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Cantos

Algo de historia sobre los cantos infantiles educativos

De dónde viene la canción infantil, cómo llegó a la escuela y qué cambió cuando llegó.

Interior de una escuela antigua con pupitres de madera
Interior de una escuela antigua con pupitres de madera

La canción para niños es, con casi total seguridad, tan antigua como el lenguaje. Antes de que existiera una escuela, una notación o siquiera una palabra para designarla, los adultos ya cantaban a los niños: para dormirlos, para calmarlos, para acompañar el trabajo con ellos a cuestas. Ese origen no es un dato anecdótico. Explica por qué el canto funciona como funciona, y explica también por qué su incorporación al aula fue tardía y conflictiva.

El fondo oral

El repertorio infantil tradicional —nanas, rondas, retahílas, canciones de corro y de sorteo— se transmitió durante siglos exclusivamente por vía oral, de niño a niño tanto como de adulto a niño. Esa transmisión tiene dos rasgos que importan aquí.

El primero es la variabilidad. Una ronda no tiene versión correcta: tiene versiones locales, cada una de las cuales es legítima donde se canta. El segundo es la selección por supervivencia. Lo que se conserva se conserva porque resultó cantable, memorable y placentero para muchas generaciones de niños; lo que no cumplía esas condiciones desapareció sin que nadie lo decidiera.

Ese segundo rasgo es la razón por la cual el repertorio tradicional constituye, todavía hoy, la mejor escuela disponible para quien quiera escribir para niños. Las rondas están construidas sobre ámbitos cortos, patrones rítmicos regulares y estructuras repetitivas, no porque alguien lo teorizara, sino porque las que no lo estaban no llegaron hasta nosotros.

La entrada en la escuela

La incorporación sistemática del canto a la instrucción escolar es un fenómeno del siglo XIX y responde a razones que sólo en parte eran musicales. El canto colectivo servía para disciplinar, para uniformar y para inculcar; su eficacia como vehículo de contenido fue advertida enseguida, y el primer contenido que se le confió no fue la aritmética sino la moral y la patria.

De ese momento fundacional proviene el repertorio patriótico escolar, que en la Argentina, como en casi toda América, quedó fijado con rango normativo y sobrevive con notable estabilidad hasta hoy.

Los métodos del siglo XX

El siglo XX trajo un cambio de fondo: por primera vez se pensó la música infantil desde la pedagogía musical y no sólo desde la conveniencia institucional. Los grandes sistemas de la primera mitad del siglo —los desarrollados en Hungría, en Alemania, en Suiza y en Bélgica— compartieron, con diferencias importantes, un puñado de convicciones.

  • Que el niño debe hacer música antes que leerla.
  • Que la voz es el instrumento primero, por disponible y por íntimo.
  • Que el movimiento corporal no acompaña al aprendizaje musical: forma parte de él.
  • Que el material de trabajo debe salir, cuando sea posible, del repertorio tradicional de la propia lengua y la propia cultura del niño.

Esa última convicción tuvo una consecuencia excelente y un efecto secundario incómodo. La consecuencia excelente fue la revalorización del cancionero popular. El efecto secundario fue que el repertorio quedó, en buena medida, cerrado: si el buen material es el tradicional, entonces escribir material nuevo se vuelve sospechoso por definición.

Lo que quedó sin resolver

Aquí es donde aparece el hueco que este trabajo intenta ocupar. Los métodos del siglo XX resolvieron admirablemente cómo enseñar música a los niños. No se plantearon —porque no era su problema— cómo usar la música para enseñar todo lo demás.

El repertorio tradicional, por su parte, no podía cubrir ese hueco aunque se lo propusiera. Una ronda antigua no habla de seguridad vial, ni de higiene, ni de la célula, ni del cuidado del ambiente, ni de la convivencia entre niños de distintos orígenes, porque esos contenidos no existían como preocupación educativa cuando la ronda se formó. Un repertorio cerrado no puede responder a un currículum abierto.

De allí la afirmación, hecha en otro documento de esta sección, de que el canto infantil educativo carece de antecedentes sistémicos. No significa que nadie haya escrito antes canciones didácticas —se han escrito a miles—. Significa que no existía un cuerpo de criterios explícitos, sostenidos y revisables sobre cómo hacerlo bien.

Qué conviene conservar del pasado

Nada de lo anterior es un argumento contra el repertorio tradicional, que sigue siendo insustituible y debe cantarse. Es un argumento a favor de aprender de él. Sus ámbitos cortos, su métrica regular, su forma repetitiva y su economía verbal son exactamente los recursos que un canto educativo necesita, y fueron probados durante siglos por el único jurado que cuenta en esta materia, que son los niños.

La diferencia está en el estatuto. La ronda es patrimonio y se conserva como es. El canto educativo es material didáctico y se corrige cuando el contenido caduca. Confundir ambas categorías produce los dos errores simétricos que se ven a diario: tratar el patrimonio como material corregible, y tratar el material didáctico como patrimonio intocable.

La UNESCO mantiene documentación sobre patrimonio cultural inmaterial, categoría que ampara buena parte del cancionero infantil tradicional; el apartado de Historia de este archivo sitúa el marco más amplio de la relación entre música, educación y sociedad, desde Platón en adelante.