HIJOS DEL SOL -II
GEOGRAFÍA UNIVERSAL, VOL. 2, Nº 5
MAYO ANTONIO SANCHEZ
ED. 3A EDITORES S.A., MAYO 1978
ORIGINAL


Ir a Parte I
Título completo: “Los Incas, hijos del sol”

Artes y ciencias

EEl tejido, ya fuera con hilo de algodón o con lana, fue el arte más sobresaliente de los pueblos andinos. Se hilaba a mano, con huso de barro cocido, y se tejía en telares de cintura o de marco vertical u horizontal. Los diseños son notables por su imaginaria y los colores con que teñían los hilos alcanzaban la increíble gama de 190 tonalidades (desde la cultura de Paracas, muchos siglos antes de hegemonía inca). La perfección y adelanto de esas artes textiles permite suponer que es una ocupación muy antigua. Originalmente sólo se utilizaron fibras de origen aninal, ya que el uso de la fibra de algodón empezó tardíamente, cuando las conquistas incas llegaron hasta las costas y el alto Amazonas, donde crecía esa planta.

Culturas Preincaicas y el Imperio incaico

Culturas Preincaicas y el Imperio incaico. Realizado por Eduardo Gómez

        La alfarería fue otra actividad en que destacaron los incas. No empleaban la rueda de alfarero, sino que confeccionaban sus vasijas mediante la técnica del “enrollado”, con la que lograron acabados tan hermosos y perfectos como la mejor de cualquier otra alta cultura. La variedad de formas es enorme y todas están regidas por un principio utilitario generalizado. Los diseños son geométricos, sobrios y no llegan al realismo de sus antecedentes mochicas.
        En el aspecto meramente técnico, lo que colocaba a los incas muy adelante de las culturas mesoamericanas contemporáneas era el desarrollo de la metalurgia. Los incas explotaban minas verdaderas y tenían leyes que normaban este tipo de operaciones, así como ordenamientos especiales para los trabajadores mineros. Sus metalúrgicos empleaban todas las técnicas inherentes al trabajo de metales como moldeado, martillado, soldado, unión con pernos, etc. Las piezas de oro y plata encontradas en las tumbas, cuando escaparon al saqueo desenfrenado, son un testimonio elocuente de su capacidad en estas actividades.
        Entre las armas de guerra contundentes estaban las hondas, a veces muy elaboradas y la maza; consiguientemente las heridas en el cráneo necesitaban trepanaciones, algunas de las cuales muestran señales de recuperación. Como carecían de escritura, llevaban sus cómputos con el quipu, que era un conjunto de nudos, práctica que sigue hoy, lo mismo que otros elementos. El arte del tejido fue heredado de culturas anteriores.

La trepanación

        El oro y la plata se empleaban para la fabricación de objetos suntuarios por su belleza y durabilidad y no por su valor intrínseco, imposible de concebir en un pueblo que no tenía el concepto del dinero ni de la propiedad privada. Cuando el Inca Atahualpa estaba prisionero de los españoles y se le exigió un rescate en metales preciosos equivalente a llenar una habitación de siete metros y medio de largo por cuatro y medio de ancho, se reunió oro y plata en cantidad tal que al valor de cambio actual equivaldría a 200 millones de dólares. Esto en cuanto a su valor físico, pero lo que representaban en valor artístico las figuras hechas con esas riquezas es incalculable.
        No fueron los metales preciosos el aspecto más sorprendente de la metalurgia incaica, sino su trabajo en materiales utilitarios. Los incas fueron el único pueblo americano que llegó a fabricar bronce mediante la aleación de cobre y estaño para lograr herramientas de una gran dureza, como las puntas de coas, las mazas de combate, sus cuchillos y su instrumental quirúrgico.
        La medicina fue uno de los campos en que los incas incursionaron brillantemente. La magia y la medicina se aunaban en la personalidad de los hampi-camayoc (los “encargados de los remedios”), quienes respaldaban sus conjuros con un juicioso uso de numerosas plantas medicinales, algunas de las cuales salieron del área andina para enriquecer la farmacopea mundial. Entre ellas, la quinina, la cocaína, la ipecacuana y la belladona. Practicaban sangrías, prescribían purgantes enérgicos -al igual que los médicos europeos de la misma época- y hacían trepanaciones craneanas para extraer tumores o aliviar heridas que deben haber sido frecuentes, ya que el arma predilecta de los incas era la maza de combate. En numerosos cráneos con huellas de trepanación encontrados en las tumbas, los especialistas han recabado evidencia plena de regeneración del tejido óseo, que atestigua el resultado satisfactorio de esas intervenciones quirúrgicas.
        Una de las drogas mencionadas, la cocaína, está contenida en las hojas de la planta llamada coca, que tuvo gran importancia cultural en el antiguo Perú. Los incas la llamaban “planta divina” y su uso es ampliamente descrito por los cronistas Cieza de León y el Inca Garcilaso. Su masticación, una vez seca las hojas y acompañadas por una pizca de cal para ayudar a soltar el jugo, producía una euforia que hacía a los indígenas menos susceptibles al hambre, la sed, el frío y la fatiga. En la época incaica, sin embargo, su uso estaba rigurosamente reglamentado, como todos los aspectos de la vida social, y se limitaba a los sacerdotes, los corredores de postas y los ancianos. Con la desorganización del imperio se generalizó su uso entre los indígenas hasta convertirse en grave problema social.
        El oro no tenía valor comercial, sino ritualista y de adorno: se ha encontrado entre las momias y muestra la gran habilidad de los orífices nativos, tanto en la cultura inca como en la cultura chimú, que precedió a aquélla. En la alfarería, igualmente, todos los pueblos andinos fueron grandes artífices.

La gran guerra civil incaica

        Por la época de la llegada de los españoles había ocurrido recientemente una guerra civil. Había muerto Huayna Capac, emperador que diera a su reino gran prosperidad. Él había concluido la fortaleza de Sacsahumán comenzada por su padre; pero su afán constructivo abarcó todo el imperio, y él mismo hacía los diseños. Sometió a la población de Quito, en Ecuador, individuos tan belicosos como los propios incas. En Quito pasó la mayor parte de los treinta y cuatro años de gobierno.
        Huayna Capac a su muerte dejaba a dos hijos; el mayor, Atahualpa, no era hijo de la Coya o esposa-hermana del Inca; no así el menor Huáscar.
        El trono le correspondía a Huáscar, quien además se encontraba en Cuzco al sobrevenir la muerte de su padre Huayna Capac, mientras que Atahualpa estaba con él en Quito.
        Huáscar era clemente y piadoso; Atahualpa, brutal y vengador.
        Hasta el cabo de cinco años, Atahualpa no trató de hacer la guerra a su hermano, quizá por no estar seguro de contar con el apoyo de la tropa.
        Su primera victoria, a principios de 1532, la obtuvo en Ambato, a unos 90 Km. al sur de Quito. Luego abarcó Tumebamba, la que arrasó, y pasó a cuchillo a todos sus habitantes. Así continuó haciendo estragos, para intimidar a los partidarios de Huáscar.
        Pizarro desembarcaba, mientras Atahualpa se dirigía hacia el sur, contra su hermano. Sus generales dieron la batalla, mientras Atahualpa se quedaba en Cajamarca, en la retaguardia.
        Huáscar había llevado tropas precipitadamente, pero aun así la batalla duró todo un día; murieron millares de hombres y el propio Huáscar fue hecho cautivo.
        Los historiadores españoles posteriores, tomando la información de los indios más ancianos, afirman que Atahualpa era tan cruel que hizo perecer el ayllu todo de Huáscar. Garcilaso dice que inmoló a sus 200 hermanos, hijos de Huayna Capac, a muchos de los cuales le quitó la vida atrozmente: arrojados a ríos o lagos con piedras al cuello, o despeñados desde riscos.
        Cuando ya no quedaba varón de la casa de Huáscar, Atahualpa prosiguió con las mujeres y los niños de sangre real. Las mujeres eran ahorcadas, o bien eran suspendidas de los cabellos, de un brazo, o las atormentaban de otras formas que el pudor impide mencionar, y cuando estaban en el suplicio les ponían en sus brazos a sus hijos, hasta que exhaustas los dejaban caer.
        Mientras ocurría todo esto, Pizarro construía la primera población de San Miguel, no muy lejos de Cajamarca, ciudad preferida por Atahualpa.
        ¿Por qué los españoles no fueron atacados por un emperador tan cruel, que podía aplastarlos en cualquier momento, cuando mal pertrechos se dirigían a Cuzco por trochas entre peñas? Este es un misterio que nunca se aclarará.
        Los sucesos de la conquista del Perú se encuentran representados en sencillas estampas que no se apegan a la realidad. Sin embargo hay bastante verosimilitud en el dibujo del Cerro de Potosí, lugar de ricas minas de plata, en Bolivia. Fue tal su fama que quedó la frase “vale un Potosí” y en México se impuso ese nombre a una ciudad y a un estado, San Luis Potosí. “Potochi” significa “cosa grande”.

Triunfo español

        Se dice que los españoles llevaban la viruela y que fue esa “guerra biológica” la que realmente les concedió la victoria definitiva, pues los indígenas temerían enfrentarse a ellos. Pero parece que iban siempre acompañados de indios amigos, dado que Pizarro trató de imitar la política de Hernán Cortés, haciéndose aliado de los indios enemigos del poder central.
        Según Garcilaso de la Vega, los indígenas no atacaron por la creencia de que los españoles eran los hombres barbudos cuyo arribo había predicho Viracocha, que conforme a la leyenda recogida por Cieza de León fue hombre blanco, de gran estatura, cuyo continente y personalidad causaron gran respeto y admiración. Viracocha parece que fue el inca del mismo nombre, octavo de la dinastía, que con el tiempo fue adquiriendo proporciones míticas. Es un caso muy parecido al de Quetzalcóatl y Kukulkán en México, y como ellos acabó siendo divinizado de manera que le construyeron una pirámide más alta que el templo del Sol.
        Aunque los españoles fueron llamados viracochas, la creencia en el oráculo no parece justificar la inactividad de Atahualpa, máxime sabiendo, según dichos presagio, que acudían a destruir su imperio. Quizá su escaso número despertó sólo su curiosidad y por eso deseó verlos; a menos que los españoles fueran acompañados de contingentes indígenas que se hubieran enrolado a su paso para derrotar al impostor Atahualpa, y éste no se viera con fuerzas, después de la guerra civil, para hacer frente a individuos que traían armamento nuevo y unas bestias más altas que las llamas.
        Se nota, en efecto, una ausencia de personal que explique la lograda acometida que tuvo lugar en la plaza triangular de Cajamarca, la tarde del 16 de noviembre de 1532, y que ya se ha relatado al principio. Era un recinto cerrado, con sólo dos puertas que daban a las calles. Dentro del recinto se encontraban los edificios administrativos, así como el palacio del curaca o administrador local, Angosnopo. El extremo oeste del triángulo se apoyaba en el pie del monte sacro Runi Tiana, donde hoy está el santuario de Santa Catalina.
        A esa plaza, o patio más bien, entró dividida en dos la procesión que conducía a Atahualpa, para entrevistarse con Pizarro, que con su gente había penetrado en Cajamarca, hallada desierta. Hasta el momento, se encontraba en las fuentes termales, llamadas hoy Fuentes del Inca, y que apenas han cambiado: a ellas acuden los peruanos para pasar los domingos en los baños públicos construidos en el mismo lugar donde Atahualpa había sentado los reales.
        Por la mañana de aquel día se celebró la misa y los soldados cantaron con entusiasmo el Exsurge Dómine (“Levántate, Señor, y defiende tu propia casa”), cántico de tono bélico. Después, cada cual marchó a su puesto. La caballería fue dividida en dos grupos y ocupó dos salones de los edificios públicos que daban a la plaza; la infantería ocupó otro de los salones, y al pie de Runi Tiana se colocaron dos falconetes con un pelotón de soldados. Pizarro escogió a veinte hombres que actuarían a sus órdenes directas.
        No hay duda de que Pizarro pensaba apoderarse de Atahualpa, quizá también imitando a Cortés.

“Mi dios vive aún”

        Cuando Atahualpa arrojó al suelo la biblia que le ofreció el fraile Vicente de Valverde y dijo según se cuenta, señalando al sol: “Mi dios vive aún”, entre los españoles se oyó el grito de “Santiago” no bien Pizarro hubo dejado caer un pañuelo. Al mismo tiempo, el disparo de un cañón abría un boquete entre la muchedumbre; sonaron los arcabuces y salió la infantería a la plaza, al aire los aceros. Uno de los muros cedió a la presión de quienes, aterrados, se acurrucaban contra él; por ahí salieron huyendo muchos indios al campo abierto, mientras la caballería los perseguía. Ninguno de los españoles sufrió daño, salvo Pizarro, quien recibió un golpe de espada en la mano al defender a Atahualpa de la agresividad de la soldadesca. No hubo ninguna reacción indígena; por eso hay quien sospecha la existencia de algún apoyo nativo no citado. En efecto, extraña que de ahí en adelante de inmediato no se requiera ningún otro combate.
        También extrañan las condiciones del trato para el rescate de Atahualpa, porque fue propuesto por éste, y él mismo marcó con la altura de su mano hasta dónde debía llegar el oro que se reuniera. Seguramente lo que Atahualpa quería era ganar tiempo, escaparse y matar a sus captores. Por su parte, Pizarro, convencido de que el oro nunca se reuniría, contaría con poder desplegar su actividad sin inconveniente.
        Huáscar, el verdadero Inca, vencido por su medio hermano, prometió dar tres veces más por el rescate de éste, reacción no menos desconcertante. Por otro lado, Atahualpa hizo correr el rumor de que Huáscar había muerto, y en efecto lo había mandado matar, pero la noticia circuló antes del hecho (quizá para averiguar la reacción de Pizarro). Este se puso furioso, pues se piensa que su plan era establecer un tribunal de arbitraje para decidir cuál de los dos era el legítimo inca, y sacar partido de la disensión.
        Habían transcurrido cinco meses y el rescate no llegaba a su colmo; pero Pizarro pensó que no era posible atrasar más la repartición del botín, la que se complicaba porque le habían llegado refuerzos al mando de Almagro. La intranquilidad de la tropa cada vez era más incontenible.
        Pizarro asentó que Atahualpa quedaba absuelto de ulterior pago, éste continuó detenido por razones de seguridad.
        Lo que sigue es uno de los episodios más abyectos de la historia.
        Pizarro ahora ya era rico; pero deseaba poder y Atahualpa resultaba un estorbo para tal propósito.
        Fue el caso que circularon noticias de un intento de rebelión indica y Soto, uno de los capitanes más humanos de Pizarro, que además sentía simpatía por Atahualpa, fue enviado a reconocer el foco de la supuesta conjura; quizá él mismo se ofreció a ir, seguro de que los rumores eran infundados. Pizarro ahora tenía libres las manos para actuar. Aprovechando la coyuntura de la ausencia de Soto, formó un tribunal del que fueron jueces él y Almagro. Los cargos contra Atahualpa fueron doce, entre los que se incluían la usurpación de la borla real de los incas, símbolo máximo de su realeza, el asesinato de Huáscar, etc. Pero según parece las acusaciones que prevalecieron fueron de carácter religioso, y de hecho intervino o se hizo intervenir a la Inquisición. Dichos cargos religiosos fueron la afirmación de que era adúltero, polígamo e idólatra. Se le concedió el beneficio de un “abogado”, pero el fiscal fue Felipillo [1], el intérprete, quien por entonces andaba en líos amorosos con una de las concubinas de Atahualpa, así que para mayor mal de éste, interpretó las respuestas de los testigos indios a su antojo. La condena fue la muerte en la hoguera.
        Las representaciones antiguas de los sucesos del Perú muchas veces se apartan de la realidad. Así Atahualpa fue capturado en un patio triangular y no en campo abierto, y nada dice de que se le cortara la cabeza, sino que fue estrangulado.
        En cambio las acuarelas decimonónicas de las naos que probablemente empleó Pizarro, brindan una imagen más realista. Se conserva el estandarte del conquistador, en cuyo reverso aparece él montado a caballo.
        Quizá los huesos desenterrados de un cementerio antiguo, cerca de Lima, sirvan de símbolo de lo que ocurrió con el Imperio Incaico, pero la vitalidad autóctona no sólo está representada por lo numerosos descendientes de aquel imperio, sino incluso en los indígenas de hermosa complexión, como los shapras, del Amazonas, por donde se desvanecieron los guerrilleros incas definitivamente derrotados.

Principio del fin

        La destrucción por el fuego significaba entre los incas quedar privados de la vida ultraterrena; y éste fue el motivo de la conversión de Atahualpa. Recibió el bautismo con el nombre de Juan o de Francisco de Atahualpa y no se puso celebrar el auto de fe. La sentencia entonces quedó conmutada por el garrote vil de los delincuentes comunes.
        El disgusto de Soto a su vuelta fue grande y echó en cara a Pizarro su proceder, pues cualquier juicio de ese tipo debería haberse efectuado en España, ante el emperador. Desde antes de la sentencia, sin embargo, Pizarro no las tenía todas consigo pues diez capitanes no admitían aquella parodia de justicia; al fin, por conveniencia seguramente, no les quedó otro remedio que acatar el fallo. El propio Pizarro supo permitirse unas lágrimas de cocodrilo, pues hay testimonios de que vieron llorar al general.
        Cuando tiempo después los españoles llegaron a Cuzco nombraron a un nuevo inca, Manco Capac, descendiente ilegítimo de Huayna Capac.
        Manco Capac representó su papel de emperador impuesto por mucho tiempo, hasta que llegaron a tal grado las tropelías de los españoles que al cabo se sublevó. Toda la economía incaica había quedado destruida; las obras de riego, por falta de mantenimiento, se echaron a perder, y las llamas eran sometidas a continua matanza para las frecuentes fiestas que celebraban los conquistadores.
        Manco Capac hostigó sobremanera a los españoles y estuvo a punto de eliminarlos en el sitio de Cuzco, pero la rebelión india se deshizo inexplicablemente, quizá por la rutina de que había llegado el tiempo de la siembra. Parece que fue su refugio la fortaleza asombrosa de Machu Picchu, lugar nunca descubierto por los españoles.
        El caos en Perú fue cada vez mayor, con temporadas en que predominaba ora un capitán ora otro. Almagro murió también a garrote vil, como había sentenciado a Atahualpa; Pizarro fue víctima de una conjuración de los hijos de Almagro y murió el domingo 26 de junio de 1451. Cuentan que se le cayó la espada de las manos, fatigado de tanto pelear contra los conjurados. Sólo entonces lograron darle una estocada en la garganta. Cuando perdía el aliento pidió a Dios misericordia, hizo con su sangre una cruz en el suelo y la besó; en seguida rindió su alma.
        Las fuerzas de Manco Capac, todavía seguían peleando y muchos soldados españoles descontentos desertaban y se pasaban a las filas incaicas. En una discusión por motivo de un juego, uno de estos desertores lo apuñaló (claro todos los españoles fueron muertos a su vez). Esto ocurría en 1545, sucediéndole su hijo mayor, Sayri Tupac, que se convirtió al cristianismo y dejó las guerrillas, hasta morir tranquilamente en 1560.
        Ascendió al trono otro hijo de Manco Capac, aunque ilegítimo esta vez, Titu Cusi, que también se convirtió; pero al morir asumió el poder incaico Tupac Amaru, en 1571. Organizó las fuerzas nativas y guerreó con tanta intensidad que el virrey Francisco de Toledo envió un contingente bien pertrechado a la región de Vilcabamba, entrando en la ciudad del mismo nombre en 1572. La ciudad fue quemada parcialmente y Amaru capturado, conducido a Cuzco y ejecutado en la plaza pública.
        Durante un tiempo Vilcabamba fue habitada, pero después, poco a poco, sus habitantes la abandonaron hasta que se desvaneció incluso, como se fueron desvaneciendo entre las montañas la energía y vitalidad incaicas, desde donde seguramente habrían bajado en tiempos que tampoco nadie recuerda.
        ...porque todo lo que ha sido tocado por los reyes-incas, hijos del Sol, tiene que ser quemado y reducido a cenizas que se esparcen al viento para que nadie más pueda tocarlas. Conquistador anónimo

La dinastía Inca 1200 (aprox.) - 1572

        Si bien los incas carecieron de escritura existían “ memorizadores” que se aprendían las tradiciones y las transmitían de un generación a otra con gran precisión, hasta que los cronistas españoles pudieron ponerlas por escrito.
        La lista de monarcas generalmente aceptada es como sigue:

Señores de Cuzco (legendarios)

Manco Capac, hijo del Sol y fundador mítico de la dinastía.
Sinchi Roca, hijo del anterior; impone la borla como distintivo real.
Lloque Yupanqui, hijo de Sinchi; no realizó nada importante y sólo al final de su vida procrea a un hijo.
Maita Capac, hijo único de Lloque; es el Hércules incaico.
Capac Yupanqui, hijo de Maita; empieza a exigir tributo a las tribus aledañas del Valle de Cuzco.
Inca Roca, hijo de Capac; es el primero en apropiarse el atributo de Inca y prefiere la vida de Cuzco a guerrear.
Yahuar Huacac, hijo de Inca; pusilánime y cobarde.
Viracocha, hijo de Yahuar; asume el nombre del Creador en memoria de su antepasado que se le había aparecido en sueños.

Emperadores de Taihuantinsuyu

Pachacuti, hijo de Viracocha; crea el Imperio Incaico por conquista: 1438-1471 (suplantó a Urco, hijo natural de Viracocha y preferido de éste).
Topa Inca Yupanqui, hijo de Pachacuti; el imperio se extiende desde Ecuador hasta el sur de Chile: 1471-1493.
Huayna Capac, hijo de Topa; amplía el imperio más hacia el norte: 1493-1527.
Huascar, hijo de Huayna; es derrotado por Atahualpa y mandado matar por éste: 1527-1532.
Atahualpa, hijo de Huayna; ejecutado por Pizarro: 1532-1533.

Incas tras la llegada de los españoles

Tupac Huallpa, hijo de Huayna Capac; coronado por los españoles, su reinado fue efímero y murió quizá envenenado: 1533-33.
Manco Capac, hijo de Huayna Capac; coronado por los españoles, se rebeló contra ellos en 1536. Establece un reinado inca en las montañas: 1533-45.
Paullu Inca, hijo de Huayna Capac, que mandó las tropas de apoyo a los españoles: 1537-1549.
Carlos Inca, hijo de Paullu; se casó con una dama española: 1549-1572.
Sayri Tupac Inca, primer hijo de Manco Capac, le sucedió en el reino montañero: 1545-1558.
Titu Cusi, segundo hijo de Manco Capac; continuó con el reino montañero: 1558-1571.
Tupac Amaru, tercer hijo de Manco Capac; capturado por los españoles fue ejecutado: 1571-72. Ultimo Inca.

NOTAS
1. Indígena del norte.