PATIO
HISTORIAS Y RELATOS
PABLO BENSAYA, presencias@hotmail.com
INTERNET, presencias.net, R. ARGENTINA, 25-jul-2006
ORIGINAL


Ver el propio patio asediado por los picos del mismo sistema que lo llevó al extremo de la ceniza, no será jamás olvidado por este circunstancial pasajero de la vida. Primero lo partieron en varios tramos, ahora intentan reconstruirlo. Los hombres también construimos a partir de miles de destrucciones y tal parece que es uno de nuestros métodos favoritos. Forma. Ese patio que en breve no miraré, el mismo que miles de veces recibiera olorosas lluvias, depositario de tantas pisadas de peso diverso, oreja gigante y chata, anfitrión de originales intenciones culturales, se fue, dejándome el duro privilegio de testimoniar su muerte. Vemos río aunque nunca sea dos veces el mismo, estoy pensando en que todo o nada satisface nuestro apetito de quietud y que tal manifestación es mera abstracción de exaltados días de invierno que irremediablemente se perderán en los confines cerebrales. Imágenes. O acaso se rescaten en nuevas instancias vitales. Sí, Dios juega a las baldosas con el mundo. Los patios son como libros pétreos, cuentan historias para quien sabe oírlas. Relatos de alegrías, de derrotas, de juguetes infantiles, de veranos soleados y sencillos, de helados de limón y frutilla con el remordimiento del no estar. El mundo es para que los humanos juguemos a los dioses con los árboles. En cambio, los patios juegan al recuerdo con el alma. Se alteran por momentos mis sentidos -como si su inmutabilidad fuera su sentido último, haciendo revivir el tema de lo estático-, se empañan desde la simpleza hasta aquello que todo lo corrompe. También creo que creo en súbitas fusiones emocionales que diseñan vinos, excelencias y niñez. A ella no la devoró el mar, fue la misma sociedad que destroza patios, esa que a diario deshace familias bajo el fusil o las ruedas, la pobreza o el espanto. No hay cosa en el universo que a los llamados seres superiores nos cierre el paso al insaciable apetito de aniquilar, es el plan de la casa. Curiosa fidelidad guardamos a ese ideario. Verdugos de verdugos. Fabricantes de puertas que nunca abrimos, culpa de la cerradura que también confeccionamos. Él quiso ser, imaginemos, pero no pudo o su tiempo estaba determinado por la topadora que habría de herirlo irreparablemente, o tal vez en pleno acto de desprendimiento concibió su línea sucesoria, después de todo los nuevos habitantes no lo echarían de menos. Patio, absurdo dolor por renacer.