LA VERDADERA DEUDA EXTERNA
CARTAS FAMOSAS
GUAIPURO CUAUHTÉMOC
REVISTA "CARTA A LAS IGLESIAS", EL SALVADOR, MAYO DE 2000
ORIGINAL [1]


Título original: "La verdadera deuda externa". Con el subtítulo: "Carta de un jefe indio azteca a los gobiernos de Europa"

Presentación

La carta que nos convoca, de amplia difusión en Internet, es de real interés. Aborda un problema grave con ironía, gracia e imaginación, cae dentro de esas alocuciones que no se olvidan con facilidad.
        Su autor conoce bien los datos históricos que menciona, hecho que también evidencia en el tratamiento de ciertos detalles.
        Cuauhtémoc existe como emergente de una corriente de pensamiento difundida en toda Latinoamérica. Su realidad física deviene innecesaria, muchos hemos pretendido decir lo mismo. En el pueblo es donde cobra dimensión y se corporiza en la rebelión contra la pobreza, la ignorancia y la injusticia.
        Carece de sentido preguntarse si el jefe indio azteca vive aquí o allá, está en cada uno de nosotros, tribalmente lo hemos estructurado. Sólo faltaba la forma que diera abrigo a tan precioso ideario colectivo.
        Pero pueblo también es el del otro lado, bien podrían reclamarnos cosas que, desde su perspectiva, fueran igualmente válidas. No perdamos de vista esto último ya que la carta va dirigida a quienes, en ejercicio del poder, decidieron sobre la vida de miles de seres humanos marcando con sus acciones una espantosa ruta de dolor.
        Si es que de todo puede extraerse enseñanza, en este caso bien podemos capitalizar lo ocurrido para no equivocarnos otra vez, al menos durante los próximos 500 años.

Pablo Bensaya, Buenos Aires, octubre de 2004

La carta

        Aquí, pues, yo, Guaipuro Cuauhtémoc, descendiente de los que poblaron la América hace cuarenta mil años. He venido a encontrar a los que se la encontraron hace ya quinientos años. Aquí, pues, nos encontramos todos: sabemos lo que somos y es bastante. Nunca tendremos otra cosa.
        El hermano aduanero europeo me pide papel escrito con visa para poder descubrir a los que me descubrieron. El hermano usurero europeo me pide pago de una deuda contraída por Judas, a quien nunca autoricé verdaderamente. El hermano usurero europeo me explica que toda deuda se paga con intereses, aunque sea vendiendo seres humanos y países enteros sin pedirles consentimiento. Yo los voy descubriendo.
        También yo puedo reclamar pagos, también puedo reclamar intereses. Consta en el Archivo de Indias, papel sobre papel, recibo sobre recibo, firma sobre firma, que solamente entre el año 1503 y el 1660 llegaron a San Lúcar de Barrameda 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata que provenían de América. ¿Saqueo? ¡No lo creyera yo! Porque es pensar que los hermanos cristianos faltan a su séptimo mandamiento. ¿Expoliación? ¡Guárdeme el cielo de figurarme que los europeos, igual que Caín, matan y después niegan la sangre del hermano! ¿Genocidio? ¡Eso sería dar crédito a calumniadores como Bartolomé de Las Casas, que calificaron el encuentro de destrucción de las Indias, o a ultras como el doctor Arturo Pietri, quien afirma que el arranque del capitalismo y de la actual civilización europea se debió a la inundación de metales preciosos arrancados por ustedes, mis hermanos europeos, a mis también hermanos de América!
        ¡No! Esos 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata deben ser considerados como el primero de varios préstamos amigables de América para el desarrollo de Europa. Lo contrario sería presuponer crímenes de guerra, lo que daría derecho, no sólo a exigir devolución inmediata, sino indemnización por daños y perjuicios. Yo, Guaipuro Cuauhtémoc, prefiero creer en la menos ofensiva de las hipótesis para mis hermanos europeos. Tan fabulosas exportaciones de capital no fueron más que el inicio de un plan Marshall-tezuma para garantizar la reconstrucción de la bárbara Europa, arruinada por sus deplorables guerras contra los cultos musulmanes, defensores del álgebra, la arquitectura, el baño cotidiano y otros logros superiores de la civilización.
        Por eso, una vez pasado el Quinto Centenario del "Préstamo" podemos preguntarnos: ¿Han hecho los hermanos europeos un uso racional, responsable o, por lo menos, productivo de los recursos tan generosamente adelantados por el Fondo Indoamericano Internacional?
        Deploramos decir que no. En lo estratégico, lo dilapidaron en las batallas de Lepanto, Armadas Invencibles, terceros Reichs y otras formas de exterminio mutuo, para acabar ocupados por las tropas gringas de la OTAN, como Panamá (pero sin canal). En lo financiero han sido incapaces después de una moratoria de 500 años, tanto de cancelar capital e intereses, como de independizarse de las rentas líquidas, las materias primas y la energía barata que les exporta el Tercer Mundo.
        Este deplorable cuadro corrobora la afirmación de Milton Friedman, conforme a la cual una economía subsidiada jamás podrá funcionar. Y nos obliga a reclamarles -por su propio bien- el pago de capital e intereses que tan generosamente hemos demorado todos los siglos.
        Al decir esto, aclaramos que no nos rebajaremos a cobrarles a los hermanos europeos las viles y sanguinarias tasas flotantes de un 20 por ciento y hasta un 30 por ciento que los hermanos europeos les cobran a los pueblos del Tercer Mundo. Nos limitaremos a exigir la devolución de los metales preciosos adelantados, más el módico interés fijo de un 10 por ciento anual acumulado durante los últimos 300 años. Sobre esta base, aplicando la europea fórmula del interés compuesto, informamos a los descubridores que sólo nos deben, como primer pago de su deuda, una masa de 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata, ambas elevadas a la potencia de trescientos. Es decir, un número para cuya expresión total serían necesarias más de trescientas cifras y que supera ampliamente el peso de la tierra.
        ¡Muy pesadas son estas moles de oro y de plata! ¿Cuánto pesarían calculadas en sangre? Aducir que Europa en medio milenio no ha podido generar riquezas suficientes para cancelar este módico interés sería tanto como admitir su absoluto fracaso financiero y/o la demencial irracionalidad de los supuestos del capitalismo.
        Tales cuestiones metafísicas, desde luego, no nos inquietan a los indoamericanos. Pero sí exigimos la inmediata firma de una carta de intenciones que discipline a los pueblos deudores del viejo continente y los obligue a cumplir su compromiso mediante una pronta privatización, o reconversión de Europa, que les permita entregárnosla entera como primer pago de una deuda histórica.
        Dicen los pesimistas del Viejo Mundo que su civilización está en una bancarrota que les impide cumplir con sus compromisos financieros o morales. En tal caso, nos contentaríamos con que nos pagaran entregándonos la bala con que mataron al poeta. Pero no podrán; porque esa bala es el corazón de Europa.

NOTAS
1. Tomado de la Revista "Carta a las Iglesias", Año XX, Nº 449-450, 1-31 de mayo de 2000, editada por la Universidad Centroamericana "José Simeón Cañas" (UCA). Apartado Postal 01-168, Boulevard Los Próceres, San Salvador, El Salvador, Centro América. Tel. (503) 210-6600 Fax: (503) 210-6655, www.uca.edu.sv