FANTASMAS DE LA SELVA MISIONERA
EL DIABLO INDÍGENA
JUAN B. AMBROSETTI
EDITORIAL CONVERGENCIA, BUENOS AIRES, ARGENTINA, 1976
ORIGINAL


I. La Caá Yarí (abuela de la yerba)

Esta interesante leyenda, india en su origen y modificada después, en la época de la dominación jesuítica, es exclusiva de los yerbales paraguayos y sus protagonistas son los mineros [1].
        Gran parte de ella la debo a don Eloy Rodríguez, yerbatero de Tucurú Pucú (costa paraguaya del Alto Paraná), y su complemento lo he recogido en los yerbales, de boca de los mineros, los que tienen por esta leyenda un gran respeto supersticioso; no ha sido poco el trabajo que me ha costado poder reunirla a fuerza de trozos dispersos, usando de mucha paciencia.
        Dios, acompañado por San Juan y San Pedro, bajo a la tierra y se puso a viajar. Un día, después de una jornada penosa, llegaron a casa de un viejito, padre de una hija joven y bella, a quien quería tanto que para que se conservara siempre inocente fue a vivir con ella y su mujer en medio de un bosque espeso, en donde aún no había penetrado hombre alguno.
        El viejito era sumamente pobre; pero, a pesar de eso, tratándose de forasteros, los hospedó lo mejor que pudo, y mató en su obsequio la única gallina que tenía y se la sirvió de cena.
        Al ver esta acción, y cuando quedaron solos, Dios preguntó a San Pedro y San Juan qué harían ellos en su lugar, a lo que contestaron ambos que premiarían largamente al viejito.
        Dios, entonces, lo hizo llamar, y le dijo estas palabras: "Tú que eres pobre has sido generoso; yo te premiaré por esto. Tú posees una hija que es pura e inocente y a quien quieres mucho yo la haré inmortal, para que jamás desaparezca de la tierra."
        Y Dios la transformó en planta de la yerba mate, y desde entonces la yerba existe, y aunque se corte vuelve a brotar.
        Pero los mineros dicen que en vez de transformarla en yerba, la hizo dueña de la yerba, y que existe aún en los yerbales, ayudando a los que hacen pacto con ella.
        El minero que quiere hacer pacto con la Caá Yarí, espera la Semana Santa, y si está cerca de un pueblo entra en la iglesia y promete formalmente que vivirá siempre en los montes, se amigará con ella, jurando al mismo tiempo no tener trato alguno con otra mujer.
        Hecho este voto, se encamina al monte, depositando en una mata de yerba un papel con su nombre y la hora en que volverá para encontrarse con ella.
        El día de la cita, el minero debe tener gran presencia de ánimo, pues la Caá Yarí, para probar su valor, antes de presentarse, lanza sobre él víboras, sapos, fieras y otros animales propios del monte, sin otro objeto que el de probarlo.
        En recompensa de su serenidad, se aparece la Caá Yarí, joven, hermosa y rubia. Entonces el minero renueva sus juramentos de fidelidad y desde aquel día, cuando va a cortar yerba, cae en dulce sueño, durante el cual la Caá Yarí le prepara el rairo [2] con dieciocho a veinte arrobas de peso, acompañándole al despertar y ayudándole a sostenerlo por detrás, hasta llegar a la balanza. Como la Caá Yarí es invisible para todos, menos para él, se sube sobre el rairo, aumentando así su peso al entregarlo. De esta manera la ganancia del minero es mayor, pues trabaja a tanto la arroba.
        Pero, ¡pobre del minero que le sea infiel con otra mujer! La Caá Yarí despechada, no perdona, mata.
        Y cuando algún minero guapo muere en los yerbales de cualquier enfermedad, si él ha sido de carácter taciturno, los compañeros se susurran al oído: Traicionó a la Caá Yarí. La Caá Yarí se ha vengado  [3].
        Esta leyenda, mezcla de profano y de sagrado, salta a la vista que, en su origen, no debió ser así, pues la primera parte ha de haber sido agregada posteriormente.
        El bosque se presta para las leyendas, y raros son los países en que él abunde no posean algunas, y hasta una misma se modifica muchas veces de provincia en provincia. Así, por ejemplo, esta de la Caá Yarí, en el Brasil toma el nombre de Caá Porá, y sin variar el nombre sufre modificaciones considerables, según las distintas regiones.
        La Caá Yarí es uno de los tantos genius loci que, como la Caá Porá, podrían pertenecer al mismo grupo de la Pacha mama, o madre o dueña de los cerros y de la tierra, que domina en la región montañosa de la República.

II. La Caá Porá (fantasmón del monte)

        En la provincia de Río Grande del Sur, la Caá Porá es también mujer: la dueña de todos los animales del monte, una especie de Diana que, cuando el cazador le cae en gracia, le facilita los medios para encontrar la presa, y cuando no, detiene los perros, que garrotea invisiblemente, haciéndoles revolcar del dolor [4], y dando tiempo así a que la caza se ponga a salvo.
        En la provincia del Paraná, Caá Porá es un hombre velludo, gigantesco, de gran cabeza, que vive en los montes, comiendo crudos los animales que el hombre mata y luego no encuentra.
        La imaginación exaltada de los montaraces ha de dar formas humanas a troncos retorcidos, secos, cargados de musgo y parásitos, que, colocados en ciertas condiciones de luz, favorecen a la fantasía, como sucede en muchas leyendas europeas y asiáticas, en particular del Japón, donde también se transforman los árboles en seres fantásticos.
        En Goyaz, según me comunicó mi amigo el señor teniente del ejército brasileño Edmundo Barros, hijo de aquella provincia, los indios tienen también su leyenda sobre la Caá Porá. Cuando encuentran una piara de cerdos silvestres y los exterminan, se les aparece, montado en el último cerdo, la Caá Porá de la figura del anterior, a cuya vista los matadores quedan idiotizados para toda la vida, de modo que se guardan muy bien de acabar las piaras, y siempre dejan algunos vivos. Esta última leyenda es muy sabia, porque trata de poner freno a la destrucción completa de un animal que les proporciona abundante alimento.
        Para otros la Caá Porá es también un hombre velludo que fuma en una pipa formada por un cráneo humano y una tibia, y devora a la gente chupándola, menos los intestinos, que deja desparramados.
        En otras personas, la Caá Porá se transforma en simple Porá o fantasma que se aparece en el monte, ya sea en forma de cerdo o perro, y lanzando llamas por la boca, asustando así a los animales.
        Otras veces es invisible, y en medio de una marcha manea a la mula, que se para temblando, sin poder seguir por un rato, mientras en el monte se oye como un tropel de animales que disparan.
        He recogido también una leyenda que se refiere a la Caá Porá; pero bajo el nombre de Petey, es decir, Uno.
        Un gran cazador se separó de sus hijos, y siguió entre el monte por un gran trecho, cuando sintió una voz que decía: Petey. Intrigado, empezó a buscar y se encontró con una especie de trozo de madera lleno de pelos, que venía rodando, y no tenía forma definida, ni adelante ni atrás. Apenas tuvo tiempo de trepar a un árbol dejando caer la lanza que llevaba; el Petey se quedó al pie del árbol y nuestro hombre no se atrevió a bajar.
        Como no volviera a su casa, uno de sus hijos, también muy valiente, lo buscó al rastro, quien al verlo le gritó que no podía bajar porque estaba el Petey.
        El hijo le dijo que sería Porá (visión o fantasma); pero el padre le respondió que el Petey era un animal feroz.
        Diciendo el hijo que estaba dispuesto a pelear con el mismo diablo, atropello al Petey, a quien atravesó de un lanzazo, dejándolo muerto. En seguida, lo abrió y encontró que tanto el corazón como todo el interior del Petey estaba cubierto de pelos.
        El viejo y el muchacho eran grandes cazadores de cerdos jabalíes (Dicotyles tayazú) y en algunas cacerías se les habían escapado muchos heridos, sin poderlos capturar.
        Ambos al regresar del suceso del Petey, se extraviaron por el monte; ya con hambre a los tres días llegaron al rancho de un viejito que estaba dando de comer a unos lechoncitos.
        Le pidieron de comer y el viejito les contestó que él era el dueño de los cerdos y que se los iba a juntar, para lo cual tocó una flautita y todos acudieron a este llamado.
        Cuando estuvieron reunidos, les hizo elegir el más gordo, recomendándoles que no le lastimaran los cerdos inútilmente y que en adelante sólo mataran los necesarios para su sustento, pues harto trabajo tenía en criarlos para que todos los hombres pudieran aprovecharlos [5].
        En seguida, como nuestros hombres andaban perdidos, preguntaron al viejecito que camino debían tomar para llegar a sus casas, y él les mostró dos caminos: uno seguía para sus ranchos, y el otro a un potrero, recomendándoles que no siguieran este último porque allí se hallaba Mboi-Moné, que era una serpiente negra muy peligrosa.
        A pesar de esta advertencia erraron de nuevo el camino y salieron al potrero, aunque se acordaron a tiempo y dieron la vuelta antes de ver a la serpiente. Sin embargo, por el solo hecho de salir al potrero, murieron todos, hasta los perros.

III. La leyenda del Ahó-Ahó

        A don Patricio Gamín, respetable vecino del pueblo de San Lorenzo o Güirapaí, sobre el Alto Paraná, debo la siguiente leyenda de los indios de las misiones jesuíticas de Jesús y Trinidad, que florecieron en el Paraguay.
        Según ellos, el Ahó-Ahó era un animal terrible, parecido a la oveja, con grandes garras, y que devoraba sin piedad a las personas que encontraba en el monte.
        La única salvación que había contra este terrible monstruo era subirse a una palmera, pues era árbol sagrado del Calvario. Cualquier otro árbol era cavado por el Ahó-Ahó con sus potentes uñas y el que había trepado sobre él era devorado inmediatamente.
        No hay para qué decir que esta leyenda es de origen jesuítico y que tenía por objeto impedir que los indios salieran fuera del radio que tenían marcado en las reducciones respectivas, a fin de que no desertasen, se perdieran en el monte, se los comiera algún tigre, que entonces eran abundantes, o fueran víctimas de los otros indios salvajes, que no dejaban de merodear por los alrededores de las misiones.
        En cuanto a lo de la palmera, también tiene su razón, pues son árboles muy delgados, muy altos y difíciles de trepar, de modo que los indios no debían tener mucha fe en esta ancla de salvación.
        Don Patricio Gamín me ha referido también que hasta su tiempo, ahora unos cuarenta y cinco años [6], se había conservado esa leyenda entre los habitantes de allí, de modo que una vez se vió en serios apuros para poder seguir más adelante, en una expedición de carácter militar, porque al llegar al salto del arroyo Nacunday, los indios que lo acompañaban no querían continuar viaje y se excusaban gritando: "¡El Ahó-Ahó! ¡El Ahó-Ahó!"
        No está demás hacer observar que algunos datos de esta leyenda se encuentran en el cuento del Petey, a que nos hemos referido. Ya en él también se salva el hombre, trepándose al árbol, de ese monstruo informe y velludo que resulta ser también un animal feroz.

IV. El Yasí-Yateré

        Hallándose en un galpón de yerbateros, situado cerca del arroyo Itaquirí, en el interior de la jurisdicción de los yerbales de Tacurú-Pucú, de mañana, al levantarme, supe que las mujeres de aquel lugar no habían podido dormir la noche anterior, pues habían oído silbar al Yasí-Yateré.
        No conozco el pájaro que, con su canto, remeda estas palabras. A pesar de todos mis esfuerzos y averiguaciones no he podido ni siquiera dar con su descripción; unos dicen que es del tamaño de una paloma y de plumaje parecido al de las gallinas guineas; otros, en cambio, me han asegurado que es pequeño y de color oscuro, etc., de modo que reina aun entre aquella gente una gran confusión respecto de él.
        Acerca de este pájaro corre una leyenda muy difundida, no sólo en el Paraguay, sino también en la provincia de Corrientes; creo que también ésta es de origen guaranítico, pues no existe en otros puntos.
        Según cuentan, no es un pájaro el que silba, de ese modo, sino un enano rubio, bonito, que anda por el mundo cubierto con un gran sombrero de paja, y llevando un bastón de oro en la mano.
        Su oficio es el de robar los niños de pecho, que lleva al monte, los lame, juega con ellos, y luego los abandona allí, envueltos en isipós (enredaderas).
        Las madres, desesperadas al notar su falta, salen a buscarlos, y, guiadas por sus gritos, generalmente los encuentran en el suelo; pero desde ese día, todos los años, en el aniversario del rapto del Yasí-Yateré, las criaturas sufren de ataques epilépticos.
        Según otros, el Yasí-Yateré roba a los niños, no para lamerlos, sino para enseñarles su oficio de raptor, y no falta también quien asegura que no sólo roba a las criaturas sino también a las mujeres bonitas, las que son a su vez abandonadas, y el hijo que nace de esta unión, con el tiempo, será Yasí-Yateré.
        Esta última versión creo haya sido inventada para justificar ciertos raptos, que no dejan de abundar por aquellas regiones. Si algún mortal puede arrancar al Yasí-Yateré su bastón de oro, adquiere por este solo hecho sus cualidades de Tenorio afortunado.
        A pesar de ser invisible el Yasí-Yateré, no faltan algunas personas que aseguren y juren haberlo visto en la forma descripta, cuando eran pequeñas.
        Había tratado de averiguar el origen de esta leyenda, sin resultado, cuando la casualidad vino en mi ayuda. Conversando me contaron que, hace pocos años, estando acampado en el interior del Tacurú-Pucú un conocido yerbatero, una noche se levantaron sobresaltados por un ruido, notando inmediatamente la falta de una criatura de pecho que dormía en su cuna, mientras distinguieron el barullo de alguien que disparaba. Corrieron a ese punto, y encontraron efectivamente la criatura en el suelo; al día siguiente vieron en ese lugar rastros humanos, y como andaban los Guayaquis por allí, pronto dieron cuenta de que había sido uno de esos indios el autor del secuestro.
        La costumbre de los indios de robar criaturas y mujeres es, hasta cierto punto, general en todas las tribus y razas, que han considerado siempre a ambos como el mejor botín de guerra.
        Además he sabido que, no hace mucho, un cacique cainguá pidió, queriéndoselo llevar, a un muchacho en un rancho, para enseñarle a ser cacique, dando sin querer con esto una prueba instintiva e inconsciente de selección de raza como elemento de superioridad.
        Estos hechos demuestran, hasta cierto punto, que la leyenda del Yasí-Yateré debe tener su origen en ellos, ampliada y modificada, naturalmente, de un modo fantástico, por pueblos en que la Naturaleza ayuda, en gran parte, a sobrexcitar sus cerebros ignorantes.

V. El Pombero o Cuarahú Yará (dueño del sol)

        Según me ha comunicado el agrimensor nacional señor Juan Queirel, en algunas partes de Corrientes tienen la leyenda del Cuarahú Yará (dueño del sol) o Pombero, que no es, a mi modo de ver sino una modificación de la Yasí-Yateré, como la de Caá-Porá lo es de la Caá-Yarí.
        El Pombero o Cuarahú Yará es un hombre alto y delgado, que lleva un grandísimo sombrero de paja, y una caña en la mano, y así recorre los bosques a la siesta, cuidando de todos los pájaros, pues es su protector.
        Si a esa hora halla muchachos entretenidos en cazarlos los arrebata y se los lleva; de modo que las criaturas, por temor de él, no se alejan de los ranchos y sus padres pueden dormir tranquilamente la siesta, sin cuidado de que nada les suceda.
        En el Chaco creen que el Pombero es un compañero invisible con el cual se puede hacer trato, y así él acompañará a su amigo por todo y en todo, librándolo de peligros. Muchas veces, según sea necesario, puede aparecerse en forma de indio, de un tronco, de un camalote, de acuerdo con las funciones que debe prestar.
        También silba como pájaro; en cambio es necesario hablar muy poco y en voz baja de él y ofrendarle de noche, dejando fuera del rancho tabaco u otras cosas.

VI. El Curupí

        Aún hay otro personaje, parecido a los anteriores, y que tiene semejanza más bien con el Yasí-Yateré: es el Curupí y, posiblemente, uno es transformación del otro.
        El Curupí es un personaje de cara overa, fortacho y para algunos petiso.
        Anda por el monte, casi siempre a la hora de la siesta; según otros, camina en cuatro pies y se caracteriza por poseer un desarrollo exagerado de su órgano viril que le permite enlazar con él a las personas que quiere llevar; cortando éste, el Curupí se vuelve inofensivo y se salva la persona enlazada.
        Persigue generalmente a las mujeres que a esas horas van al monte a buscar leña, y que sólo a su vista se vuelven locas.

VII. El Yaguareté-abá (el indio tigre). Metamorfosis

        El Dr. Lafone Quevedo [7] al hablar de ciertas creencias actuales en la región noroeste de la República, dice:
        "Hasta de hoy el pueblo bajo de todos aquellos lugares cree que muchos tigres (Uturuncos) son hombres transformados y para ellos tiene algo de non sancto el que los caza; cuando la fiera llega a mascar, como dicen, a su cazador, parece que causa cierto placer a los que oyen o cuentan el lance".
        Como puede verse, aquí hállase la metamorfosis del hombre en tigre.
        Si abandonamos la región occidental quichua-calchaquí, y nos dirigimos hacia la oriental guaraní, veremos con sorpresa campear las mismas creencias respecto a estas curiosas metamorfosis, que se reproducen en la superstición y leyenda de idéntico modo [8].
        Los cainguaes del Alto Paraná, cuando ven algún tigre cerca de una tumba creen que no es más que el alma del muerto que se ha reencarnado en dicho animal, y no faltan viejas que con gritos y exorcismos tratan de alejarlos.
        Los guayanás de Villa Azara creen también en la metamorfosis en vida de algunas personas; más de una vez han creído, al encontrarse con uno de esos felinos, que no era sino el alma de mi buen amigo Pedro Anzoategui, antiguo vecino de allí, a quien respetan mucho y por el que tienen cierto terror supersticioso hasta el punto de llamarlo Tatá aujá, es decir: el que come fuego.
        Si a esto pudiera observarse que no es un dato rigurosamente etnológico, puesto que quizás hubieran mediado circunstancias especiales ajenas a sus creencias, como ser sugestiones, etc., no hay que olvidar que los guayanás actuales han heredado de los antiguos indios de las misiones guaraníes sus creencias supersticiosas, las que no han hecho otra cosa que revivir en este caso, como se verá más adelante, por lo que se refiere a las mismas.
        En la provincia de Entre Ríos, habitada antiguamente por la nación Minuana, se conserva también una leyenda, que he podido recoger, sobre la reencarnación del alma de un hombre en un tigre negro. Naturalmente, con el transcurso del tiempo esta leyenda se ha modificado mucho.
        Cuentan los viejos que sobre la costa del río Gualeguay vivía un hombre muy bueno. Cierta noche fue alcanzado por una partida de malhechores que lo asesinaron sin piedad para robarlo. Poco tiempo después, de entre los pajonales del río, un enorme tigre negro salió al encuentro de uno de los malhechores que iba acompañado de otros vecinos, y dirigiéndose hacia él lo mató de un zarpazo, sin herir a los otros.
        Este tigre negro, con el tiempo, concluyó por matar a todos los asesinos del finado, entresacándolos siempre de entre muchas otras personas, sin equivocarse, lo que dio margen a que se creyera que el tigre negro no era sino la primera víctima que así se transformó para vengarse de ellos.
        Pero la leyenda antigua es la del Yaguareté-abá, exactamente igual a la de los hechiceros uturuncos, citada por el señor Lafone Quevedo.
        En Misiones, Corrientes y Paraguay es fácil oír hablar de los Yaguareté-abás, los que creen sean indios viejos bautizados, que de noche se vuelven tigres, a fin de comerse a los compañeros con quienes viven o a cualesquiera otras personas. La infiltración cristiana dentro de esta leyenda se nota no sólo en lo de bautizado, sino también en el procedimiento que emplean para operar la metamorfosis.
        Para esto, el indio, que tan malas intenciones tiene, se separa de los demás, y entre la oscuridad de la noche, y al abrigo de algún matorral, se empieza a revolcar en el suelo, de izquierda a derecha, rezando al mismo tiempo un credo al revés, mientras cambia de aspecto poco a poco. Para retornar a su forma primitiva hace la operación en sentido contrario.
        El Yaguareté-abá tiene el aspecto de un tigre, con la cola muy corta, y como signo distintivo presenta la frente desprovista de pelos. Su resistencia a la muerte es muy grande, y la lucha con él es peligrosa.
        Entre los innumerables cuentos que he oído referiré el siguiente. En una picada cerca del pueblo de Yutí (República del Paraguay), hace muchos años, existía un feroz Yaguareté-abá, que había causado innumerables víctimas.
        No faltó un joven valeroso que resolvió concluir con él, y después de haber hecho sus promesas y cumplido con ciertos deberes religiosos, se armó de coraje y salió en su busca. Algo tarde, se encontró con el terrible animal, a quien atropelló de improviso, hundiéndole una cuchillada. El Yaguareté disparó velozmente, siguiéndole nuestro caballero matador de monstruos, por el rastro de la sangre, hasta dar con él a la entrada de una gruta llena de calaveras y huesos humanos roídos.
        Allí se renovó la lucha, y puñalada tras puñalada, se debatían de un modo encarnizado, sin llevar ventaja. Ya le había dado catorce, por cuyas anchas heridas manaba abundante sangre, cuando se acordó que sólo degollándolo podía acabar con él. Con bastante trabajo, consiguió separarle la cabeza del cuerpo, de conformidad al consejo que le habían dado, y recién entonces pudo saborear su triunfo definitivo.
        Nuestro héroe se habría evitado tanta fatiga si en cambio le hubiese disparado un tiro con una cuarta de chiara [9], como único proyectil.

VIII. El lobisome [10]

Dentro do meu peito tenho
Una dor que me consome;
Ando comprindo o meu fado
En trages de lobisome.

        Los versos anteriores, que oí cantar una vez en la provincia de Río Grande del Sur a un paisano, en un baile, me llamaron fuertemente la atención, sobre todo la palabra "lobisome", cuyo significado traté de averiguar. Mucha extrañeza causó mi pregunta sobre una cosa tan sabida por allí, y a fuerza de instancia, conseguí se me diera la siguiente explicación:
        El ser lobisome es condición fatal del séptimo hijo varón seguido, y si es la séptima hija mujer seguida, será, en vez, bruja.
        El lobisome es la metamorfosis que sufre el varón en un animal parecido al perro y al cerdo, con grandes orejas que le tapan la cara, y con las que produce un ruido especial. Su color varía en bayo o negro, según sea el individuo, blanco o negro.
        Todos los viernes, a las 12 de la noche, que es cuando se produce esa transformación, sale el lobisome para dirigirse a los estercoleros y gallineros donde come excrementos de toda clase, que constituyen su principal alimento, como también las criaturas aún no bautizadas.
        En estas correrías sostiene formidables combates con los perros, que, a pesar de su destreza, nunca pueden hacerle nada, pues el lobisome los aterroriza con el ruido producido con sus grandes orejas.
        Si alguno de noche encontrase al lobisome, y sin conocerlo lo hiriese, inmediatamente cesaría el encanto y recobraría su forma primitiva de hombre manifestándole, en medio de las más vivas protestas, su profunda gratitud por haber hecho desaparecer la fatalidad que pesaba sobre él.
        La gratitud del lobisome redimido es, sin embargo, de las más funestas consecuencias, pues tratará de exterminar, por todos los medios posibles, a su bienhechor. De modo que lo mejor, cuando se le encuentra, es matarlo sin expornerse a esas desagradables gratitudes.
        El individuo que es lobisome, por lo general, es delgado, alto, de mal color y enfermo del estómago, pues dicen que, dada su alimentación, es consiguiente esta afección, y todos los sábados tiene que guardar cama forzosamente, como resultado de las aventuras de la noche pasada.
        Esta creencia está arraigada entre algunas de esas gentes que no sólo aseguran haber visto, sino que también, con gran misterio, señalan al individuo sindicado de lobisome, mostrándolo con recelo, y hacen de ese hombre una especie de paria.

IX. Fantasmas del agua

        Los fantasmas del agua tienen tres denominaciones que parecen representar otros tantos tipos místicos, a pesar de que muchas veces se confunden entre sí.
        La más general es upora, es decir, fantasma del agua, que se aplica a todo animal fantástico del agua, pero a veces toma la forma antropomórfica.
        Se supone que todas las aguadas permanentes tienen un upora que vela por su conservación.
        Recogí esta leyenda que se refiere a la forma antropomórfica: Una joven fue a bañarse a una laguna y desapareció; la familia alarmada llamó a un "médico" viejo, quien se acercó a la orilla, pronunció oraciones y efectuó una serie de exorcismos consiguiendo así volver a recobrarla toda rasguñada por las totoras.
        Vuelta en sí, la joven confesó que al meterse en el agua se le apareció el upora, que era un negro, quien al tomarla y llevársela le dijo que hacía mucho tiempo que la deseaba y estaba acechándola.
        Es curioso notar que todos estos mitos cuando toman la forma antropomórfica son mitos fálicos.
        El segundo tipo es el del pescado, llamado Pira-Ñú (pez negro), que se forma en las canoas viejas de timbó que se pierden en las correderas. Este pez es, por consiguiente, de gran tamaño, con la cabeza como la de un caballo, de grandes ojos y nada a flor de agua para echar a pique las embarcaciones.
        Este monstruo devora rápidamente a los animales o personas que caen al agua.
El tercer tipo es el monstruo llamado Yaguarón, de coloración semejante a la del burro, pero éste generalmente no se aleja de las costas y es el que socava las barrancas para hacer caer a los animales que se acercan a la orilla, a los que destripa en un momento para comerles sólo los bofes, es decir, los pulmones.

NOTAS
1. Minero es un término yerbatero, empleado en el Paraguay, que sirve para indicar a los peones que van directamente al monte a desgajar las plantas de yerba mate, y a esta operación se llama trabajo de mina.
2. Rairo es otro término yerbatero, que sirve para indicar el paquete de hojas de yerba colocadas en una especie de red de cuero de forma cuadrada, y que el minero lleva a la espalda, sujetándola con dos asas debajo de los brazos. Generalmente, pesa de ocho a diez arrobas, o sea 80 a 100 kilos.
3. Inútil es decir que el que tiene pacto con la Caá Yarí, guarda el más profundo secreto.
4. Los perros, al correr dentro del monte, persiguiendo la caza, suelen a veces pisar un isipó rastrero espinoso, medio oculto entre las otras hierbas, que causa unas heridas muy dolorosas que les hacen lanzar agudos gritos. Tal vez sea ésta la explicación de la garroteadura invisible.
5. Compárese esta leyenda con las similares del Llastay con las vicuñas del folklore calchaquí y se verá que obedecen al mismo principio de la conservación de las especies animales.
6. Hace más de veinte que yo, personalmente, recogí estos datos de manera que desde los tiempos de Don Patricio hasta hoy han pasado más de 65 años.
7. Londres y Catamarca, Cartas a "La Nación", 1883-85; páginas 255 y 256. - Imprenta y Librería de Mayo.
8. En la región intermedia de Santiago del Estero, el uturunco se convierte en el tigre capiango. De esto me he ocupado en un viejo y ligero trabajo: "La leyenda del Yaguareté-abá", en los "Anales de la Sociedad Científica", tomo XLI, pág. 321 y sig., 1886.
9. Útil de acero, usado para afilar los cuchillos.
10. Esta leyenda es de origen europeo: es lo que en Francia se llama Loup-Garou.