marco Aurelio y a Lao-tsé. (Era su estratagema favorita atribuir a los antiguos maestros su propia sabiduría, obtenida después de largos y penosos trabajos). Cada uno de ellos dice: "¡Dios, Señor del universo, acumula dones mundanos a los pies de los hombres necios; pero sobre mi cabeza solamente las dulces aguas de la serenidad! ¡Concédeme el don del Espíritu Sosegado!"
        Entonces me resultó difícil creer íntegramente en la sabiduría de mi amigo rabínico. Pero un cuarto de siglo de experiencia personal y de observación profesional no ha servido más que para confirmar sus palabras casi de oráculo. He llegado a comprender que la paz del espíritu es la señal característica de Dios mismo y que siempre ha sido la verdadera meta de la vida reflexiva. Ahora sé que la suma de todas las otras posesiones no constituye necesariamente la paz del espíritu; por el contrario, he visto florecer esta serenidad interior sin el apoyo material de la propiedad y hasta sin el sostén de la salud física. Lenta, penosamente, he aprendido que la paz del espíritu puede transformar una cabaña en una espaciosa mansión y que su ausencia puede hacer de un versallesco parque una prisión tan estrecha como una cáscara de nuez.
        La búsqueda de la permanente paz interior es constante y universal. Sondead profundamente en las enseñanzas de Buda, Maimónides o Kempis, y descubriréis que ellos fundamentan sus diversas doctrinas sobre la base de una amplia serenidad espiritual. Analizad las oraciones de la atribulada y oprimida humanidad de todos los credos, a través de todas las edades y veréis que sus peticiones se reducen al común denominador del pan diario y de la paz interior. Los hombres maduros no rezan por vanas menudencias. Cuando elevan sus corazones y sus voces en este valle de lágrimas piden fuerza, valor y entendimiento.
        Especialmente hoy, las preces de los hombres, cuando ascienden gimiendo y sollozando hacia el Dador de los Dones, lo hacen impetrando una serenidad interior que es a la vez fortaleza y santuario. Y lo hacen con razón. El hombre moderno camina por un angosto desfiladero que bordea un infierno tal de destrucción que ni Dante hubiera podido imaginar ni Doré pintar. Agobiado por angustias psíquicas, desgarrado por conflictos emocionales, perseguido por inseguridades económicas, asaltado por dudas y cinismos políticos, el bípedo implume, el hombre, es un ave peculiarmente vulnerable mientras se pavonea por el camino de la civilización. Alardeó mucho en un tiempo y lo hizo con bastante coraje en ciertos lugares; pero ahora empieza a sospechar que el hacha del destino está siendo afilada para su cuello. Tiembla, palidece, pide una música más alocada y un vino más fuerte para ahogar el espectro de su destino que se acerca. ¡La verdad es que el hombre contemporáneo, como el fatigado y lastimoso Prufrock de T. S. Eliot, tiene miedo!
        En su temor, mira en derredor en busca de artificios y estratagemas que lo conduzcan a la salvación, algo que lo sostenga ante nuevos peligros y le dé el valor amargamente deseado para enfrentar los antiguos. Lo que necesita (lo que todos necesitamos) no es un conjunto de respuestas que den seguridad -no existe tal fórmula de seguridad-, sino más bien equilibrio interno, estabilidad espiritual, a prueba de confusiones y desastres. No debe identificarse la paz del espíritu con el aislamiento en una torre de marfil, fuera de la baraúnda de la vida; tampoco es, como lo señala Whitehead, "una concepción negativa de la anestesia". Más bien es algo que no capacita para aceptar los golpes del destino y la fortuna con ecuanimidad, hasta con una especie de avidez nacida de la certeza de que tales embates no pueden desviarnos del curso creador de nuestra vida.
        Los reformadores sociales sinceros se preguntan con franqueza: "¿Tiene hoy en día el hombre derecho a la paz del espíritu? ¿Está moralmente justificado aspirar, siquiera, a este estado cuando el mundo es un tumulto tal de reestructuración?" Respondemos: "Ninguna sociedad reestructurada puede ser construida sobre individuos no reestructurados. El desequilibrio personal no conduce nunca a la estabilidad social. Y la paz del espíritu es el requisito previo indispensable del equilibrio individual y social".
        Este equilibrio a prueba de conmociones debe ser logrado dentro del alma. "Los arcos y botarates del hombre deben ser hechos desde adentro", dice Marco Aurelio, "si no, el templo se tambaleará y caerá en el polvo". Pero esos arcos sustentadores no pueden ser elevados hasta que el templo que es el alma del hombre, esté en paz consigo mismo.
        ¡Gran empresa, en verdad! En una palabra, la paz del espíritu no es algo que se pueda comprar en botellas o aplicarse como un cosmético sobre la superficie de la piel; no puede ser alcanzada tomando una píldora antes de las comidas o siguiendo un "curso" tres veces por semana. A veces pienso que el frecuentar larga e íntimamente la compañía de las obras nobles -literarias, filosóficas, artísticas- es una espléndida manera de promover la paz interior, pero luego me acuerdo que muchos de los grandes sabios y artistas fueron hombres lastimosamente desasosegados, llevados por avispas orestianas a la terminación frenética de los trabajos que les fueron asignados. No, el intelectualismo no confiere siempre paz al espíritu. El "Fausto" de Goethe -desde muchos aspectos el arquetipo del atribulado hombre moderno- poseía un dominio fatigosamente logrado de la ciencia, la filosofía y las matemáticas, y sin embargo conocemos el funesto contrato que este héroe atormentado hizo con los poderes del mal en su búsqueda de satisfacción.
        Ocasionalmente nos serenamos escuchando las vastas armonías de Beethoven, o sentimos consuelo en los ensueños crepusculares de Chopin. Pero éstos no son sino narcóticos ocasionales; cuando la tensión interior es demasiado violenta para soportarla, nos mecen hasta hacernos reposar. Unos pocos afortunados pueden ser apaciguados por la contemplación de un Greco o la bucólica paz de un Constable. El equilibrio del color, la proporción y la intención de las grandes pinturas dan claves valiosas para llegar al estado de serenidad. Pero como una tela cubierta de pintura no tiene sino dos dimensiones (o tal vez tres), no puede satisfacer por completo las ilimitadamente numerosas dimensiones del alma.
        ¿A quién volverse, entonces, en busca de enseñanzas en el difícil arte de estar en paz consigo mismo? No hacia el alcohol, aunque el beber afiebrada y excesivamente sea una escara leprosa del alma contemporánea. No hacia los barbitúricos, aunque cada día sean ingeridos más millones de gramos de estas drogas por los americanos en su búsqueda de reposo sedativo. Tampoco encontraremos alivio en la indulgencia de los sentidos, aunque sean demasiadas las películas cinematográficas y las revistas de fantasía que glorifican esas actividades como la esencia y el fin de la vida.
        Por cierto que no encontraremos paz afanándonos por alcanzar la fama -"esa última flaqueza de las mentes nobles", como la llama Milton-, ni persiguiendo furiosamente la riqueza que se escapa como mercurio entre nuestros dedos codiciosos. Tampoco lograremos la tranquilidad sumergiéndonos en las "mil naderías que nos embotan" por una hora, porque, aunque "nos entumecen a nuestro pedido", la antigua intranquilidad vuelve tan pronto como deseamos en nuestros saltos y movimientos inquietos. Y finalmente, tampoco es probable que encontremos la paz del espíritu en el goce sublime del amor humano, la emoción que en forma más poderosa produce -y a veces destruye- la ilusión de la felicidad perfecta.
        ¿Hacia dónde podemos mirar, ante qué tribunal recurrir, qué postura tomar, qué principios invocar en esta búsqueda interminable, fundamental e importantísima de la paz del espíritu?
        ¡Valiosas preguntas que merecen una respuesta meditada y sincera! La clave del problema -un instrumento simple si nos atrevemos a usarlo-, puede ser encontrada en el noble poema de Matthew Arnold, Empédocles sobre el Etna. Empédocles, el filósofo griego, en un soliloquio en la cima del volcán, contempla al perturbado mundo que se encuentra a sus pies, analiza las aflicciones del hombre, concentra todas las facultades en la solución de la cuestión que entonces, como ahora, considera la posibilidad de contentamiento mortal entre escenas de inmortal descontento. Empédocles, convencido de que el hombre es quien labra su propia desdicha inacabable, declara fríamente:

"Queremos tener paz interior
Y no miramos hacia adentro
..."

        "¡Y no miramos hacia adentro!". He aquí que, en una sola frase, la cruel agudeza del poeta pone al desnudo nuestra obstinación. Somos como inválidos testarudos que saben que están enfermos, pero que no quieren aceptar un estricto régimen de cura. ¿Mantener un espejo frente a nuestros pálidos rostros? ¡Nunca! Examen semejante exigiría que siguiéramos los síntomas hasta llegar a la fuente enferma de nuestra miseria, a nuestra alma secretamente perturbada. ¡Imposible! Sin embargo, hasta que no lleguemos al origen de nuestra enfermedad no tendremos esperanzas de restablecernos y podemos resignarnos desde ya a la vida mediocre del cobarde y del que se engaña a sí mismo.
        Prácticamente no es cosa fácil "mirar hacia adentro". No obstante, hay métodos para hacerlo y hasta hace poco las religiones parecían haberlos monopolizado. La meditación espiritual ha sido siempre la puerta de entrada a una clase especial de conocimiento de sí mismo y, ciertamente, una rica recompensa espera al alma contemplativa que puede permanecer en comunión consigo misma bajo el solitario árbol de la reflexión. El antiguo judaísmo comprendió el valor purificado de la contemplación interior y destinó muchos de sus días festivos a servir de vehículos para el fomento de la comunión consigo mismo y la confesión.
        La Iglesia Católica tiene el mismo propósito definido en su "examen de conciencia", requisito previo de una buena confesión. Antes de entrar al confesionario, el católico escudriña el estado de su alma y hace un balance de los pecados cometidos ya sean por omisión o por comisión. De este modo se encuentra capacitado para conocer el estado de su cuenta moral. Más tarde discutiremos las limitaciones de este método; por el momento sólo admitiremos que la confesión oral es un instrumento histórico y práctico para sondear ciertas regiones del alma.
        En el último medio siglo y especialmente en la última década se ha desarrollado un nuevo método para discernir las más profundas perturbaciones emocionales y psicológicas que amenazan la paz del espíritu del hombre. Esta nueva técnica, introducida por Sigmund Freud, es un medio de investigar las profundas exigencias básicas de los hombres y descubrir cómo, cuándo y por qué esas energías fundamentales se han desviado por causes neuróticos.
        A pesar de la ignorancia y la hostilidad de sus opositores, el psicoanálisis ha hecho enormes avances: ahora se le reconoce como un instrumento clínico indispensable en el tratamiento de muchas enfermedades mentales, físicas y emocionales. No intento hacer aquí ni siquiera una breve descripción de esta novísima rama de la ciencia terapéutica, sino que meramente deseo sugerir que entre todas las técnicas inventadas hasta ahora para "mirar hacia adentro" ésta es la más aguzada y la que revela mejor nuestra verdadera naturaleza interior.
        Tan brutal es la franqueza con que el método psicoanalítico nos revela nuestras fallas interiores y nuestras resquebrajaduras espirituales, que muchas personas no se atreven a mirarse en este espejo tan poco favorecedor. Se ha extendido la impresión errónea de que el psicoanálisis muestra al hombre solamente como una criatura de bajas pasiones y deseos. A decir verdad, echa una luz perturbadoramente clara sobre nuestras exigencias instintivas, nuestros amores y odios fundamentales; pero esta luz sirve solamente para dispersar la enfermiza niebla de sentimentalismo que ha velado al hombre el conocimiento de sí mismo, y una vez que nos damos cuenta de que estamos dotados de energías explosivas tan despiadadas y amorales como la bomba atómica, estamos en el comienzo de una verdadera comprensión de nosotros mismos. Más aún, cuando descubrimos que el triunfo de la psicología consiste en transformar esas energías en formas bellas y constructivas, entonces, y sólo entonces, estamos en condiciones de hablar y actuar sinceramente acerca del tema de la naturaleza humana, hasta ahora velado por el sentimiento.
        Consideremos, por ejemplo, nuestras erradas concepciones sentimentales acerca del parvulillo regordete que está en su cuna. ¡Cuán inocente, cuán positivamente angelical parece, mientras arrulla bajo la cariñosa vigilancia de su madre! Parece un atadito de cielo, y todos rivalizamos en asignarle las más puras emociones. Pero actualmente la psicología moderna nos ha revelado que ese querido pequeñuelo es un atadito de exigencias poderosas: de amor posesivo por su madre, de intensa ira interior en momentos de inevitable frustración, de profundos terrores e incertidumbres al enfrentarse con un mundo extraño que da satisfacciones y temores al mismo tiempo. Desarrolla una dualidad de sentimientos con respecto a sus hermanos, sus hermanas y su padre. Los ama, pero al mismo tiempo los teme y hasta hay momentos en que odia furiosamente a esos rivales en el reino del amor.
        Y si ésta es una descripción psicológica bastante acertada de un infante -y todos los psicólogos concuerdan al asegurarlo-, ¿cómo describiremos las terribles complejidades del alma que ha dejado la cuna y el cuarto de los niños y ha entrado en la arena de la adolescencia y la vida adulta? ¡Cuántos quedan confundidos, mutilados y desfigurados en la batalla! Cuando observamos las crecientes hordas de neuróticos y pequeños tiranos, mutiladores y asesinos de sí mismos, que ambulan por el mundo, nos damos cuenta que es necesario trazar un nuevo mapa de la perturbada alma del hombre -un mapa más honesto y más dinámico- antes de explorar con esperanzas de buen éxito este terreno tan intrincado.
        Sólo una mano puede trazar ese mapa detallado: la mano de la psicología moderna. Ella nos ayuda a escudriñar firme y resueltamente dentro de nosotros mismos, y así podemos dibujar el retrato de nuestra alma bajo la dirección del psiquiatra. Aprendemos a considerar nuestras fallas y potencialidades y, con dedos investigadores, sondeamos las causas de nuestros fracasos, odios y temores. Descubrimos quiénes somos. La psicoterapia es un método por medio del cual dejamos de ser infantes que lloran por una luna imposible de alcanzar; es la brújula que señala el verdadero norte de la madurez y de la comprensión de nosotros mismos, y estas dos adquisiciones, a su vez, nos capacitan para aceptar la desilusión, el fracaso, el rechazo -y hasta la muerte- con una paz de espíritu propia de un adulto.
        No quiero decir con esto que no haya habido otros senderos que condujeran a la serenidad interior antes de que existiera este camino abierto por Freud y sus sucesores. Sería absurdo -mejor dicho imposible- ignorar las almas grandes y serenas de santos y místicos, de poetas y filósofos, que alcanzaron la paz del espíritu siguiendo otras disciplinas. En realidad, la psicología por sí sola no es suficiente para guiarnos en esa gran aventura del hombre: la vida. Como todas las otras ciencias, no se propone ningún objetivo moral; no es una filosofía de vida, ni sus fundadores pretendieron que lo fuera. Es una llave que abre el templo, no es el templo mismo. Creo que debe complementarse con la religión, y que sólo las luces entremezcladas de esos dos faros guiarán a los individuos y a los pueblos a través de los azarosos escollos que deben sortear.
        Al decir religión quiero significar sabiduría espiritual y el conjunto de preceptos éticos acumulados desde el tiempo de los primeros Profetas y que han sido gradualmente formulados en un cuerpo de verdad probada, destinado a servir de guía moral al hombre y a conseguir que éste se sienta en su elemento dentro del universo. Sólo una religión así puede proporcionar la necesaria dinámica emocional y los imperativos morales por medio de los cuales el género humano puede alcanzar progresivamente su plenitud individual y social.
        Una religión sabia es indispensable para la paz del espíritu porque nos bendice con dones interiores que están más allá de lo que nos puede conceder cualquier ciencia: un sentido de nuestro fin en el mundo, un sentimiento de relación con Dios, la tibieza compartida de sentirse miembro de un grupo y la subordinación de nuestros pequeños "egos" a grandes fines espirituales y morales. La religión, en su sentido más elevado, pregona los ideales supremos según los cuales los hombres deben vivir y a través de los cuales nuestra especie finita encuentra su último sentido. No obstante, la sinceridad nos obliga a admitir que la religión necesita ayuda si deseamos que esos ideales se encarnen en la vida humana.
        La psicología puede transformarse en uno de los aliados reales de esa magnífica tarea religiosa. Puede revelarnos por qué la bondad humana es una meta tan distante. Los hombres que están interiormente atormentados y son emocionalmente desdichados no pueden nunca ser buenos partícipes de Dios; los grandes ideales religiosos permanecerán al margen y sin ser cumplidos mientras hombres y mujeres desdichados y torturados continúen siendo defectuosos portadores de la Divinidad.
        El psicoanálisis, creado por Freud y desarrollado por investigadores actuales como Alexander, Horney y Meninger, explica por qué los seres humanos se convierten en "almas despedazadas", por qué tan a menudo son cínicos y crueles consigo mismos y con los demás. Este conocimiento inapreciable debe ser asimilado por la religión moderna, si desea que el género humano alcance su finalidad: una vida buena. Sin embargo -y por desgracia-, muchos credos han fracasado en la empresa de mantenerse a la altura de las cambiantes necesidades de los hombres. Las razones de este fracaso no son demasiado oscuras. La religión occidental nació en una era precientífica y, sin duda, prepsicológica. Por cierto que no pretendo negar que los santos y los filósofos de la religión a menudo penetraron en el escondido recinto del corazón humano y contribuyeron con muchas intuiciones valiosas. No obstante, hoy en día esas intuiciones deben ser abundantemente complementadas con las iluminadoras y a menudo sorprendentes verdades nuevas acerca de la naturaleza humana que surgen del laboratorio psicológico. En esta época psicológica una religión prepsicológica no puede satisfacer a la humanidad en su búsqueda de la salvación.
        Si la religión ignora o desprecia la psiquiatría creadora, se encuentra en grave peligro de perder un magnífico aliado en la batalla por una vida buena. Esto le ha sucedido a la religión muchas veces. La religión se ha resistido en muchísimos casos a través de los siglos a dar la bienvenida a las nuevas verdades; como resultado de ello, las ciencias, como la astronomía, la física y la biología, se han separado violentamente de ella. Demasiado a menudo los teólogos cometen el error de creer que su formulación particular de la palabra de Dios es la revelación definitiva de Su Sabiduría. Galileo fue rechazado por ellos porque su percepción de las leyes de Dios, nueva y más profunda, no coincidía con las concepciones teológicas rígidamente fijas y estáticas.
        Actualmente algunos religiosos se encuentran en el mismo peligro de rechazar los instrumentos más nuevos y aguzados que Dios haya dado a los hombres para examinar la mente humana y sus complejos motivos. Reconocen que la ciencia tiene el poder de sondear los misterios de la astronomía y la composición de la materia, pero sostiene que en el reino de la conducta y la moral la religión debe tener la última palabra, aunque esta última palabra esté basada en una psicología anticuada.
        Sin embargo, los maestros de religión más sabios están dándose cuenta de la falacia que hay en identificar la verdad con los helados conceptos del pasado. Insisten en que todo aquello que ayude a la humanidad en su búsqueda de realizarse a sí misma, es una nueva revelación de Dios en el curso de la historia, y que los descubrimientos de la psicología acerca de la conducta y sus motivos son realmente las sílabas más recientes de la Divinidad.
        Si queremos encontrar la paz del espíritu en la actualidad, la religión no solamente debe desear sino también estar ansiosa por absorber las nuevas visiones de la motivación humana, los descubrimientos acerca de las exigencias e impulsos del hombre, sus odios, amores y temores, todo lo cual nos lo proporciona la clínica psicológica. La religión no debe vacilar en usar el microscopio en la psicología y su profundísimo análisis de la mente humana; tampoco debe extenderse en homilías acerca de la "necesidad de carácter", precisamente en el momento en que la nueva alma de la ciencia psicológica libera a los individuos torturados de sus conflictos y crueldades no por medio de sermones, sino transformando su carácter.
        El rastrero mundo actual necesita el apoyo de una fe que dé paz y que combine la sustancia de lo viejo con la luz de lo nuevo. Existe una fe así; su poderoso instrumento está al alcance de la mano. La religión profética tiene ahora un aliado en lo que puede llamarse psicología revelada, una ciencia que desnuda las secretas enfermedades de la perturbada alma del hombre y proporciona una útil terapéutica para curarlas. Unidas por terrible necesidad, la psicología y la religión se inclinan hacia adelante, como si fueran una sola cosa, para socorrer a la tambaleante humanidad, para levantarla, para ungir sus heridas y llenar su copa hasta rebasar con el óleo de la paz.
        "¿La religión y la psiquiatría reconciliadas?", os oigo murmurar.
        Los argumentos a favor de tal reconciliación son notables, reconfortantes y no demasiado difíciles de comprender para personas bien dispuestas. Inclinándonos sobre el ocular del microscopio de la comparación, descubramos por nosotros mismos en qué se parecen la religión y la psicología y en qué se diferencian una de otra.