HIJOS DEL SOL -I
GEOGRAFÍA UNIVERSAL, VOL. 2, Nº 5
MAYO ANTONIO SANCHEZ
ED. 3A EDITORES S.A., MAYO 1978
ORIGINAL


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Título completo: “Los Incas, hijos del sol”

Atardecía aquel sábado dieciséis de noviembre de 1532. En la plaza de Cajamarca, un puñado de solados españoles aguardaba la llegada del monarca del Imperio Inca, Atahualpa, rodeado de millares de indígenas. Cuando arribó el dorado palanquín del emperador, acompañado por cientos de danzantes y cantantes que loaban sus glorias, avanzó, solitaria, la figura severa del dominico Fray Vicente de Valverde con una cruz en una mano y la biblia en la otra. Su voz solemne recitó el requerimiento habitual de conversión a la fe cristiana y sometimiento a la corona española, ya que de acuerdo con la famosa Bula del Papa Alejandro VI las nuevas tierras pertenecían a Carlos.

Vista parcial de Machu Picchu. Descubierto por Hiram Bingham en 1911

        Cumplido el requisito y considerando en rebeldía a quienes no respondieron inmediatamente, los españoles atacaron a la masa indígena. La caballería, los mosquetes y las pesadas tizonas de acero abrieron una brecha sangrienta hasta llegar al palanquín dorado donde estaba Atahualpa. El jefe de los españoles, Francisco Pizarro, personalmente tomó prisionero al emperador de los incas. Desarmados y presas del terror ante el ataque con armas desconocidas, los indígenas murieron mientras se ponía el sol. La carnicería fue breve y despiadada.
        Así, en cuarenta minutos, los conquistadores españoles acabaron con la cultura más brillante que existiera en América del Sur y que dominara el área andina y las regiones colindantes por más de cuatro siglos.
        La caída del Imperio Inca se produjo cuando Atahualpa, arrojando la biblia exclamó, según se cuenta: “¡Mi dios vive aún!”. En efecto, nunca parecen más verdad esas palabras que cuando se contemplan las ruinas imponentes del Machu Picchu, culminación quizá de un gran imperio dedicado al sol.
        Uniformada a las órdenes de un solo soberano, el único Inca, la sociedad incásica había llegado a alcanzar una extensión considerable muy bien comunicada. De cualquier parte del imperio, los gobernadores debían acudir a Cuzco a rendir homenaje al monarca. Esa estupenda organización y comunicación permitió que fuera traído el oro de todo el imperio a Cajamarca como rescate de Atahualpa, episodio que luego se tergiversó como si hubiera ocurrido un despojo contra su persona.

El Taihuantinsuyo

        A pesar de ser un pueblo relativamente tardío en aparecer en el escenario de la América prehispánica, poco o nada se sabe del origen del sorprendente grupo que logró consolidar un vastísimo imperio regido con una organización burocrática poco menos que perfecta.
        El imperio Inca que encontraron y destruyeron los conquistadores fue la concepción política más avanzada que se diera en la América prehispánica. A pesar de su extensión -unos 5.000 kilómetros de longitud- comparable a la del Imperio Romano en su apogeo, constituía un verdadero estado unificado política, económica y culturalmente, presidido por el Hijo del Sol, el Sapa o Apu Inca [1]. El monarca, desde Cuzco, podía mirar hacia los cuatro puntos cardinales y saber que contemplaba su propiedad, el mundo, la “tierra de las cuatro direcciones”, el Taihuantinsuyo.
        Este se extendía desde lo que ahora es el sur de Colombia, en el río Angasmayo, hasta el río Maule en la actual República de Chile, a lo largo de toda la costa del Pacífico. Tenía como columna vertebral la cordillera de los Andes, donde está enclavado Cuzco, así como las tierras de la vertiente oriental de las montañas, y comprendía porciones importantes de Brasil, Bolivia y Argentina. Las “cuatro direcciones” eran verdaderamente cuatro mundos diferentes que integraban el imperio. Para el viajero contemporáneo es fácil comprender que así lo consideraran los antiguos incas, al comparar la selva casi impenetrable del territorio llamado Antisuyo antes de la llegada de los europeos; el mundo desértico, tan desolado como la superficie lunar que es la costa del Pacífico, el Cuntisuyo; las volcánicas tierras de la región ecuatorial, el Chinchasuyu; el altiplano donde se situaba el lugar de origen de la dinastía real en el lago Titicaca, el Collasuyu. Esos eran los cuatro cuarteles, las cuatro direcciones de la Tierra.
        De la plaza Huaycapata de Cuzco partían los caminos reales, los capacñán, que comunicaban la capital con todos los rincones del imperio. Eran amplias calzadas de siete metros de ancho, flaqueadas por muretes de piedras para protegerlas de la erosión y que cruzaban montañas, llanuras, selvas y desiertos, asegurando una comunicación constante y una movilización rápida de las fuerzas militares. La distancia entre Cuzco y Quito es de dos mil kilómetros pero un mensaje enviado al Sapa Inca de una a otra de estas ciudades solamente tardaba cinco días en llegar a sus manos, llevado por los veloces mensajeros chasquis en relevos de más o menos dos kilómetros y medio entre las estaciones de posta, los tampus.
        Había dos caminos principales: el “costero”, de 5.200 kilómetros de longitud, y el “interior”, que pasaba por las regiones selváticas del Antisuyo, el lago Titicaca, Tucumán en Argentina y se unía con el camino costero para llegar hasta los límites meridionales del imperio en Chile. Además existían numerosos caminos secundarios hasta totalizar, por lo menos, 16.000 kilómetros de vías de comunicación. Los capacñán o carreteras ascendían hasta alturas de 5.200 metros, entre las cumbres nevadas de la cordillera andina. Los ríos caudalosos y las gargantas entre las montañas eran salvados por medio de los chacas, los soberbios puentes colgantes que constituyen una de las mayores hazañas de la ingeniería americana aborigen.

Una rígida sociedad

        La red de comunicaciones era fundamental para la estructura piramidal de la sociedad inca. En el vértice estaba el Sapa Inca, el emperador de todo, hijo del Sol, sustentado por un estrato de administradores de sangre real, los curacas. Entre éstos, los apus se responsabilizaban del gobierno de cada uno de los cuatro cuarteles. Por cada diez mil súbditos había un funcionario conocido como honocuraca y así sucesivamente hasta llegar a la autoridad mínima, el canchaca-mayoc. De este modo, mediante una perfecta ramificación nadie escapaba al control del Sapa Inca. Propiamente, pues, inca sólo había uno, el Sapa Inca, y si se aplica el nombre al pueblo por él gobernado es por extensión. La casta gobernante creó su propia historia e hizo desaparecer todo recuerdo anterior a ella. Lo que se sabe de civilizaciones previas, es por los restos encontrados en las tumbas preincaicas que hay en la región. Esas culturas anteriores habían alcanzado buen grado de adelante, como las construcciones con piedra “seca” (sin argamasa).
        Entre esas culturas hay que contar la de Chavín; la de Paracas, con sus soberbios textiles; la Mochica, donde aparecen los patrones sociales que habrían de refinar los incas; la Nazca, famosa por su cerámica y el trazo de las gigantescas y misteriosas figuras del desierto y los imperios de Tiahuanaco y Chimor, contemporáneos de los comienzos de la expansión inca y derrotados por ésta.
        Los incas aportaron importantes innovaciones. La primera de ellas fue quizás la imposición del quechua como lengua oficial, que hasta la fecha es la lengua indígena que cuenta con más hablantes en América.
        Pero la base de un imperio era el rígido control de los dominados.
        La propiedad privada no existía: la unidad de trabajo era la organización básica llamada ayllu, que ocupaba un área determinada en donde practicaban un tipo de trabajo colectivista en el que algunos autores han pretendido ver un principio socialista; aunque la propiedad no era comunal sino que por el contrario descansaba exclusivamente en las manos del emperador, dueño del Taihuantinsuyo. En una sociedad que no tenía propiedad individual ni una economía monetaria, el concepto del valor estaba representado por la mita, la obligación de todo individuo de ejecutar una determinada tarea de trabajo, ya fuera agrícola, artesanal en las minas o en las obras públicas. Los alimentos eran almacenados para su reparto entre toda la población. Ya fuera maíz, pescado seco, algodón, tela, sandalias o cuerdas, todo era conservado en los graneros reales y así lo vieron los primeros españoles, como el cronista Francisco de Jerez, quien citaba que esos bienes estaban ordenados en cestos apilados hasta el techo como en las bodegas europeas.
        En ocasiones, todos los habitantes de un ayllu estaban destinados a una mita especial; por ejemplo, ser portadores de las literas reales, llevar mensajes o conservar los grandes puentes, como era el caso de quienes vivían en la aldea de Curahuasi, encargados de mantener en buenas condiciones el gran puente colgante Huaca chaca sobre la garganta del Apurímac. Tan profundamente arraigada estaba esta costumbre, que siguieron cuidando del puente hasta 1840, años después de establecido el régimen republicano.
        Pero esto se consiguió sólo a base de una explotación brutal de la mano de obra, el puric o peón. No había posibilidad de que el puric saliera de su ayllu. Donde nacía, allí moría; esto le daba una gran seguridad, aunque la pagaba al precio de su libertad.

El número diez y las Vírgenes del Sol

        El sistema funcionaba a base de un estricto patrón decimal, cuya herramienta de cómputo era el quipu, conjunto de nudos que hábiles contadores manejaban con gran destreza. Pedro Cieza de León, que escribe inmediatamente después de la conquista, afirma que en la capital de cada provincia había contables que eran llamados quipu-camayocs los cuales al cabo de uno, diez o veinte años deban cuenta al supervisor del Estado de una manera tan exacta que “ni siquiera faltaba un par de sandalias”.
        Este cálculo decimal comenzaba ya desde el puric: diez de ellos estaban sometidos a un capataz; diez capataces estaban a las órdenes de un encargado y diez encargados obedecían a un jefe, y así sucesivamente por aldeas, tribus, provincias, por cuartas partes del imperio hasta el inca mismo.
        También en la élite ocurría otro tanto. Los orejones eran de sangre real, pero nacían y morían dentro del ayllu del inca, aunque su vida era mejor. Para distinguirse del vulgo se perforaban las orejas y el orificio era ensanchado para que en él cupiera un adorno de oro o joyas, según su posición.
        En cuanto al resto de los varones, se podía alcanzar la posición de curaca o administrador, no más.
        El caso de las mujeres resultaba harto distinto. Al llegar a la pubertad se las sometía a la ceremonia de peinar sus cabellos. Cuando alguna era particularmente hermosa o poseedora de cierta habilidad, como en el tejer, podía ser destinada a cualquiera de los colegios internados de las provincias y aun del propio Cuzco. Así se le abría la posibilidad de contraer matrimonio con algún noble o incluso llegar a convertirse en “hija del Sol”, o sea, concubina del Inca.
        El Inca Garcilaso de la Vega [2], en sus Comentarios Reales describe con detalle de la condición femenina.
        Las “Vírgenes del Sol” constituían la flor y nata, eran de sangre real y se alojaban cerca del Templo del Sol, en Cuzco. Se las elegía desde la pubertad para que no hubiera dudas de su doncellez, y tenían que ser bellísimas. Sumaban unas 1.500. Al llegar a la madurez, algunas eran nombradas mamaconas y se hacían cargo de 500 vírgenes. Todos los utensilios de mesa eran de oro, y además las doncellas tenían derecho de poseer un jardín enrejado con muebles preciosos.
        Si alguna faltaba a su voto de castidad se la enterraba viva, y su cómplice, con mujer, hijos, servidumbre y parientes próximos eran condenados a la horca. Pero además se daba muerte a sus llamas, se derribaba su casa y sobre su campo se esparcían piedras para que nada se volviera a cultivar.
        Las “Vírgenes del Sol” tenían por cometido tejer las ropas del Inca y de su Coya, que era su esposa, elegida entre sus hermanas. También confeccionaban las telas que se ofrecían en sacrificio al Sol.
        Y conforme al patrón de Cuzco estaban organizados los “conventos” de provincia. Puesto que estas vírgenes no tenían sangre real, los tejidos que confeccionaban sólo podía obsequiarlos el Inca como premio.

Vista de la ciudad de Cuzco, Perú (grabado de 1601). G. Hoefnagle

        Si alguna de esas vírgenes provincianas llegaba a acostarse con el Inca, ya no podía regresar al convento, sino que era llevada al palacio real para servir a la reina, hasta el día en que fuera devuelta a su provincia, ricamente dotada de tierras y privilegios.
        La mujer común se dedicaba al cuidado del hogar, hilaba y tejía, aunque poco, pues la vestimenta india -según cuenta Garcilaso- tenía una sola pieza. Hombres y mujeres trabajaban juntos en los campos.
        Estaba permitida la prostitución, pero las rameras vivían solas en el campo en miserables chozas y se les prohibía acudir a poblado para que ninguna mujer pudiera verlas.

Vida económica

        La disciplina impuesta por la organización social de los incas era tan poderosa que creaba verdaderos reflejos condicionados, capaces de operar independientemente de cualquier otra motivación. La agricultura formaba parte de esa disciplina y estaba tan arraigada que cuando en el año 1536 los indígenas reaccionaron ante los conquistadores con tal violencia que pusieron sitio a la ciudad de Cuzco donde se hicieron fuertes los españoles, al llegar la época de la siembra el ejército indígena se desbandó porque sus integrantes partieron hacia los campos de cultivo, salvándose así Pizarro y sus hombres.
        La diversidad climática del Imperio Inca bajo una sola voluntad política facilitó la sistematización de numerosos cultivos, al igual que un elevado nivel técnico agrícola que permitía el uso de abonos para mejorar los suelos -el abundante estiércol de murciélagos y aves que recogían de islas costeñas, el guano-, ingeniosos métodos de siembra en terrazas en las escarpas andinas y un amplio sistema de riego. Allí se cultivaron más plantas alimenticias y medicinales que en cualquiera otra área agrícola; entre ellas, numerosas variedades de maíz y patatas, boniatos o camotes, calabazas, frijoles, mandiocas, cacahuate o maní, ananás o piñas, aguacates, cacao, tomates, chile, papayas y quinua.
        Si bien es cierto que el maíz pudo haber sido una importación de Mesoamérica en tiempos remotos -ya que todo indica que surgió en el Valle de Tehuacán, en México- la patata, hoy uno de los alimentos básicos de las naciones europeas, fue originaria del área andina. Entre los incas, la patata era un seguro contra el hambre bajo la forma de chuñu, que fue el primer alimento deshidratado preparado por el hombre. El chuñu se hacía dejando congelar las patatas en las frías noches andinas y extrayéndoles el jugo por presión, alternando ambos procedimientos durante varios días hasta lograr una harina que se conservaba muchos años y podía “reconstruirse” agregándole agua.
        El maíz, de un tipo primitivo que se llama zara, era otro de sus alimentos básicos y su existencia es tan antigua en el Perú que se han encontrado restos en tumbas preincaicas que datan de tres milenios antes de nuestra era. La zara también les proporcionaba, fermentada, una bebida embriagante, la chicha, cuyo consumo es todavía abundante hasta nuestros días. La quinua, una gramínea rojiza que crece en el altiplano, completaba la trilogía de alimentos básicos. Al igual que el chuñu de patatas y los granos de maíz, podía conservarse durante largo tiempo en los silos comunales, para evitar hambrunas en épocas de malas cosechas.
        Para los agricultores andinos solamente existían dos estaciones en el año: la húmeda y la seca. La primera era de octubre a mayo; la segunda, de mayo a octubre. Un gran festival señalaba el inicio de los trabajos, roturando la tierra con la coa o taclla, bastón dotado de un estribo para apoyar el pie y ayudar a su penetración en el suelo. Las mujeres cooperaban rompiendo los terrones con una azada. El terreno era duro, pero la punta de la taclla era de bronce y podía vencer el obstáculo. Después se sembraba el maíz, a fines de septiembre, y se esperaba que las lluvias hicieran el resto. Pero en ocasiones las lluvias no se presentaban y era el ingenio constructivo de los incas lo que suplía su carencia, con vastos sistemas de irrigación que recogían el agua procedente de las torrenteras y desagües de los glaciares andinos para conducirla a enormes depósitos, como los de la fortaleza de Sacsahuamán, arriba de Cuzco, y llevarlas a los campos de cultivo por medio de acequias de piedra.
        Los incas no hicieron sino perfeccionar las técnicas que previamente crearon los hombres de las culturas mochicas, chimú y nazca, en la costa desértica del Pacífico.

Las bestias de carga

        Los incas disfrutaron de otra ventaja, de que carecieron los demás pueblos indígenas americanos: animales domésticos de uso múltiple. Estos animales domésticos, que servían como bestias de carga y les brindaban su carne como alimento y su pelo para la confección de ropa de abrigo, fueron esos parientes enanos de los camellos cuyas especies llama, vicuña, alpaca y guanaco acompañaron a los incas y a sus predecesores en sus conquistas culturales.
        A pesar de que por su desconocimiento de la rueda (si la conocieron no la utilizaron) los incas no emplearon sus llamas como animales de tiro en sus magníficos caminos, su capacidad de carga les dio una gran ventaja para la circulación de materias primas y de bienes de consumo en la gran extensión del imperio. Las llamas llegan a pesar unos ciento ochenta kilogramos y pueden cargar la mitad de su peso en jornadas diarias de veinte kilómetros. Su capacidad de adaptación es semejante a la de los camellos, ya que lo mismo pueden vivir en los ventisqueros andinos, a cinco mil metros de altura, que en los desiertos costeros. Su lana se emplea para tejer mantas gruesas y abrigadoras o cuerdas muy resistentes; su carne secada al sol -charqui- es todavía un plato de resistencia, y su estiércol seco, a semejanza del de los camello asiáticos, se emplea como combustible.
        Entre los incas, cada ayllu o comunidad tenía grandes rebaños de llamas y en tiempos de guerra los abastecimientos militares viajaban a lomos de millares de estos animales. No es extraño que la llama, que también era animal elegido como víctima propiciatoria en los ritos religiosos, haya sido un tema recurrente en el arte de los diseños en sus textiles o en reproducciones en oro y plata. Su imagen imprescindible es testigo de su importancia en la cultura andina, una importancia heredada a los campesinos contemporáneos, para quienes continúa siendo una posesión preciada.
        La alpaca es de tamaño más pequeño y no es útil para la carga sino únicamente por su lana. Pero el pelo más codiciado por los incas fue el de la vicuña, pequeña y ágil, que no llegó a ser domesticada y cuyos vellones eran tan dignos que las telas confeccionadas con su hilado sólo podían ser usadas por el inca y los nobles. Para trasquilarlas se organizaban batidas con ayuda de centenares de hombres y, una vez acorraladas, se les despojaba de su lana y se las dejaba nuevamente en libertad.

NOTAS
1. Sapa, solo; Apu, gran señor.
2. Hijo de la princesa Isabel Chimpu Ocllo y del capitán conquistador Sebastián Garcilaso de la Vega.