Canto infantil educativo
La música es un extraordinario conductor educativo que podemos capitalizar en favor de nuestros niños.

Este documento pretende, sumariamente, aportar los fundamentos del canto infantil educativo. El material se trabajó y se desarrolló durante años en distintos escritos, en versiones sucesivas que arrancan en la década de los noventa; aparece aquí reunido en un artículo integrado. Aquella dispersión no fue desprolijidad gratuita: fue parte de un proceso de investigación en busca de instancias mejores, agravado por la circunstancia de que el canto infantil educativo carece de antecedentes sistémicos.
Conceptualizar algo que se viene realizando desde hace años no tiene nada de extraordinario. Lo que cambió las cosas fue explorar el alcance profundo de los cantos y cruzarlo con el trabajo posterior sobre el cerebro y su capacidad de aprender y memorizar. Aquello que parecía entendible y escasamente objetable cayó entonces bajo el manto de escrutinios severos, y de ese escrutinio salió una convicción incómoda: los cantos infantiles educativos conforman una verdadera metodología educativa general, con atractivo y con efectividad.
Una diferencia que no es menor
Conviene marcar la distinción con toda claridad, porque de ella depende el resto del argumento. Una cosa es plantear una educación susceptible de mejorar la clase de música. Otra, marcadamente diferente, es abarcar desde esa clase todo el edificio educativo. Vaya si hay diferencia entre ambas instancias.
La primera posición es la habitual y es defendible: la clase de música mejora si el repertorio es bueno, si el docente sabe y si los niños cantan afinado. La segunda sostiene algo mucho más fuerte —que la melodía es un vehículo de contenido tan eficaz que sería un desperdicio reservarla para contenidos musicales—. Es en esa segunda posición donde se sitúa este trabajo, apostando fuertemente a que con esta metodología puede plasmarse una llegada precisa y concreta para encauzar el desarrollo integral del niño.
De dónde toma su fundamento
La canción infantil educativa se apoya positivamente en la Declaración Universal de los Derechos del Niño, y existe porque un niño necesita educarse. Ese es el punto de partida normativo, y no es decorativo: define a quién sirve el material cuando los intereses entran en conflicto.
El proceso educativo se aborda teniendo como base —tal es la pretensión— investigaciones y logros científicos en materia de infancia: pedagogía, pediatría, neurociencia, estudio del oído, música, recreación y recomendaciones de organismos internacionales de prestigio. En otras palabras, aquello que realmente tenga capacidad de mejorar y nutrir al niño de manera inequívoca para su desarrollo y su bienestar.
De allí se sigue una consecuencia práctica que distingue a estas obras de casi todo el repertorio infantil en circulación: se modifican cada vez que un contenido ha sido superado, mejorado o entendido como negativo o nulo. Son dinámicas, y guardan diferencia con el modelo estático carente de cambios. Una canción sobre seguridad vial escrita hace veinte años puede contener una recomendación que hoy se sabe equivocada; en un cancionero tradicional esa canción sobrevive intacta, porque el cancionero es patrimonio. Aquí no lo es: aquí es material educativo, y el material educativo caduca.
Quién debe escribirlos
Dentro del marco esbozado es natural que se requiera la participación de un profesional idóneo para la creación de estas obras, con todo su universo de posibilidades e incidencias. Tal vez se piense que para cumplir con lo dicho hace falta un científico antes que un educador; nada más alejado de la idea. Asumir los logros y desarrollos de la ciencia no implica otra cosa que estar debidamente informado y tener la preparación académica para transmitirlo. El educador, en este sentido, es un verdadero traductor de las posesiones científicas.
Esa figura del educador como traductor recorre todo el archivo y explica su tono. No se escribe aquí para colegas investigadores, sino para quien tiene veinticinco niños delante el lunes a las ocho.
Qué se entiende aquí por educación
La educación está entendida como formación armónica del niño. En esa formación importan el cuerpo, la dicción, la vialidad, el medio ambiente, la higiene, el entrenamiento cerebral, el estímulo hacia el diálogo y el respeto por las ideas ajenas, y el apoyo a la docencia para la detección temprana de dificultades.
La lista es deliberadamente heterogénea, y quien recorra el catálogo del repertorio comprobará que se corresponde punto por punto con los temas de las obras: hay cantos sobre el lavado de manos y cantos sobre los planetas, cantos sobre cómo cruzar la calle y cantos sobre la discriminación. No es dispersión temática. Es la lista anterior, puesta en música.
Por qué la melodía y no otra cosa
Queda por responder la pregunta obvia: si lo que se busca es transmitir contenido, ¿por qué cantarlo en lugar de decirlo? La respuesta breve es que la melodía hace tres cosas que la prosa no hace. Fija la secuencia, de modo que el orden de los elementos se recupera entero y no en fragmentos. Impone una métrica, que obliga al texto a una concisión que la explicación oral no alcanza. Y produce placer, de manera que la repetición —que es el mecanismo de fijación— deja de ser un castigo.
El desarrollo de este punto, con lo que se sabe sobre atención y memoria, está en Atención cerebral, educación y música. Los criterios técnicos concretos de escritura están en Aspectos fundamentales, y el problema específico de la acentuación en Acentos y sílabas en el texto de las canciones.
El marco de derechos que este trabajo invoca puede consultarse directamente en la Convención sobre los Derechos del Niño de UNICEF; las recomendaciones internacionales sobre educación artística, en la UNESCO.